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miércoles, 31 de agosto de 2016

Carta a Maruja (37): las vacaciones del profe

Hacía tiempo que no escribía a Maruja, mi vecina. Si quieres leer mi nueva carta sobre nuestra conversación, pincha aquí


 

lunes, 9 de noviembre de 2015

El sabor de las mitades de manzana.


Marcos extiende la mano hacia la bolsa que su abuelo le presenta, blanca, pequeña y que antes debió de ser de aquellas de farmacia; la introduce y saca, radiante, una manzana amarilla y de aspecto jugoso. El abuelo, que, evidentemente, está preparado y se encarga una tarde sí y otra no -o sí- de sus nietos, la corta con un cuchillo limpiamente por la mitad, entregando una parte al niño y otra a la niña.

La pequeña es toda rizos y falsa plisada de colegio privado; un gran lazo adorna la coleta que le hizo su madre por la tarde y balancea cadenciosamente sus zapatos escolares desde el asiento del vagón del Metro. El abuelo le tiende la mitad de la manzana, hermana de la parte que el niño masca y saborea a dos carrillos. 

- Ten cuidado, Marcos. -le dice, mientras muerde - No te comas las semillas. 

El hermano la mira, mordisqueando el borde del corazón de la manzana. 

- Si te comes las semillas, te explico: te crecerá una planta aquí dentro...

 

domingo, 11 de octubre de 2015

¿Cómo chantajea un niño?



Abre la boca poco a poco, aspirando aire silenciosamente e inflando su pequeño pecho de cuatro o cinco años como un diminuto globo de polo azul y blanco; la madre agarra al hermano gemelo con la mano derecha, mientras que con la izquierda da instrucciones a la abuela, que sujeta a duras penas al otro. Sus ojos se convierten en rendijas y parece que hasta el pelo -rubio, ligeramente rizado, largo detrás de las orejas- se eriza un poco. Muda el color de su piel en un rosáceo rubor airado.

- Mamá -dice Niña Pequeña, mientras esperamos, detrás, a que el semáforo pase de rojo a verde. 
- ¿Hum? -digo yo, sin dejar de mirar al niño. 
- Mamá, ese niño va a gritar. Y mucho -sentencia firme, conocedora. 

El niño inhala aire, ahueca el pecho y me parece que hasta se inclina ligeramente hacia atrás, dispuesto a una destrucción masiva, a dejarse oir por encima de las recomendaciones de madre y abuela; adivinando el cambio de color del semáforo, se pone de puntillas, aprieta sus puñitos y libera todo el aire de sus pulmones. Un serpenteante grito infantil afila el espacio detrás de él...


lunes, 31 de agosto de 2015

¿Hay maleducados al volante?


Su cara rezumaba odio: lo vi desde el retrovisor del Negrevercarruaje. Se agarró al volante con la mano izquierda crispada, mientras que con la derecha me señalaba con un índice acusador y sus labios se fruncían una y otra vez en un cúmulo de palabras malsonantes apelotonadas. Lo vi todo, aunque fue por casualidad. 

Oí el motor de su coche -uno pequeño, en gris metalizado, un modelo antiguo, pero que era el coche de ella, pues, seguro él tendría otro más grande, más digno, más- acelerando aún antes de que ella pisara el pedal derecho con furia incontenida, y adiviné que no pondría ni el intermitente para indicar al resto su intención de adelantarme, sin mirar la línea contínua y el horizonte lleno de curvas peligrosas. Se había encontrado conmigo, miserable, en su insignificante vida de conductora de un utilitario y en una carretera secundaria venida a menos. 

Rugió, sí, arañando el asfalto sin dejar marcas, el humo negro y denso del tubo de escape y su rabia envolviéndola como en una niebla demoníaca... 

- Negre, parece que esa de ahí se ha enfadado un poco contigo -dice Él, tranquilo. 

- Eso creo -digo, mirando de nuevo al semáforo, esperando que se pusiera en verde...


 

sábado, 11 de abril de 2015

¿Qué es "no"?

No: 1. (infinit.) Limitar, ajustar. 2. (símb.) Déjalo estar. 3. (desus.). Pensar que este presente así mejorará el futuro. 4. (desc.). Impedir que el niño de hoy sea el tirano adolescente del mañana. 5 (adv). Negación, oportunidad, cierre, comenzar de nuevo. 6. (estud). Yo. 7. (v.: mejorar).


 

viernes, 2 de enero de 2015

Lo que no me pase en el súpermercado...

Ocurrió hace unos días, de estos que el calendario de mi cocina marca en rojo y en los que se tiene que ser obligatoriamente feliz y familiar. Él me miró, azules los ojos, y sentenció:

- Si quieres eso para la cena especial de hoy tienes que acercarte al súper, que pensé que había..

