jueves, 25 de febrero de 2016

¿Por qué hay que ser amable en el trabajo?



Suele gustarme dar clase... O estar con mis alumnos. O compartir tiempo con niños y jóvenes, más bien, y darme cuenta, cuando miro hacia atrás y vuelvo a encontrármelos: mayores, más altos, quizá algo más maduros y con algún golpe de la vida, años después. Y yo sigo siendo Profe, y ellos los adolescentes que dejé antes de que cumplieran la veintena...: un eslabón en una cadena, algunas frases lapidarias dichas hasta la saciedad -para que se les queden grabadas, como hicieron conmigo cuando era yo la adolescente y ella, mi profesora de Latín de los años nada dorados de Bachillerato. 

Como dice una de mis compañeras de trabajo, esto no es ir a la mina, pero desgasta: la cabeza, el cuerpo, las horas dedicadas sin esperar fruto, el tiempo de preparación de clases, los fines de semana robando tiempo a la familia para entregarlo -porque sí, porque cómo no- a los alumnos a la siguiente semana,... Hace dos cursos -porque los profesores contamos el tiempo por cursos, no por años naturales, y el verano es el tiempo de recordar, olvidar, coger fuerzas, crear, soñar- que decidí que era ya tiempo de disfrutar de mi trabajo, que ya me había aprendido que, con frecuencia, esta profesión no es aceptada socialmente -somos los vagos nacionales, los que no trabajan nunca, los que entran en clase, dicen cuatro cositas sin importancia y volvemos a nuestras casas a seguir vegetando en nuestros carísimos sillones-, que nos quieren poco y nos aceptan menos, y que, después de más de media docena de leyes educativas en casi veinte años de profesión, está claro que lo educativo es deseducativo y un arma política más para las campañas electorales. 

Una vez hecha, mental y públicamente, esta declaración de principios y honestidades, llegó el momento de divertirme en el trabajo: dejar atrás lo malo y quedarme solamente con lo bueno -lo que les digo, una y otra vez, a las personas que, de vez en cuando, tengo como tutorandos en prácticas, futuros profesores que ven una puerta abierta a la ilusión y el futuro. Y comencé a divertirme, a reír en las clases y a ver a mis alumnos como pequeños eslabones en mi propia cadena. Y me fue mejor, mira por dónde: sin ansiedades, sin angustias, sin disgustos y con objetivos más alcanzables, personables y cercanos. Disfrutar. Dejarse sorprender. Ir a lo esencial en los contenidos y a lo importante en lo personal. 

Me lo recordaba ayer una alumna de 1º de ESO, recién aterrizada en la adolescencia:

- Profe: me gustan tus clases, porque eres la única que entra en clase sonriendo.

Y con eso, dijo todo. 

 

0 ideas:

Publicar un comentario en la entrada

No acepto comentarios anónimos. Si no nos dices quién eres, tu comentario no se publicará.

Visito tu enlace si tu comentario no es spam, anónimo o una falta de respeto.