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miércoles, 30 de noviembre de 2016

Hoy Niña Pequeña cumple diez años

Mamá -llama Niña Pequeña. 

 -¿Hum? -pregunto, levantando levemente la mirada de la pantalla del ordenador. 

- Mamá -dice-. Me acosté con nueve años y hoy me he despertado con diez -indica, como solamente puede estar orgullosa quien cumple años y decenas...

Y es por eso que hoy se reestrena aquella mañana brillante de sol y calor en un final de noviembre de hace diez años, dos días después de cuando se la esperaba. 


 

martes, 16 de agosto de 2016

Siete años de blog en la red. Gracias.



Hace unos días mi blog cumplió siete años en la red... Siete años de historias reales, cotidianas, rabiosas, refrescantes, irónicas... Gracias a los que las han leído, a los que pasaron por aquí por casualidad, a los que llegaron conscientemente. Y gracias a sus protagonistas: Él, Niña Pequeña, mis alumnos, mis compañeros de trabajo, mis vecinos, a esos que pasaron un día por la calle y al almendro que hay enfrente de mi casa -porque siempre me anuncia la llegada de la primavera...

Os dejo una selección de las entradas que, en estos siete años, han sido más leídas, no presentadas, necesariamente, por orden de importancia:

  1. Esta fue una tarde única e irrepetible
  2. ¿Puedes abrir tú la bolsa de plástico del súper?
  3. La niña de cari va primero. 
  4. Alba, mi antigua alumna, que nos dijo adiós en el año 2011...
  5. ¿Cómo es un profesor innovador?
  6. Los dulces de Halloween de mi vecina (gracias).
  7. Lo que hay en mi cuaderno de profesora.
  8. Forrar los libros o el inicio de curso. 
  9. Un día especial: un cumpleaños. 
  10. ¿A qué sabe un beso? 


 

jueves, 21 de julio de 2016

¿A qué sabe el amor?

Hoy me acerqué a la pastelería. Aún no han arreglado el cruce que es sólo la mitad de lo que pudo ser, y la señal que lo indica sigue siendo, como expliqué aquí una vez, la mitad de lo prohibido -que es como no saber si sí o si no-...Tenía una buena razón: llevar esta tarde al goloso hijo de una amiga una tarrina de helado...

Entrar en esta pastelería es adentrarse en un laberinto de colores y destellos comestibles; fue aquí donde descubrí qué son los macarons, ese dulce de tonos pasteles que una grande -Catalina de Médicis- llevó a Francia en el s. XVI... Me interno en su pequeña sala: cuatro mesas negras altas, con sus taburetes, madre y dos niños pequeños desayunando bollos y leche con cacao; al fondo una mujer pide un café y, de paso, dame también uno de estos para picar. Un abuelo cuenta minuciosamente el dinero necesario para su barra de pan y yo, mientras, paladeo con la vista el frescor de las galletitas francesas aquellas e imagino los sabores de mantequilla de las pequeñas pastas de té. Han arreglado -menos mal- la máquina de refrigeración de los helados y, aunque no hay de chocolate, el hijo de mi amiga quizá quiera degustar el sabor de galletas y queso...

- Hola, Negre. ¿Qué deseas? -me dice la dependienta, sacándome de mi sabroso trance. 

- Hola. Querría.... -Querría... Un corazón de mermelada aposentado como por sorpresa sobre una tarta de queso. Un amor tan dulce que crujiera en trozos de fresa. Un dulce de hilvanados sentimientos... Delante de mí, en la esquina, como si nada, alguien se llevó un fragmento y dejó un corazón roto para degustación de paladares resistentes a tormentas y afectos...




 

jueves, 25 de febrero de 2016

¿Por qué hay que ser amable en el trabajo?



Suele gustarme dar clase... O estar con mis alumnos. O compartir tiempo con niños y jóvenes, más bien, y darme cuenta, cuando miro hacia atrás y vuelvo a encontrármelos: mayores, más altos, quizá algo más maduros y con algún golpe de la vida, años después. Y yo sigo siendo Profe, y ellos los adolescentes que dejé antes de que cumplieran la veintena...: un eslabón en una cadena, algunas frases lapidarias dichas hasta la saciedad -para que se les queden grabadas, como hicieron conmigo cuando era yo la adolescente y ella, mi profesora de Latín de los años nada dorados de Bachillerato. 

