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jueves, 3 de noviembre de 2016

¿Cuánto influye un profesor?



Hace unos días recibí un correo. Claro que esto no extrañará a nadie, imagino, ya que lo inusual sería que hubiera recibido una carta: una carta, sí, de las de antes, con sello y todo, de esas sobre las que hablé a Niña Pequeña:

- Mamá.

- ¿Hum?

- Mamá, que me ha dicho Irene que quiere que le escriba una carta -me dijo, hace unas semanas, con su mejor cara de extrañada.

- ¡Qué buena idea! Yo escribía muchas cartas hace años...

- Claro, pero, ¿cómo se escribe una carta? -respondió, gesticulando nerviosamente...

Hace unos días recibí un correo, decía. Me lo remitía un antiguo alumno y me exponía en ella el disgusto y daño que yo le había provocado días antes, cuando había venido de visita al colegio, acompañando a su novia -otra antigua alumna. Yo, que sí tengo bastante contacto aún con ella, me detuve en el recreo a hablar.

Y eso le dolió. 

No le miré, me escribió. Me había centrado en su novia, y lo comprendía, pero decía no merecerse que no le hubiera hecho caso, yo, que había sido su tutora en el corto periodo de tiempo en el que había estado en el colegio. 

Releí su correo varias veces, recordando la visita, la grata conversación con mi antigua alumna; recordaba dónde nos habíamos sentado en el patio, el árbol que nos hacía sombra, la compañía de otra alumna que estaba conmigo en ese momento... Percibía en mi distancia la figura de él, en segundo plano, mirándome de reojo. 

Y lo que me dolió a mí, sí, lo que me hizo daño al releer entre líneas que no había sido protagonista de una conversación conmigo, es que yo no le había reconocido. Yo no sabía quién era, pues los rostros de los miles de alumnos que han pasado por mis clases se mezclan a veces en un cúmulo de adolescentes a los que luego pierdo...

No recordé a Álvaro, y así se lo dije, lamentando mi falta: no reconocerle, no haberle vuelto a pasar por el corazón. Días después recibí una respuesta llena de cariño, como una mano que espera empezar de nuevo...

- Mira, Negre, te mando además una foto de aquella tutoría, para que nos pongas cara a todos de nuevo, para que sepas quiénes somos, porque, al verla, me he dado cuenta de que sé sus nombres, que fueron importantes para mí. 

Y supe quiénes eran. Les puse cara, gestos, bromas y recuerdos, sacados de un baúl de hace siete u ocho años... Las letras de Álvaro en un correo que no he borrado, porque estos días lo he vuelto a releer, a pesar de haberle contestado para empezar de nuevo, sintiéndome una vez más eslabón de una cadena y testigo privilegiado de una vida que se ha cruzado con la mía: 

- Quiero que sepas, Negre, que fuiste importante. Que aprendí cosas de la vida real escuchándote. Aunque yo no fuera tu mejor alumno. 

Acababa su correo con un gracias. Acabé mi respuesta con un gracias...


martes, 27 de septiembre de 2016

No me convence el bilingüismo educativo

Hace pocos días hablábamos del azafrán a la hora de la comida: Él había hecho paella -una de esas comidas que sabe hacer con muy buena mano- y Niña Pequeña nos preguntó cómo el arroz podía ser de color amarillo. Mi alma de profe de Historia salió a la luz y le expliqué las maravillas del azafrán, el oro rojo...


- Porque tú sabes que en una flor hay estigmas y pistilos... -dije, dejando el tenedor apoyado en el plato.

- No, mamá, yo no sé eso -respondió ella, mientras removía su plato buscando calamares.

-¿Cómo que no? Si te lo han explicado en Science, Niña Pequeña.

- Pues por eso: en Inglés. Por eso no me lo sé -dijo ella, comiendo tranquilamente el calamar rescatado de entre el amarillento arroz.

Mi hija no sabe lo que es un pistilo, ni el estigma de una flor, ni distingue fuerza de masa, ni recuerda que los mamíferos tienen pelo y los ovíparos ponen huevos... Mi hija es una víctima del bilingüismo, como tantos otros niños que aparecían hace unos días en una encuesta que yo ojeaba: los alumnos de Primaria habían empeorado en su comprensión lectora en castellano, su capacidad de hilar ideas y redactarlas estaba en un dudoso puesto  a la cola de Europa y seguían sin saber distinguir las mínimas normas de ortografía. En algunos colegios de Madrid se estaban eliminado horas de Refuerzo de Lengua -una optativa de 1º de ESO- para darle horas al Inglés, y a mí me llevan los demonios...

Vaya por delante que no estoy en contra de aprender idiomas, que, como cualquier disciplina humanística, abren la mente, permiten conocer culturas, expresarse mejor, salir al mundo,... Conozco a sus profesores de Science y Arts -compañeros míos en mi trabajo-, algunos de ellos amigos desde hace décadas, grandes profesionales en lo suyo. No es cosa de ellos, no, sino quizá mía, que defiendo a ultranza -pero nunca delante de las familias, claro, porque me va el sueldo en ello- que el bilingüismo impuesto por la Ley (des)educativa -la que sea: la actual, la de hace tres años, la que vendrá en otros dos- no es real, sino una falacia, una imposición variable y en función del sitio de España donde hayas caído: los profesores de Castilla-La Mancha deben demostrar un nivel B2 en Inglés, en Madrid un C1 mínimo, en Castilla y León, un B1...

