martes, 10 de marzo de 2015

Clientes y educación.

Cuando entró el control de Calidad en los centros educativos las familias dejaron de llamarse para nosotros, profesores, "el padre y la madre de..." para convertirse en clientes, y sus hijos, otros clientes. Hoy he hablado con varios de ellos y me dejaba llevar desde el inicio de la mañana hasta la lenta tarde.

- Hola, Negre. Vengo en realidad a hacer terapia, porque esto es muy difícil -me dice una.

- ¿Qué es difícil? -le digo, aunque me lo imagino: es complicado ser madre de un adolescente o convivir con el cliente pequeño que dejó de serlo...

- Mi hijo, mi hijo, Negre, que ya no sé qué hacer, que mi niño... -empieza.

- No es ya tu niño, cliente, que ahora es adolescente y no quiere normas, pero sí orden, y prefiere que no le digas lo que tiene que hacer, pero sí que le indiques cuándo hacerlo -la interrumpo, riendo por dentro, sonriendo por fuera. 

- Ay... Y cómo pasa el tiempo...

- Y qué rápido -la animo, en la terapia, mientras cierro el cuaderno de notas, porque hoy no es tema.

- Mucho, Negre, mucho... -se lamenta.


Los clientes pequeños también hablan, y me dejan sus tejados, sus cimientos, sus ruinas y a veces hasta su alma, si me descuido, y se me escurre entre el estuche y la agenda de aula.

- Gracias -me dice, una antigua alumna. 

- ¿Por qué? -pregunto, poco acostumbrada...

- Por hacerme sentir que vuelvo a casa -contesta, con sus ojos preciosos de largas pestañas y el corazón en la mano. Vino al colegio a hablar con otros alumnos y encontrarse con su pasado.



 

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