martes, 14 de diciembre de 2010

¡Tengo la solución!

Yo no sé cómo no se ha dado cuenta antes nadie de esto. La solución estaba ahí, a la vuelta de la esquina, escondida sin duda entre algún papel de la Administración, remetida en los entresijos de un cerebro corriente y moliente. Algo tan evidente se nos había escapado de nuestras mentes preclaras de profesores, tan ocupados siempre, y hete aquí que hoy escuchaba por ahí:

  1. Solución a la violencia escolar (a la que, me temo, los adolescentes domóticos empiezan a acostumbrarse): "Mire, oiga, que la culpa no es de mi niño en la pelea esta que me dice, que la culpa es del otro, por dejarse pegar".

  2. El absentismo escolar: la sacrosanta Administración educativa, que no ceja en su empeño por velar por la educación más eficaz para todos, me indicaba hoy qué debía hacer con un alumno absentista: entraba él en el programa de Educación Compensatoria y le hago un adaptación curricular significativa. Que se traduce, al cristiano de la calle en: "haz el papeleo de todo lo que vas a mandar trabajar al crío este cuando decida venir -que para eso es absentista-, adaptado a su nivel -más o menos, con 15 años, un 6º de Primaria-, y procura que apruebe, que los niveles de fracaso escolar están por las nubes y vienen elecciones". Tiempo estimado en hacer esta burocracia a todas luces absurda (yo, por si acaso, le recuerdo a la Inspección educativa el significado de la palabra "absentista"): una horita de ná. Tiempo estimado que empleará el alumno en hacerlo (si es que viene, claro): dos minutos (lo que tarde en poner su nombre).
Pues eso. Si es que era mucho más fácil de lo que creíamos...

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