Y yo, que soy hija de un bilingüe, estoy convencida de que eso, lo de mamar otro idioma desde pequeño, en casa, en vida cotidiana, es lo que marca la diferencia: lo es la más pequeña de mi familia, hija de un italiano, mi primo, que estudió en un colegio extranjero, mi amiga, la de Alemania, que huyó en fuga de cerebros y nunca volvió... Niña Pequeña ha mejorado su dicción, entiende las canciones, se comunica con sus profesores en Inglés,..., pero no tiene conceptos adquiridos de materias científicas, explicadas en una lengua que no es la suya. 

Mis alumnos, tampoco. Me llegan con doce años sin, la inmensa mayoría, saber resumir, comprender un texto, escribir diez líneas sin hacer una veintena de faltas de ortografía, sin extraer de dos párrafos ideas principales... Y yo me las veo y me las deseo para intentar encauzar esos fallos, maquillarlos para la Inspección, disimular que, sin duda, sabrán mucho Inglés, pero cuando estén en 4º de ESO habrá una reválida que se les aplicará en castellano (quizá, porque en el fondo, lo del bilingüismo no es tal, y no son alumnos extranjeros o de colegios extranjeros que esos, sí, tienen derecho a un examen especial en su idioma materno).

Y sin esa reválida, un examen de tipo test que medirá contenidos, no podrán titular. Que la Ley (des)educativa nos imponga a los profesores explicar siguiendo "metodologías activas", "personalicemos la enseñanza" (aulas a más de treinta alumnos), "atendiendo a los niños con dificultades" (repito: aulas a más de treinta alumnos) y procurando "explorar y poner en prácticas competencias, no tanto contenidos", eso, es otra historia para otra entrada del blog. 

Qué país. 

My God.


sábado, 24 de septiembre de 2016

145. Punto y seguido

145.

Este es el número de alumnos que tengo este curso, todos de Secundaria. Seguramente, tras estos casi veinte años dando clase, he alcanzado ya el número de 2000... Mis alumnos mayores, los primeros, aquellos que eran solamente siete u ocho años menores que yo, empiezan a traer a sus hijos más pequeños a mi instituto (a pesar de todo, o por eso, porque fue el suyo antes).

145. Repartidos en clase de treinta personas o más, haciendo frente numérico a eso que la LOMCE llama "calidad educativa", "atención personalizada" y demás mandangas y que, listas en mano, se queda en papel trasnochado y listo para lanzar a la chimenea...

He visto ya a todos mis alumnos; de la mayoría sé su nombre, algunos datos, ciertas curiosidades de su vida escolar, un par de inquietudes,... A algunos, por afinidad o porque ellos lo han elegido así, los conozco: sé sus miedos, sus deseos, sueños, inquietudes, rabietas, misterios y bastantes alegrías. Muchas horas de patio y pasillos permitieron, en esos casos, crear lazos y ser domesticados, al modo del zorro del Principito...

Tengo 145 nombres en mi agenda de aula, 145 palabras que tienen rostro y corazones que, seguramente, anhelan millones de cosas que están terriblemente alejadas de la realidad de las aulas y de lo que la Ley (des)educativa me obliga a enseñarles. Y sé que tengo, este curso, 145 razones para levantarme, preparar mis cosas del colegio, abrir mi agenda para ver qué toca hoy y escuchar aquel "hola, profe", tras el timbre, que moverá mi motivación diaria y me recordará, 145 veces repetido, que esto es lo mío. 

Feliz curso.


 

sábado, 23 de julio de 2016

¿Qué dibujo animado serías?

Tarde que promete calurosa y obliga a deshacerse en los hielos del refresco del vaso. Mi amiga me ha invitado a merendar y dejar pasar el tiempo en el patio de su casa; a mi lado, como si nada, una de sus hijas, futura alumna mía, comparte patatas fritas y verano conmigo.

- Oye, elige un dibujo animado -le digo. Vamos a estar juntas el próximo curso: hay que conocerse.

- ¿Por qué? -me pregunta, sin dejar de comer, cansada de todo, patatas fritas.

- Tú elige uno -le replico, sin darle opción. Hay que dejar claras las cosas desde el principio...

Mira al vacío entre patata y patata... Tanto, que temo que se le haya olvidado mi petición o haya decidido no hacerme caso.

- Creo que sería Rapunzel, Negre -dice, al cabo de un rato.

- ¿Por qué?

- Porque estoy siempre encerrada en una torre -me dice, con la seguridad de quien ha tomado una buena decisión.

- ¿Te refieres a que no te dejan hacer lo que quieres y tienes muchas normas? -le pregunto, oteando en el horizonte la adolescencia que llama a las puertas de la casa de mi amiga.

- Quizá. Yo quiero tocar la hierba... -me dice, mientras me mira con unos preciosos ojos claros...

El próximo curso...




 

jueves, 25 de febrero de 2016

¿Por qué hay que ser amable en el trabajo?



