jueves, 23 de junio de 2011

Declinando la tarde...

Roberto, que dice a sus veintipocos años que debería haber nacido hace más de treinta, me cuestionaba hoy el porqué dedicarse a la educación. Él, que ha acabado sus estudios universitarios y colecciona ahora másters -no sé muy bien si para retrasar el momento de enfrentarse a la bofetada laboral o para sacar algo más de partido a su gran capacidad intelectual- bandea ahora sobre qué hacer con su futuro. Y se veía, tal vez, como profesor.

- Ahora no estás muy optimista con esto, Negre, pero, ¿merece la pena el ser profesor?

Difícil respuesta cuando estamos en junio, a horas de entregar las notas finales, con cansancio acumulado -porque, oiga, que esto no es trabajar en la mina, claro, pero la tensión física y el agotamiento intelectual también existe-, y poca gana de luchar contra las calculadoras de los padres. Le contestaba yo que a él no le veía de profesor en las aulas de adolescentes, batiéndose contra el quiero yo y no puedes porque no quieres, tú, a él, que es ácido como un limón, irónico hasta decir basta; tal vez, sí, con alumnos mayores, calmadas ya las hormonas del Bachillerato y con breves decisiones ya tomadas.

Pero, a la vez, que las aulas tenían un buen regusto, mirando los meses transcurridos, a conversaciones de pasillo con el grupo de alumnos con el que se llega a conectar después de tantos apuntes, ejercicios, esquemas, cuadros, trabajos y pizarras -verdes, blancas, negras-, o la luz en los ojos de un incipiente Alumno Luminoso que se da cuenta de que la operación de septiembre "cría fama y échate a dormir" es sólo, al final, para que quede claro quién debe imponer las normas en el gallinero de 1º de ESO, pero hace como que no se da cuenta. O, pese a quien pese, la satisfacción del deber cumplido cuando, mira por dónde, se ha logrado conseguir que la alumna del fondo se entere de cómo va eso de los ejes cronológicos.

No sé con certeza, pero quizá lo de merecer la pena debe de tener algo que ver con poder tomar un refresco cuando declina la tarde, con toda calma, con un antiguo alumno, y no darse cuenta en la conversación de que han pasado dos horas...

4 comentarios:

  1. Hoy es mal día para comentar, precisamente, esta entrada. Hoy que hemos hecho la evaluación extraordinaria, es estupidez de examinar a los alumnos horas más tarde de acabar el curso para que saquen lo que no han jecho el resto del año. Hoy es un mal día porque uno se pregunta para qué corregir tanto, para que mirar con lupa, para qué hacer favores de los que hablabas, para qué consensuar, discutir, perfilar. Y el lunes daremos los resultados, y el martes los padres con su calculadora y su ira contenida o no. Hoy es mal día porque el prestigio de algunos se cimenta en la manga ancha y en pasar a todos y los que no lo hacemos, somos malos profesionales. Hoy es un mal día, Negre.

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  2. Hola menina, pues quiero hacer un comentario a tu entrada sobre educación. Pues creo que SI VALE LA PENA, ser profesor, o dedicarse a la educación no formal como me dedico yo. Y creo que vale la pena, porque a pesar de los reveses y las fustraciones que a veces cargamos, creo que nuestra tarea educativa más alla de unas simples notas. Ya llevo tiempo que cuestiono las notas y el método evaluativo. Porque creo sinceramente, al menos en el medio donde me muevo, Honduras y un barrio marginal, que debemos tener más en cuenta la capacidad de pensar, de crítica, de autoestima, de sacrificio personal y colectivo... que si saqué sobresaliente pero soy un maldito "cabrón". Pero claro, eso no se evalua y tristemente no es valorado por la sociedad que pide cada vez personas más competitivas, alienadas y carentes de sacrificios personales o en favor de los demás.
    Bueno tanto rollo para decir que nuestra tarea puede ser invisible, pero es necesaria y también está llena de agradables sorpresas...
    un beso y adelante!!!

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  3. Pedro,
    en mi caso, mañana lunes será el día de las calculadoras, las quejas, los lamentos de última hora... y espero que alguna visita agradable, de paso.

    Totalmente de acuerdo con lo que comentas al final: el prestigio de algunos profesores, efectivamente, se mide por su número de aprobados (muchos). Lo vivo en mi colegio con bastante frecuencia. Y los que nos empeñamos en que los alumnos trabajen y se esfuercen, esos somos los criticados por compañeros (algunos) y familias (muchas).

    Suerte. Un saludo.

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  4. Menino, me pillas en la recta final del curso, cuando ya se han agotado las pilas, las baterías y las ilusiones. Pero sé que en verano resetearé.

    Estoy de acuerdo contigo en la necesidad de valorar y educar la autoestima, el sacrificio, la capacidad de superación... Hace tiempo que he dejado de pensar que los alumnos más sobresalientes son los mejores... En el caso del que hablo en la entrada, Roberto, se une capacidad intelectual, lucha por los débiles y mucha ironía que le permitirá, en el futuro, aguantar más de un envite.

    Un beso. Ya sabes que se te quiere.

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