Como dice una de mis compañeras de trabajo, esto no es ir a la mina, pero desgasta: la cabeza, el cuerpo, las horas dedicadas sin esperar fruto, el tiempo de preparación de clases, los fines de semana robando tiempo a la familia para entregarlo -porque sí, porque cómo no- a los alumnos a la siguiente semana,... Hace dos cursos -porque los profesores contamos el tiempo por cursos, no por años naturales, y el verano es el tiempo de recordar, olvidar, coger fuerzas, crear, soñar- que decidí que era ya tiempo de disfrutar de mi trabajo, que ya me había aprendido que, con frecuencia, esta profesión no es aceptada socialmente -somos los vagos nacionales, los que no trabajan nunca, los que entran en clase, dicen cuatro cositas sin importancia y volvemos a nuestras casas a seguir vegetando en nuestros carísimos sillones-, que nos quieren poco y nos aceptan menos, y que, después de más de media docena de leyes educativas en casi veinte años de profesión, está claro que lo educativo es deseducativo y un arma política más para las campañas electorales. 

Una vez hecha, mental y públicamente, esta declaración de principios y honestidades, llegó el momento de divertirme en el trabajo: dejar atrás lo malo y quedarme solamente con lo bueno -lo que les digo, una y otra vez, a las personas que, de vez en cuando, tengo como tutorandos en prácticas, futuros profesores que ven una puerta abierta a la ilusión y el futuro. Y comencé a divertirme, a reír en las clases y a ver a mis alumnos como pequeños eslabones en mi propia cadena. Y me fue mejor, mira por dónde: sin ansiedades, sin angustias, sin disgustos y con objetivos más alcanzables, personables y cercanos. Disfrutar. Dejarse sorprender. Ir a lo esencial en los contenidos y a lo importante en lo personal. 

Me lo recordaba ayer una alumna de 1º de ESO, recién aterrizada en la adolescencia:

- Profe: me gustan tus clases, porque eres la única que entra en clase sonriendo.

Y con eso, dijo todo. 

 

jueves, 31 de diciembre de 2015

Adiós, 2015.


31 de diciembre de 2015.
A la att. sr. d. 2015.


Foto de Hautatzen.


Estimado señor:

A la espera de ir agotando las últimas horas de su estancia entre nosotros, aprovecho la presente para agradecerle enormemente su presencia desinteresada y favorable a lo largo de estos doce meses, algunos de los cuales han sido especialmente positivos y dignos de remarcar sus bordes con rotulador; aquellos días del calendario más dignos de pasar bajo el poder de una goma de borrar no se los recordaré, por ser ya cosa del olvido.

Le deseo un buen viaje al otro lado del reloj. 

Atentamente, 

 

martes, 15 de diciembre de 2015

De despedidas anónimas y madrileñas

Adiós.



Las vi por última vez hace una semana; coincidí con ellas, paso a paso, durante todo un largo año: inmutables en las tardes de recogida de los lunes y miércoles, línea 6 del Metro de Madrid. Y me recordaban a la Tíamagda, por lo arregladas e impecables: el cabello peinado como si no fueran las nueve de la noche y sí las de la mañana, las blusas de vestir sin arrugas y el color del atuendo acomodado.

Los últimos meses esperaba ya encontrarme con ellas... Nunca me saludaron, aunque yo acoplé siempre mi paso al suyo al llegar al largo pasillo del cambio de línea: sabía que en la curva se pararían un momento, lo justo para que yo pudiera alcanzarlas y calcular así el tiempo que quedaba para llegar al siguiente tren. Porque nunca, ninguna semana de estos meses, dudé de su puntualidad serena y medida, la de la calma de quien ha convertido en rutina el fin de la jornada: las mismas personas, la misma hora y los mismos comentarios sobre -¡qué sé yo!- compañeros de trabajo y chismes varios.

No pude despedirme de ellas, aunque yo sabía que ese momento llegaría y ya no vería sus cabellos rubios de mayor ni me sorprendería por el tono rojo atrevido de una de ellas. 

- Negre, deberías decirles adiós el último día que tengas que hacer ese viaje -me dijo mi amiga una mañana, entre carpetas y tizas de la sala de profesores.

- ¿Cómo iba a hacer yo eso? -pregunté, sorprendida: no me gusta hablar en público, no me gusta lo que no puedo controlar. No me gustan las sorpresas. 