Suele gustarme dar clase... O estar con mis alumnos. O compartir tiempo con niños y jóvenes, más bien, y darme cuenta, cuando miro hacia atrás y vuelvo a encontrármelos: mayores, más altos, quizá algo más maduros y con algún golpe de la vida, años después. Y yo sigo siendo Profe, y ellos los adolescentes que dejé antes de que cumplieran la veintena...: un eslabón en una cadena, algunas frases lapidarias dichas hasta la saciedad -para que se les queden grabadas, como hicieron conmigo cuando era yo la adolescente y ella, mi profesora de Latín de los años nada dorados de Bachillerato. 

Como dice una de mis compañeras de trabajo, esto no es ir a la mina, pero desgasta: la cabeza, el cuerpo, las horas dedicadas sin esperar fruto, el tiempo de preparación de clases, los fines de semana robando tiempo a la familia para entregarlo -porque sí, porque cómo no- a los alumnos a la siguiente semana,... Hace dos cursos -porque los profesores contamos el tiempo por cursos, no por años naturales, y el verano es el tiempo de recordar, olvidar, coger fuerzas, crear, soñar- que decidí que era ya tiempo de disfrutar de mi trabajo, que ya me había aprendido que, con frecuencia, esta profesión no es aceptada socialmente -somos los vagos nacionales, los que no trabajan nunca, los que entran en clase, dicen cuatro cositas sin importancia y volvemos a nuestras casas a seguir vegetando en nuestros carísimos sillones-, que nos quieren poco y nos aceptan menos, y que, después de más de media docena de leyes educativas en casi veinte años de profesión, está claro que lo educativo es deseducativo y un arma política más para las campañas electorales. 

Una vez hecha, mental y públicamente, esta declaración de principios y honestidades, llegó el momento de divertirme en el trabajo: dejar atrás lo malo y quedarme solamente con lo bueno -lo que les digo, una y otra vez, a las personas que, de vez en cuando, tengo como tutorandos en prácticas, futuros profesores que ven una puerta abierta a la ilusión y el futuro. Y comencé a divertirme, a reír en las clases y a ver a mis alumnos como pequeños eslabones en mi propia cadena. Y me fue mejor, mira por dónde: sin ansiedades, sin angustias, sin disgustos y con objetivos más alcanzables, personables y cercanos. Disfrutar. Dejarse sorprender. Ir a lo esencial en los contenidos y a lo importante en lo personal. 

Me lo recordaba ayer una alumna de 1º de ESO, recién aterrizada en la adolescencia:

- Profe: me gustan tus clases, porque eres la única que entra en clase sonriendo.

Y con eso, dijo todo. 

 

sábado, 14 de noviembre de 2015

Tengo un alumno que es un guepardo.


Se sienta al fondo, pero no es como los que se sientan allí, a la derecha. Él tiene la mirada afilada de ironía contenida, y no son los suyos los ojos de aquella otra compañera, rabiosa y hambrienta de miradas: él observa como el guepardo que calcula la fuerza de la gacela más débil, porque sabe que puede y que si quiere, podría cazarla sólo por el gusto de demostrar a toda la sabana de su clase que es la fiera dominante.

Lo adivino ya mayor, pasada esta enfermedad pasajera y necesaria que es la adolescencia y la fiebre de las hormonas, seguro y dueño de sí, caminando con paso decidido por un pasillo de cristaleras, el del undécimo piso del edificio de oficinas, la línea recta de su traje de chaqueta, impecable. Guepardo, al fin al cabo, y seguro que por entonces ya zorro viejo. Supongo que en ese tiempo tendrá la mirada aguda y condescendiente, cediendo el terreno calculado para simular ser quien no es, todo genio, como lo era en el pasillo del tercer piso: nada inocente.

Yo tengo suerte, porque no soy su presa; y como no lo sería, y él lo sabe y yo sé que lo sabe y él sabe que yo lo sé, sólo me mira penetrante y vivo, y se ríe porque los dos sabemos de su habilidad, pero callamos para poder yo observar cómo vigila...

-¿Preparado? -le pregunto, una mañana más, como siempre, mientras él controla su sitio desde el quicio de la puerta.

- Claro, Negre -me responde, con media sonrisa.

   

sábado, 12 de septiembre de 2015

Inicio de curso: comienza el duelo.

Hay un nuevo alumno al fondo a la derecha. Como aquel otro, es también moreno, aunque su cabello no se revuelve en guedejas ni muestra honradez en sus ojos, sino la mirada desafiante del león que otea su presa. Aquel confiaba en mi palabra para que su madre le dejara ya salir del colegio y reunir sus sueños rotos de escolar con poco futuro; este otro no me conoce, lo miro y quiero verle, me mira y me provoca: obligación de escolares con poco futuro, ver hasta dónde el profesor está dispuesto a trazar la línea de frontera...

Se recuesta en la pared de azulejos desvaídos, dejando sobre la mesa -otro más- una mochila vacía; canturrea con voz monótona, pero audible, retando a cualquiera a hinchar pecho y plantarle cara. Los otros 30 alumnos respiran el aire tenso de la espera y los dos del fondo me miran de reojo. Me conocen. Ignoro el reto que me lanza en el primer día de clase y el tarareo va cesando durante mi paseo entre los pupitres de sus compañeros. 

