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viernes, 29 de julio de 2016

¿Qué tal son los hijos de tus vecinos?

Los hijos de mis vecinos -al menos, algunos de ellos-, están acostumbrados a ser llamados a golpe de silbido y terraza por esos padres a los que no les gusta mi trabajo... Algunos de ellos disfrutan de un periodo vacacional sin tener que preocuparse de exámenes de septiembre y me consta que no les importó en su momento acabar de romper los columpios que por aquellas épocas usaba Niña Pequeña y algunos otros que entonces eran como ella, ya que sus padres, claro, se encargarían de pagar los desperfectos comunitarios. No ocurrió, como era previsible. 

Son cosas de críos, yo lo sé, cuando se esconden a jugar a oscuras en el aparcamiento de los bloques, ese al que hay que bajar por unas escaleras. 

Y cosas de críos, me consta, cuando juegan en el mismo aparcamiento con globos de agua, dejando encharcadas las dos plazas de garaje inmediatamente contiguas al grifo que -cosas de críos- dejan a veces abierto...

Cosas de críos, no pasa nada, lo de intentar dar a los cristales de un coche que está aparcando en el garaje comunitario, que iba en broma y no pasa nada, que con pedir luego perdón ya se arregla. 

O cosas de críos, tranquilos todos, cuando ese mismo agua de sus globos se deja caer por las empinadas escaleras, mal iluminadas, que conducen a las mismas plazas de aparcamiento de antes.

Nada que ver con las bicicletas embarradas que dejan esas huellas que la mujer de la limpieza tiene que quitar, día tras día, del portal donde las dejan. Ni con sus competiciones a voz en grito en hora de siesta aprovechando el wifi de algún rellano. 

Cosas de críos, que son llamados a silbidos al rayar la medianoche, para que suban ya a cenar a casa, que dejan para septiembre lo que bien se pudo hacer en el largo invierno o consideran, como sus padres, que los profesores son una especie de lacra social fundada en las vacaciones y la pereza. 

Pero -¡ay!- cuando alguno de esos coches de las plazas de aparcamiento no vea, al entrar despacio, tan despacio como la administración comunitaria solicita por escrito y encarecidamente, a estos críos que, con sus cosas de críos, se exponen día sí y día también al peligro de jugar a escondidas y sin luces, luchar entre globos o regar sin malicia -cosas de críos- las escaleras...

Entonces, me temo, ya no habrá silbido que valga y vendrán los padres, sin globos, a lamentarse entre aguas...



   

domingo, 11 de octubre de 2015

¿Cómo chantajea un niño?



Abre la boca poco a poco, aspirando aire silenciosamente e inflando su pequeño pecho de cuatro o cinco años como un diminuto globo de polo azul y blanco; la madre agarra al hermano gemelo con la mano derecha, mientras que con la izquierda da instrucciones a la abuela, que sujeta a duras penas al otro. Sus ojos se convierten en rendijas y parece que hasta el pelo -rubio, ligeramente rizado, largo detrás de las orejas- se eriza un poco. Muda el color de su piel en un rosáceo rubor airado.

- Mamá -dice Niña Pequeña, mientras esperamos, detrás, a que el semáforo pase de rojo a verde. 
- ¿Hum? -digo yo, sin dejar de mirar al niño. 
- Mamá, ese niño va a gritar. Y mucho -sentencia firme, conocedora. 

El niño inhala aire, ahueca el pecho y me parece que hasta se inclina ligeramente hacia atrás, dispuesto a una destrucción masiva, a dejarse oir por encima de las recomendaciones de madre y abuela; adivinando el cambio de color del semáforo, se pone de puntillas, aprieta sus puñitos y libera todo el aire de sus pulmones. Un serpenteante grito infantil afila el espacio detrás de él...


sábado, 17 de enero de 2015

De coches y conductores.

Nanosegundo (sust. p. us.): 1. Dícese del tiempo que transcurre entre el paso del disco rojo al verde en un semáforo. 2. Momento directamente proporcional al cambio de color del rojo al verde en un semáforo y la reacción sonora del conductor del vehículo trasero (v. impaciente). 3. Espacio comprendido entre la milmillonésima parte de un segundo y el milímetro de distancia entre los parachoques trasero de un vehículo a motor y el delantero inmediatamente posterior, tras la reacción sonora del conductor de este (v. maleducado) ante el cambio de color de rojo a verde en un semáforo.


 

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Trabajo, dientes, Joaquín.

Volví a ver a Joaquín hace unos días, aunque él bien sabe que no por visita de cortesía ni por preguntar por su hijo, antiguo alumno mío y que a estas alturas ya debe de estar rozando su salida de la Universidad... Él siempre se ríe cuando me ve, le chisporrotean los ojos -porque es socarrón- y dice:

- Bueno, bueno, Negre, ¿qué tenemos aquí? 

