domingo, 12 de septiembre de 2010

El vecino de abajo, hoy muy enfadado.

El vecino de abajo hoy estaba enfadado. Tanto, tanto, que no le ha quedado más remedio que subir los quince escalones que separan su casa del vecino de enfrente -uno de mis vecinos de enfrente, según se mira, en diagonal:

- ¿Pues no ves? ¿Te das cuenta? ¡Es un lugar de juegos! -le dice, airado, en el descansillo.
- Ya veo, ya.
- Claro, que si fuera invierno, pues bueno -apostilla la mujer del vecino de enfrente (según se mira, en diagonal)-. Pero, claro, así, en verano, no puedes cerrar las ventanas.
- Es una vergüenza -continúa el vecino de abajo-. Son los de siempre.
- Lo sé, lo sé: los de siempre, ya lo he visto -afirma con rotundidad y tono cansino el vecino de enfrente (ese, el de la diagonal).
- Pues he puesto la tele a todo volumen para no tener que oir sus conversaciones. ¡Sus conversaciones!

El vecino de enfrente (según se mira, en diagonal), y el de abajo se despiden. Y yo decido, por fin, que es el mejor momento para salir de mi casa, cerrar la puerta y bajar a ver qué pasa. Y es que hoy mis vecinos decidieron hacer una merienda sorpresa a los niños más pequeños del lugar, en la zona cero del parque -entiéndase, la zona de juegos-, lugar estratégicamente situado a la vera de la casa del vecino de abajo -también es mala suerte, oiga: 64 casas y le tuvieron que vender precisamente esa...

Yo sé que los niños molestan -y los preadolescentes, oiga. Aunque los de más de doce años son peores porque ellos lo hacen de manera consciente, sabiendo el poder que tienen de desequilibrar a las mejores mentes. Los niños incordian y seguro que generan rabia bullente en las venas del vecino de abajo, porque se dedican a balancearse en el columpio, tirarse por el tobogán, hacer castillos y sopas con la arena y caerse de vez en cuando. Y estas tareas, claro, son sonadas y sonantes.

Pero sin duda, los peores son los de siempre -entre los que me incluyo, claro, porque Niña Pequeña estaba hoy jugando con los gamberros y sonadores hijos de los de siempre-, con sus atronadoras conversaciones sobre el futuro colegial de sus pequeños, el menú improvisado de la cena o si limpiar o no la cocina el próximo fin de semana. Entiendo por tanto, que el vecino de abajo se haya quedado tan ancho provocando contaminación acústica con su televisión a toda pastilla para no escuchar semejantes atrocidades -aunque lo siento por sus amigos, los vecinos de enfrente según se mira en diagonal, que tienen un bebé de meses y no habrá podido dormir la siesta con semejante escándalo.

Pero como el vecino de abajo estaba hoy tan enfadado por haber invadido su espacio acústico, no me he atrevido a decirle que a mí tampoco me gustan los gritos que da a sus nietos cuando estos le visitan, ni las reacciones del vecino de arriba-arriba, cuando decide insultar a los hijos de los de siempre por jugar en el parque, ni los del otro vecino cuando permite a su hijo tirar latas de refresco vacías desde la terraza. Pero hay categorías: yo soy de las de los de siempre; y Niña Pequeña ha hecho su castillito de arena, por cierto, pegadito pegadito a la verja de la casa del vecino de abajo...


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