- Igual deberías sentarte bien -le digo, con voz amable y marcando bien las sílabas en una bravata-. Por si luego te duele la espalda. 

- No, profe -contesta, cortante, rival-: estoy comodísimo -dice, mientras se abraza a la mochila, ablandada de vacío: sin estuche, sin cuaderno, sin un libro. Adivino que sólo tiene el bocadillo del recreo y, escondido, un paquete clandestino de tabaco.

Han comenzado las clases...

 

jueves, 9 de julio de 2015

¿Hay erizos en tu colegio?



Se agolpaban dos pequeños y su madre, vigilante, alrededor del animal, como protegiéndolo o no sabiendo muy bien qué hacer, porque era terreno del colegio, la rampa de entrada con los coches, la entrada principal, allí donde tantas veces decimos:

- De la valla verde hacia dentro es cosa nuestra...

Pero lo decimos con la boca pequeña, aunque llenándonos el paladar de autoridad fingida, a fin de que padres y madres de retoños nos dejen hacer el poco trabajo que ya se nos permite: hacer como que enseñamos a adolescentes aniñados que prefieren ser mimados y consentidos...

No es la primera vez que animales entran en el colegio; dos veces, hace ya tiempo, una valiente salamandra se acurrucó en un rincón de la escalera, territorio hostil donde los haya, aguantando el corrillo de jóvenes que no han visto de cerca un ternero, mucho menos un anfibio o un pequeño mamífero. Pero este se acurrucaba sobre sí mismo, enroscándose protector en púas suaves al tacto discreto de los niños y el hocico camuflado entre sus patas. 

- Habrá que llamar al Seprona, porque a ver qué hacemos con este animal, que encima, seguramente estará herido... -dice alguien, tecleando ya en el teléfono. Uno del grupo ya le ha puesto nombre: ya es nuestro. Avisan que vendrán a recogerlo, que llamarán para informar de su evolución. 

Llamo a Niña Pequeña, buscando la foto del erizo en mi teléfono. 

- Ven, mira quién estaba hoy en la puerta del colegio -le digo, enseñándole el retrato del pequeño animal.

- Mamá -dice.

- ¿Hum?

- Mamá, es que es normal que esto pase en mi colegio, porque hay un bosque -dice, correteando de vuelta a su cuarto, sus juguetes, a dar clase a sus muñecas. 

Es cierto.

Hace unos días defendí en el patio mi merienda del ataque de dos ardillas...


 

lunes, 6 de julio de 2015

Los deberes de verano no sirven para nada.

Falta poco para que oiga la máxima del verano: 

- Pues sí, Negre, a ver si empieza el colegio, que los niños se aburren en vacaciones

Espeluznante. 

No será ahora cuando alguien me lo diga, pues todavía madres y padres de retoños y adolescentes viven en la resaca de boletines de notas en los que lo que se pregunta no es cuántas asignaturas has aprobado, sino cuántas has suspendido -por aquello de que lo normal es no superar nada, tal cual están las cosas, que así los jóvenes adultos, acostumbrados desde niños a la máxima de mínimo esfuerzo, pensarán menos. Ellos, los adultos, aún casi no se han dado cuenta de que el colegio acabó y de que los diez meses en los que los profesores se encargan de sus hijos ya han pasado, esos docentes están ahora cargando pilas -o estudiando, o preparando material o convirtiendo lo bueno del curso en mejor, o en olvidar las pesadillas invernales- y sí: les toca a ellos. 

Espeluznante.

Que un vecino, o una amiga, o 140 caracteres me insinúen que un niño se aburre en vacaciones y que lo que tiene que hacer son cuadernillos de deberes de verano, hojas de repaso de cuentas y caligrafías, comentarios de lecturas no elegidas por el pequeño -o el adolescente-,... Señoras, señores: los deberes no valen para nada. O sí. Para acallar conciencias, para inmovilizar aulas o para tener a los niños medio tranquilos un rato en casa. 

- Negre, ¿qué tengo que hacer en verano? -me decía una alumna unos días antes de terminar el curso. Rubia, ojos azules, trabajo impecable todo el curso, capaz de relacionar unas ideas con otras y enlazar aprendizajes previos con nuevos, educada hasta el extremo y candorosa en el trato. Doce años bien llevados, infantiles, dóciles, curiosos.

- Leer, pequeña, leer -le contesté, mientras sostenía su mirada asombrada de dos meses sin trabajo extra que no necesitaba y asomaba una sonrisa en su cara preadolescente. 

Esta, mi alumna, no se aburrirá en el periodo estival. Y me la imagino haciendo los deberes necesarios: horas de lectura en el sofá del piso de la playa, carreras y juegos de pelota y pala a orillas del mar, paseos con helado viendo como atardece, charlas de sobremesa con sus padres o siestas de recuperar energías en la terraza soleada. Y en invierno -ese largo invierno que comienza a principios de septiembre y acaba a finales de junio, laboral, escolar, inmovilista las más de las veces- ya vendrán las tareas, los libros de texto, cuadernos de grapas y evaluaciones. 

