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miércoles, 30 de noviembre de 2016

Hoy Niña Pequeña cumple diez años

Mamá -llama Niña Pequeña. 

 -¿Hum? -pregunto, levantando levemente la mirada de la pantalla del ordenador. 

- Mamá -dice-. Me acosté con nueve años y hoy me he despertado con diez -indica, como solamente puede estar orgullosa quien cumple años y decenas...

Y es por eso que hoy se reestrena aquella mañana brillante de sol y calor en un final de noviembre de hace diez años, dos días después de cuando se la esperaba. 


 

lunes, 30 de noviembre de 2015

Hoy es el cumpleaños de Niña Pequeña (van 9)

Mamá.

- ¿Hum?

- Mamá, dame una pista sobre mis regalos -me dice con los ojos luminosos.

- No puedo, Niña Pequeña, ¡que entonces no serían sorpresa! -le digo, sonriendo.

- Ah. Claro... -me dice, pensativa. 

...

- Mamá.

-¿Hum?

- Mamá, creo que las sorpresas hoy me gustan solamente a medias -me dice, mientras le señala a su oso de peluche favorito los años que hoy cumple: 9 años de noches de otoño frío e invernal. 9 años de una vida por empezar. 


 

jueves, 25 de diciembre de 2014

No es blanca Navidad.


Entre ayer y hoy decidieron por la calle cantar aquello de Blanca Navidad, por más que en esta Navidad no hay ni una nube en el cielo y sí le da suficiente luz solar a la flor de Pascua que me regalaron hace una semana en la floristería de la esquina. Donde yo vivo hay río, sí, pero por más que se empeñaran hoy los niños del coro de la misa de doce, ni un pez para mirar cómo bebe por ver a Dios nacido en este 25 de diciembre. No tengo pandereta ni zambomba, no estoy con mi suegra -y ni se me ocurre darle en mitad de la nuez, como reza otro villancico de estas fechas. A mí lo que me gusta, le decía hoy a Él, mientras preparaba la comida -no yo, que no me gusta y por no saber, ni distingo comino de orégano-, es lo del tamborilero aquel.

- ¿Por qué, Negre, porque mira que hay villancicos más bonitos para estas fechas? -me pregunta, mirándome de reojo con sus ojos azules.

- Porque es el más pobre de todos: por no tener, sólo posee un zurrón y le regala al Niño lo mejor de sí mismo: su canción, a ritmo de tambor -le digo yo sin respirar, del tirón, que cuando estoy inspirada, no hay quien me pare. 

Por eso le he prometido a Niña Pequeña que mañana, cuando paseemos por la Plaza Mayor de Madrid y vayamos de puesto en puesto, buscaremos un pastorcito -mejor, una pastora- que lleve un instrumento musical, y lo pondremos en el Belén de casa, que todavía hay espacio...


 

domingo, 30 de noviembre de 2014

Feliz cumpleaños, Niña Pequeña (y van ocho)

Mamá  -llama Niña Pequeña.

- ¿Hum? -digo, mientras busco las llaves de casa en las profundidades del bolso.

- Mamá, ¿a qué hora nací yo? 

- De madrugada, Niña Pequeña -respondo, metiendo la llave encontrada, hallada y rescatada.

- Pues eso está muy bien, mamá -dice, mientras entra correteando por el pasillo.

- ¿Hum?

- Porque así, cuando me levanto, ya tengo ocho años -dice, alejándose hacia su cuarto.

Hoy Niña Pequeña ha cumplido ocho años en esa madrugada que linda entre ayer y ahora mismo.


   

sábado, 27 de septiembre de 2014

¿Qué pasa con mis post-it?


Él ha estado enfermo la semana pasada.

- Negre...

- ¿Hum?

- Negre, creo que me estoy volviendo ya un poco hipocondríaco...

Lo miro a través de mis gafas moradas, mientras tecleo rápidamente: lo justo que puedo entre llevarle al médico, ayudar a Niña Pequeña a hacer los deberes y apuntar otra tarea pendiente más en la lista de cosas por hacer... No suele enfermar -y cuando lo hace, durante años ha acabado en un operación quirúrgica de algún tipo-, y quizá por eso me ha confesado hoy, mientras comprobaba que había adelgazado, que esta semana pasada ha reinado el caos y el desorden en casa...