- Porque escribirás sobre ellas para retener el momento y no lo sabrán... -me respondió, serena como siempre.

La última tarde se cumplió hace hoy casi una semana. Era miércoles y lo que me llevaba, semana tras semana, a un barrio alejado de Madrid, llegaba a su fin; confiaba verlas, acomodar el paso silencioso de mis zapatillas de cuero al taconear firme de ellas y despedirme de cada una -pareja de compañeras, amigas al fin y al cabo, por lo que lunes a lunes pude observar- mentalmente. Pero no las vi y caminé sola por el pasillo, tomé la curva rodeada por desconocidos y las busqué en el asiento de piedra de la derecha, en el que las tres nos sentábamos a dejar pasar los cinco minutos de espera: ellas, hablando del día, yo, leyendo acompañada por ellas...


    

lunes, 30 de noviembre de 2015

Hoy es el cumpleaños de Niña Pequeña (van 9)

Mamá.

- ¿Hum?

- Mamá, dame una pista sobre mis regalos -me dice con los ojos luminosos.

- No puedo, Niña Pequeña, ¡que entonces no serían sorpresa! -le digo, sonriendo.

- Ah. Claro... -me dice, pensativa. 

...

- Mamá.

-¿Hum?

- Mamá, creo que las sorpresas hoy me gustan solamente a medias -me dice, mientras le señala a su oso de peluche favorito los años que hoy cumple: 9 años de noches de otoño frío e invernal. 9 años de una vida por empezar. 


 

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Dama y caballero



Ella no lo sabe, pero él ha sacado un peine de brillante carey antes de verla: en la escalera automática, pasándolo ligero con la mano derecha  y repasado cada lado con la izquierda, con la rapidez y precisión que sólo la edad y las canas puede conceder... Apuesto y caballero me lo imaginaba yo, dos o tres escalones más abajo, donjuán entrado en años y raya de pantalón impecable, gris todo, diplomático.

Él no lo sabe, pero ella le espera un vestíbulo más arriba, arreglando coquetamente el fular violáceo, a juego ligero con el traje de chaqueta y sus manos cuidadas de uñas perfectas; se recompone el pelo apenas unos minutos antes de que él llegue a su encuentro.

Se acercó él y a ella se le iluminó la cara, dejándose besar en ambas mejillas. No oí lo que se dijeron, pero adiviné, otro vestíbulo más arriba, que él le había ofrecido, galán, el brazo, y ella se había dejado mecer...

 

lunes, 13 de julio de 2015

Estimado Ratón Pérez (otra vez)

A la atención del Sr. D. Ratoncito Pérez. C/ Arenal, 8, (Madrid, España)


Muy sr. mío: 

Por la presente le comunico que, tal y como se preveía para hoy, esta mañana Niña Pequeña se ha visto mermada de una nueva pieza dentaria, concretamente, de un canino inferior izquierdo, que venía ya desestabilizándose desde hacía dos semanas y que, finalmente, ha cedido a la fuerza generada por la correspondiente pieza de repuesto sita aún en el interior de la encía. Se da la circunstancia, además, de que esta tarde la dentista y ortodoncista revisará, una mes más, la evolución bucodentaria de la joven.

Ruego tenga presente este hecho, una vez más, a fin de depositar un pequeño presente en la habitación de Niña Pequeña, la cual, a tal efecto, ha dejado ya preparado un espacio para recibir el tradicional regalo, como viene siendo habitual desde hace unos años. Con vistas a agradecer su trabajo nocturno podrá encontrar un pequeño aperitivo para reponer fuerzas, que esperamos sea de su agrado. 

Agradeciendo de antemano su visita, le saluda

   

viernes, 19 de junio de 2015

Hoy, de jabones.

No les hace falta -le dice ella a la otra. Es delgada, morena de tan joven, casi huele aún a Secundaria recién acabada. La otra, de edad indefinida. Reconozco a las dos, quizá por ser de mi misma ciudad, quizá por sus años inconclusos o pudiera ser que sus hijos, pequeños de Primaria, sean alumnos en mi colegio. 

- No les hace falta ningún regalo a los profesores -insiste la joven. La otra le ha contado cómo la clase se ha ido organizando para tener un detalle con la profesora de los pequeños- porque es su trabajo. A mí no me regalan nada por trabajar. 

