jueves, 19 de mayo de 2011

Un problema medioambiental.

Hoy me he dado cuenta de que tengo un alumno que es un peligro medioambiental, un agresor altamente contaminante. En una de mis listas de notas, rebosante de calificaciones y anotaciones, su nombre destacaba hoy como la manzana con gusano, dispuesta a destrozar la cesta de mi cocina; su empeño por sobrepasar los límites y convertirse él en el centro de atención, y no la pizarra, las explicaciones, la buscada y definitiva actividad que iluminara las mentes de sus compañeros y el esquema final y esclarecedor de la dificultad de mi clase de Geografía.

Hoy, esta mañana, su batalla era desbordarse como derrame petrolífero y salpicar con negra pez los cincuenta minutos de clase que yo poseía en mi horario. Dispuesta su particular guerra contra mi persona, persuadido sin duda por algún otro compañero escondido en la esquina y alentado por la efímera gloria que hacer ser el centro de atención de un grupo de adolescentes, mi alumno -¿alumno?- optaba desde su consentida libertad en levantarse en medio de la clase, mantener un animado soliloquio, hacerme ver con su cuaderno cerrado la gran importancia que él -y su familia, supongo- asigna a mis clases.

Mi alumno, desgarbado como sólo puede serlo alguien con casi quince años, infame como el que se cree con todo el futuro, era ejemplo de contaminación acústica con sus palabras inconexas, daño visual por esa extraña moda de querer enseñar el límite casi prohibido de una ropa interior, ácido casi puro que iba royendo la poca curiosidad que un estudiante de Secundaria tiene hoy por los estudios. Se llevaba, así, la palma y la gloria de la clase y los aplausos silenciosos de sus compañeros. Un pequeño grupo de irreductibles galos resistía -hoy, siempre, como vienen haciendo desde hace meses- a los enviones de la polución del aula.

La madre que me decía, hace unas semanas, que su hijo -un alumno brillante- tenía derecho a tener ayuda y apoyo, tenía razón. Alguien -ella o cualesquiera de esas familias que piensan como ella- debería decirle al alumno de hoy -y a su familia- que atentar contra el derecho a la educación de los menores es un delito... Estos adolescentes -y sus familias- agreden el medioambiente, a la clase, al grupo, a los alumnos brillantes y a los que no lo son tanto. A estos, sobre todo: porque nadie podrá rescatarlos, sumidos como estamos los profesores, en un inmenso chapapote...

6 comentarios:

  1. Eso es lo grave, que no solo echan por tierra su formación, sino que entorpecen la de los demás, dificultando el trabajo de quienes os dedicáis a enseñar.
    Unas joyas, vamos.

    Un abrazo y ánimo, que sé que el curso ya pesa.

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  2. Así que tienes en clase un "prestige" roto por la mitad ¿eh?¡ Jo, qué pena!

    Interferir el normal desarrollo de la clase impidiendo el ejercicio de los derechos de alumnos y profesores ¿no es una falta grave en el reglamento de la institución, y en el procedimiento sancionador previsto en la LOGSE? Lo digo porque una vez acumuladas tres faltas graves lo que sigue es la expulsión del petrolero de la institución ¿no?

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  3. Me encanta tu sabia elección de adjetivos para clasificar a nuestro alumnado: los tengo a todos: al del fondo, al peligro medioambiental infame, desgarbado, ácido puro, a los galos irreductibles, a los escasísimos luminosos... ¡Qué universo, la clase! No hay nada igual que esos 55 intensos minutos llenos de esa imposible mezcla de adrenalina, amor, paciencia y tedio.

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  4. Perikiyo, ese es el gran problema: el entorpocimiento que generan, sobre todo a los alumnos más necesitados (los de verdad), porque creo que los profesores estamos ya tan acostumbrados...

    Un abrazo.

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  5. José Luis,
    efectivamente, es una conducta a sancionar, pero para que sea considerada grave poco menos que la inundación tiene que llegar a los tobillos de los pasillos inferiores, tras estar ahogados los que nos movemos por los superiores... Hay que aguantar el tipo...

    Un abrazo.

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  6. Pepe,
    como tú dices, las clases son galaxias, universos ignotos por explorar casi cada día. Es abrir la puerta o esperar en el umbral de la clase a que la tempestad vaya cesando para pasar por sus pasillos en medio de las olas... Cada vez hay menos galos y alumnos luminosos (la sociedad y las familias no ayudan en esto), por lo que llevarlos a cuestas hace que este final de curso -es cierto- pese ya mucho.

    Un abrazo.

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