lunes, 12 de julio de 2010

Hoy se cruzó el Estigia.

Para los antiguos griegos el koimeterion era un lugar de descanso que nosotros, por influencia cristiana, hemos transformado en un cementerio. Pero sus difuntos vivían en la necrópolis, la ciudad, el lugar, el reino terrestre de los muertos, esos cuyas almas eran acompañadas por Hermes para ayudarlas a cruzar el Estigia y entrar en su verdadero y definitivo espacio...

Los egipcios escribían cartas a sus difuntos, que dejaban periódicamente en sus cámaras funerarias, de forma que el muerto podía estar en contacto con los suyos a través de una puerta especialmente construída para ello. Lavaron los mirmidones el cuerpo del amado Patroclo, mientras la pena y la rabia corroyeron el corazón del divino Aquiles ante la muerte de su amigo. Y los dioses solían elevar al firmamento a las almas más puras...

Hoy era enterrado César. Y el cementerio se me figuraba, mientras los suyos despedían su cuerpo, no un lugar de descanso, sino de espera bien atemperada. Yo sé que un corazón cuando se rompe suena como un pan al crujir, de esos de corteza leñosa que pinchan al buscar la miga; por eso, claro, el corazón de mi amiga al despedirse de su padre sonaba fuerte, chillando, rompiéndose en trozos que se esparcían por el suelo sin posibilidad de recomponerlo. Pero sé también que hoy César era esperado, recibido para ser acompañado a cruzar su propio Estigia...


2 comentarios:

  1. La muerte cuando nos toca de cerca nos hace asumir algo que es inevitable pero que tratamos de soslayar toda la vida. Besos

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  2. Cierto, Cris. Y permitirse un duelo.

    Un saludo.

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