jueves, 5 de abril de 2012

Mi padre conocía a Mingote.

No recuerdo muy bien, pero tendría siete, ocho, tal vez nueve años cuando empecé a estudiar piano. Mi padre había decidido para mí que debía seguir la estela del suyo, pianista por orden del abuelo, interventor del Banco de España.

- Cuando lo del oro de Moscú -añadía mi padre siempre-, eso es importante, que salió en la portada del ABC de aquellas.

Obviamente, el mejor complemento eran las clases de ballet, aunque ya no en el Conservatorio.

- Así también harás deporte, te formarás en el arte -añadieron en casa, mientras yo veía con horror el maillot rosa y las zapatillitas.

Yo nunca vi muy claro mi futuro como pianista, aunque recuerdo en mi incipiente adolescencia -no fui precoz en eso, afortunadamente para los que me tuvieron que rodear entonces-, que el resto del mundo lo tenía claro.

- Terminas la carrera de piano y luego, si quieres, te pones con otra carrera -me decía la mujer de mi profesor de piano, una tarde que compartíamos, supongo, yo un batido, ella un café. A la vera del Conservatorio había dos cafeterías muy chic, muy monas, muy de art-dèco, en la que esperarían mi salida mis padres.

Siempre es más cómodo que los demás lo tengan claro por ti, por supuesto. Salieron así a la luz, todos aquellos años, las partituras de mi abuelo, hasta sus breves composiciones y aquello de cuando creó un coro de voces poco blancas, en el pueblo, en lo veranos.

- Y nadie sabía nada de música, pero ¡qué bien sonaba todo! -me decía mi padre, orgulloso.

A mí no me gustaban especialmente las partituras aquellas del musiquero -¿sesenta, ochenta, cien años?-. Yo nunca fui capaz de escuchar la música en mi cabeza con sólo leerlas, y lo único que me llamaba la atención era su color amarillento, el leve olor a rancio y el tiempo retenido en las anotaciones del profesor de mi abuelo.

- Yo es que preferiría ir a clases de pintura -decía en todos los principios de curso.

- No va a poder ser, tienes que ir al Conservatorio -respondía, invariablemente, mi padre.

Mi madre, de aquellas, no decía nada, cosa que nunca le he agradecido, porque mi madre será muchas cosas, pero la verdad es que siempre se le dio bien la pintura, y las acuarelas de su casa son su mudo ejemplo. Supongo que le gustaba ir a las cafeterías chic y muy monas de la vera del Conservatorio, y esperar a que acabara mi clase de Solfeo.

- Tú tienes que ser como tu abuelo, o como yo, aunque no me haya dedicado finalmente al piano -me decía mi padre. Mi abuelo no le dejó.

- Es sentar plaza de pobre -le aconsejaba con frecuencia Mingote, amigo íntimo de mi abuelo, profesor de música de mi padre.

Llegó un momento en el que fui yo sola al Conservatorio; nunca me gustó su edificio, ni el frío de sus paredes, ni la ciudad en la que está -aún hoy evito pasar por allí, y no sé si las cafeterías chic y muy monas de su vera siguen abiertas, a pesar de la crisis, porque imagino yo que serán caras. No me gustaba lo que significaba ni lo que me suponía: no poder ir a clases de pintura, dejar aparcados los pinceles, las pasteles, las aguadas y hasta el maloliente aguarrás del óleo, que siempre me dejaba algo de pintura reseca en mi mejor pincel de pelo de marta.


Una tarde tomé la decisión: dejaría de estudiar música.

- Te vas a arrepentir, te arrepentirás de esto toda tu vida -amenazó mi padre. Mi madre siguió muda. Supongo que ya le daba igual, pues tenía otros intereses y un bebé en brazos.

- Puede ser, pero ahora lo dejo. Yo quiero estudiar otra cosa, yo no quiero ser pianista, yo no quiero la música, yo quiero estudiar Historia. Yo quiero pintar.

Creo que fue una decisión de arrebato adolescente, o que, sin saber cómo decirlo, pero lo digo ahora, me quería liberar de una carga que no era mía: la de cumplir el sueño de mi padre porque el suyo no quiso que se asentara en plaza de pobre, como le decía Mingote. Y la de cumplir las expectativas de mi profesor de piano, que lo fue mío todos los años, hasta que en el último momento debió ver que yo no estaba para esas cosas, y me cedió a otro del que no recuerdo nada.

- Mamá.

- ¿Hum?

- Mamá, yo es que voy a ser policía, para poder decir a los coches por dónde tienen que ir.

- Muy bien, Niña Pequeña. Si es lo que quieres, no hay problema.

8 comentarios:

  1. Otro que pasó del piano5 de abril de 2012, 14:09

    De policía nada, hay que presentarle ya algún niño principesco, que haga carrera en la realeza y nosotros en los realities.

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    1. Tú eras el bebé...

      Yo no sé si tendré madera de show televisivo, pero puedo tener alguna mano en la sombra. Confiaremos entonces en tus micrófonos...

