lunes, 25 de enero de 2010

Emanación. Efluvio. Fragancia. Perfume.

Sé que otras ocasiones me he quejado de las colonias... Con frecuencia un exceso de aroma a mi alrededor me distrae de mis tareas -algo que no puedo soportar.

Pero el otro día -siempre es el otro día, que es como decir ayer o incluso antes- me paralizó; pude ver sus ramificaciones. Se hacían ondas, envolvían los cuerpos de los árboles, ondulaban por la fachada más cercana y torcían a la derecha, cerca del semáforo -ese, uno de los que más veces he atravesado en mi vida. Dejaba la fragancia un suave dulzor que se resistía a abandonar la acera y perseguía como un velo a su dueña, la sobrepasaba, se dejaba llevar por el aire frío, ronroneaba, verdeaba incluso en olas suaves -yo, que siempre preferí el bravío del Cantábrico.

Caí rendida a su poder, prometiendo aprender -y aprehender, que es más difícil, aunque sea sólo por su hache intercalada- la raíz de aquel efluvio y encasillarlo en un rincón de mi cabeza. Saborearlo después y añorarlo. Quizá.


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