La otra se remueve en su asiento, quizá asombrada por la sincera de su amiga. A mí todo me huele a buenismo, pero la conversación es pública e interrumpen mi lectura, mientras espero a que Niña Pequeña salga de su clase de natación. Comentan las dos de jabones, fulares y pequeños bolsitos playeros, ella sin mucho entusiasmo -quizá su hijo suspende, habla en clase, le pusieron una llamada de atención por escrito-, la otra arrimada al detalle.

Hoy recordé a ella y a la otra, pues fue día de entrega de notas finales en el colegio, correos de familias, algún buen deseo de verano, gracias furtivos -que no se note mucho- de unos pocos alumnos y de sus padres y madres. Me regalaron un jabón. Un pequeño fragmento de jabón cuadrado, blanco y cremoso, que huele a fruta y a aceite natural y promete suavidades y brillos; casi puedo hundir mis dedos en su cuerpecito de pez y dejarlos desaparecer poco a poco en fruto y mantequilla. Si fuera cera, podría pintarme.

Moldearlo.

No me hace falta el trozo de jabón, de tienda natural ecológica. Pero habla de detalle familiar, recuerdo, gracias, estamos contigo, paciencia, hacer lo que se pueda, querer lo que se debe en forma de crema afrutada y abrazo aromático. 




    

domingo, 14 de junio de 2015

Carta a Maruja (36): baile en la cocina

Llevo unos días observando a mi vecina Maruja, y sé que algo le pasa, aunque hoy buscó la solución a golpe de puchero. Le he mandado una carta, y la puedes leer pinchando aquí



 

domingo, 19 de abril de 2015

¿Cómo suenan los números?

Mamá -llama Niña Pequeña desde su asiento especial, trasero, en el coche. 

- ¿Hum? -digo.

- Mamá, a veces me gusta el seis. ¿Cuál es tu número favorito? -afirma y pregunta; la miro por el espejo retrovisor: está observando el camino a través de su ventanilla.

- No lo sé, Niña Pequeña: nunca me he parado a pensarlo. ¿Por qué te gusta el seis? -le digo, consciente de que hacerle una pregunta tendrá como resultado un torrente de respuestas...

- Porque, mira cómo suena -dice, irguiéndose levemente-: el seis suena suave. ¿Ves?


 

jueves, 22 de enero de 2015

Sí, el libro.

Ocupo el asiento con la fiereza de los marines estadounidenses al erigir su bandera en la batalla de Iwo Jima, pues es hora punta en la piscina municipal, seis de la tarde de un jueves cualquiera, en medio del hervidero de madres y niños saliendo y entrando y cambiando a sus retoños en la misma entrada de la puerta de la clase de taekwondo. 

Marcar el terreno con bravura y tener la osadía de sacar un libro -¿un libro? ¡Un libro!- a plena luz, visible, ostentoso y permanentemente sospechoso entre teléfonos inteligentes y tabletas... 

Y luego, hacer como que no veo, no miro, no escucho: imagino que el joven sentado a mi derecha no es alumno de mi colegio y él hace, también, como que no me ve, apartarme de la rabia del de la izquierda, infante consentido que pega a su madre con un calcetín porque ella no atendió sus exigencias a la primera orden tirana... 

Pasar la hoja, sujetar apenas el marcapáginas, seguir leyendo.



     

domingo, 30 de noviembre de 2014

Feliz cumpleaños, Niña Pequeña (y van ocho)

Mamá  -llama Niña Pequeña.

- ¿Hum? -digo, mientras busco las llaves de casa en las profundidades del bolso.

- Mamá, ¿a qué hora nací yo? 

- De madrugada, Niña Pequeña -respondo, metiendo la llave encontrada, hallada y rescatada.

- Pues eso está muy bien, mamá -dice, mientras entra correteando por el pasillo.

- ¿Hum?

- Porque así, cuando me levanto, ya tengo ocho años -dice, alejándose hacia su cuarto.

Hoy Niña Pequeña ha cumplido ocho años en esa madrugada que linda entre ayer y ahora mismo.


   

miércoles, 29 de octubre de 2014

Hoy no pasa el día sin...

Bulle el pasillo del último piso y burbujean las clases en espumosa actividad; es un cóctel dorado de comentarios, miradas y palabras dichas en el silencio que precede al sonido del timbre y el cambio de clase. Y luego, el profesor. O la profesora. Mis compañeros. Yo. Entramos. Entro en el aula con la careta de profesora y las alertas puestas a los cientos de estímulos del micromundo de la clase que me ha tocado, segundo, primero, cuarto, letra A, letra B. 