 No me gusta la cocina, que tiene mucho de alquimia, me parece, pero la ocasión lo merecía. Me abrí paso en el armario hasta que localicé abrigo, gorro, bufanda, guantes, y de esta guisa me dirigí al centro comercial que mi amiga Montse todavía llama con su antiguo francés, porque hace muchos años que ya no vive aquí y no se ha enterado del cambio. No me gusta tampoco ir a comprar -yo soy más de esas online, de las que afirman que podría sobrevivir en casa un mes sin tener que salir de mis cuatro paredes- porque me siento engañada desde que pongo el pie derecho en el umbral de la tienda y salgo con el izquierdo pisando fuerte...; asumiendo que en las entrañables fiestas familiares -que no, que tampoco me gustan, porque parece que me obligan y de la norma mal interpretada no puede salir nada bueno- el engaño sería doble -pie derecho, pie izquierdo-, localicé lo que faltaba para que Él terminara de preparar la cena y, todo lo dignamente que pude, me puse en la fila de la línea de cajas. 

La fila de la línea de cajas es un espacio donde todo es posible y se barrunta con frecuencia el peligro, la incertidumbre, donde se mide a cajas destempladas la paciencia del de delante y del que está detrás y se demuestra, a golpe de producto, cuál de las amables señoritas ha estudiado más allá de 3º de ESO y cuál es una profesional del trato al público. Allá a lo lejos, más o menos por la caja seis o la ocho, una señora dialoga -en estas familiares fechas hay que dialogar- con la amable señorita que la atiende:

- Mira, guapa, que es que no me has descontado los tres euros con cincuenta de la caja de langostinos, que están de oferta -dice ella, ondeando el tiquet de compra.

- Señora, si mira con atención, están anotados y debajo, justo debajo, descontados, ¿ve? -dice la joven, señalando con el dedo en el papel el producto en litigio.

- Mira, gua-pa, que no, que no tienen que aparecer, que están en oferta y por eso los he cogido yo -el tono del diálogo ha subido unos decibelios, los suficientes como para entretener al resto de los clientes- que si no, no los hubiera cogido.

- Señora, le repito que están descontados, ¿ve? Aquí, aquí -señala ella de nuevo, en el límite de su paciencia, observando de reojo la cola que se ha montado en su caja, a la espera del desenlace de los langostinos- ¿No ve el menos que hay delante de los tres euros con cincuenta?

La señora se ajusta la gafas metálicas sobre el puente de la nariz, mientras examina con cuidado, buscando pillar in fraganti a la amable señorita. Ahí, barrunto yo que en medio del largo tiquet de compra, reluce un signo menos delante de tres euros con cincuenta, langostinos en oferta. Tiemblo en mi interior al pensar a qué colegio pueden ir los retoños de la señora y pido al Niño que nace que no sea en donde yo trabajo...

- Claro, claro, guapa, ya lo veo, perdona, perdona, es que todo en este tiquet es tan pequeño... -dice la señora, recogiendo sus bártulos y los langostinos.

Coloco mis engañosos -o engañados- productos en la cinta, caja nueve: clinclin, pan, clinclin, panecillos, clinclin, queso fresco; mientras pago, hago memoria de aquella madre de alumna que, a inicios del curso, me decía muy enfadada, el dedo índice acusador, que no entendía porqué se enseñaban cosas inútiles en la escuela, como Lengua, Latín, Cultura Clásica o Matemáticas. 

Si lo llego a saber con antelación, le digo que para no hacer el ridículo en la fila de cajas del mercado, por no reconocer un signo menos...


 

martes, 4 de noviembre de 2014

sábado, 25 de octubre de 2014

La primera vez de este curso.

El latir de la vida de una clase lleva otros impulsos diferentes a los de los corazones normales: se acelera su ritmo al colocar las filas para un examen y bombea más oxígeno del debido mientras el profesor reparte las hojas de preguntas, pero se ralentiza hasta el sonar pausado de unas zapatillas de franela cuando el tutor ordena cambios de sitio o se pide sacar la agenda para anotar dos fechas importantes. Lo que a los ojos de otros -aquellos, profesores- es base en el futuro de la vida de esos adultos en ciernes es sólo un sonido lejano para ellos y ellas: un horizonte tan improbable como imposible, pues estos, sí, piensan que todo lo pueden. 

Por eso no me sorprendió cuando mi tutoría -quince, dieciséis, hasta diecisiete años- me trasmitió la honda preocupación de la clase: cuáles serían las fotos que todos verían proyectadas en el día de su graduación, en un alejado junio del año que viene. Poco importaban las semanas de esfuerzo que se les iba a exigir, la posibilidad de no superar las asignaturas y tener que repetir curso, los días desgranados en horas de pupitre con la excusa de no ser niño ni adulto y cumplir con la obligación de estar en un colegio: de octubre a junio, en vuelo directo, hacia el sentir popular de mi aula de veintitrés alumnos, el desasosiego por no aparecer cómo ahora, juveniles, lozanos, ya no somos niños, y sí con las fotos secretas tomadas en excursiones y tutorías como si nada...

