lunes, 14 de marzo de 2011

El hombre contra la máquina.

Por una vez me siento ante el ordenador (el segundo empezando por la izquierda) sin intención de imprimir nada: sólo escanear una factura, enviar rápidamente por correo electrónico, levantarme de la silla para seguir haciendo cosas. Miro de reojo a mi compañera y amiga, afanada en preparar la tutoría de hoy: imprime, recorta, pega, busca, vuelve a imprimir, revisa, me pregunta dos cosas. Sí, por favor, yo también quiero que me imprimas eso, me sirve.

Escaneo mientras tanto la factura. Riiiiiis, riiiiiis, riririri, dice el escáner. Abro el correo electrónico; no recuerdo la dirección, pero mi abarrotada bandeja de entrada guarda el último. Envío la imagen, añado unas líneas. Me despido. Apago el escáner. Sigo el cable hasta el enchufe. Desconecto.

Y el tiempo se detiene. Sin darme cuenta he desconectado también la impresora donde se concentraba mi compañera. Y esto es una de las peores cosas que pueden suceder en la sala de profesores.

- Ahora la impresora se endemoniará -comenta otra.

Reiniciamos el aparato, mil perdones. La máquina se lo piensa dos veces. Raaaaas, raaaaas, rararara, cruje. Empieza a coger hojas de forma diabólica, escupiéndolas al doble de la velocidad de la luz: chup-chup-chup-chup. Un punto negro en una esquina, tres líneas en lenguaje incompresible de signos y letras inconexas: la impresora, o bien está pidiendo auxilio a un ser interplanetario o está practicando encuentros en la tercera fase. Chup-chuup-chuuup, vomita folio tras otro, ante nuestro estupor. Mi compañera se abalanza a por el ratón, selecciona la impresora, cancela la impresión, en un inútil esfuerzo por vencer en la batalla del hombre contra la máquina. Nada que hacer. La impresora está poseída por el demonio y sigue su ritmo ancestral de supervivencia: chaschaschas, hoja, hoja, hoja, punto, punto, letras, punto.

Opto por el sistema más rápido: aprieto el botón verde. La impresora comienza un baile frenético de luces y colores anaranjados, trepida, tal vez erupcione de un momento a otro. Parpadea y, tras emitir un estertor de chup-chup-raaaaas, se apaga. El ser humano ha vencido al monstruo.

Me llevo, triunfal, la única hoja que ha podido salir de su boca. Haré mañana fotocopias. Directamente.

4 comentarios:

  1. Te debiste sentir como San Jorge frente al dragón, ¿verdad? Realmente son unas máquinas endemoniadas si una tiene la temeridad de afrentarlas de alguna manera -sea cortándoles la electricidad, o dejándolas sin hojas o sin tinta...

    Suerte al menos tú pudiste imprimir lo que querías. :)

    Un beso grande, me alegro que tu ausencia no fuera prolongada (para mí ni existió, leí el post que la anunciaba el mismo día que los de tu regreso)

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  2. Lo del tema de las impresoras en mi colegio es una lucha sin cuartel diaria y cotidiana... Hice las fotocopias, claro.

    La ausencia es más o menos temporal. La semana que viene damos las notas de la segunda evaluación y esta semana es de muchas correciones.

    Un saludo.

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  3. Qué bien! En todas partes cuecen habas; consuela que los problemas sean comunes en ámbitos parecidos; en mi cole es el ordenador el que tiene criterio propio y decide qué hacer y qué no. Y, a diferencia de vosotras, nadie lo domina.
    La brecha digital está entre él y nosotros.
    Brillante, Negre.

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  4. Gracias, Pedro.
    La realidad de una sala de profesores, tan misteriosa con su cotidiano. Eso sí, nadie se explica cómo unas horas después la impresora es vencida y vuelve al redil...
    Un saludo.

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