martes, 14 de junio de 2011

Deliciosa.

Cinco de la tarde en el Metro de Madrid; el termómetro de la plaza superior rozaba, antes de bajar a los refrescantes pasillos, el punto de cuasi-ebullición, debí no decidirme por los vaqueros negros y optar mejor por el lino azulado, pero ya se sabe: elegir es debatir. Llevo en el bolso la nueva dieta que me ha mandado mi nuevo endocrino -toda vez que prometo no volver a la consulta del anterior-, y mis más santas, devotas y firmes intenciones de cumplir, esta vez, la enémisa auto-promesa de hacer deporte, caminar una hora al día, no subir en el ascensor y deleitarme con las escaleras de mi colegio.

Llevo el bolso grande: botella de agua, llaves de casa, monedero -el granate-, un bañador nuevo para Niña Pequeña y el libro que ahora tengo pendiente, recién abierto, casi, por la página 125. Armada así con la paciencia necesaria para luchar contra el posible tumulto del último vagón. Me preparo, entro, no hay sitio, me quedo de pie apoyada junto a la puerta, acomodo el punto de dolor lumbar -eterno, muy mío ya-, me pongo a leer.

A mi lado ella cruza la pierna izquierda sobre la derecha; un pie torneado, moreno, denso, perfectamente perfilado, adornado apenas por unas ligeras chanclas doradas de cintas negras, a juego con el leve vestido de tirantes, melena casual, descuidadamente previsible. El chico la mira sin arrobo. Seguramente serán amantes. Tal vez se habrán amado. Hablan en inglés, perfecto acento ella, de aquí, él. Revuelve ella en su bolso -también dorado, pequeño, de esos que parecen no servir para nada- y saca un tarro azul de crema hidratante. No lo creo posible. No la creo posible. Pero lo hace. Manteniendo cruzada su pierna izquierda, su ideal pie, acaricia apenas la crema, dos dedos, con suavidad y sin prisas, deleitándose, sabiéndose observada: la señora de edad indefinida de la esquina del vagón, el adolescente que está a su lado, las dos amigas de enfrente, el rabillo de mi ojo y la página 125. Muslo, rodilla, tobillo, muslo de nuevo, un brazo sin una pizca de mi grasa, deliciosamente hidratándose en círculos artísticos, arriba, abajo. El chico, el amante, barrunta un susurro en la lengua de Albión, le sostiene al tarro azul mientras se sienta en diagonal.

Avisa la amable señorita por el altavoz la próxima estación. Sonríe la mujer del torneado -hidratado- pie, rodilla, muslo, brazo, a su joven amante, mientras guarda el tarro azul y su mantequilla blanca. Descruza la pierna y baila la caderas levemente sobre unos finos tobillos.

Al menos, mide menos que yo. Eso es lo que me queda.

4 comentarios:

  1. Algo es algo... la altura, digo.
    Deliciosa descripción. Voy a tener que ponerte en mi etiqueta "Miradas".
    No hay otro sitio como el metro para el flotante murmullo de la mirada.

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  2. Pepe,
    no permitir que pase el día sin haberse parado por algo. Dejar que los ojos repasen por el mundo.

    Un saludo.

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  3. Describir la fisicidad de los entornos es bien difícil. Requiere, como dices, dos elementos previos: unos ojos entrenados y sensibles en el "repaso" de la vida circundante, y la voluntad de no pasar por esa vida sin "pararse" en algo. Porque lo físico expresa lo interno, y lo interno ¡es tan atractivo! ...

    Y luego está, en tu caso, la capacidad literaria. Leyendo tu viaje en metro me ha parecido estar leyendo la descripción del jardín de su abuela que leí a Sussana Tamaro en su "Donde el corazón te lleve". Dicho sea como elegio a Sussana Tamaro, seguramente.

    Un saludo.

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  4. Gracias, José Luis. Hace muchos años una amiga me dijo que no podíamos consentir pasar por la vida de puntillas.

    Y bonito libro el que mentas.

    Un saludo.

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