Y una propuesta: ellos, más organizadores de lo que podría haber sido previsible, se habían agrupado en sus teléfonos móviles y, en algún momento entre mi preparación nocturna de sus siguientes clases de Latín o la corrección de una docena de ejercicios de Religión, habían barruntado la solución al conflicto: se harían unas fotos en la entrada principal del colegio, habían venido preparados, con camisetas especialmente pensadas para ese día y línea de ojos discreta en negros. Fue entonces cuando la alumna de la segunda fila, a la derecha, sacó con la normalidad de la que sólo los adolescentes son capaces, un peine nacarado de la mochila, se compuso el flequillo de colores imposibles y dijo las palabras claves: 

- Ya estamos preparados. 

Allá que fuimos, por primera vez ellos y yo de acuerdo en un propósito común: empezar a preparar su despedida, la que yo tendré que planificar, aunque ocho meses antes de lo que yo, adulta, pensaba. ¿Libros, mochilas, cuadernos, estuches, archivadores? Accesorios quinceañeros o signos de distinción de la tribu. Hoy, alumnos, mañana, quién sabe con qué iconos. 


 

jueves, 21 de agosto de 2014

Crónicas marinas (3): o cómo ir de incógnito.

Aunque sean vacaciones para mí -mis vacaciones, les diría a esas familias que a fecha de hoy aún insisten en mandarme correos electrónicos con preguntas sobre los exámenes de septiembre de sus retoños-, no ha cambiado un ápice mi opinión: no me gustan las personas con gorra en sitios cerrados. Sí, sí, sigo en mis trece, incluso después de los años pasados desde que lo conté aquí, al anonimato de la red. 

Por eso, me muerdo la lengua y me quedo con las ganas -que estás de vacaciones, Negre, contente, me dice Él- para no decir nada a esas dos adolescentes de escasa Secundaria que pululan en mi comedor vacacional y con las que comparto el agua clorada de la piscina y el saludo mañanero por los pasillos de este lugar. Y no abro la boca, aunque se me van los pensamientos, al verlas con sus gorras beisboleras blancas mientras comemos fideuá y ensalada, a tres o cuatro mesas de distancia. 

- No entiendo, Negre -me dice Él, mientras se afana con el postre.

- ¿Hum?- digo, mirando de reojo a Niña Pequeña, que ha tirado por enésima vez la servilleta al suelo.

- Esas chicas -señala con la punta de su redondeada barbilla-. Van a la piscina y a la playa a tostarse al sol, tan ricamente, con esta calorina, y no llevan gorra. Y ahora se la ponen para comer.

- Bienvenido al mundo adolescente -contesto, intentando concentrarme en el helado.

- Claro, que la culpa es de sus padres...

- Pues eso digo yo durante diez meses al año -concluyo, saboreando los restos de helado de mi cuchara-. Pero no digas nada, que son vacaciones y voy de incógnito...



 

sábado, 14 de septiembre de 2013

De cuando comprar es una batalla.


Coloqué ordenadamente mi compra en la cinta de la línea de cajas: las dos cajas de cereales, una botella de leche, de tapón azul, una lechuga tipo iceberg -la que tanto odiaba mi madre... y quizá por eso es la que como siempre-, las rodajas de pescado congelado y detrás, cerrando la fila, media docena de huevos morenos medianos. Delante de mí, un matrimonio joven se afana por guardar todo en bolsas verdes y blancas, sujetando a dos niñas rubias que procuran no caerse del asiento del carro de la compra. 

Miro a un lado, a otro: por aquí suelo encontrarme con antiguos alumnos o madres de otros, dispuestas a concertar entre pasillo y pasillo una tutoría informativa, que es algo a lo que se presta en estos casos la elección entre una mayonesa o un bote de tomate frito. Niña Pequeña se entretiene con la cadena de las cajas. Y es entonces, en el preciso instante en que ella intenta enganchar los dos extremos del hierro en un único pivote, cuando siento una respiración pesada sobre mi cuello; agarro firme mi bolsa verde y amarilla y miro de reojo hacia la derecha, y es ahí cuando la veo: dos piernas calzadas con sandalias de cuero marrón, falda plisada de flores, bolso al hombro y cesta azul. Y rematándolo todo, la platina cabeza de una señora mayor, con sus rizos de peluquería de viernes por la tarde, los ojos mirando al frente, como si nada pasara, mientras procura adelantar posiciones en la fila por la derecha. 

