domingo, 21 de abril de 2013

Espérame en la última semana de mayo.


Estimado lector, querido amigo, visitante ocasional... Por motivos de trabajo y de estudios esta casita virtual no abrirá hasta la última semana de mayo. Apelo a tu paciencia.

 

domingo, 7 de abril de 2013

Hora punta en la piscina municipal

Viernes. Seis de la tarde. Hora punta en la piscina municipal. Una horda de madres, padres y abuelos acompañantes se arremolina alrededor de cada uno de los niños que, ajenos al revuelo que causan en sus mayores, se dispersan por el pasillo, a la espera de la llegada de sus profesores de natación. 

- Ven, ven, Alejandro, que te pongo las gafas, ¡que están torcidas!

- Beatriz, que no, que te he dicho que no corras, ¡que te vas a caer!

- Pues sí, esta tarde he podido cambiar ya el horario de los niños y la pequeña me coincide con las clases de inglés del mayor, mientras el mediano me espera aquí para que le lleve a judo...

-¡Beatriz! Como vaya yo...

- ¡Alejandro! ¡Que vengas te he dicho!

No sé si será que es viernes, o que el reloj marca ya diez minutos más allá de las seis, o que Niña Pequeña ha preguntado media docena de veces cuándo empieza la clase, pero la condensación del aire es directamente proporcional al cuerpo robusto de la abuela de la izquierda que, tacones en alto y bolso en ristre, ha decidido hoy acompañar a su nuera a los centímetros cuadrados que le corresponden de vestuario: área minúscula que, en esta tarde y a esta hora, es lo más cotizado en la milla de oro de la piscina municipal. Ni un reloj de Lotus, oiga. Ni me atrevo de moverme de mi esquina, la bolsa escondiendo el libro en el que me enfrascaré en cuanto Niña Pequeña entre en su clase y me abra camino -perdón, disculpe, gracias, lo siento- entre las envaradas abuelas orgullosas de sus nietos y las madres...

Alejandro no ha ido. Beatriz ha resbalado. 

- ¡Si es que ya te lo decía yo!

 

martes, 26 de marzo de 2013

Nata, de Fortunata y Mara Torres.

Hacía tiempo que no me pasaba: esto, lo de coger un libro y no poder parar hasta acabarlo. Que no es lo mismo que tener siempre un libro entre las manos -o las teclas de un libro digital-, dejarlo en la mesita, esperar a luego, saber que cuando se acaben las tareas de la mañana, la tarde, la noche, ahí estará él, con sus cientos de páginas, esperando a cobrar vida y escaparse en cuanto abra por el marcapáginas. ¿Y qué hay de esa tristeza suave que a veces siento cuando un libro me ha absorbido y sé que se termina, que se acaba, que ya está? He retrasado la lectura, he limitado el número de páginas, me he resistido a marcharme de sus líneas...


Volví a apuntarme al club de libros; no es que me hubiera ido nunca, sino que durante años, décadas, lo fue mi madre, pero los recibos venían a mi nombre.

- Vaya, Negre, si eres tú la que compra los libros en el pedido bimensual, ¿por qué no eres tú la socia, entonces? -dijo Él.

- Tienes razón, claro... Y así Niña Pequeña podrá echar un vistazo a la revista y elegir sus libros, que tiene que mejorar su velocidad lectora -contesté yo.

La vida imaginaria. Lo tuve claro en el pedido de mi reestrenado encuentro con el club este de libros. No sé si es garantía o no que haya sido finalista del Premio Planeta del año pasado, pero sí recuerdo la voz de la autora cuando me arrebujaba en mis sábanas y la escuchaba de noche, porque yo soy de esas, nocturnas, de las de estudiar de madrugada y levantarme a las once, de acostarme con la sintonía del programa de noche y esconderme con la luz apagada. 

- Hola -le digo, desde este lado del teléfono.

- Hola, Negre, ¿cómo va todo? ¿Estás estudiando? -me dice Él desde sus tierras castellanas.- Que te conozco y fijo que estás aprovechando para leer sin que nadie te moleste.

- Ya sabes. Anoche acabé el libro que me empecé por la mañana. Es que es de verdad, vamos, tan cierto que casi lo podía haber escrito yo si hubiera tenido las palabras, ¿sabes? -contesto.

- Bueno, a mí es que me van más los de dragones y esas cosas. Estudia, ¿eh?, que tienes el examen a la vuelta de la esquina.

- Ya, ya. Si sólo me quedan veintiséis temas, si casi ni entro en internet por no liarme...

    

lunes, 25 de marzo de 2013

Té ordenado o cualquier cosa.


Yo sé que el orden exterior me ayuda. Vamos, que es como un recordatorio de que las cosas bien hechas van despacio, pero hay que hacerlas; quizá por eso a veces paro la clase y al alumno del fondo, a la izquierda, le digo:

- Hoy tu clase de Sociales es ordenar la cajonera de tu mesa, que es un atentado visual de cómo la tienes.

Mi orden exterior es poner la mesa incluso para comer uno solo, que las cosas bien hechas, bien parecen, y recoger el lavaplatos por la noche y dejar la cocina casi inmaculada, porque sé a ciencia cierta que no es lo  mismo levantarse al día siguiente y prepararse un colacao con leche y galletas viendo que sólo tu taza es lo que está por ensuciar que sentir que la encimera se te echa encima, la pobre, del peso de platos y vasos sin recoger...

Quizá por eso ayer, hoy, decidí prepararme yo sola el té, aunque Él no esté ahora aquí, que siempre me lo prepara con esmero, con calculado cuidado, más bien: taza de las mías, la cuchara, ¿con leche o con agua, Negre?, dos cucharadas de azúcar, un platito y, si acaso, una galleta, aunque luego tenga que discutir con el endocrino. Y me pongo el reloj del móvil puntualmente cada hora, para ordenar mi tiempo y que pueda hacer todo: preparar las cosas del colegio, aunque estemos de vacaciones -que luego no me da tiempo-, estudiar, volver a estudiar, leer un rato, y hasta tomar un té, normalito, con leche algo más que templada, con la manta en las rodillas aunque la calefacción esté puesta y mirando de reojo el reloj del salón porque a en punto me pongo a estudiar...

  

domingo, 24 de marzo de 2013

Hoy recuerdo a mis amigos salvadoreños.

Fue hace diez años cuando pisé la tierra de El Salvador. No es la primera vez que traigo aquí el recuerdo de mi experiencia, del calor de la gente y el convencimiento de que la distancia es mayor de lo que yo pensaba.

Hoy hace 33 años del asesinato de quien muchos consideramos un santo, un hombre de fe comprometido con la Palabra de Cristo, un mártir cuando una bala le atravesó el corazón mientras celebraba la Eucaristía en la Capilla del Hospital de la Divina Providencia de la ciudad de El Salvador. En el muro exterior una gran pintada con su rostro recuerda que allí dijo sus últimas palabras antes de entregar su vida en la denuncia de una guerra civil que venía matando a cientos de inocentes: jóvenes, líderes regionales, catequistas, sacerdotes,...

Cuando me marché de la ciudad, el grupo de profesores con el que conviví en el antiguo colegio que los HH. Maristas tienen en un pueblo cercano me regalaba una cruz decorada con su imagen.

Hoy hace 33 años del asesinato de Óscar Arnulfo Romero, arzobispo de la ciudad de El Salvador.