domingo, 24 de julio de 2011

De familia y otros males (1)

En general no me gustan las reuniones familiares, salvo aquellas que aúnan varios condicionantes puntuales: organizadas por mí, en un contexto temporal- familiar breve y protagonizadas por mi reducidísimo puñado de primos (que no viven aquí y quizá por ello, en las puntuales ocasiones en las que nos juntamos, suelen salir bien estas cosas), acompañados o no por su más o menos extensa prole. Todo lo demás me parece un baile caduco de sonrisas forzadas y disimulos variopintos, como un teatro vacío de significado y exceso de significante, donde cada miembro de la familia ejerce su papel.

En estas reuniones familiares yo suelo contar mentalmente las horas y minutos que me faltan para salir de un espectáculo que nunca me interesó y en el que, por motivos tribales, me veo inmersa de vez en cuando. Procuro, así, ladear la cabeza y asentir estoicamente cuando el abuelo o la abuela de turno me presenta su retahíla de consejos sobre cómo debo educar y qué es lo mejor para Niña Pequeña, sin recordar que en una prueba de paternidad los genes mayoritarios serían los de sus padres, que a más inri, poseen su guarda y custodia legal y, por lo tanto, son los que deciden por ella hasta su mayoría de edad. Este suele ser un aspecto que los patriarcas y matriarcas del clan suelen olvidar, considerándose con el supremo derecho de poder decidir sobre la palabra, vida y obra, de los más pequeños. Y suele ser, por tanto, el aspecto que más nos hace a Él y a mí renegar cada vez más de los encuentros familiares.

2 comentarios:

  1. Pues madame, yo no tengo hijos, pero detesto igualmente las reuniones familiares. Siempre me han pesado muchísimo. Aun así, las de verano son más llevaderas :)

    Feliz tarde

    Bisous

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  2. Madame, no sé qué decirle... Con el buen tiempo a mí me apetece esto aún menos...


    Feliz tarde.

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