miércoles, 29 de junio de 2011

Delicuente doméstico (2)

Abandonando mi tradicional anonimato, confirmo mi presencia en el grupo de los delincuentes comunes y amigos del hurto cotidiano. Dejo atrás, de esta forma, mi aura gris envolvente y protectora, esa que siempre me ha permitido pasar desapercibido en las aulas -siendo yo alumna-, en un claustro de profesores -buscando terceros y cuartos planos- o la de ¿me presentas a tu amiga?

Sí, queridos amigos. Hoy, esta misma tarde, mi rostro redondeado, mi nariz chata -herencia paterna-, mis ojos y cabello amarronado -herencia materna-, mi mirada de miope -otra herencia materna- engrosaban ya en la lista de los más peligrosos de mi ciudad, con especialización firme y decantada por el robo de pequeños objetos en supermercados de barrio.

Mi tesina final como peligro social no ha sido en el mercado más cercano a mi casa -ese según se mira, hacia arriba de la cuesta. No. Mi profesionalidad hubiera sido puesta en duda, y es bien sabido de todos que seré muchas cosas, pero no una irresponsable. No. Calculando la estrategia, comprobando el terreno, sabiendo que allí no me conocerían, elegí mi siguiente escenario en otro barrio, en un mercado sencillo, barato, sito en un callejón poco transitado. Y allá me dirigí, con premeditación y alevosía, llevando una bolsa fuerte de asas verdes que mi madre, inocentemente -lo digo para que no la puedan acusar de cómplice- me había prestado, por demás, con la marca del mercado bien visible en ambos lados.

Una vez dentro, rebusqué con cara de confianza; los productos estaban claros: tomates cherry, queso fresco -mañana viene a comer a mi casa mi amiga Maricarmen y hay que hacer una ensalada-, una tarrina de queso para untar, una lata de mejillones, algo de helado. Selecciono las marcas del dicho mercado -blancas, dicen que más baratas-, las meto en la bolsa, busco la fila de la línea de cajas y me pongo en posición.

- Disculpe -me dice la amable señorita, cuando ve bolsa y productos-. ¿Esta bolsa es suya?
- No -respondo, con mi mejor sonrisa forzada, ensayada ya tantas veces en trance parecido-. Es vuestra, de las que vendéis vosotros.

Ella comprueba mi coartada. La marca del establecimiento continúa indeleble y ostentosa en los dos frentes de la bolsa.

- Además -añado, como si no fuera conmigo la cosa-, verás que está marcada ya como que la he traído desde mi casa.
- Claro, claro -me dice, condescendiente-, pero ya sabe que hay que dejar las bolsas fuera.
- Por supuesto, para que así las roben mejor -este mercado es conocido por su alto número de hurtos. Mi paciencia se empieza a agotar. He tenido una reunión larga en el colegio.

La amable señorita me mira, sus ojos son jóvenes, toda ella despide ser una antigua alumna de cualquier instituto sin aprobar todavía el 4º de ESO. Saca los productos de la bolsa para marcarlos.

- Claro, claro -vuelve a repetir- y ahora me dirá que esto lo ha comprado aquí y no lo ha traído de fuera...
- Considerando que este es el único mercado de la ciudad con esta marca... -No puede ser: seguro que no ha aprobado ni el 3º de ESO...

Recojo mis cosas, saco el monedero, pago. Misión cumplida. Otro mercado donde no volveré.

2 comentarios:

  1. Eso es lo que se llama un mercado de CONFIANZA, je,je.

    Siempre puedes probar con otro. Si será por mercados.

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  2. No andas desencaminado, no...., je, je, je...

    Un abrazo.

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