Porque de eso, de la utilidad de las evaluaciones -las sumativas, las que todo el mundo entiende, las que deberían ser las menos-, de esas ya hablaré en otro momento...

    

miércoles, 1 de julio de 2015

Hace falta tensión.




Hace falta tensión, Negre -dice al grupo como sólo sabe hacer, enarcando una ceja-. Hace falta tensión -repite, marcando con fuerza la /n/, dejando apenas un nanosegundo entre sílaba y sílaba: tennn...sión. 

Porque la tensión nos empuja hacia delante y nos hace avanzar, Negre -continúa. Y tensión me suena a mí, de repente, en los segundos en que tardo en pasarlo todo meticulosamente al acta que hago durante la eterna reunión, a crisis y a cambios y a estar atentos, en vigilancia para no pasar de puntillas. Tensión, la de mi espíritu ignaciano de buscar en cada día dónde quedó la razón para levantarse. Tensión es movimiento impune a pesar de los rechazos y se desmolda en las vacaciones de un profesor que, cierto, no estuvo diez meses en la mina, pero su alma está ya rota a más cuarenta grados de termómetro de acera.

Y son necesarias personas que mantengan esa tensión, Negre, dice de nuevo. Yo creo que es consciente de que tiene autoridad sobre mí cuando habla, que -efectivamente, como le he oído alguna vez- a él nunca nadie le dice no cuando lo pide, porque decirle eso es como quitarle de golpe el respeto debido o insultar a su presencia constante y callada. Por eso, por su autoridad, afianza la palabra: tensión, tennnsión, y si él lo dice, sin duda será cierto: voltaje, intensidad, fuerza, resistirse a fuerzas que se atraen o se rechazan y no salir huyendo a refugiarse, aunque prefiero, en el fondo, mientras tecleo, aquello de crisis y cambios que hacen avanzar. E imagino que lo dice, él, mi amigo Josémanuel, porque de cambios, crisis, tracciones y vivir intensamente la vida, sabe un rato.

Por si acaso, termino el acta, doy por concluida conmigo misma la reunión, la envió por correo electrónico a quien procede y me niego a asumir, un año más, un cargo colegial que ya no me corresponde.

- Tras hablar contigo, Negre -me dijo hace un mes él, el que fue mi jefe-, ahora entiendo que es por un acto de coherencia. 

Pues eso. Adiós. Hola. Bienvenidos, cambios, tensión, tracciones, voltajes.


   

viernes, 19 de junio de 2015

Hoy, de jabones.

No les hace falta -le dice ella a la otra. Es delgada, morena de tan joven, casi huele aún a Secundaria recién acabada. La otra, de edad indefinida. Reconozco a las dos, quizá por ser de mi misma ciudad, quizá por sus años inconclusos o pudiera ser que sus hijos, pequeños de Primaria, sean alumnos en mi colegio. 

- No les hace falta ningún regalo a los profesores -insiste la joven. La otra le ha contado cómo la clase se ha ido organizando para tener un detalle con la profesora de los pequeños- porque es su trabajo. A mí no me regalan nada por trabajar. 

La otra se remueve en su asiento, quizá asombrada por la sincera de su amiga. A mí todo me huele a buenismo, pero la conversación es pública e interrumpen mi lectura, mientras espero a que Niña Pequeña salga de su clase de natación. Comentan las dos de jabones, fulares y pequeños bolsitos playeros, ella sin mucho entusiasmo -quizá su hijo suspende, habla en clase, le pusieron una llamada de atención por escrito-, la otra arrimada al detalle.

Hoy recordé a ella y a la otra, pues fue día de entrega de notas finales en el colegio, correos de familias, algún buen deseo de verano, gracias furtivos -que no se note mucho- de unos pocos alumnos y de sus padres y madres. Me regalaron un jabón. Un pequeño fragmento de jabón cuadrado, blanco y cremoso, que huele a fruta y a aceite natural y promete suavidades y brillos; casi puedo hundir mis dedos en su cuerpecito de pez y dejarlos desaparecer poco a poco en fruto y mantequilla. Si fuera cera, podría pintarme.

Moldearlo.

No me hace falta el trozo de jabón, de tienda natural ecológica. Pero habla de detalle familiar, recuerdo, gracias, estamos contigo, paciencia, hacer lo que se pueda, querer lo que se debe en forma de crema afrutada y abrazo aromático. 




    

miércoles, 10 de junio de 2015

Esclavos del sistema (des)educativo.

Ayer alguien definía para mí qué es el fracaso escolar; afirmaba, con datos, que un niño o un adolescente con unos resultados muy negativos durante, al menos, dos años seguidos, indicaban que no sólo estamos ante un joven vago o desmotivado, sino ante un claro ejemplo de fracaso escolar: un desfase curricular evidente que impedía, a corto plazo, que el sujeto lograra desarrollar unas competencias lingüísticas y matemáticas aptas para desenvolverse en el mundo laboral. Añadía yo que tampoco en lo académico, cuando por alguna de las aulas pululan adolescentes de quince o dieciséis años en niveles académicos de once o doce años...

