Corría el año 1600 a.C. El palacio de Cnossos, en la isla de Creta, asistía a un tremendo espectáculo: el salto del toro. Jóvenes malabaristas
-hombres y mujeres- se juegan la vida ante el público mientras hacen quiebros ante el temible animal; le saltan en tres momentos mientras que otros, en trío, sorprenden al público con sus acrobacias frente al toro. En algún punto no muy lejano, el artista toma unas breves notas sobre un
óstrakon de arcilla; después nacerá el mosaico protagonista.
Corre el año 2010 d.C. Parlamento de Cataluña, en España; sus
honorables señorías llaman a debatir
una cuestión crucial para el panorama político regional y nacional -español-: la permanencia o no legal de las corridas de toros en ese punto de la península ibérica. Personajes conocidos del mundo del toro presentan antes sus
sesudas señorías los pros de su profesión, mientras que otra persona documenta a los padres de la patria catalanes sobre el daño físico que ejercen los instrumentos de la lidia sobre el toro.
Y yo, mientras, me planto ante uno de mis libros favoritos de arte griego y me pregunto cómo es posible que no haya llegado ya, inmediatamente, sin pérdida de tiempo, una orden ministerial que me prohiba tajantemente explicar el próximo curso a mis alumnos de 1º ESO atrocidades semejantes: ya hace 3600 años en Europa el toro de lidia era protagonista de la cultura continental. ¿Cómo no ha habido ningún ministro, por favor, que haya impedido, a estas alturas de curso, que los inocentes infantes de 12 años vean semejante atrocidad marcada en un un mosaico minoico?
Menos mal que sus señorías han empezado a darse cuenta de que en estos momentos España lo que necesita es un debate sobre la legalidad o no de la lidia en Cataluña. Hoy podré dormir tranquila.
No importa que tengamos cuatro millones de parados. No importa que España se quede a un lado en el panorama político de la UE. No importa que el peso del euro peligre por la crisis económica que atraviesa la nación
-y eso que hace unos años otro sesudo político, ahora presidente del gobierno, decía que opinar esto era ser casi un traidor a la patria. No importa que haya niños que no puedan estudiar y sean convertidos en esclavos y
soldados. O que haya millones de pequeños contagiados de SIDA por el mundo. O que cientos de parejas estén deseando adoptar uno y se queden en lista de espera años y años. O que haya niñas forzadas a casarse y madres tempranas. O que millones de mujeres sean víctimas de mutilación genital. O que apenas un 40% de las
mujeres musulmanas tengan acceso a una mínima cultura.
Por favor. Claro que no importa todo esto. Lo importante, sin duda, lo fundamental para avanzar política, económica y moralmente en Cataluña, España, es si la lidia se puede permitir o no.
Olé con sus señorías.