sábado, 6 de octubre de 2012

La norma para aprobar.

Alguien les pidió ayuda para recortar y pintar unos carteles; a la falta de materiales se les sumó la falta de espacio, y acabaron en mi despacho. Allí me las encontré, haciéndose hueco entre mi torre de cuadernos por corregir y las bandejas de papeles urgentes esperando ser resueltos. La papelera junto a las sillas, lejos de su rincón, ya me permitió saber que no serían capaces de colocar otra vez todo en su sitio. 

Musitaron un leve saludo, apenas audible para alguien menos entrenado en cuchilleos de aula que yo, mientras entraba y me abstraía ante la pantalla de mi ordenador; sabía que habría varios correos electrónicos del colegio por abrir y todavía tenía unos minutos antes de entrar en mi siguiente clase. 

- Pues a mí me gustaba más la otra profesora de Lengua, la que había antes -dice una. 

- A mí es que no me dio clase, así que me tengo que aguantar con lo que hay -contesta la otra.

Tecleo. 

- ¿Y qué os parece la profesora de Biología? -pregunta la tercera.

- Es muy difícil, manda muchísimos deberes -contesta otra, sin dejar de recortar.

- Ya, pero a mí me dio clase el curso pasado y aprobé por los ejercicios, porque de los exámenes ni idea -confiesa la segunda. 

Tecleo.

- Pues a mí este año me está encantando Plástica, que el año pasado era un rollo, todo trabajos. -sentencia la tercera de nuevo.

- A mí no me gusta. Bueno, es que a mí no me gusta nada todo, en realidad, pero como tengo que estar aquí... -suspira la primera.

Tecleo. Decido volverme invisible durante los próximos cinco minutos, justo el tiempo suficiente para mirar el décimo correo electrónico y hacer como que no escucho nada de lo que dicen. Sólo una de ellas ha sido alumna mía, hace ya tiempo, pero ni a ella ni a su madre les gusta cómo doy clase: mando demasiadas tareas, hago trabajar mucho. Su madre sentenció que cambiaría de colegio a su hija si yo volvía a darle clase.

Tecleo. Y sé que, mientras yo siga aquí, no dirán nada de mí ni de mis clases, aunque mi nuevo estado de invisibilidad me permite enterarme de que prefieren, las tres al unísono, no trabajar, evitar el esfuerzo y, a ser posible, aprobar por su cara bonita. Al estilo de aquella alumna que me dijo una vez:

- A mí, como soy extranjera, me tienes que aprobar porque sí.



 

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