viernes, 14 de junio de 2013

Besos de abuela cerca del agua.

La niña tiene unos hermosos rizos negros, de esos brillantes y gomosos, retorcidos: un pelo ensortijado que cae en bonitas guedejas húmedas sobre sus hombros. La camiseta de tirantes, roja y blanca, ligeramente húmeda por detrás, donde nadie secó las puntas y estas gotearon poco a poco. No importa, porque la humedad y el calor en el vestuario de la piscina municipal es tan alto que casi refresca ver cómo se extiende la mancha por su pequeña espalda.

Tropieza, anda aupándose en sus regordetas piernas de niña de no más de tres años. Se cae entre las sonrisas de todas las madres: ¿quién no se acuerda del bebé que acunaba hace no mucho? No lleva pantalones, sólo un pañal blanco y verde, pues a un niño pequeño todo le es permitido. Para bien. Para mal.

- Ven, Celia, ven -llama la abuela-, ven, cariños, ven.

La niña se escapa en círculos del radio de acción de la yaya. "¡Cariños, cariños, ven!", llama ella. La pequeña corre o, más bien, serpentea torpemente: "No quiero, no". La abuela, al fin, da dos pasos firmes sobre sus sandalias veraniegas, chip, chap, la agarra del brazo con la firmeza que sólo tienen las matriarcas de la familia, mientras la arrastra hacia sí.

- Cariños, ven, ven -insiste, acercando la mejilla de la pequeña a sus labios pintados, mientras le estampa un sonoro beso, chuiiiiic, chuiiiic, mmffffi... La niña se resiste con fuerza al beso de abuela, pulgar sujetando la parte media del índice, presionando a la vez la mejilla mofletuda.

- Cariños, chuiiiic, chuuuuuiiic.


  

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