Hoy me recluyeron en un aula con varios de estos esclavos del sistema educativo. En pleno desarrollo de los exámenes de recuperación y finales -otro debate sería si esta forma de evaluar es útil para alguien, ellos y nosotros-, cansada la familia de tener adolescentes indomables e intelectualmente arruinados, reposaban calentado silla y ocupando el mobiliario escolar que otros aprovechan y pagan. El sistema (des)educativo actual no les deja abandonar, marcharse en busca de aquello para lo que, quizá esta vez sí, valgan, brillen y den esplendor. Pantalones caídos, camisetas con mensajes de esos que molan, profe, flequillo desfilado sobre los ojos y banda sonora incorporada en forma de móvil y auriculares y un futuro que no se puede escribir ya porque dejaron de creer en él en favor de un presente placentero e inmediato.

Hoy, ahora, esta mañana, me encontraba, me encuentro entre ellos y me pregunto qué será de..., si serán capaces, cuando logren la mínima madurez que las aulas les exigen y a las que ellos no llegan, de valerse por sí mismos, sin el escudo de sus familias ni la mirada de sus profesores. Ellos, que chillan su frustración y ganas de ser alguien en forma de conflictos y discusiones, derrumbados ahora -brazo, codo, hombro, dejarse llevar por una vida que no entienden- sobre las mesas verdes de esta clase. Ni silencio interior ni calma exterior, normas, dime qué tengo que hacer, pero suavemente, el mundo escondido en la funda protectora de un teléfono móvil. Es final de curso y hay que excavar firmemente para encontrar una brizna de esperanza...

 
 

miércoles, 29 de octubre de 2014

Hoy no pasa el día sin...

Bulle el pasillo del último piso y burbujean las clases en espumosa actividad; es un cóctel dorado de comentarios, miradas y palabras dichas en el silencio que precede al sonido del timbre y el cambio de clase. Y luego, el profesor. O la profesora. Mis compañeros. Yo. Entramos. Entro en el aula con la careta de profesora y las alertas puestas a los cientos de estímulos del micromundo de la clase que me ha tocado, segundo, primero, cuarto, letra A, letra B. 

Entro y acordamos sin mirarnos que la función va a comenzar, los actores principales están sentados en sus sillas, pupitre preparado, cuadernos, bolígrafos floreciendo en los estuches, mi agenda mostrando los platos de fiesta de hoy. Comienza la clase y se desgranan los minutos: tantos años delante de adolescentes y aún me sorprendo -ayer, hoy- observando sus caras, atenta a las reacciones de cada uno, las miradas que se lanzan, los que escuchan, los que se escuchan, los que se fueron hace tiempo porque su prioridad va por dentro y yo delante, al lado, detrás de ellos, hablando, dirigiendo la orquesta de la sesión de hoy, con el minutaje puesto en cada actividad y la clase dividida en bloques definidos: hablo, hablan, bromeamos, el espacio de la clase siempre mío para poder escuchar la melodía de esta función bien hecha y lo abarco paseando -ay, mi espalda-, tocando cada mesa, preguntando, recordando clases pasadas. 

Hay veces que sí, que me gusta esto.



 

martes, 30 de septiembre de 2014

Tengo una alumna al fondo, a la derecha.

No la conozco: ni siquiera la he visto antes en el pasillo, allá por el tercer piso. Pero hoy he tenido que entrar en el aula que alguien le había asignado; está sentada al fondo, a la derecha, donde se sientan esos jóvenes a los que mi amigo Óscar mira con ojos de misericordia y por los que no da su brazo a torcer, empeñado en rescatar lo irrescatable.

- Profe -llama.

- ¿Hum? -respondo; distingo un tono de sorna en su mirada de ojos claros. No debería de estar yo aquí a esta hora, pero un compañero se puso enfermo y tuve que ponerme al frente de los jóvenes, contenerles -más bien- hasta que sonara el timbre y anunciara el cambio de hora. 

La miro y quiero verla, aunque me resbalo al observarla por su tez clara y comprobar la sonrisa de la que ha repetido, sin duda, agotando ya todas las posibilidades: es la media sonrisa que se gastan los adolescentes cuando se suben a lo alto del mundo, indolentes y seguros de que todo es suyo y no han conocido -aún- caídas. 

-Profe: esto no lo voy a hacer. Soy nueva. -afirma.

La miro de nuevo; llevo puesta la careta de profesora y muchos de años experiencia me dicen al oído -como aquel esclavo que susurra al general romano victorioso- que está marcando su zona y tira un anzuelo para ver hasta dónde puede disponer de territorio. Doy la vuelta a mi careta y le ofrezco el mejor perfil. 

- Sé que eres nueva ("sé quién eres: te conozco, sé tu terreno"). Supongo que no es la primera vez que estás en un colegio ("sé que llevas al menos dos años perdida en la Cosa Educativa, pero mamá y papá burbujas te consienten todo cuando les miras así, de acuoso azul de tu ojos") e imagino que alguien te enseñaría el año pasado ("sé que no es la primera vez que pisas este curso, aunque creas que no") a operar de forma básica ("porque sí: tus compañeros son aquellos, lo sé, a los que hace tres años, cuando tenían doce, hubo que enseñarles a restar con llevadas, cosa que Niña Pequeña ya sabe hacer con sus siete años") -le respondo. 