No soy una persona especialmente ordenada: sólo con mis libros, que ordeno meticulosamente por temas en las estanterías de la casa y reviso asiduamente para asegurarme de que ninguno se ha movido del sitio que yo le he marcado previamente; por eso, seguramente, me gusta que las cosas sigan en su ritmo rutinario, no sea que se me escapen por algún sitio y ya no las encuentre: la torre de la plancha, la mochila de la piscina de Niña Pequeña, el rato diario para preparar tareas colegiales y el bolso colocado en su armario, preparado para marchar al día siguiente...

Él se puso enfermo la semana pasada y fue la rutina la que se escapó por la pequeña ventana de mi cocina: la torre de la plancha creció, la mochila de la piscina se quedó a medio hacer y tres bolsos diferentes convivieron en el mismo espacio. No hubo tiempo para tareas colegiales, a pesar de que les pedí que se colocaran por orden de urgencia e importancia en las dos bandejas amarillas del despacho, y no quisieron obedecer. Sólo los deberes semanales de Niña Pequeña se mantuvieron imperturbables en su nueva mesa de estudio: tan nueva que aún está ordenada...


Se acumulan las cosas pendientes: la Cosa Educativa tiene eso, mucho de Cosa y poco de Educativa, y septiembre es un mes de burocracia. Él se quedó suspendido la semana pasada, en un limbo entre la salud y el duermevela, que arropé con mis post-it y urgencias. También ellos enfermaron y se mantuvieron sostenidos hasta hoy...


 

martes, 19 de agosto de 2014

Crónicas marinas (2): te regalo las olas.

Hoy luchábamos contra el viento entre la espumeante arena fina y la sombrilla de la vecina playera de delante: en segunda línea de playa, entre una familia francesa y una pareja italiana nos hacíamos fuertes: Niña Pequeña, Él y yo, las sombrillas y los complementos de una mañana de olas. El aire se nos enredaba y hacía ondear bandera amarilla y toallas, para hacer más creíble que los niños jugaban a ser piratas cerca del rompeolas.

¿Para qué sirven las esterillas en estos casos? Obvio: para llevarse más arena -sí: de esa que no me gusta- a casa, escondida en el doble fondo de la bolsa de los complementos aquellos y bajo la funda rosa de la silla de auto de Niña Pequeña. Porque sigue sin gustarme la arena, por mucho que nuestra vecina playera se afane en quitarla con un tubo y haga, poco a poco, un agujero para clavar -que no poner- su sombrilla verde de rayas blancas; la aparta, la apila, la deja más o menos cerca, pero ella -la arena- volverá a su sitio natural, y entonces, claro, la Naturaleza habrá ganado una vez más la batalla. 

- ¡Mamá! -grita a lo lejos Niña Pequeña-

-¿Hum? -digo, soltando el auricular derecho, la canción a medias. 

- Mamá, que me voy a saltar las olas. 

- Ah.




 

viernes, 18 de julio de 2014

Piscina. Verano.

Tarde de verano, tras la llamada a la puerta de las vacaciones y toca ir a la piscina, a la municipal, claro. Y no me gusta porque allí están el alumno del fondo, a la derecha, la madre que aún se empeña en hacer tutorías a pie de cloro y ola desinfectada y un sol justiciero que bombardea todas y cada una de las sombras en las que me cobijo. 


Se le arrugan las yemas de los dedos a Niña Pequeña y promete, sí, absorber todo el agua para refrescarse antes de los tres pitidos y el cierre oficial por hoy de la piscina. Por si acaso, quizá porque le gusta estar sola a ratos, se acerca a la niña, a esa otra que ha venido con su madre y su hermano pequeño; tiene un nombre exótico que acompaña a su porte de hija del Nilo y unos rizos que amenazan con enredarse con el fondo de la piscina. Se buscan las dos con la mirada, pero la apartan a la vez cuando están cerca, no sea que se note que quieren jugar juntas, pero no revueltas; Niña Pequeña se sumerge encantadora y su biquini blanco resalta en el fondo azul y la otra espera, paciente, para imitar sus movimientos dentro de su bañador negro.

