Regresaba desde Madrid a mi casa la tarde del lunes ya bien entrada la hora de la cena -cosas de los lunes, primerizos de la semana, traidores... Cuando vuelvo en aquel autobús -que suele ser siempre el mismo, repetitivo y con idéntico conductor que conoce casi ya nuestros nombres-, mis compañeros de viaje no están para muchas conversaciones. Va la gente poco a poco, sin prisa, sin pausa, lenta pero de andar apresurado noseaquesevayaelbus.
Cuando estudiaba en la Universidad todas las mañanas, puntualmente a las 7:55 me encontraba a un grupo de adolescentes. Todos los días, pasara lo que pasara. Nunca supimos nuestros nombres, pero el encuentro matutino nos hizo reconocernos y saludarnos. Siempre, en la puerta de la Policía Municipal. Llegué a preocuparme cuando alguna mañana uno de ellos no estaba...
Los lunes me pasa lo mismo. También otros días, pero las tardes cansadas de los lunes-noche tienen el aspecto especial de quien dejó atrás hace horas el fin de semana -que, para mí, suele estar lleno de cosas que hacer y trabajo atrasado. El conductor, que lo sabe, deja su auto en penumbra, un detalle para quien echa la penúltima cabezada del principio de semana. A mí a veces me gusta, me relaja, me deja pensar, otras me incomoda, porque voy con prisa de estudiar y aprovecho los minutos contados.
Al llegar a casa, mi marido, que está en todo, ya se encargó de mi hija -baño, cena, cuento, jesusito y a dormir. Y aunque la noche es mía y Rut siempre me llama a mí en la larga madrugada, es de agradecer sólo tener que sentarse y cenar.