martes, 6 de mayo de 2014

Se me ha perdido y no lo encuentro.



Y no sé qué hago con el tiempo, que se me escapa entre las manos, cuando llega a ellas. Yo creo que se me pierde en el camino entre el trabajo -diario, cotidiano, rutinario- a casa -siempre, ella, cargada de cosas pendientes y tareas por hacer-; se me escurre por el bolsillo agujereado del abrigo negro, ese, el de la derecha, que nunca lo cosí, no, porque se me olvidó y así quedó: recuerdo de mi olvido, y después gotea -plic, plic-, por la cuesta, la acera, la escalera, la puerta de mi casa, el salón, no estoy segura. 

El tiempo es el espacio angular que se prende en las dos agujas del reloj de mi salón, plateado y rectangular, esquinado, donde se esconde cada uno de los minutos que pierdo y nunca recupero, mientras acumula y se empolva nariz y colorete encima de la mesa. Y se agrupa en un pequeño torbellino de ejercicios por corregir y clases por preparar, se rompe en el calendario de la cocina y queda rasgado y para reciclar en la bolsa de encima de la lavadora, esperando, porque es tiempo -tic, tac-, a que llegue la hora de tirarlo, cívicamente, en el contenedor azul de la esquina. Puede que desde allí resbale entre el metal, se mezcle con la tierra, haga un reguero entre piedras y hierba y se deje pisotear o cabalgar, no lo sé tampoco, por la dehesa y el pastizal de primavera. 

Se perdió, se me perdió y no supe cómo, pero llegó el final del día, deseé haberlo aprovechado más, y mi antigua vecina, que ahora es madre de gemelos, lo retuvo: Negre, a fin de cuentas, piensa cómo saboreas tu tiempo. Y no supe si decirle que el lunes el tiempo me sabe ligeramente amargo, el martes sabe a merengue, el miércoles tiene frutas, el jueves centellea y chisporrotea en ácidos y el viernes, sí, es un postre con azúcar que adelanta al sábado -cálido como un melocotón- y el domingo -que sabe a chocolate y bizcocho en una taza...

 

lunes, 21 de abril de 2014

Atronó Semana Santa.

Explota rítmico el retumbar ruido de tambores. Laten piedras, sillares, catedrales: doble fila hinchada de espectadores que contiene la respiración y cuenta, en silencio, a los anónimos cofrades. 

Y sin silencio, anunciando el paso de tronos, macarenas, dolorosas, pasiones todas de creyentes y no creyentes, antes inexplicable, hoy, misterio. 
Teruel, 18 de abril de 2014

 

miércoles, 16 de abril de 2014

Modo off.

Y todo se detiene, parece, cuando las maletas están ya a punto de cerrarse... O quiero detenerlo todo, creo, para que cuando vuelva del viaje el trabajo se deshiele...

- Negre -me llama Él.

-¿Hum? - digo, sin levantar apenas la vista de la pantalla. 

- Necesitas un despacho. Tus cosas del trabajo cada vez invaden más mesa en el salón -afirma.

- Tienes razón. Y además, me ahogan -añado. Con tristeza.



  

miércoles, 2 de abril de 2014

Hoy, Niña Pequeña en el dentista.

Hoy acompañé a Niña Pequeña al dentista, porque sus recién estrenados dientes definitivos son demasiado grandes para su pequeña carita de princesa fina, y no todos cabrán -me dijo la doctora, tras limpiar su bola de cristal- como deberían: uno al lado de otros, perfectos, brillantes como corresponde. 

Y allí estaban en la sala de espera, mientras hacíamos tiempo: encima de las dos mesas de la habitación, repleta de madres y niños que serán en su momento príncipes de ensueño con piezas dentales luminosas, ellas: las revistas. Revistas antiquísimas de bordes externos doblados, como corresponde, fruto de la lectura con minutaje, esa que se hace con un ojo en las páginas y otro en la puerta, a punto de saltar ante la llamada.

- Pase el siguiente, por favor. 