Adivino rápidamente su intención, de forma que recoloco mi bolsa vacía delante de mí y viro levemente a la derecha, interponiendo entre ella y yo mi mochila. Ella recula de forma casi imperceptible, pero noto su disgusto cuando la esquina de su bolso roza con mi espalda y recompone su figura a unos milímetros de mí. 

El matrimonio avanza en la colocación de su compra; ella se encarga de pagar con tarjeta de supermercado, mientras él empuja carro, bolsas y niñas hacia la salida. Nos separan ya dos o tres baldosas, pero me mantengo en mi posición, apretando contra el suelo una bandera imaginaria de lucha y conquista, mientras que la señora de detrás resopla al ver el hueco entre mi lechuga iceberg y las cajas de cereales. No avanzo ni un milímetro y marco la frontera entre mi botella de leche y ella con el cartón de próximo cliente, ataque al que responde deslizando brevemente su cesta azul, como quien no quiere la cosa, hasta mi talón derecho.

- Disculpa, se ha ido solo -me dice.

Me encojo de hombros, saludo al amable muchacho que me atiende -clin, clin, clin-, guardo lentamente leche, cerales, lechuga. La señora de detrás ya está colocada de nuevo, pronta a pagar. De su cesta azul emerge, solo, una bolsa de crema de champiñones precocinada...

jueves, 6 de septiembre de 2012

Hoy, las notas.

Hoy, día de entrega de notas.

- ¡Toma! Soy un crac. Sólo me han quedado cinco -dice el alumno de la clase del fondo del pasillo, palmeando, choca esos cinco, la mano de su compinche.

- No estoy de acuerdo con esta nota, profe -me dice otro, señalando orgulloso su boletín, la barbilla levantada de manera ofensiva-. Me merezco, por lo menos, un dos.

- No pienso consentir que mi hijo repita -argumenta una madre, ondeando las notas de su  hijo, obligado a no pasar de curso por el imperdonable pecado (el de los profesores) de haber suspendido ocho asignaturas de las diez del curso.

- Pero..., pero... ¿Cuándo habéis dado las notas, profe? -me pregunta estupefacto un alumno.

 

viernes, 15 de junio de 2012

La raza de los flequilleros.

Se encuentran entre nosotros en edad adolescente. Ellos y ellas se identifican con éxito en las clases de los colegios, en los pasillos de los institutos y cerca de las rotondas; se reconocen, se huelen y diría yo que hasta  se identifican alguna hormona aún no descubierta por los científicos, que les hace rondarse y saludarse desde las ventanas de las clases. Es la raza de los flequilleros.

Los flequilleros y flequilleras son jóvenes e indómitos; el tiempo no pasa por ellos, apenas planea entre sus espaldas delgadas vestidas a la última. El tiempo no pasa, y además no pasa nada: exámenes, trabajos y decisiones resbalan por sus flancos adolescentes, deshaciéndose poco a poco a la altura de las caderas, para quedarse como un mero recuerdo cuando llegan a sus bailarinas -ellas-, a sus zapatillas de deporte -ellos; con un ligero movimiento de caderas -ellas- o una patada estudiada -pero qué bien me queda, ellos-, apartan de sí los posibles últimos restos de cualquier amago de responsabilidad.

Pero es el flequillo lo que los identifica. No, más allá: es su peinado, ese que nosotros diríamos córtate las puntas, niña, ¿cuándo vas a ir a cortarte el pelo, niño?, pero que ellos llaman desfilado, es la moda, profe. Él o ella se girará levemente en su puesto de clase en primera fila: primero brevemente la cadera ladeada, sujetando el respaldo de la silla con el codo, después el torso apretado en una camiseta imposible de tallar, en un instante un rápido movimiento, brusco, pero estudiado, del cuello, hacia la derecha. El giro de la cabeza, ligeramente ladeada para ayudar en la torsión, moverá el flequillo, dejará entrever allá una oreja, quizá el pendiente o el piercing robado a la mamá. Su mente, la de él, la de ella, seguramente imaginará una onda en movimiento atravesando suavemente el pelo, desfilado, es la moda, por más que el pelo, el flequillo, la onda, jamás existirán a los ojos del no introducido en el código de esta tribu.

- ¿Me llamabas, profe? -pregunta, la cadera, el codo, el torso, el cuello, la cabeza, el flequillo en breve movimiento hacia la derecha.

- Siéntate bien, que no estás en el sillón de tu casa.

 

sábado, 20 de agosto de 2011

Crónicas marinas (4)

La zona costera tiene un claro indicador social, que no es ni el precio de sus viviendas, ni el costo de una tapa de paella ni el mayor o menor precio de ese pinchito de tortilla. No. El verdadero indicador, el medidor esencial de la playa, es el color de la piel de sus habitantes.