Me mira en azul desvaído, o tal vez verde, mientras su compañero, el otro del fondo a la derecha, escucha mi pensamiento, pero responde entre líneas y en silencio. Yo no debería estar aquí, si no hundiéndome en la burocracia que la Cosa Educativa considera fundamental para mejorar el bajo nivel intelectual de los jóvenes adolescentes del país: listar número de niños y niñas por clase, anotar cuántos provienen de familias separadas, repetir ad infinitum sus asignaturas pendientes -recorro la mirada por el aula: muchas, porque la Cosa permite acceder a otro curso aunque sean diez las áreas suspendidas el curso anterior. 

Aquí y ahora, siete alumnos de esta clase de veinticuatro no sabrán restar con llevadas, más de diez no entenderán el enunciado de las tareas, la mitad hace un año que debería estar fuera de las aulas, tres o cuatro fracasarán escolarmente y repetirán curso, uno abandonará y el alumno que tengo enfrente mientras escribo estas líneas volverá a ser, de nuevo, protegido por su madre, moneda de cambio y pelea con su ex marido; cuando sea adulto no será capaz de mantenerse disciplinado y constante en su trabajo, porque siendo joven no supo aprenderlo.

No me importa. Esta tarde la burocracia intentará ahogarme, pero yo estaré ayudando a hacer los deberes a Niña Pequeña, la felicitaré porque una vez más ha leído y comprendido con éxito -y su tutor la premió el esfuerzo- y repasaremos juntas las tablas de multiplicar.

-Y aunque no lo creas, Niña Pequeña, hay papás y mamás que no ayudan a sus hijos a hacer los deberes ni a ser mayores -le diré, de nuevo. 

- Pero, mamá: si son papás y mamás deberían ayudar a sus hijos a ser mejores personas, ¿no? -me dirá, de nuevo.

 

miércoles, 10 de septiembre de 2014

¿Y si me deseas un feliz inicio de curso?

Hoy se escondían unas tras el colorido flequillo y disimulaban por el fondo de la clase pantalones de verano ya casi fuera de temporada; no vino el alumno del fondo, a la derecha, pero sé que ha podido -al fin- hacer lo que deseaba y estudiar lo que el tiempo no le había permitido antes (y quizá -sólo quizá- le echaré de menos, porque era noble). Corría entre las baldosas del pasillo la ilusión por un curso nuevo y la curiosidad por saber qué habrá escondido en las primeras horas del trimestre por estrenar: envueltas primorosamente, con cinta plateada y flor de pegatinas, se enredaban las presentaciones de los tutores, el horario provisional, los materiales de perfume a nuevo y los puestos en las aulas que ocuparon antes otros. 

Y huele a la novedad de lo que se conoce y a nervios disimulados de inicio de curso, de esos que me hacen recordar a mis primeros alumnos (hoy, algunos ya con niños pequeños que juegan en el patio por el que antes corrieron sus padres) y mi primer día de clase con ellos: aquella intensidad del ir a poner la mano sobre el picaporte de la puerta y saber que una treintena de pares de ojos me mirarán con mezcla de extrañeza y confianza mal disimulada, el colocar con seguridad falsa la carpeta sobre la mesa del profesor y dejar las tizas preparadas lo más cerca del borde la mesa. 

Hoy, sí, me acordé de uno de mis alumnos luminosos y renové mi esperanza en un curso que comienza, acepté el saludo de un padre agradecido, coloqué dos veces la nueva caja de materiales de mi tutoría -que no es nueva, pero como si lo fuera- y dejé que saliera de mí una sonrisa. Hoy, comienza el curso, y mañana, o luego, ya veremos.


 

miércoles, 2 de julio de 2014

¿Por qué es importante mi bata?

Ha comenzado el tiempo vacacional. El mío, vaya. Y no porque lo diga la órbita de la Tierra en inclinación adecuada con el Sol ni porque el termómetro juegue a subir y bajar. No. Nada de eso. El tiempo vacacional -el mío, vaya- comienza en el instante preciso en el que mi bata blanca del colegio se descuelga del perchero del despacho y llega en una bolsa verde hasta el tambor de mi lavadora. 

Por eso el tiempo vacacional -sí, el mío- se divide en tres momentos claves: Navidad, Semana Santa y Verano. Así, con mayúsculas. Porque es más grande y a mi bata le dará tiempo a quedar blanqueada, planchada, perfecta para empezar su vuelta al cole -y yo con ella- dentro de dos meses. Por si acaso, esta vez me guardé de revisar sus tres bolsillos, para no lavar con suavizante los pequeños trozos de tiza que luego mi amigo Nacho me pide para sus clases, ni para dejar que sonara -claclac, claclac- el pin de mi nombre dando vueltas en lo profundo de mi lavadora nueva. 

Y cuando mi bata esté ya seca, lista para ser planchada -que ya lo hago yo, Negre, que tú esto de camisas y tu bata no lo haces bien, me dirá Él-, volverá a la bolsa verde, aquí en el pasillo de la entrada, dispuesta en línea de salida y deseosa -la primera- para comenzar en septiembre a las aulas.