Leer una revista rosa del corazón es una experiencia de regocijo y escaso desconcierto, porque el lector se deleita leyendo que una actriz famosa estaba embarazada, pero se tiene la certeza de que no tuvo uno, sino dos bebés hace tan poco tiempo que aún está la foto entre los periódicos. No hay sorpresa ni emoción en el hojeo: todo se sabe, y eso nos gusta, porque adivinamos el futuro y sabemos más que el que escribió el tan sublime reportaje. Y nos gusta, sí, nos presta -dice Él- adelantarnos en el tiempo y creer que eso ya te lo decía yo.

- Niña Pequeña, puedes pasar -rumor de enfermería en blanco y lila.

- Mamá.

- ¿Hum?

- Estoy segura de que no me va a doler.

 

martes, 1 de abril de 2014

Yo no quiero vivir a medias.

A escasos metros de mi casa se vive a medias. El cruce es sólo la mitad de lo que debería ser y la pastelería, la mitad de pequeña de lo que era la antigua -aquella de toda la vida, regida por dos hermanas mayores lejanamente emparentadas conmigo-, mi colegio un proyecto a medias porque aún no tiene alumnos de Bachillerato, la tienda de los chinos de enfrente la mitad de lo debido, porque cierra de repente sin aviso previo. 

El Negrevercarruaje frena a medias porque el semáforo previo no suele ponerse en rojo, a menos que un peatón decida cruzar a la mitad de la acera de enfrente, que sólo tiene asfaltada una parte y el resto es gravilla y arena. Ahora, además, hay un medio parque con bandera nacional incluida, que no es para niños y por eso  no llega a ser parque del todo. Por la calle lateral se iría, si se pudiera, a la mitad de la biblioteca pública, que la otra mitad está a medio kilómetro, bajando por el puente que no pasa por encima de ningún río, sino por una parte de la autopista de la mitad de la península. 

Y es por eso, claro, que la señales de tráfico en esa esquina también están a medias. Para entendernos poco a poco, sólo con un hemisferio, frenando el coche con la mitad del cuerpo y pensando -a medias- cómo nos iría si prohibiéramos del todo...

 

sábado, 15 de marzo de 2014

Un gesto revolucionario en la cocina es... (2)

Hoy, como todos los sábados en los que Niña Pequeña y yo nos quedamos solas y comemos juntas, he cocinado espaguettis con nata. No me gusta cocinar, no disfruto nada con los tejemanejes domésticos y no me aclaro con esta química casera de mezclar ingredientes, así que las pocas comidas que preparo yo son de emergencia, de batalla de guerra del Vietnam, en ausencia de Él.

Y no es la primera vez, sin embargo, que hago gestos revolucionarios en la pequeña cocina de mi más pequeña casa: pequeños detalles que se revelan grandiosos y me hacen remontar un peldaño más en mi conquistada independencia. 

No es difícil hacer esos espaguettis, que son siempre para mí recuerdo de mi amigo Óscar, que sé que me lee a veces desde Honduras, y que me trasladan en el pasado a la tarde-noche de cada jueves de hace dieciséis años, cuando, por costumbre en la casa, cocinábamos para los demás, los dos solos, sin hablar mucho, pero acompañándonos siempre. Queso, jamón, nata, pasta, pimienta, unas vueltas y Niña Pequeña va poniendo la mesa. 

Y es ahí, en el precios instante en el que la pasta toca, redonda, ocre, aún dura, el agua burbujeante, cuando me acuerdo de mi madre: ella, que siempre decidía cortar en dos o tres partes cada uno de los espaguettis hasta convertirlos en poco más que fideos; así, porque ella era de esta manera, dictatorial en la cocina, intolerante en las costumbres. 

- ¿Por qué cortas la pasta, mamá? -le preguntaba yo, escondido medio cuerpo tras la puerta de la cocina. 

- Porque me da la gana -respondía ella, que siempre fue mala madre y nunca supo de ternura. 

En ese preciso segundo he echado revolucionariamente cuatro nidos de pasta, bien larga y ancha, dejándolos reposar brevemente, sin trocearlos, en un gesto que recordarán los invisibles ojos que me observan cada día, conquistando un diminuto fragmento más de mí misma, alejando de mi casa el fantasma non grato de la que era mi madre. Porque me gustan así, mira por donde, porque Niña Pequeña se entretiene con ellos en el tenedor. Porque son mis espaquettis, mi nata, mi jamón, mi aceite y pimienta, mi Óscar.