domingo, 7 de diciembre de 2014

De gatos y gatitas.

Una tarde cualquiera, de esas lluviosas y frío repentino; Niña Pequeña, Él y yo hacemos tiempo antes de entrar en el cine -sesión infantil prenavideña, noche de invierno antes de la cena- y se me van los ojos, quizá por cosa de la profesión, a un grupo de adolescentes cercano: muchas chicas, un par de chicos, una parejita. 

Armados de teléfonos móviles de última generación -a todas luces, mucho mejores que el mío y presumo que regalo de papáymamá, como premio a sus ¿buenas notas?- quizá se hablen entre sí a golpe de teclado de la misma manera que muchos años antes, en las mismas fechas de Navidad apresurada de centro comercial, mis amigos y yo nos quedábamos en las escaleras de un cine que ya cerró, comiendo dulces y hablando entre nosotros: eso sí, con palabras que se las llevaba el viento, porque los teléfonos sólo servían para llamar y quedar en la puerta de la taquilla. 

Niña Pequeña se ha quedado mirando fijamente al grupo y quizá se adivine en el horizonte de seis o siete años futuros en la cara de alguna de las jóvenes o en la melena que se atusa como un gato perezoso una de ellas: con manos hábiles busca los enredos que no existen, pero que ellos -gatos-, miran, ladea y se contonea dulzona alisando su melena castaña y perfectamente lisa, agrupa en una coleta alta, cuidadosa y bien pensada, con el arte de quien se sabe observado por ojos felinos que no se agazapan. 

- Mamá. 

-¿Hum?

- Mamá: esa chica tiene el pelo muy largo -concluye, admirada.

- Sí -sentencio; en sus ojos de ocho años recién estrenados veo las luces de la adolescencia...


 

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