Vigilo esta sombra que se va moviendo, y con ella yo, toalla, revista, libro, gafas de sol; saludo a Niña Pequeña desde la seca orilla y la animo a jugar, porque adivino que el cansancio le hará mella al final de la tarde y todo irá rodado para enroscarse en las sábanas naranjas de su cama al venir la noche. 

   

martes, 18 de febrero de 2014

La lesión de Niña Pequeña.

Niña Pequeña se ha lesionado.



Realmente, ha sido lesionada por otro; ¿y por qué no usaremos tanto la pasiva en castellano? Porque así ha sido: pasivamente, por casualidad, cuando no debía de estar ahí y su dedo tenía que haber ocupado su posición habitual, recogido en la mano, y quizá debió haber previsto el ataque del pie de su compañero de clase -mucho más fuerte, mucho más impulsivo, mucho menos atento-, fuera de la trayectoria del balón y sí más cerca de lo debido de una de sus falanges. 

Esta noche su venda luce blanca, pero esta mañana era un cuadro de corazones rosas y azules y líneas verdes. Le duele. Le acompañará una semana, como poco. 

- Mamá -dice, mirando de refilón su dedo lesionado, quizá levemente fisurado.

- ¿Hum? -digo yo, recordando la cara y el nombre del niño que confundió balón con dedo...

- Mamá, esta venda tan blanca es aburrida...

    

domingo, 5 de enero de 2014

Carta a SS.MM. los Reyes Magos.


A la att. SS.MM. Reyes Magos 
Palacio (Oriente) 

 Estimados Reyes Magos:

A la llegada de la presente, espero que hayan tenido un buen viaje hacia Occidente, y que sus camellos y carrozas no se hayan visto muy afectados por las intensas lluvias que llevamos sufriendo por aquí desde hace cinco días. 

Me es grato comunicarles que ya está casi todo preparado en casa, quedando sólo pendiente la elección de los vasos o tazas para su pequeño aperitivo nocturno; los dulces y galletas estarán, como siempre, en el salón, para que gusten un pequeño detalle y puedan tomarse unos minutos de descanso. Él y yo nos encargaremos, una noche más, de que Niña Pequeña se acueste temprano y se duerma lo más tranquilamente posiblemente -ya sabrán ustedes que últimamente sufre muchas pesadillas-; ella aún no sabe que Sus Majestades existen realmente, y piensa aún que son producto de la magia y la ilusión. Nuestras peticiones están ya redactadas en una carta especial, y Niña Pequeña ayer le entregó la suya a uno de sus Carteros Reales, de manera que habrán podido apreciar que ha mejorado algo la letra de alumna de Primaria que tiene y que ha coloreado el dibujo que les ha dedicado con especial cuidado. 

Les agradezco un año más que se vayan a molestar en pasar por casa. Por favor, les ruego que no se olviden de todos aquellos que el año pasado tuvieron alguna mala noticia, y que esta noche, la más ilusionante del 2014, todos los niños puedan recibir, al menos, un pequeño detalle. 

Saluden al Niño de mi parte. 

Un abrazo,

      

sábado, 30 de noviembre de 2013

Feliz cumpleaños, Niña Pequeña.

Mamá -llama Niña Pequeña.

- ¿Hum? -respondo, desde el otro lado del pasillo.

- Mamá: siete años son todos los dedos de una mano y dos de la otra -afirma, más que pregunta.

- Exacto -resuelvo yo, mientras extiendo la colcha de la cama. Recuerdo hoy, perfectamente, que hace siete años exactos Niña Pequeña nacía en una madrugada fresca.


     

jueves, 8 de agosto de 2013

La mejor prueba de afecto.