         

miércoles, 18 de junio de 2014

Sueños de cristal roto y fin de curso.

Se acerca el final de curso, y quizá es eso lo que mira el alumno del fondo, a la derecha: las puntas de sus dedos, donde se alojan las últimas horas de diez meses de clase. Está vuelto de espaldas, la mirada perdida más allá de la ventana semiabierta de la esquina y los brazos doblados sobre sus codos, la cabeza ladeada, el cuerpo se gira levemente en equilibrio estable sobre la silla. Más allá, el horizonte: no sé si pensará en el septiembre que fue y los retos de las primeras semanas que, sé, nunca se cumplieron porque ni siquiera les puso nombre: el alumno del fondo, a la derecha, no quiere estudiar. No quiere desde hace tres años, cuando la edad le obligó a pasar de curso y seguir en las sillas y mesas verdes, donde decía en tinta invisible que hasta los dieciséis años debía de estar ahí, sin más. 

Le hubiera hecho una foto así, a escondidas, el pelo revuelto por la pequeña brisa que corre, que alguien dejó la puerta abierta para que entrara aire fresco del pasillo, y el cloqueo de sus compañeros no le afecta por un breve minuto, tan grande es su no concentración en nada, y quizá, si pudiera verlo, sus ojos tendrían esa mirada soñadora que los libros dicen que tienen los que miran por la ventana a lo lejos -aunque yo creo, porque lo conozco, que tiene ojos oscuros y mirada sincera, a pesar de lo que la etiqueta que arrastra pudiera hacer pensar. Y la mirada sincera -profe, que yo no quiero estudiar, díselo a mi madre, que a ti te cree- no es tan frecuente en los pasillos de un colegio adolescente, aunque la gente quiere pensar lo contrario -porque es más idealista creer que el futuro está en sus manos. 

Y no quiere, pero pasó septiembre y una hoja tras otra de su calendario particular. Oye, aguanta el tirón, que queda menos, le decía yo, porque sé que prefiere el verano, y me decía después los sueños sin romper que tenía previstos, y las metedura de pata del fin de semana que intentaba disimularme cuando yo sólo le miraba al llegar tarde por el pasillo. Quizá empiece de nuevo en septiembre, no lo sé, y tal vez sus sueños dejen de ser del frágil cristal con que a mí se me presentan y tenga suerte, y luego, como otros, decida traer a su hijo pequeño a mi colegio: porque aquí, profe, aquí sí sabéis cómo nos llamamos. 

    

miércoles, 4 de junio de 2014

Adolescentes luminosos, chispas de alegría.

Corren por el pasillo hacia mí, recién cerrada la puerta al terminar la clase: cambio de hora, cambio de carpeta, cambio de libros. Vienen sonrientes y con los ojos chispeantes. 

- ¡Profe! -dicen, entusiasmados como hacía tiempo que no les veía. Aventuro noticias, una buena cosa que les ha pasado, una nota de la asignatura más difícil que han logrado aprobar. Son dos alumnos de una de mis antiguas tutorías, quince años, adolescentes en ebullición.

- ¿Qué os ha pasado? -pregunto. Estos dos, ella y él, me resultan simpáticos y no logro disimular.

- ¡Que el año que viene nos vas a dar clase en 4º, que nos lo acaban de decir! -mi compañera sonríe ante la refrescante naturalidad de los dos. Me mira ella, abrazada a la carpeta de libros y apuntes, contando por dentro, como yo, los días que quedan para dar por finalizado el curso. 

- A saber, chicos, que somos muchos profesores... -apunto.

- No, profe, que vas a ser tú la que nos vas a dar clase, seguro, y venimos a decirte que nos gusta eso.

Les sonrío y les hago un par de bromas; no saben aún cómo deslizarse en su futuro. No son conscientes del mundo que les queda por descubrir y las energías que consumirán por el camino. Tendrán piedras y senderillos luminosos mientras tanto, pero hoy, en el cambio de hora, quisieron saltar chispas de colores y correr para decirme que les gustaba saber que yo les daría clase el curso próximo.

Y eso, que vengan, es noticia. 


 

martes, 18 de febrero de 2014

La lesión de Niña Pequeña.

Niña Pequeña se ha lesionado.



Realmente, ha sido lesionada por otro; ¿y por qué no usaremos tanto la pasiva en castellano? Porque así ha sido: pasivamente, por casualidad, cuando no debía de estar ahí y su dedo tenía que haber ocupado su posición habitual, recogido en la mano, y quizá debió haber previsto el ataque del pie de su compañero de clase -mucho más fuerte, mucho más impulsivo, mucho menos atento-, fuera de la trayectoria del balón y sí más cerca de lo debido de una de sus falanges. 

Esta noche su venda luce blanca, pero esta mañana era un cuadro de corazones rosas y azules y líneas verdes. Le duele. Le acompañará una semana, como poco. 

- Mamá -dice, mirando de refilón su dedo lesionado, quizá levemente fisurado.

- ¿Hum? -digo yo, recordando la cara y el nombre del niño que confundió balón con dedo...

- Mamá, esta venda tan blanca es aburrida...