sábado, 11 de septiembre de 2010

Tengo unos libros nuevos.

Tengo libros de texto nuevos -y ya va el quinto cambio editorial en diez años. La semana pasada me los dieron, flamantes, encima de la mesa, en el sitio donde -por inercia- pongo mis trastos del colegio. Ayer mi madre me pasaba, también, el último libro que mi agente de Círculo de Lectores me había traído.

Los libros nuevos son sumamente atrayentes, perfectos en su envoltura de plástico, lustrosos y brillantes. Tienen algo de soberbios, incluso, con la soberbia esa de quien sabe algo que-no-te-voy-a-contar, sus hojas casi cortantes y las esquinas bien guardadas, suaves sus hojas vírgenes. Pero lo mejor es su olor: entreabrir un libro nuevo, sin pretender leerlo aún, pasar las páginas hasta su mismo centro, no forzar su canto, aspirar el aroma que se va perdiendo en segundos. Los libros nuevos huelen a húmedo y a limpio y a agua.

Los he puesto en la estantería. Los unos, los de texto -que también son digitales, por aquello de que parece que así los alumnos aprenderán más y mejor-, encima de mi taquilla. El otro -el de casa, el de verdad-, en la tercera estantería, en doble fila porque apenas caben ya...




Mi vecina me ha indicado esta tarde que buscara otra foto de perfil que hiciera justicia a la retratada. He seguido sus indicaciones.

2 comentarios:

  1. A mí me encanta el olor de los libros. Cada vez que compro uno lo huelo antes de empezar a leerlo.

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  2. Kassiopea,
    tengo el siguiente aquí mism, al otro lado de la mesa. Nuevito, blanco y esperándome :-)

    Un saludo.

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