Entro y acordamos sin mirarnos que la función va a comenzar, los actores principales están sentados en sus sillas, pupitre preparado, cuadernos, bolígrafos floreciendo en los estuches, mi agenda mostrando los platos de fiesta de hoy. Comienza la clase y se desgranan los minutos: tantos años delante de adolescentes y aún me sorprendo -ayer, hoy- observando sus caras, atenta a las reacciones de cada uno, las miradas que se lanzan, los que escuchan, los que se escuchan, los que se fueron hace tiempo porque su prioridad va por dentro y yo delante, al lado, detrás de ellos, hablando, dirigiendo la orquesta de la sesión de hoy, con el minutaje puesto en cada actividad y la clase dividida en bloques definidos: hablo, hablan, bromeamos, el espacio de la clase siempre mío para poder escuchar la melodía de esta función bien hecha y lo abarco paseando -ay, mi espalda-, tocando cada mesa, preguntando, recordando clases pasadas. 

Hay veces que sí, que me gusta esto.



 

miércoles, 15 de octubre de 2014

¿A qué sabe un beso?

Pan y queso saben a beso, me decían: textura tierna de aquel membrillo que tapaba como dulce edredón el bocadillo de las tardes de campamentos de mi adolescencia... Creo que lo que más me gustaba era la suavidad carnosa del dulce, que aplastaba con la lengua contra el paladar -chist, chist- hasta romperlo en trozos, imaginaba que redondos y brillantes; se mezclaban en la boca cada uno de ellos con la aspereza del queso y la corteza: fuerte y seco aquel, sabrosa y crujiente la otra, terso y diáfano el membrillo, ámbar de azúcar. 



No sé cocinar: cocina Él y trastea en la química de pucheros y sartenes; pero no sabe hacer membrillo (sí su antigua novia, dice, que cogía la fruta de los terrenos de su padre, allá en el pueblo); pero esta semana preside la segunda balda de la nevera un pequeño plato de golosina, regalo de una amiga.

- Toma, Negre, que sé que te gusta -me dice Él, acercándome pan, queso, membrillo brillante.

Y dejo por un momento lo que estaba haciendo: corregir, poner notas, burocracia, papeleo, mirar de reojo el libro de Latín, imprimir un papel,..., para poner todos mis sentidos -¿se podrá oler el gusto?- en romper la esponjosa pulpa...

    

miércoles, 10 de septiembre de 2014

¿Y si me deseas un feliz inicio de curso?

Hoy se escondían unas tras el colorido flequillo y disimulaban por el fondo de la clase pantalones de verano ya casi fuera de temporada; no vino el alumno del fondo, a la derecha, pero sé que ha podido -al fin- hacer lo que deseaba y estudiar lo que el tiempo no le había permitido antes (y quizá -sólo quizá- le echaré de menos, porque era noble). Corría entre las baldosas del pasillo la ilusión por un curso nuevo y la curiosidad por saber qué habrá escondido en las primeras horas del trimestre por estrenar: envueltas primorosamente, con cinta plateada y flor de pegatinas, se enredaban las presentaciones de los tutores, el horario provisional, los materiales de perfume a nuevo y los puestos en las aulas que ocuparon antes otros. 

Y huele a la novedad de lo que se conoce y a nervios disimulados de inicio de curso, de esos que me hacen recordar a mis primeros alumnos (hoy, algunos ya con niños pequeños que juegan en el patio por el que antes corrieron sus padres) y mi primer día de clase con ellos: aquella intensidad del ir a poner la mano sobre el picaporte de la puerta y saber que una treintena de pares de ojos me mirarán con mezcla de extrañeza y confianza mal disimulada, el colocar con seguridad falsa la carpeta sobre la mesa del profesor y dejar las tizas preparadas lo más cerca del borde la mesa. 

Hoy, sí, me acordé de uno de mis alumnos luminosos y renové mi esperanza en un curso que comienza, acepté el saludo de un padre agradecido, coloqué dos veces la nueva caja de materiales de mi tutoría -que no es nueva, pero como si lo fuera- y dejé que saliera de mí una sonrisa. Hoy, comienza el curso, y mañana, o luego, ya veremos.