Como si de seres de otra raza se tratara, tres son los especímenes que podemos encontrar entre las cálidas arenas de la playa.

El primero es de tono blanco. Muy blanco. Casi brillante, transparente en su esencia nívea. Inmaculado en su presencia, este habitante anuncia c0n su piel lechosa el poco tiempo que pasa al rumor de la olas, recién llegado de vacaciones, teletransportado casi desde una oficina anónima y grisácea, prácticamente irrespirable. Este ser hace lo que puede, muta su alba presencia por una capa de mantequilla cremosa protectora; previsor y dispuesto a quemar las horas que el jefe le ha concedido lejos del trabajo, acude junto a la playa cargado de toalla, esterilla, silla, sombrilla, puede que incluso nevera portátil para hidratarse convenientemente -que ha oído en la tele que esto es fundamental. Llama por teléfono y envía mensajes a los compañeros de oficina, tal vez para anunciarles la buena nueva de que hay esperanza, hay vacaciones.

El segundo es de tono rojo. Grana, púrpura sin oro, este habitante de la costa fue antes un blanquecino oficinista de interior, dispuesto ahora a demostrar que la crema hidratante todo lo puede y que más allá del carmesí de su piel hay moreno para dar envidia a la vuelta al trabajo. En su lucha por no mudar la piel, conoce a la perfección las farmacias del barrio donde alquila ya desde hace años un pequeño apartamento y se prodiga en el unte hidratante del bote azul de toda la vida.

El tercero es un muestrario de éfebos apolíneos y muchachas virginales, dorados y luminosos, hijos del Sol en sus brillantes cabellos. Pajizos y tostados por largas jornadas bajo los rayos del astro rey, gozan al mostrar sus esculturales cuerpos tostados y venturosos. Viven en y bajo las arenas de la playa, conocen el rumor de las olas, juegan a las palas y raquetas en la línea finísima que separa la arena oscura y marrón de los que apuran sus horas de descanso de la blanca y caliente que no roza apenas sus radiantes pies.

lunes, 9 de mayo de 2011

La raza de los pieles de camello.

Existen entre nosotros miembros de una raza sin par, abundantes, poco discretos, pero constantes en nuestro devenir cotidiano: se trata de la raza de los pieles de camello.

Los miembros de esta raza acostumbran a ir vestidos en tonos oscuros u ocres, al modo del pelo del camello del desierto. La Naturaleza ha hecho de ellos una raza genuinamente femenina y longeva: la mayor parte de sus miembros son féminas que suelen reconocerse unas a otras por la tonalidad de sus prendas de vestir: zapatos en crudo, habitualmente con hebilla o cordón dorado, falda hasta las rodillas en conjunto marrón con la chaqueta de lana de tres cuartos, chal a los hombros o manta en ocre y cuadros, pelo corto con mechas peluqueras en amarillo apagado.

Aunque normalmente sus miembros femeninos están acompañados por especímenes masculinos, estos pasan a un discreto segundo plano, condicionados por el tono ejecutivo y a menudo agresivo de sus compañeras:

- ¿Me deja, por favor? -dice ella, los brazos en jarras, ante la fila que espera con poca paciencia a la apertura de la puerta del tren. El hombre que está detrás agarra las maletas y mira a un punto vacío más allá del pasillo del vagón.

Esta raza tiene una especial dedicación: la de colarse en las filas del autobús o hacerse paso en las prietas masas que esperan al transporte público -bien para subir o para bajar. Su especialización es tal que, mientras hacen petición en tono poco cortés -les va la identidad en lograr su objetivo, plenamente definido desde su nacimiento-, son capaces de ganar posiciones -quinto, cuarto, segundo, primer puesto de la fila-, haciendo uso a veces de medidas agresivas como codazos o excusas que se filtran y clavan en el cerebro de los oyentes:

- Disculpe, disculpe -dice siempre ella, agarrando su bolso ocre con mano cenicienta-: es sólo una preguntita -apunta, adelantando el pie derecho e impulsándose ya con el izquierdo.

Por último, los miembros más preclaros de esta raza, experimentados en la lucha por el espacio vital, suelen reconocerse con el uso de contraseñas cuyo significado el resto de los mortales sólo puede, apenas, intuir:

- ¡Qué desvergüenza, la de estos jóvenes! -grita una, brazo en alto con el bolso de antes a la altura del codo, pues un adolescente ha osado impedir sus acciones de invasión territorial. A este grito, dos o tres mujeres más habrán reconocido en la primera a una de ellas, y se sumarán al grito de victoria: ¡vaya educación!

