miércoles, 25 de mayo de 2011

Los últimos de Filipinas.

Hoy decidí dedicar unos minutos de la mañana a convertirlos en fructíferos, a darles la vuelta y dejar que pasaran más despacio. De forma perfectamente premeditada me levanté con el firme propósito de hacer de un puñado de rayitas de mi reloj algo saludable, aunque eso supusiera respirar hondo antes de coger el picaporte de una clase o saludar con sonrisa casi amable al primer alumno consentido que me cruzara por el pasillo. Mi empeño casi fugaz fue defender a toda costa que en cada una de mis clases hay, al menos, un alumno dispuesto a aprender y una familia empeñada en educar.

6 comentarios:

  1. Con que haya uno solo, merece la pena ...supongo.

    Un abrazo.

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  2. Estupenda decisión, Negre. Mi enhorabuena.

    Para mí, el título es aplicable tanto a los alumnos dispuestos, cuanto a sus profesores verdaderos, como tú.

    Un abrazo.

    José Luis.

    A ver si hoy me deja publicar con mi cuenta.

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  3. Perikiyo, sí, efectivamente, con que haya uno ese día es un poco más amable. El problema es que a veces hay que esforzarse por encontrarlo, porque se ocultan estos pobres con tal de no destacar y llamar la atención en la jungla, toda llena de depredadores...

    Un abrazo.

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  4. José Luis,
    pero si nos ponemos el título este... qué mal... Al final todo se perdió.

    No creo que yo sea muy buena profe. Sólo una que de vez en cuando busca sus pilas.

    Un saludo.

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  5. Pues yo intuyo que eres muy buena profesora. No buena, muy buena.

    Las Filipinas se perdieron, como todo lo material, pero la gesta se incorporó a nuestro patrimonio espiritual, igual que penetra en el alma de los alumnos, para todas sus vidas, la gesta de vuestro día a día.

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  6. Gracias, José Luis. Mis alumnos luminosos son una prueba de que, a veces, formamos parte de su cadena vital. Eso anima.

    Un saludo.

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