lunes, 4 de abril de 2011

Manoletinas vaporosas y viaje en metro.

Me giro sobre el hombro derecho y miro de reojo hacia atrás: la larga fila central de barras amarillas está repleta de manos. Los cuerpos, más o menos apelotonados, se encuentran dispersos por todo el vagón. Llaman al chico joven que está enfrente de mí, sentado; está sin trabajo desde hace cuatro o cinco meses, está mal, está preocupado, y se lo hace saber al otro lado del teléfono móvil, aunque todos compartimos su pesar: engrosa los más de cuarenta millones de parados de España. Enfrente, la chica rubia, apenas con embarazo incipiente, aguanta de pie -como yo- la verborrea de su acompañante, en envolvente acento argentino; ella le mira, asiente, pone cara de interesada, emite cuidadosos "ajá" de respuesta neutra.

El vagón se desplaza abiertamente hacia la derecha. Toma la curva, abandona un semáforo casi en rojo.

La joven que acaba de abandonar la adolescencia, vestido gris, manga corta -hoy no me hizo falta mi bufanda en marrones y naranjas-, zapato plano lila y brillante se ha acabado sentando junto al hombre de la gorra -uno al que no le han dicho, como a mis alumnos, que en sitio cubierto no se lleva. El hombre la mira de vez en cuando, como de reojo. Tal vez sean las lentejuelas de sus manoletinas. Tal vez su vaporoso vestido.

El vagón se desliza por una recta. No queda mucho, creo, para mi destino. Pongo el punto de lectura -una pequeña foto de Niña Pequeña, de esas que dieron en su colegio hace meses.

La señora de gafas se entretiene con crucigramas. O tal vez sea un sudoku, no lo veo bien. Le vigila el joven de su izquierda, que mira por encima del hombro; no se conocen, pero deberían presentarse: el chico casi resuelve el pasatiempo en silencio, sus ojos recorren horizontales y verticales. Una mujer de edad indefinida -es decir, superados los cuarenta-, llama a voces cantarinas a Patricia, la adolescente que está a mi lado; se dan dos besos: la joven se hace notar, el mundo gira en rotación meteórica alrededor de su figura.

El vagón entra en mi parada. Las columnas de colores se suceden rápidamente. No sé si esta vez los del andén habrán leído que hay que dejar salir antes de entrar. Patricia se despide de la señora. El joven del crucigrama saca el teléfono móvil mientras se levanta. El hombre de la gorra echa un último vistazo a la chica del vestido al mismo tiempo que recoge apresuradamente sus cosas. El acompañante argentino le dice un rápido "chao" a la incipiente embarazada -que respira hondo casi de forma imperceptible. Miro mi reloj: son las siete. Me da tiempo, si voy rápido, a coger el bus de y diez...

7 comentarios:

  1. De haber hecho el mismo viaje que describes, mi atención habría sido casi exclusiva para la argentinita vaporosa en detrimento del resto del pasaje; he aquí una razón por la que no he hecho carrera nunca con esto de escribir: mi mirada está muy determinada, no es amplia como la tuya.

    Es verdad –me ha hecho mucha gracia– que superados los cuarenta la edad se vive de manera indefinida, vaga, con unas sensacioneso que te impiden saber si eres joven aún o ya eres mayor. Cuando llegas a los sesenta (doy fe) las sensaciones desaparecen y la duda queda resuelta.

    Un saludo, Negrevernis.

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  2. José Luis,
    yo todavía no tengo los cuarenta, aunque ya se ven en el horizonte (no muy lejano). La mirada amplia es tal vez para intentar comprender lo que nos rodea; creo que es positivo dejarnos bombardear por la realidad...

    Un saludo.

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  3. Positivo ... y muy arriesgoso (que diría mi nuera chilena). Pero sí, estoy en esa misma onda. Si castigamos nuestra capacidad de asombro encerrándonos en sólo nosotros ...

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  4. Y el asombro, como la curiosidad, es lo que nos hace avanzar intelectualmente...

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  5. Se olía el aire subterráneo en tu descripción.
    La capacidad de asombro es el mejor tesoro de nuestra infancia que no nos podemos permitir perder.

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  6. Vivir en un pueblo pequeño y tener auto se me hace poco después de tu descripción. El transporte público tiene sus contratiempos, pero no hay dudas que también entretiene.

    Cuando era más joven -yo sí supero los cuarenta, aunque por poco aún- y vivía en la capital de mi país, viajaba a todas partes en autobús (en Uruguay no existen los subterráneos) y recuerdo que observaba todo a mi alrededor también. Era un ejercicio divertido intentar poner nombre e historia a los extraños.

    Hace años que considero un privilegio no tener que utilizar el transporte público, pero hoy me has hecho extrañarlo :)

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  7. Yo no tengo coche: están aquí las cosas económicamente que evitar cualquier cosa sólo puede significar "ahorro". ¿Y cómo moverse por Madrid, de punta a punta, sin ir en Metro?

    Un saludo.

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