Muerte agarró casi por sorpresa. Sería necedad o mentira o todo a la vez o locura o insensata esperanza, si dijera que no esperaba la noticia, y ahora la ausencia duele un poco cuando veo su foto en mi estantería, rodeados todos por esa atmósfera de los que viven lejos y se reencuentran -cuchicheos, abrazos, buenas palabras, planes de bienvenida- un tiempo breve para ponerse al día y esperar a la siguiente vez de otra visita. Podría decir que fue una lucha que viví desde la distancia que separa un teléfono de otro, 663 kilómetros, sin querer ver que él ya había escrito su dedicatoria final. 

TíoAdolfo está ahora en el mejor de los lugares posibles.

    

martes, 25 de diciembre de 2012

De pastiches y guirlaches.


Solíamos ir allí en estos días de Navidad. Y encima de la mesa, redonda, de aquellas con brasero de siempre bajo faldas verdes de camilla, había una bandeja de dulces. ¡Qué digo una bandeja! A mis pocos años, aquello semejaba, si no lo era en realidad, a una masa montañosa de deliciosos postres, a cada cual mejor que el anterior. Y yo, que como viendo, sabía que extendía la mano indecisa por no saber qué elegir de aquel todo compacto de turrones, guirlaches y brillantes bombones dorados, coronados por una lluvia de peladillas blancas de varios tamaños, que se derramaban por los laterales de aquella construcción golosa y tentadora. 

A mis ojos, creo que con los mismos años que Niña Pequeña goza ahora, la bandeja grande, tanto como la que usábamos en casa para servir las torrijas -hasta que mi madre decidió que, como ella no las comía, nadie las comería-, aquella enorme e inmensa fuente era un homenaje a la golosina hecha chocolate amarronado, bizcochuelos, mazapanes, frutas escarchadas que parecían adornos de árbol y perlas plateadas.

Ni siquiera la amenaza de mis padres ("¡niña, que luego no cenarás!") podía atajar mi ansias de dulce, en aquella casa que era, luego lo supe, la de los primos lejanos del abuelo. Ya no vamos, aunque sí los veo a veces, de lejos, recordando las faldillas verdes, la cocina antigua de hierro, de las de siempre, y cuando hace unos días pasé por allí -la cortinilla de maderas ligeramente echada, la puerta semiabierta-, tentada estuve de entrar y comprobar si, después de los años, seguía aquella bandeja trufada.

 

jueves, 19 de julio de 2012

El Dinotren.

Mamá.

- ¿Hum? -pregunto, mientras termino de secarla después de la ducha. Los restos del parque se han ido por el desagüe.

- ¡Cuidado con mis alas! -dice Niña Pequeña, estirando sus brazos a la altura de sus hombros. 

- Perdón... -digo, cansinamente. Recuerdo que no pestañea por las tardes mientras merienda y ve los dibujos de la familia Teranodonte.

- Tú también tienes alas, mamá, lo que pasa que todavía no sabes volar -afirma seriamente, cogiéndome de un brazo para que pueda admirar mis, parece, recién estrenadas alas.


 

lunes, 16 de julio de 2012

Cosas del jamón y la mortadela.

No, no he comprado salchichón. Ni queso. Ni mortadela -decía mi madre.

- ¿Por qué? -preguntaba yo, cada semana.

- Porque te lo comes -respondía ella.

Así de claro, sin más opción que la de asumir que mamá intentaba rozar el borde del vestido de Bernarda Alba, aunque, ni en la superficie ni en el fondo se le parecía -más mala, más universal la viuda-, sino sólo mala baba.

- No lo compro porque aquí no dura nada ni una semana, así que no. Te aguantas. -decía ella, mientras papá informaba que, cuando él era joven, las meriendas eran chocolate y pan duro de ese del que se te caen los dientes, y la naranja, para Reyes. Ni qué decir tiene que no servía de nada recordar que yo no había vivido la postguerra en Madrid; vamos: que anda que no quedaban años aún para que yo naciera. Y qué culpa tenía yo, me preguntaba, para que el chocolate de entonces no fuera como el de ahora y se te cayeran los dientes.

