sábado, 10 de julio de 2010

Soy una Mari veraniega.

Inauguro oficialmente el verano cuando tengo entre mis manos el primer helado de la temporada y en el momento en que me atrevo a posar en bañador en el evento social de las vacaciones: la piscina de mis padres.

La piscina de mis padres es una especie de injerto social del que yo no era consciente hasta que Niña Pequeña empezó a gotear de calor como los churretones de las velas. Ese es el instante en que decido armarme de valor, buscar la olvidada bolsadelapiscina y reponer todo aquello que ya no vale por caducado o talla inferior, amén de los juguetes, cuaderno, pinturas no tóxicas, biquini de recambio, merienda, termo, botellita de agua, toallitas y demás accesorios que necesita un niño pequeño para salir más de una hora y remojarse. Ignoro si todo esto era imprescindible cuando yo era Niña Pequeña, pues sólo recuerdo bajar con la toalla en el hombro y el carné...

Pero la piscina de mis padres no es sólo una actividad social donde, de un vistazo, te das cuenta de que la gente tiene un cuerpo normal, compra el bañador más o menos en el mismo sitio que tú o busca con ansia la mejor sombra para plantar la toalla y los aperos -como todos. No. Es el lugar donde te conviertes en Mari.

Ser una Mari es una cosa muy digna, porque es algo así como vivir de anónimo, pero sin que lo parezca, y sobrevivir al día con la cara bien alta. Ser una Mari veraniega, además, es bajar a la piscina de mis padres y reencontrarte con la gente detodalavida, por la que sí pasan los años -como para tí, aunque te defiendes con uñas y dientes a traspasar la frontera de los treinta- y tiene Niños y Niñas Pequeños que quieren ponerse los manguitos, aunque maldita la gracia que te hace a tí quitarte la camiseta. Yo soy, además, una Mari veraniega que admite sin pudor que su Niña Pequeña es normal: n-o-r-m-a-l; vamos, que no sabe nadar sola, no le gusta compartir sus juguetes, llora de forma intermitente y quiere hacer su santa voluntad.

Como hoy, que vaya perra ha cogido Niña Pequeña, empeñada en defender a toda costa sus tres pelotas de colores de los feroces ataques de otros dos niños, empeñados ellos en hacer buenas migas. Una, además, decía también con su seriedad de los tres años: "¿a que no se llora y hay que compartir?".

Cosas de Maris, empeñadas en destruir el egoísmo natural del ser humano desde la más tierna infancia...


4 comentarios:

  1. Es curioso. Últimamente, me he dado cuenta de que los niños siempre dicen eso de "hay que compartir", cuando quieren jugar con algo que no es suyo. No es así cuando son ellos los propietarios. Aunque, pensándolo bien, eso no sólo le ocurre a los niños.

    Nosotros tenemos una piscina, en una parcela en el campo. Mi hijo mayor, ya sabe nadar, pero ayer, el pequeño, aprendió a tirarse desde el borde de la piscina. Otra preocupación más.

    Son las cosas del verano.

    Un abrazo.

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  2. Perikiyo,
    yo también he caído en ese detalle del compartir... lo de otros hace poco.
    Niña Pequeña no sabe nadar aún, así que irá a clase de natación a lo largo del invierno. Seguro que me preocuparé cuando descubra que el bordillo es de acceso libre...

    Un abrazo.

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  3. No ocnocía esta versión de Mari... Ir a los sitios de toda la vida y comportarse como toda la vida no deja de ser relajante: te evita tener que ser original, ser una supermamá y una supermodelo, así que bienvenida sea la piscina de tus padres.... Saludos cordiales.

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  4. La rutina nos ayuda mucho, cierto, aunque a mí sólo me gusta esta faceta de forma temporal... Prefiero la originalidad de ir haciendo cada día.

    Un abrazo.

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