Se encuentran entre nosotros en edad adolescente. Ellos y ellas se identifican con éxito en las clases de los colegios, en los pasillos de los institutos y cerca de las rotondas; se reconocen, se huelen y diría yo que hasta se identifican alguna hormona aún no descubierta por los científicos, que les hace rondarse y saludarse desde las ventanas de las clases. Es la raza de los flequilleros.
Los flequilleros y flequilleras son jóvenes e indómitos; el tiempo no pasa por ellos, apenas planea entre sus espaldas delgadas vestidas a la última. El tiempo no pasa, y además no pasa nada: exámenes, trabajos y decisiones resbalan por sus flancos adolescentes, deshaciéndose poco a poco a la altura de las caderas, para quedarse como un mero recuerdo cuando llegan a sus bailarinas -ellas-, a sus zapatillas de deporte -ellos; con un ligero movimiento de caderas -ellas- o una patada estudiada -pero qué bien me queda, ellos-, apartan de sí los posibles últimos restos de cualquier amago de responsabilidad.
Pero es el flequillo lo que los identifica. No, más allá: es su peinado, ese que nosotros diríamos córtate las puntas, niña, ¿cuándo vas a ir a cortarte el pelo, niño?, pero que ellos llaman desfilado, es la moda, profe. Él o ella se girará levemente en su puesto de clase en primera fila: primero brevemente la cadera ladeada, sujetando el respaldo de la silla con el codo, después el torso apretado en una camiseta imposible de tallar, en un instante un rápido movimiento, brusco, pero estudiado, del cuello, hacia la derecha. El giro de la cabeza, ligeramente ladeada para ayudar en la torsión, moverá el flequillo, dejará entrever allá una oreja, quizá el pendiente o el piercing robado a la mamá. Su mente, la de él, la de ella, seguramente imaginará una onda en movimiento atravesando suavemente el pelo, desfilado, es la moda, por más que el pelo, el flequillo, la onda, jamás existirán a los ojos del no introducido en el código de esta tribu.
- ¿Me llamabas, profe? -pregunta, la cadera, el codo, el torso, el cuello, la cabeza, el flequillo en breve movimiento hacia la derecha.
- Siéntate bien, que no estás en el sillón de tu casa.

























Con lo hermosas que son las caras despejadas y limpias..... Tanto como odiarlos, no, pero nunca me gustaron los flequillos.
ResponderEliminarJosé Luis
Admito que en mi adolescencia llevaba una larguísima melena con un hermoso flequillo que, evidentemente, me tapaba ojos y media cara... Pero no te das cuenta de la evidencia que comentas hasta que no dejas la enfermedad quinceañera.
EliminarUn saludo.
Yo tengo un flequillero objetor en la primera fila. En efecto: el flequillo es su única razón de ser y de estar en clase. A él se agarra como seña de identidad. El curso ha resbalado académicamente por su pelo. El año que viene a Diversificación. A lo mejor se corta el pelo.
ResponderEliminarEstupenda expresión la de "el curso ha resbalado académicamente por su pelo": y nosotros que vemos cómo se va cayendo a chorros sobre el pupitre.
EliminarCuidado si se lo corta al cero o al uno el curso que viene... Mala cosa es ser voluble en la propia identidad.
Un abrazo.