miércoles, 26 de junio de 2013

Cosas que no puedo hacer con mi e-reader.

Foto real. Algún punto entre Madrid y la Sierra.
Su acompañante -moreno, media melena, barba cuidada- le señaló el asiento antes de abrir una bolsa de plástico de la que fue sacando varios libros de edición de bolsillo; se veían gastados, pero no manoseados: una edición ya antigua de la editorial Austral, gris, portada en blanco con el título en grandes letras negras: Kant, Nietzsche. Se los fue pasando uno a uno a ella, mientras comentaba la suerte que habían tenido por haber encontrado esos ejemplares, programando ya la relectura de uno de ellos. 

Ella cogió uno de los libros que el chico le tendía. Lo abrió apresuradamente por la primera página, pasó algunas otras. Y de forma natural, se lo acercó, lo olió, lo sopesó, volvió a pasar dos o tres hojas, volvió a acercarlo a su nariz, aspiró mientras sonreía y miraba a un punto que no distinguí, mientras se dejaba llevar por el traqueteo del tren, línea Madrid a la Sierra oeste. "¡Qué bien huele!", exclamó alegremente a su acompañante. 

 

2 comentarios:

  1. Oh, sí, madame! Nada como el olor de la tinta impresa, un encanto que esos asépticos ebooks nunca podrán conseguir. Yo quiero tinta y papel.

    Feliz día

    Bisous

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  2. Aún así, madame, yo ya he caído en la tentación del ebook... Todo sea por leer.
    Feliz tarde.

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