sábado, 25 de octubre de 2014

La primera vez de este curso.

El latir de la vida de una clase lleva otros impulsos diferentes a los de los corazones normales: se acelera su ritmo al colocar las filas para un examen y bombea más oxígeno del debido mientras el profesor reparte las hojas de preguntas, pero se ralentiza hasta el sonar pausado de unas zapatillas de franela cuando el tutor ordena cambios de sitio o se pide sacar la agenda para anotar dos fechas importantes. Lo que a los ojos de otros -aquellos, profesores- es base en el futuro de la vida de esos adultos en ciernes es sólo un sonido lejano para ellos y ellas: un horizonte tan improbable como imposible, pues estos, sí, piensan que todo lo pueden. 

Por eso no me sorprendió cuando mi tutoría -quince, dieciséis, hasta diecisiete años- me trasmitió la honda preocupación de la clase: cuáles serían las fotos que todos verían proyectadas en el día de su graduación, en un alejado junio del año que viene. Poco importaban las semanas de esfuerzo que se les iba a exigir, la posibilidad de no superar las asignaturas y tener que repetir curso, los días desgranados en horas de pupitre con la excusa de no ser niño ni adulto y cumplir con la obligación de estar en un colegio: de octubre a junio, en vuelo directo, hacia el sentir popular de mi aula de veintitrés alumnos, el desasosiego por no aparecer cómo ahora, juveniles, lozanos, ya no somos niños, y sí con las fotos secretas tomadas en excursiones y tutorías como si nada...

Y una propuesta: ellos, más organizadores de lo que podría haber sido previsible, se habían agrupado en sus teléfonos móviles y, en algún momento entre mi preparación nocturna de sus siguientes clases de Latín o la corrección de una docena de ejercicios de Religión, habían barruntado la solución al conflicto: se harían unas fotos en la entrada principal del colegio, habían venido preparados, con camisetas especialmente pensadas para ese día y línea de ojos discreta en negros. Fue entonces cuando la alumna de la segunda fila, a la derecha, sacó con la normalidad de la que sólo los adolescentes son capaces, un peine nacarado de la mochila, se compuso el flequillo de colores imposibles y dijo las palabras claves: 

- Ya estamos preparados. 

Allá que fuimos, por primera vez ellos y yo de acuerdo en un propósito común: empezar a preparar su despedida, la que yo tendré que planificar, aunque ocho meses antes de lo que yo, adulta, pensaba. ¿Libros, mochilas, cuadernos, estuches, archivadores? Accesorios quinceañeros o signos de distinción de la tribu. Hoy, alumnos, mañana, quién sabe con qué iconos. 


 

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