martes, 27 de septiembre de 2016

No me convence el bilingüismo educativo

Hace pocos días hablábamos del azafrán a la hora de la comida: Él había hecho paella -una de esas comidas que sabe hacer con muy buena mano- y Niña Pequeña nos preguntó cómo el arroz podía ser de color amarillo. Mi alma de profe de Historia salió a la luz y le expliqué las maravillas del azafrán, el oro rojo...


- Porque tú sabes que en una flor hay estigmas y pistilos... -dije, dejando el tenedor apoyado en el plato.

- No, mamá, yo no sé eso -respondió ella, mientras removía su plato buscando calamares.

-¿Cómo que no? Si te lo han explicado en Science, Niña Pequeña.

- Pues por eso: en Inglés. Por eso no me lo sé -dijo ella, comiendo tranquilamente el calamar rescatado de entre el amarillento arroz.

Mi hija no sabe lo que es un pistilo, ni el estigma de una flor, ni distingue fuerza de masa, ni recuerda que los mamíferos tienen pelo y los ovíparos ponen huevos... Mi hija es una víctima del bilingüismo, como tantos otros niños que aparecían hace unos días en una encuesta que yo ojeaba: los alumnos de Primaria habían empeorado en su comprensión lectora en castellano, su capacidad de hilar ideas y redactarlas estaba en un dudoso puesto  a la cola de Europa y seguían sin saber distinguir las mínimas normas de ortografía. En algunos colegios de Madrid se estaban eliminado horas de Refuerzo de Lengua -una optativa de 1º de ESO- para darle horas al Inglés, y a mí me llevan los demonios...

Vaya por delante que no estoy en contra de aprender idiomas, que, como cualquier disciplina humanística, abren la mente, permiten conocer culturas, expresarse mejor, salir al mundo,... Conozco a sus profesores de Science y Arts -compañeros míos en mi trabajo-, algunos de ellos amigos desde hace décadas, grandes profesionales en lo suyo. No es cosa de ellos, no, sino quizá mía, que defiendo a ultranza -pero nunca delante de las familias, claro, porque me va el sueldo en ello- que el bilingüismo impuesto por la Ley (des)educativa -la que sea: la actual, la de hace tres años, la que vendrá en otros dos- no es real, sino una falacia, una imposición variable y en función del sitio de España donde hayas caído: los profesores de Castilla-La Mancha deben demostrar un nivel B2 en Inglés, en Madrid un C1 mínimo, en Castilla y León, un B1...

Y yo, que soy hija de un bilingüe, estoy convencida de que eso, lo de mamar otro idioma desde pequeño, en casa, en vida cotidiana, es lo que marca la diferencia: lo es la más pequeña de mi familia, hija de un italiano, mi primo, que estudió en un colegio extranjero, mi amiga, la de Alemania, que huyó en fuga de cerebros y nunca volvió... Niña Pequeña ha mejorado su dicción, entiende las canciones, se comunica con sus profesores en Inglés,..., pero no tiene conceptos adquiridos de materias científicas, explicadas en una lengua que no es la suya. 

Mis alumnos, tampoco. Me llegan con doce años sin, la inmensa mayoría, saber resumir, comprender un texto, escribir diez líneas sin hacer una veintena de faltas de ortografía, sin extraer de dos párrafos ideas principales... Y yo me las veo y me las deseo para intentar encauzar esos fallos, maquillarlos para la Inspección, disimular que, sin duda, sabrán mucho Inglés, pero cuando estén en 4º de ESO habrá una reválida que se les aplicará en castellano (quizá, porque en el fondo, lo del bilingüismo no es tal, y no son alumnos extranjeros o de colegios extranjeros que esos, sí, tienen derecho a un examen especial en su idioma materno).

Y sin esa reválida, un examen de tipo test que medirá contenidos, no podrán titular. Que la Ley (des)educativa nos imponga a los profesores explicar siguiendo "metodologías activas", "personalicemos la enseñanza" (aulas a más de treinta alumnos), "atendiendo a los niños con dificultades" (repito: aulas a más de treinta alumnos) y procurando "explorar y poner en prácticas competencias, no tanto contenidos", eso, es otra historia para otra entrada del blog. 

Qué país. 

My God.


sábado, 24 de septiembre de 2016

145. Punto y seguido

145.

Este es el número de alumnos que tengo este curso, todos de Secundaria. Seguramente, tras estos casi veinte años dando clase, he alcanzado ya el número de 2000... Mis alumnos mayores, los primeros, aquellos que eran solamente siete u ocho años menores que yo, empiezan a traer a sus hijos más pequeños a mi instituto (a pesar de todo, o por eso, porque fue el suyo antes).

145. Repartidos en clase de treinta personas o más, haciendo frente numérico a eso que la LOMCE llama "calidad educativa", "atención personalizada" y demás mandangas y que, listas en mano, se queda en papel trasnochado y listo para lanzar a la chimenea...

He visto ya a todos mis alumnos; de la mayoría sé su nombre, algunos datos, ciertas curiosidades de su vida escolar, un par de inquietudes,... A algunos, por afinidad o porque ellos lo han elegido así, los conozco: sé sus miedos, sus deseos, sueños, inquietudes, rabietas, misterios y bastantes alegrías. Muchas horas de patio y pasillos permitieron, en esos casos, crear lazos y ser domesticados, al modo del zorro del Principito...

Tengo 145 nombres en mi agenda de aula, 145 palabras que tienen rostro y corazones que, seguramente, anhelan millones de cosas que están terriblemente alejadas de la realidad de las aulas y de lo que la Ley (des)educativa me obliga a enseñarles. Y sé que tengo, este curso, 145 razones para levantarme, preparar mis cosas del colegio, abrir mi agenda para ver qué toca hoy y escuchar aquel "hola, profe", tras el timbre, que moverá mi motivación diaria y me recordará, 145 veces repetido, que esto es lo mío. 