- Perdone, disculpe, tengo prisa, un momento, por favor -dice otra, agarrando el codo del de delante y aplicándole un placaje lateral que le hará rotar sobre sí mismo, momento en el que ella avanzará terreno por el otro lado. Una o dos personas más, posiblemente, mirarán hacia atrás, valorarán la operación y estirarán hombros y brazos enteros hacia los laterales del cuerpo, dejándola pasar porque se han reconocido en la estrategia...

miércoles, 12 de enero de 2011

La raza de los Noseabundos.

Existen entre nosotros unos seres únicos, que viven prácticamente de incógnito: los noseabundos.

Los noseabundos se mimetizan perfectamente con el exterior, adoptando preferentemente apariencia joven: pieles suaves y brillantes de adolescentes, melenas rizadas de casuales peinados, cabellos cortos masculinos cuidadosamente engominados,... Tienen una tendencia especial por vestir prendas anchas -ellos-, muy anchas, procurando mostrar el borde de la ropa interior -de color discretamente acorde con el color de los cordones de las desabrochadas zapatillas. Ellas, con un gusto más variado, se decantan por camisetas estrechas y pantalones vaqueros de talle bajo, con la misma intención de mostrar sin provocar.

Por eso los noseabundos son difíciles de identificar; de hecho, su actitud ante la vida es similar, intentando pasar disimuladamente entre la masa. Sólo podemos saber que estamos ante uno de ellos al entablar conversación:

- ¿Qué tal estás hoy?
- No sé.
- ¿Tenías algo de deberes del colegio esta mañana?
- No sé.
- Pero, ¿de verdad que no te ha pasado nada de nada?
- No sé.
- ¿Cómo crees que podrías mejorar las últimas notas del colegio, con todos esos suspensos?
- No sé.

Los miembros de esta raza, sin embargo, tienen una intensa, profunda y extensa vida social, aunque no lo parezca, pues tienen una amplia bolsa de contactos (los seres más activos, con la etiqueta de +400) en las redes sociales de Internet, con preferencia por Tuenti. Es allí donde despliegan todo su poder y espíritu crítico ante la vida que dejan pasar:

- ¿Has visto a Menganítez, el de la clase de al lado, cómo iba hoy vestido?
- Huy, no sé.

Pero, ¡cuidado! Los noseabundos tienen una gran capacidad, un poder inmenso -del cual no son conscientes, debido a su capacidad de mimetismo e invisibilidad-: pueden contagiar a otras personas, convirtiendo así su hábitat natural en un estado óptimo de ingravidez temporal, un espacio en el que se encuentran cómodos y a gustito. El lugar estará contagiado cuando, por ejemplo, los adultos de los que se rodean ponen en marcha una conversación similar a esta:

- Venimos a hablar con usted porque no comprendemos cómo es posible que en tres meses nuestro hijo no haya tenido ni un examen ni deberes ningún día.
- No es posible, ¿no les ha dicho que cada tres semanas tenía un prueba escrita?
- No sé.
- ¿Ni que hace meses que tenía que entregar...?
- No sé.
- ¿Ni que tenía deberes el fin de semana de...?
- No sé. Pero ya le hemos quitado la televisión, la consola, el teléfono, el MP3, el MP4, la radio y el DVD del cuarto...

Llegados a este punto, el noseabundo, inflitrado entre los miembros adultos del grupo más cercano, habrá logrado su objetivo principal: que le dejen en paz. Y es que esa es otra característica de los miembros de esta raza: el pensamiento general y muy extendido a través de sus +400 amigos de que siempre serán jóvenes de vida diluídamente fácil.

jueves, 30 de diciembre de 2010

La raza de los Colones

Existe entre nosotros una raza singular, muy cercana. Es la raza de los colones. Pero no, es algo más: la familia, los Colone, así, con mayúscula, dada la cotidianeidad en la que se mueven y lo extensas que son sus ramas.

Ellos, así, se mezclan en nuestras calles, prefiriendo los terrenos populosos y muy frecuentados día a día de la carnicería, la verdulería y la cola del pan o del autobús. Es en estos dos últimos sitios donde despliegan todo su poder y capacidad de persuasión, incólumes y fríos ante las protestas, abucheos y sonidos desgarradores que les lanzan cuando entran en acción. Puestos en jarras, el pie firme, la mirada serena y decidida, avanzan en el breve camino lateral que nadie de la cola ha visto antes que ellos, mientras algún otro se atreve a anunciar:

- ¡Eh, señora, que se está colando!

¿Pero quién se atreve a plantarse ante un miembro de la familia Colone? Su capacidad de persuasión, tal vez su aura incluso, o años de experiencia y evolución natural hacen que se giren y con toda la tranquilidad que sólo un Colone puede tener, contesta:

- ¿Es a mí?

