domingo, 18 de abril de 2010

Ganando días.

Aprendiendo a resolver el presente, Niña Pequeña preguntó en la mañana:

- Ayer fue ayer, pero ¿cómo se llama hoy?


sábado, 17 de abril de 2010

Jornada Deportiva Provincial.

Jornada pasada por agua en mi colegio. ¿Hoy? ¿Sábado? Soy de las que piensa que las aulas son pretextos para encontrarse con personas...

Hoy preparábamos la Jornada Deportiva Provincial, haciendo frente al frío y la lluvia. Muchas gracias, sobre todo, a esas personas que pudieron compartir la mañana trabajando para hacerla posible: profesores, madres solidarias -nunca nos cansaremos de repetirles lo importante que es su labor, hablando más con sus gestos de colaboración que las horas que pasamos dentro de las clases- y antiguos (o no tan antiguos) alumnos. Felicidades, ¡buen trabajo!


jueves, 15 de abril de 2010

La raza de los líderes.

Cuando estoy con un grupo grande -como estoy estos días-, siempre hay unas personas que son diferentes. No falla: están de forma inevitable, tal vez hasta necesaria. Son los que pertenecen a la raza de los líderes. No me molestan ni me incomodan, pues realizan las labores a las que yo no llego.

Los de la raza de los líderes suelen ser, en general, de estatura alta. La Naturaleza les ha hecho así para que, de entrada, nos fijemos en ellos. Son aquellos que te saludarán los primeros, con la sonrisa en los labios, mirándote a los ojos, preguntando por tu familia, agradeciendo de forma no verbal que estés en esos momentos molestándote en gastar tu tiempo en su mismo espacio y, posiblemente, te harán algún gesto como el cogerte del brazo o tocarte el hombro.

El que pertenece a esta raza de líderes grupales observará atentamente la situación y analizará inmediatamente lo que le rodea y sabrá decir la palabra oportuna con el gesto más adecuado -tal vez aquella o aquel que a ti te hubiera gustado poseer en ese preciso momento. Habitualmente, además, en determinados contextos vendrá acompañado de una guitarra, instrumento social donde los haya y que permitirá, en algún momento, reafirmar su papel de líder.

Ocasionalmente, no lo olvidemos, el de la raza de los líderes intentará ceder algo de su tiempo y espacio a alguna de las personas que le rodea calladamente, pidiéndole que haga uso de unos minutos de su público mostrando la habilidad más característica que tenga; sólo unos pocos, por cierto, se darán cuenta a tiempo de que esa persona en concreto a la que le han hecho bailar, cantar o pasearse -por ejemplo- detesta esas situaciones y prefiere mantenerse en su tono gris habitual. Este rasgo de los líderes grupales no lo entiendo aún muy bien; tal vez es que se asombran aún de que no todos sean como ellos..., aunque con frecuencia lo leo como una breve y generosa donación de un poco de su espacio, en una especie de falsa modestia que llega a veces a revolverme por dentro...

Yo no soy de la raza de los líderes. Pero, de hecho, estoy muy agradecida a la Naturaleza por haberlos creado, porque me solucionan cosas cotidianas, como el no tener que ser el centro de atención o que, habitualmente, los que me rodean no se fijen demasiado en mí -lo que permite trabajar a mi ritmo, calladamente. Es muy importante tener a uno de estos en un grupo -mejor dos o tres-, porque te animan una fiesta, cantan y bailan sin problemas, conocen docenas de chistes o movilizan masas de un lugar a otro, facilitándome este trabajo que ya no tengo que hacer yo.

Yo no soy de la raza de los líderes, aunque una vez soñé con serlo. Y me lamenté de no tener estas habilidades sociales que tanto gustan y llaman la atención. Yo, más bien, soy de los otros, del montón, de los que hablan quedamente, de los de tono gris, de los silenciosos, pero observadores. Yo soy de los de la mano anónima que cala despacito... Por eso, ahora que me he tropezado con tantos, ya no me lamento como lo hacía en mi adolescencia: porque sé que necesito a los otros, a esos líderes, para que me dejen despejado el espacio... y poder yo realizar, tranquilamente, lo que es mío.



martes, 13 de abril de 2010

Sus sesudas señorías y los cuentos infantiles.

Leo hoy en el blog Literatura infantil y juvenil actual una entrada sobre la polémica creada alrededor del machismo detectado en los libros de nuestros niños más pequeños.

Y me alegra la noticia. Mucho. Me congratula, me anima, me hace mejor persona; porque me justifica, por fin, para qué sirve el Ministerio de Igualdad. Sus sesudas señorías, representantes del pueblo democráticamente unido en votación cada cuatro años, al fin tienen algo de qué hablar: el cuento de Blancanieves que le gusta a mi hija es demagógico, antidemócrata, poco menos que contrario a la Constitución. Ya iba siendo hora de que alguien detectara tremendo error en los cuentos de Perrault, Grimm o Andersen: el príncipe, personaje obsoleto y machista hasta no poder más, debe de ser desterrado, masticado, explicado, contextualizado (como se puede leer pinchando aquí: no me estoy inventando nada).

La lógica es tan aplastante que estoy por lanzarme a por mi teléfono y avisar inmediatamente a mi marido y ponerlo en guardia: esta noche, por favor, no le des a elegir a Rut entre el cuento de Blancanieves o el de la Bella Durmiente. Es preferible que le leamos antes de dormir algo más actual y tolerante, algo más progre, no sea que la niña crezca rodeada de traumas, convencida de su rol clásico de mujer tras haber leído que el amor siempre triunfa en el beso casto del príncipe y la princesa, que son felices y comen perdices.

Gracias, señora ministra, sesudas señorías, bienavenidos representantes sindicales de la izquierda, por dedicar su tiempo y el dinero de los impuestos a luchar contra la tremenda infamia que suponen los cuentos clásicos infantiles.

Cuando acaben de indicarme cómo debo educar a mi hija, ¿podrían, por favor, debatir sobre cómo solucionar lo de los casi cinco millones de parados de España? Gracias.


Musicando.

Se entretienen sus tacones en el pentagrama del paso de peatones.


domingo, 11 de abril de 2010

No se irá el bus sin mí.

Poner un pie en la entrada del autobús es indicar que se ha ganado una batalla, rodilla flexionada y agarrando con aplomo la baranda. No se irá sin uno, sin mí, sin aquel que ya ha tomado el primer escalón de forma ineludible: no es el billete lo que da la seguridad del acto final, sino el atrevimiento del pie firme.