lunes, 6 de octubre de 2014

La decepción al llegar a 150 años.

Niña Pequeña había pasado ya a la sala del dentista y, con las prisas, me había dejado mi libro en casa; no tenía mucho más que hacer que esperar pacientemente -con los restos de paciencia del día que los alumnos me habían dejado ya a las seis de la tarde-; quizá por eso oí la conversación que ella, con ese acento argentino dulce y cadencial que nos gusta a los españoles, tenía con la enfermera.

La suavidad de cada palabra me llegó como en una danza vocálica y me recreé en su tono dulce y pausado. Ella había viajado hacía poco, en el lapso de tiempo que va entre una revisión dental y otra, a Granada. Y el son meloso de sus palabras se mezcló con mis propios recuerdos de una tetería al pie de la Alhambra, el delicioso olor de las especias y el color de las luces del palacio califal; ella no tenía una buena sensación: había descubierto que el Generalife, rebosante hoy de frescor y flores, había sido, en realidad, una huerta, que las puertas de madera de antes habían dejado paso a otras más modernas, cediendo calor a soldados en forma de vigas y fogatas, los suelos, reconstruidos, los dorados, revisados por el paso del tiempo, y pensaba yo que hasta el misterio de leyendas de harenes y rubíes, hoy cuentos infantiles. 

Se mostraba decepcionada; yo veía en mi lejanía la tetería de techos de madera y cojines arabescos, a Él caminando cerca de las murallas, recién casados, olores y sabores que en mi imaginación convertía en luces y brillos, y lo que ella lamentaba destrucción y ocultamiento por el tiempo, yo lo llamaba el paso lento, inexorable, inmenso, cadencioso como su acento, de la Historia. Y es la Historia la que ha jugado con el aire y el espacio, moldeándolo en forma de arcos, ha sorteado setos, flores, huertos y sombras para saltar juguetona en el agua de las fuentes, la que ha hecho crecer, envejecer y transformarse la maderas de aquellas puertas...

- Menuda decepción -le dice a la enfermera, mientras juega distraídamente con su monedero.- Resulta que los suelos sólo tienen 150 años...

- Ya veo -le contesta aquella-. Qué mala suerte.

Qué mala suerte... Sólo 150 años nos contemplan...

    

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