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    2. ...traigo
      ecos
      de
      la
      tarde
      callada
      en
      la
      mano
      y
      una
      vela
      de
      mi
      corazón
      para
      invitarte
      y
      darte
      este
      alma
      que
      viene
      para
      compartir
      contigo
      tu
      bello
      blog
      con
      un
      ramillete
      de
      oro
      y
      claveles
      dentro...


      desde mis
      HORAS ROTAS
      Y AULA DE PAZ


      COMPARTIENDO ILUSION
      OCULIMUNDANOS

      CON saludos de la luna al
      reflejarse en el mar de la
      poesía...




      ESPERO SEAN DE VUESTRO AGRADO EL POST POETIZADO DE TITANIC SIÉNTEME DE CRIADAS Y SEÑORAS, FLOR DE PASCUA ENEMIGOS PUBLICOS HÁLITO DESAYUNO CON DIAMANTES TIFÓN PULP FICTION, ESTALLIDO MAMMA MIA,JEAN EYRE , TOQUE DE CANELA, STAR WARS,

      José
      Ramón...

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    3. Gracias por tu visita, José Ramón.

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  2. Nuestra vecina en aquellos años, era profesora de piano.

    -¿Habéis pensado en que los niños estudien música?, nos preguntó un día.
    -¡Huy! pues... no, pero sí, la verdad es que sí, pero... no. Vamos, que no sabemos lo que pensamos, Isabel. Claro que nos gustaría, pero... ¿cómo saber si sirven? ¿Y si no les gusta y sufren todo ese esfuerzo y empleo de tiempo extraescolar? Dinos, Isabel...
    - Tranquilos, es fácil. Son aún pequeños para presentarse a la prueba de ingreso. Pueden pasar a mi casa dos tardes a la semana y yo hago con ellos actividades pre-musicales: cantamos canciones, tocamos percusiones recreativas, jugamos... y yo os digo cómo los veo.
    - Ah! Pues genial, Isa.

    Pasaron los días, pasó el curso,...

    - Son buenísimos los dos, chicos. Ya me gustaría a mí tener alumnos tan "buenos" y con semejantes aptitudes.
    - Entonces... ¿lo intentamos?
    - Sí, sí, sería una pena que no lo hiciérais.

    Ingresaron en el conservatorio y, a pesar de sus cortas edades, por si acaso, pactamos que si empezaban era para no dejarlo por lo menos hasta terminar el grado elemental, que hasta ahí yo tiraría del carro, y que a partir de ahí seguirían hasta el grado profesional sí -y sólo sí- ellos querían y que de querer, yo ya no tiraría del carro, podrían dejarlo cuando qusieran,...

    El caso fue, a parte de las crisis "normales" que les visitaron siempre, que en sexto tuvieran una realmente gorda: los veía descoyuntados por llegar al programa, a veces las teclas mojadas de lágrimas, a veces levantándose para ir al baño a devolver... Hablé con ellos, les dije: como sois tan buenos hijos y tan buenas personas, a veces me asalta la duda de si no estaréis haciendo este esfuerzo por-no-darnos-un-disgusto dejando la carrera.
    - Tranquilo papá, eso es imposible. No se puede estudiar "música" si no te gusta.

    Y era verdad. Los dos terminaron la carrera con excelentes resultados. Los papis nos quedamos a cuadros o, dicho de otro modo, inmensamente emocionados.

    El mayor es hoy profesor de piano en la Corporación Sinfónica de Concepción y profesor de música en uno de los mejores colegios de esa ciudad chilena. La chica no lo desarrolló, está en el mundo del Trabajo Social, pero cuando vamos a su casa nos toca unas habaneras que nos derriten.

    Tu decisión fue la buena, Negre, pues la tomaste tú misma, para ti misma y prueba de ello es que no muestras arrepentimiento.

    Perdón por la extensión.

    José Luis

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    1. No te preocupes por la extensión. Tus hijos tenían razón: no se puede estudiar música, llegado ya a un nivel alto, si realmente no te gusta, o, como yo escribo, si no eres capaz de oir la música son sólo leer la partitura.

      Yo no me arrepiento de mi decisión, no lo he hecho nunca y estoy firmemente convencida de que el equivocado fue mi padre, al obligarme a hacer lo que a él no le dejaron. No es justo: no es misión de los hijos (ni de los nietos) el cumplir los deseos no realizados de los padres o abuelos. Por eso mi hija no estudiará música, a menos que ella lo deseara.

      Un abrazo.

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  3. Excelente entrada, Negre. Coincido contigo y con José Luis en que la música -o cualquier otra expresión artística- no se puede estudiar/practicar si no te gusta, y para ser bueno, si no te apasiona. El contenido vocacional es imprescindible. Tan imprescindible como para la profesión que finalmente elegiste, la docencia.

    Yo también estoy totalmente convencida de que mis hijas elijan su camino. En este momento, las únicas actividades que les impongo -que por suerte practican con gusto- es el estudio de idiomas (inglés y portugués) y deporte, creo que ambos son muy importantes, cada uno en su dimensión.

    Saludos! Ah, y de niña yo también quería ser policía.

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    1. Gracias, Ana Laura.
      En casa también imponemos a Niña Pequeña el estudio del inglés y el deporte.

      Un abrazo.

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