Feliz curso.


 

miércoles, 31 de agosto de 2016

Carta a Maruja (37): las vacaciones del profe

Hacía tiempo que no escribía a Maruja, mi vecina. Si quieres leer mi nueva carta sobre nuestra conversación, pincha aquí


 

martes, 16 de agosto de 2016

Siete años de blog en la red. Gracias.



Hace unos días mi blog cumplió siete años en la red... Siete años de historias reales, cotidianas, rabiosas, refrescantes, irónicas... Gracias a los que las han leído, a los que pasaron por aquí por casualidad, a los que llegaron conscientemente. Y gracias a sus protagonistas: Él, Niña Pequeña, mis alumnos, mis compañeros de trabajo, mis vecinos, a esos que pasaron un día por la calle y al almendro que hay enfrente de mi casa -porque siempre me anuncia la llegada de la primavera...

Os dejo una selección de las entradas que, en estos siete años, han sido más leídas, no presentadas, necesariamente, por orden de importancia:

  1. Esta fue una tarde única e irrepetible
  2. ¿Puedes abrir tú la bolsa de plástico del súper?
  3. La niña de cari va primero. 
  4. Alba, mi antigua alumna, que nos dijo adiós en el año 2011...
  5. ¿Cómo es un profesor innovador?
  6. Los dulces de Halloween de mi vecina (gracias).
  7. Lo que hay en mi cuaderno de profesora.
  8. Forrar los libros o el inicio de curso. 
  9. Un día especial: un cumpleaños. 
  10. ¿A qué sabe un beso? 


 

domingo, 14 de agosto de 2016

¿Tienes una tortuga?

Es de esmeraldas y naranjas otoñales. A veces Él se queda mirándola con sus ojos azules y parece que los dos batallan en colores: ella, deslizándose en su jaula de agua, Él contemplando cómo contiene la respiración. 

- Cuánto aguanta debajo del agua, Negre.
- La adaptación a la Naturaleza -le digo, mientras ordeno por enésima vez los papeles del colegio...
- ¡Mira, mamá, que se quiere comer la hierba artificial! -protesta Niña Pequeña.

Ella se mantiene impasible, serpenteando arriba y abajo de su acuario, indiferente a cómo el sol que ha entrado por la ventana juega con los colores de su caparazón. Baila a izquierda y derecha y se deja mecer por las corrientes de su filtro. 

- ¡Tengo una sorpresa que le va a encantar a Niña Pequeña! -anunció Él hace meses, aún antes de cerrar la puerta de casa. 

Como en una ceremonia, solemne, nos la presentó, sonriendo como sabe hacer, mientras le brillaban los ojos: como el que se reserva lo mejor para el final y paladeando nuestra sorpresa anticipadamente.

- ¡Una tortuga! -gritó Niña Pequeña.

Llegó hace varios meses para quedarse, porque no tuve corazón, y ahora baila para mí cuando sabe que es su hora de comer...




 

viernes, 29 de julio de 2016

¿Qué tal son los hijos de tus vecinos?

Los hijos de mis vecinos -al menos, algunos de ellos-, están acostumbrados a ser llamados a golpe de silbido y terraza por esos padres a los que no les gusta mi trabajo... Algunos de ellos disfrutan de un periodo vacacional sin tener que preocuparse de exámenes de septiembre y me consta que no les importó en su momento acabar de romper los columpios que por aquellas épocas usaba Niña Pequeña y algunos otros que entonces eran como ella, ya que sus padres, claro, se encargarían de pagar los desperfectos comunitarios. No ocurrió, como era previsible. 

Son cosas de críos, yo lo sé, cuando se esconden a jugar a oscuras en el aparcamiento de los bloques, ese al que hay que bajar por unas escaleras. 

Y cosas de críos, me consta, cuando juegan en el mismo aparcamiento con globos de agua, dejando encharcadas las dos plazas de garaje inmediatamente contiguas al grifo que -cosas de críos- dejan a veces abierto...

Cosas de críos, no pasa nada, lo de intentar dar a los cristales de un coche que está aparcando en el garaje comunitario, que iba en broma y no pasa nada, que con pedir luego perdón ya se arregla. 

O cosas de críos, tranquilos todos, cuando ese mismo agua de sus globos se deja caer por las empinadas escaleras, mal iluminadas, que conducen a las mismas plazas de aparcamiento de antes.

Nada que ver con las bicicletas embarradas que dejan esas huellas que la mujer de la limpieza tiene que quitar, día tras día, del portal donde las dejan. Ni con sus competiciones a voz en grito en hora de siesta aprovechando el wifi de algún rellano. 

Cosas de críos, que son llamados a silbidos al rayar la medianoche, para que suban ya a cenar a casa, que dejan para septiembre lo que bien se pudo hacer en el largo invierno o consideran, como sus padres, que los profesores son una especie de lacra social fundada en las vacaciones y la pereza. 

Pero -¡ay!- cuando alguno de esos coches de las plazas de aparcamiento no vea, al entrar despacio, tan despacio como la administración comunitaria solicita por escrito y encarecidamente, a estos críos que, con sus cosas de críos, se exponen día sí y día también al peligro de jugar a escondidas y sin luces, luchar entre globos o regar sin malicia -cosas de críos- las escaleras...

Entonces, me temo, ya no habrá silbido que valga y vendrán los padres, sin globos, a lamentarse entre aguas...