lunes, 24 de agosto de 2009

Recuerdos a la hora del desayuno


Esta mañana luchaba de nuevo con mi hija para que se tomara los cereales del desayuno (ardua tarea que, sin embargo, se le da bien a mi marido). Mientras, claro, aprovechaba para ordenar el caos de la cocina dejado tras la cena de ayer. Y he recordado una conversación que tuve hace ya la friolera de once años (once, ¡madre mía!) con un amigo de Pamplona, mientras desayunábamos en aquella pequeña casa de amigos compartidos a la que llamábamos La Parrita, en un barrio marginal de Madrid...
Recuerdo que él era -supongo que lo sigue siendo- un gran amante del café -con leche-, mientras que yo me mantenía -mantengo- fiel al cacao soluble. Y en aquella mañana que coincidíamos, me decía "¿A qué olerá el cielo?" -siempre se le dio bien lo de hacer de nostálgico melancólico-. "Supongo que a ti, a café, claro..."
Pero yo siempre he preferido las tostadas, los croissants que mi madre me compra a veces cuando voy a dormir a su casa, el olor de pan recién calentado en la panadería de la esquina. Claro, a mi el cielo no me va a oler a café cuando lo visite -tarde, espero-, pero sí a mermelada de ciruela, mantequilla blanda, tostadita blanca, leche fría.

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