sábado, 26 de noviembre de 2011

La azotea tiene tejados azules.

Hoy iba en el coche con mi padre y Niña Pequeña, y al llegar a la altura de la rotonda que da paso a la casa del abuelo vi ya de lejos el tejado de su casa.

Cuando era pequeña me gustaba subir a la azotea de la casa de mis padres, cuadrangular y urbanizada, de paredes blancas ocultas entre los tejados azules y grises del vecindario y sus bocas de chimeneas que ya casi nadie utiliza. A lo largo de los años cambiaron y arreglaron el suelo con frecuencia, hasta dar con la tela asfáltica amarronada que ahora lo recubre -supongo que, tal vez, como remedio definitivo para evitar las humedades de los del 4º-. Los vecinos pasaban largas cuerdas de ropa húmeda entre las chimeneas, e intentaba yo adivinar por los colores y las prendas a quién pertenecía cada cosa: las sábanas de dibujos infantiles de los mellizos del segundo, la manta de cuadros del salón de la vecina de enfrente, hasta el cesto de tela de la mascota del realquilado de la otra escalera.

Subir a la azotea era entonces sinónimo de poder abrir la puerta agrisada del trastero de mis padres: un cúmulo de trastos, cestas, bolsas, libros y revistas viejas apilados a golpe de años y polvo. Durante un tiempo hasta hubo una lavadora ya desfallecida de la que mi madre protestaba.

Yo subía a la azotea en navidades, cuando aún sonaban las voces infantiles de los niños de S. Ildefonso recitando los números de la Lotería de Navidad, o a veces la noche anterior, recién dejada la mochila del colegio en una esquina del cuarto -libros, cuadernos, deberes para vacaciones. Ayudaba entonces a mi padre a bajar las tres cajas altas de cartón fuerte donde estaban guardados los pastores, ovejas y casitas del Nacimiento, herencia de mi abuelo aumentada año tras año en forma de figuritas de barro que a mi padre le gustaba ir comprando -quizá como un regalo merecido a lo largo de todo el año. Las dos enormes maderas de contrachapado fuerte estaban ya en el pasillo de la casa, bajadas por mi madre en algún momento previo de la semana.

Una vez bajados los dieciséis exactos escalones que hay desde la azotea hasta la casa de mis padres, empezaba a desenvolver las figuritas, colocándolas con cuidado sobre el piano que mi padre recibió en herencia de mi abuelo. No sé qué deleite me invadía entonces, al redescubrir -como si yo no lo supiera ya antes-, como si fuera nuevo o desconocido, que en el fondo de la caja se agolpaban corchos que luego serían montañas, el pequeño cedazo para cribar el serrín de los caminos, las ovejas y perritos de barro desconchado, el carnero marrón al que le faltaba una oreja y el pastor aquel que llevaba un cordero sobre los hombros y que mi madre, como cada Navidad, recordaría a quien quisiera oirla, que yo rompí cuando era como Niña Pequeña ahora.

No se ve la azotea desde la rotonda, ni siquiera al pasar el puente. Han cambiado las llaves, creo, porque la cerradura se atrancaba cada final de año. Mi casa tiene ahora, también, una breve azotea, donde se agolpan palomas y lectores de luz. Las cajas de mis figuras de Nacimiento -también de barro, también de las mismas tiendas donde antes compraba mi padre- reposan en sus cajas blancas y plásticos de burbujas, esperando a que pase el tiempo de Adviento que mañana empieza -aunque mi vecino de abajo, a la izquierda, ha decidido ya saltarse este tiempo y colgar de su puerta un rojo pendón que pone "Feliz Navidad".

6 comentarios:

  1. Esa azotea era todo un mundo delicioso a los ojos de un niño, y aun de un adulto.
    Parece que hay prisas por celebrar la Navidad. Bueno, tal como están las cosas, no me sorprende que haya prisa por celebrar lo que sea.

    Buenas noches

    Bisous

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  2. Y ¿quién no ha roto alguna vez algo del belén? Yo me cargué a Baltasar con camello y todo. Luego, con el Imedio, les di nueva vida. Ese recuerdo de tu madre es un recuerdo de amor.

    Escaleras, palomas, trastos, cajas, corchos, burbujas, coladas, vecinos, chimeneas, figuritas, pendones, carteras cargadas de deberes..... ¡Ummm, que magnífico olor a Navidad!

    Gracias por tus recuerdos encantados, Negre. ¡Feliz Navidad!

    José Luis

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  3. Madame, puede que tenga razón con lo de las prisas por celebrar cualquier cosa. Lo cual no debe impedir el trabajo constante por no dejarnos asfixiar.

    Feliz tarde.

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  4. José Luis, y eso que yo tengo cierta fobia a las fiestas familiares...

    Un saludo.

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  5. Me has hecho sumergirme en tu niñez, tienes mucha magia para describir esos recuerdos, qué bonito.

    A mí no me gusta armar el pesebre ahora, pero sí recuerdo armarlo de niña con mi hermana y a mi padre poniendo luces ocultas en la chimenea para que quedara iluminado de atrás - aquí en Uruguay es tradicional armarlo en la chimenea (si es que hay en la casa), total, siempre nos estamos muriendo de calor en Navidad.

    Saludos!!!

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  6. Ana Laura, yo todavía no lo monto, hasta el 22 o 23 de diciembre (cuando nos dan las vacaciones). Cualquiera lo hace aquí en la chimenea... con el frío que hace en esas fechas ;-)

    Un saludo.

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