Dentro de la familia Colone son especialmente las hembras las que han logrado un desarrollo mayor en su habilidad para encontrar siempre los primeros puestos. Son fáciles de identificar, siempre acompañadas por un miembro masculino de la familia -marido, generalmente-, que se sitúa a dos o tres pasos protocolarios, dejando espacio de acción para la fémina, que será capaz de que la atiendan antes en el mostrador de la relojería, obtendrá las mejores ofertas en el súper o le resolverán la duda de turno antes que a nadie.

- Disculpe, es sólo un momentito, ¿eh?


jueves, 2 de diciembre de 2010

La raza de los sabelotodos.

Están entre nosotros los miembros de una raza única, pero poderosa, capaces de multiplicarse por arte de magia. Son los de la raza de los sabelotodos.

Los sabelotodos gustan de manifestarse en los actos públicos, preferiblemente entre pequeños grupos mixtos. Antes de actuar y desplegar todos sus saberes rodean con la mirada a aquellos que tienen más cerca, seleccionando el grupo sobre el que van a actuar y analizando el tema del que se esté hablando. Después, el sabelotodo se dirigirá con paso decidido, pero disimulado, aprovechando seguramente que conoce a uno de los miembros del grupo -prefiriendo ser presentado por alguien del género femenino (vulgarmente llamado "miembra"). Después de escuchar por dónde van los tiros, entrará en la conversación sin posibilidad de marcha atrás:

- Eso me pasó a mí cuando...

Pero los de la raza de los sabelotodos tienen una gran capacidad inicial de camuflaje, a fin de no ser detectados por miembros de otras razas. Por eso a veces se disimulan entre adolescentes, adoptando su aire pasota, en las clases:

- Profe, eso que dices es lo mismo que aquello que explicaste cuando...

O son aquellos alumnos que comentan mirando de soslayo lo que el profe está explicando, porque, claro, todo lo saben, nacieron sabiendo, su vida es demostrar conocimientos. Y es que el sabelotodo procede de un espermatozoide o un óvulo especial, increíblemente mutante, con asombrosa capacidad de absorber conocimientos, destinado a la gloriosa tarea de ennoblecer y aumentar la sabiduría de la raza humana con sus experiencias mundanas.

Los de la raza de los sabelotodos se multiplican, irradian, se dispersan, se elevan a miles de potencias. Un sabelotodo puede aparecer en la boca del metro, informando concienzudamente sobre la mejor combinación para tu destino, estar junto a ti en el autobús -conociendo el momento justo en el que el atasco es ya fruto de un accidente- o en la sala de espera del hospital, lugar en el que desplegará sus eficaces conocimientos sobre tus síntomas y los del enfermo de al lado, pues todo lo ha vivido, experimentado y percibido:

- A mi nuera, la que está casada con mi hijo-el-pequeño, le pasó exactamente lo mismo...
- Pues mi niño, cuando era pequeño, tenía unos cólicos que... sólo con una medicina recomendada por...
- ¡Huy! Eso que tiene usted no es nada, hombre. Mire lo que me pasa a mí en la rodilla derecha cuando...
- Que no, mujer, que no, que le digo yo a usted que en la herboristería de mi barrio tienen unas pastillas que...

martes, 12 de octubre de 2010

La raza de los ayays.

Existe entre nosotros una raza de gente especial, con la que nos codeamos tal vez diariamente: la raza de los ayays.

El ayay es, con frecuencia, una persona que practica el ser víctima, convencido internamente de que así mantendrá siempre cerca el foco de atención. Suelen ser personas que asumen los traumas y dolores de los demás y los hacen propios, lo cual puede ser interpretado como un servicio a la sociedad, por lo cual tal vez les debemos estar agradecidos por la empatía y sensibilidad que muestran hacia sus congéneres.

El ayay mostrará un repertorio de males internos y externos de difícil explicación científica, pero se deslizará lentamente hacia las salas de espera de consultorios médicos, a fin de hallar una persona más que desconozca su dolencia. Explicará a quien quiera oirle que lo suyo son cosas de la edad, que ya se sabe, pasa para todos y te espera a la vuelta de la esquina; se empeñará después en convencerte de que a tí te ocurrirá lo mismo, pasado el tiempo pertinente, pues la llamada de la madurez tardía es inevitable a todo ser humano. Entonces habrás perdido, como el ayay, la ilusión por la vida, las aficiones que siempre cultivaste y puede que, si se te ha dado bien, un buen puñado de amigos.

