miércoles, 28 de octubre de 2009

Yo también soy una alumna.

Este año retomé mis estudios, nunca olvidados, pero tampoco a pleno rendimiento; las situaciones familiares, lo cotidiano y algún toque de estrés adicional hicieron hace tiempo que aparcara volver a las aulas como alumna. Pero este curso era tan bueno como el siguiente o cualquier otro para regresar a la mochila, los folios -en algunas cosas, soy una clásica- y la carpeta de apuntes.

Es curioso ver las cosas desde el otro lado; nunca del todo sólo como alumna, claro, porque ya llevo dentro eso que dicen deformación profesional, pero sí es cierto que critico un poco ácidamente a mis colegas profesores que me corrigen ahora ejercicios y trabajos. Y me sirve esto de mirar desde la orilla lo educativo para darme cuenta de lo importante que es ser conciso y claro en la explicación, llevar las clases bien preparadas por lo que pueda surgir y no dejar demasiadas cosas a la improvisación -de todas formas, en el aula se toman tantas decisiones que hay espacio para que las cosas fluyan a su modo...

Mis compañeros de afán no son precisamente treintañeros. Más bien, por el contrario, talluditos y maduros que están de vuelta universitaria; algunos, además, con familia como yo y algún hijo más o menos pequeño. No todos. De hecho, creo que estoy en franca minoría.

Pues bien, hoy, esperando a que llegara la profesora -lo reconozco, por cierto: qué pasadas se pueden hacer las clases y qué despacio pasa el tiempo cuando lo que escuchas no está bien estructurado-, uno de mis no tan jóvenes compañeros le comentaba a otro que él, en su labor profesional -por lo que decía, le supongo profesor jubilado- prefería enseñar a dejar las cosas claras antes que a dar datos. No estaba yo en total desacuerdo con él. ¿De qué me serviría a mí que mis alumnos no supieran reconocer lo importante de lo secundario? Poca cosa puedo hacer cuando se enfrentan a un texto y no saben por dónde pillarlo...

Pero yo descendía más a lo terreno: enseñar, incluso, a dejar ordenada la mesa de trabajo en el aula, no estar rodeado de papeles, guardar las cosas de la asignatura anterior, colgar el abrigo en la percha y no conformarse con dejarlo encima de cualquier alféizar -si las madres vieran lo que sus hijos son capaces de hacer con el material escolar...- y quitar de mi alrededor todo aquello que me distrae o molesta para trabajar. Vamos, mi día a día. Y no me disgustan estos gestos educativos porque me lo enseñaron a mí siendo adolescente y ahora, en mi treintañerismo, me doy cuenta de lo que pretendían aquellos profesores de la extinta EGB. Mis recuerdos de los '80...


2 comentarios:

  1. Está claro que no todo el que sabe mucho de algo, está preparado para enseñar.
    Saludos.

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  2. Y en las universidades esto no se aprende, lo que es una lástima, porque ciertas cosas, como lo que yo estudié, están abocadas a la enseñanza.
    Saludos.

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