lunes, 19 de julio de 2010

¿Te gusta conducir?

Ya he dicho aquí que la verdadera independencia comienza cuando te rascas tu propio bolsillo, se ratifica al poder llevarte a tu casa una bolsa repleta de objetos más o menos útiles del Ikea y, definitivamente, cuando puedes cargarte el embrague de un coche por el que respondes.

Por no sé qué extraño motivo, la conversación que teníamos ayer por la tarde en casa de Tíamariadolores derivó en algún momento hacia el arte de la conducción.

Mi padre forma parte de ese selecto club que me trae y me lleva en su coche la mayor parte de las veces, a pesar de que hace poco pudo renovar su carnet de conducir sin que le hicieran las pruebas físicas pertinentes -es curioso cómo, si te separas tres centímetros de la acera al aparcar, te crujen en el examen de conducción, pero no pasa nada una vez que tienes el permiso: tú paga la renovación y luego ya hablaremos...; él admite, además, que le gusta conducir -a lo que mi madre apostilla que, encima, corre demasiado. Vamos, que tiene un par de ingredientes el asunto perfectos para que en esta mi casa no nos guste demasiado montar con él en su auto rojo...

Tíamariadolores es de esas personas perfectamente naturales, entregadas con pasión a hacer que la vida de los demás sea más fácil y estupenda, de forma que en medio de la conversación se gira decidida y sonriente hacia mí:

- A tí te pasa lo que a mí, Negre: que no te gusta conducir y por eso no tienes coche (dando con el dedo en la llaga del tema del mes).

Hombre, mujer, ¡tía! No exactamente. Una cosa es que no conduzca nunca y otra que no me guste. Analizando la situación, resulta:
  1. Que no se ha cumplido la palabra de caballero dada por mi padre hace ya cuatro años, tras un accidente de coche en el que este quedó hecho trizas: "el próximo coche que me compre te lo vas a quedar tú, que yo ya no lo usaré para trabajar". Se entiende que con gastos a mi cuenta (palabra de damisela).
  2. Que el primer coche que poseímos en casa acabó k.o. con resultado de embrague a arreglar -fijo que con defecto de fábrica- y batería casi finiquitada por no moverlo del garaje. Claro, con esas, poca gana de volver a las andadas...
  3. Que mi marido tiene el carnet de conducir desde hace años, pero sólo lo usa para identificarse al pagar con tarjeta. Porque es el nuevo y en la foto ha quedado muy guapo. Vamos, que la conductora oficial irremisible voy a ser yo. El destino está ya escrito -como defienden mis alumnos.
  4. Que mi desconocimiento vital natural impidió en su momento saber que cuando tienes un hijo viene con todos los complementos y capacidad de expansión ilimitada, de forma que luego ya es tarde para financiar un segundo coche. Lo de que vienen con el pan bajo el brazo no sé quién se lo inventó...
  5. Que a buenas horas, mangas verdes. Ahora necesitas un coche -ahora sí-, pero todavía no sé falsificar el número de billetes necesarios para aparecer en el concesionario más cercano. Mi marido es de esos que aún tienen fe ciega en la Lotería...
Así que, lo de gustarme conducir o no, no lo tengo muy claro, porque la vida me ha arrastrado a mi condición actual de peatona. Pero todo se andará... con cuatro ruedas, espero.


2 comentarios:

  1. A mí me encanta conducir. Claro que, mi ciudad es pequeña -cuarenta mil habitantes- y no hay atascos, ni prisas. Es agradable ponerte en cualquier sitio, en un pis-pás. Pero lo que más me gusta, es hacer viajes largos. Acomodarme en mi coche, con la radio puesta -no con música- y engullir kilómetros y kilómetros. Me cansa, pero me gusta.

    Mi mujer también tiene coche, pero a ella no le gusta conducir. Usa el coche sólo para lo imprescindible, pero, si puede evitarlo, lo evita.

    Resumiendo: te guste o no te guste conducir, necesitas un coche, ya.
    Ah, y se me olvidaba: también necesitas una máquina de copiar billetes. Je,je.

    Saludos.

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  2. Perikiyo,
    ¿y dónde meto la máquina de copiar billetes? Mi casa es pequeña...

    Vaya, otro problema ;-)

    Abrazos.

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