El ayay, además, tiene el don de pasear su lamentación a lo largo del día, sin que varíe ni un ápice a mejor, pero sí siempre evolucionando a cotas negativas. Te preguntará qué tal estás mientras terminas de pelearte con tu despertador -riiiiiing, siete de la mañana-, para después desgranarte los males que le han acontecido mientras tú dormías, analfabeto de lo que ocurría al otro lado de tu tabique. Esos males, además, serán siempre una sucesión cuasi infinita de lo de ayer y antes de ayer, aderezados por alguna breve novedad que te será descrita con mínimos detalles, para acrecentarse a la hora de la cena. Y es que al ayay, ya se sabe, es un maestro en el arte de mojar sus ganas de ser víctimas en café con leche de melancolía...

Sí, hoy fue el cumpleaños de mi padre.


miércoles, 25 de agosto de 2010

La raza de los pulsadores.

Existe entre nosotros una raza especial: la raza de los pulsadores.

El hombre o mujer pulsador es aquel -o aquella- con el que te cruzas en la parada del semáforo, peatón como tú y consciente también de que algunos de los semáforos de tu ciudad tienen un botón al que hay que presionar para que pase al color verde y puedas pasar a la otra acera.

El hombre o mujer pulsador toma carrerilla, coge aire, coloca los brazos en jarras y le da al botón, a ese precisamente en el que tú ya pusiste el dedo hace unos segundos. Pero el hombre o mujer pulsador está convencido de que sólo él o ella conoce los intricados vericuetos del funcionamiento de los semáforos de tu ciudad, de forma que se ve en la obligación de accionar el complejo mecanismo de estos aparatos, consciente de su misión en la sociedad, paladeando lentamente su superioridad.

Después de hecho esto, el hombre o mujer pulsador se colocará a tu lado, pero un pasito pequeño, casi imperceptible, por delante de tí, cobrándose de esta forma el servicio prestado a los viandantes de tu ciudad. Mirará al frente, vigilando el color del semáforo, observando sin pestañear y manteniendo la respiración en el infinito segundo que va del rojo al verde...


sábado, 31 de julio de 2010

La raza de los guardaespaldas.


Hay una raza diferente a nuestro alrededor, un grupo de personas en el que quizá no hayamos nunca reparado, pero que está ahí: la raza de los guardaespaldas.

El guardaespaldas es la persona que se siente, sin que tú se lo hayas pedido, en el derecho de poder opinar sobre tus usos y costumbres, con la buenaintención de hacerte la vida más fácil y cómoda, basándose en que tiene más años y experiencia que tú en eso de la escuela de la vida. Además, los seres de este raza tienen una capacidad camaleónica, pudiendo adoptar, casi al mismo tiempo, diversas apariencias.

De esta forma, el guardaespaldas asumirá el aspecto de tu suegra o de tu madre cuando acabas de parir e intentas hacerte a la idea de que el bebé ese quiere comer:
- Pero tú sabes cómo se hace, ¿no?
- Mira, mira, reina, que tienes que ponerte al niño así y así.
- Huy, huy, el chiquirriquitín tiene hambre, ¿no lo ves?

O tal vez sea ese grupo de personas que, desinteresadamente, te acompaña en tu búsqueda y captura del piso de tus sueños:
- Pues no, mira, que este no tiene ascensor.
- Tal vez este mejor, que hay jardincillo cerca.
- Que no te engañen, que como en casa de mamá, en ningún sitio.
- ¿Pero estás seguro? Si lo que tienes que hacer es quedarte con tus padres, hombre...

El guardaespaldas asume, además, que su obligación es velar por tí, que no eres capaz de cuidar de tí mismo, pagar tus recibos, educar a tus hijos o pensar, siquiera, qué es lo que te conviene:
- Hace mucho sol, lleva al niño en el carrito mejor, ¿eh?
- Coloca la maleta esa ahí, mejor, no, esperaespera, ya lo hago yo, que tú no sabes.
- Te acompaño a la piscina, que tú no te apañas solito y no sabes cómo se hace esto, déjame-que-yo-tengo-experiencia en cosas de estas.
- Estaba mirando las fotos de tu móvil mientras hacías eso, sin permiso, sí, porque parece que no te das cuenta de que me las tienes que enseñar... Es que no me cuentas nada.

El guardaespaldas es como un ángel sin alas, pero con rabo de diablo que intenta hacerte comprender, en tus malas entendederas, que lo tuyo es ser eternamente joven y que los otros tiempos pasados fueron mejores. Porque, ¿qué sería de tí sin sus constantes llamadas o preguntas sobre tu programación familiar de fin de semana? El problema es que los que pertenecen a esta raza son también muy susceptibles, de forma que cuando sienten que no son tenidos en cuenta y sus recomendaciones no son llevadas a cabo en un tiempo corto, deciden hacerse notar con caras largas y miradas que mezclan rencor y languidez, pues emplean con frecuencia el arma de la pena para hacerse con un hueco que consideran suyo por naturaleza.

Uf.