Me venían las palabras de mi madre (porque no, y punto: como te lo comes, no lo compro para la merienda, que aquí no dura nada) mientras colocaba esta mañana la nevera; el embutido de la merienda de Niña Pequeña en sus tupper de colores, el redondo para la mortadela de aceitunas, vaya, que le gusta... ¿Qué pretendería mamá con sus sabias palabras al negarse a comprarme el jamón de york o el chorizo de-toda-la-vida? ¿Qué oscuras enseñanzas esconderían su categórica frase? Porque me consta que ella lo del pan y chocolate esos de los dientes, no. ¿Por qué pretendería ella que la mortadela, por ejemplo, durara en casa, dos niños pequeños, más de una semana? 

Más de treinta años después sigo preguntándomelo.

- Mamá -llama Niña Pequeña.

- ¿Hum?

- ¿Hay bocata esta tarde de merienda? -dice su voz, desde las profundidades de su cuarto.

- Claro, que para eso esta mañana compramos el embutido.

 

domingo, 7 de agosto de 2011

Deseo...

Quisiera que pudieras ver la persiana por la que yo miro ahora, y apreciaras conmigo su madera antigua y su desconchado verde, y que te doliera sin tocarla la astilla que se apunta en una de sus láminas. Quisiera que escucharas a través de sus rendijas estos grillos o chicharras, aburriéndose, cantando, espantando agriamente el despojo de sol de esta tarde; y que vieras tu reflejo conmigo en el cristal sin poder adivinarte. Quisiera, además, que olieras conmigo la madreselva del jardín y no comprendieras, como yo, a dónde van unos escalones olvidados entre piedras. Quisiera, en fin, que no olvidaras que Él hoy no está aquí, pero es como si estuviera...

domingo, 24 de julio de 2011

De familia y otros males (1)

En general no me gustan las reuniones familiares, salvo aquellas que aúnan varios condicionantes puntuales: organizadas por mí, en un contexto temporal- familiar breve y protagonizadas por mi reducidísimo puñado de primos (que no viven aquí y quizá por ello, en las puntuales ocasiones en las que nos juntamos, suelen salir bien estas cosas), acompañados o no por su más o menos extensa prole. Todo lo demás me parece un baile caduco de sonrisas forzadas y disimulos variopintos, como un teatro vacío de significado y exceso de significante, donde cada miembro de la familia ejerce su papel.

En estas reuniones familiares yo suelo contar mentalmente las horas y minutos que me faltan para salir de un espectáculo que nunca me interesó y en el que, por motivos tribales, me veo inmersa de vez en cuando. Procuro, así, ladear la cabeza y asentir estoicamente cuando el abuelo o la abuela de turno me presenta su retahíla de consejos sobre cómo debo educar y qué es lo mejor para Niña Pequeña, sin recordar que en una prueba de paternidad los genes mayoritarios serían los de sus padres, que a más inri, poseen su guarda y custodia legal y, por lo tanto, son los que deciden por ella hasta su mayoría de edad. Este suele ser un aspecto que los patriarcas y matriarcas del clan suelen olvidar, considerándose con el supremo derecho de poder decidir sobre la palabra, vida y obra, de los más pequeños. Y suele ser, por tanto, el aspecto que más nos hace a Él y a mí renegar cada vez más de los encuentros familiares.

viernes, 24 de junio de 2011

El color de las princesas.

Mamá -llama Niña Pequeña.

-¿Hum? -levanto la vista del libro, pensando qué nueva trastada estará maquinando a mis espaldas.

- Mamá, ¿tienes la caja de maquillaje?

Me levanto. Hace unos días un silencio sospechoso en su habitación me confirmó que algo no estaba bien al final del pasillo, y me encontré a Niña Pequeña con los párpados y las uñas pintadas en rosa, tras haber usado de forma indiscriminada y abusiva su pintura de cera. Me lancé, horas después, a comprar una caja de maquillaje de disfraces para evitar más accidentes -y por el bien de la caja de pinturas.

- ¿Cómo quieres que te pinte? -le pregunto, consciente de que, en su deseo, agotará la segunda caja de purpurina.

- Las uñas, mamá, del color de las princesas.

domingo, 24 de abril de 2011

36.

Mamá, felicidades -dice Niña Pequeña-. Papá y yo te vamos a regalar una tarta rosa de fresa, ¿vale?

Sonrío. Prefiero la tarta de manzana. Hoy es mi cumpleaños.