Y luego añade, tras un par de segundos en silencio minucioso: 

- Vaya, vaya.

Y remata al fin, mientras miro de refilón el reloj de la pared:

- Claro, claro.

Joaquín es mi dentista, y Él también acude a veces -sólo a veces, porque le da un poco de miedo, aunque no lo reconocerá nunca. Me suele preguntar cómo se encuentra, aunque nunca atino y no sé muy bien si quiere saber, por cortesía, si le va bien o regular, si su boca sigue siendo un cúmulo de socavones y desperfectos o si, sin más, quiere entretenerme mientras sujeta el cabezal de alguno de sus instrumentos y pillarme desprevenida. 

- Después de la limpieza del otro día, Negre, toca mirar a ver qué hacemos con lo de rechinar los dientes por la noche, que eso ya lo habíamos hablado -dicta.

Si yo ya lo sé, que se lo expliqué antes del verano: que lo mío, esto de estar en el colegio, va a rachas y picos de trabajo, de ambiente, de interés o de motivación, y que cuando vienen malas, aprieto los dientes con fuerza, para evitar decir con más ganas lo que pienso. 

- No, si yo lo entiendo, pero que como sigas así van a acabar tus muelas partidas...

Y pienso yo que vaya fuerza que tiene mi trabajo, que me sale por las encías... Suspiro y le dejo maniobrar mientras toma medidas de los moldes de la que será la nueva camisa de fuerza nocturna de mis incisivos, premolares y molares. 

- Te llamo en unos días para que vengas a ver el resultado final y probar la funda...


 

martes, 11 de noviembre de 2014

La Envidia se envuelve en hojas de parra.

Estos últimos días están siendo un balcón desde donde observar, de lejos y como si nada, episodios: viñetas como de cómic que tienen a la envidia como eje temático. La Envidia. 

Envidia no es sana, no me engañe, Sr. Tiempo: Envidia es corrosiva bajo apariencia de voz dulce y atención fraterna; es una bestia agazapada que mudará su piel y erizará hasta la cola cuando se vea en peligro o a la presa preparada: allí, en el punto débil, la sangre palpitando rítmica y caliente, la ocasión propicia. 



Envidia es pútrida porque tiene carencias; quizá no la quisieron o no la amaron lo suficiente o tal vez se mira en un espejo roto que no puede reparar. Envidia quiere más y no puede, así que se esconde bajo falsa apariencia de las interesadas preguntas personales y la Soberbia, que es su hermana gemela; grita porque nadie la enseñó el arte del silencio y no levanta el pie del acelerador porque le fracturaron, seguro, el corazón en algún momento. Envidia, Sr. Tiempo, es una serpiente que se enrolla sobre sí misma y rumia diálogos entre hojas de parra.

La Envidia ha invadido lo que no debería ser una cueva de ladrones. Y son algunas familias -envidiosas ellas- las que convierten en descalificaciones lo que no es más que dolor y pérdida: el no saber cómo evitar que el que fuera un bebé es ahora un alumno pequeño...

 

martes, 4 de noviembre de 2014

martes, 30 de septiembre de 2014

Tengo una alumna al fondo, a la derecha.

No la conozco: ni siquiera la he visto antes en el pasillo, allá por el tercer piso. Pero hoy he tenido que entrar en el aula que alguien le había asignado; está sentada al fondo, a la derecha, donde se sientan esos jóvenes a los que mi amigo Óscar mira con ojos de misericordia y por los que no da su brazo a torcer, empeñado en rescatar lo irrescatable.

- Profe -llama.

- ¿Hum? -respondo; distingo un tono de sorna en su mirada de ojos claros. No debería de estar yo aquí a esta hora, pero un compañero se puso enfermo y tuve que ponerme al frente de los jóvenes, contenerles -más bien- hasta que sonara el timbre y anunciara el cambio de hora. 

La miro y quiero verla, aunque me resbalo al observarla por su tez clara y comprobar la sonrisa de la que ha repetido, sin duda, agotando ya todas las posibilidades: es la media sonrisa que se gastan los adolescentes cuando se suben a lo alto del mundo, indolentes y seguros de que todo es suyo y no han conocido -aún- caídas. 

-Profe: esto no lo voy a hacer. Soy nueva. -afirma.

La miro de nuevo; llevo puesta la careta de profesora y muchos de años experiencia me dicen al oído -como aquel esclavo que susurra al general romano victorioso- que está marcando su zona y tira un anzuelo para ver hasta dónde puede disponer de territorio. Doy la vuelta a mi careta y le ofrezco el mejor perfil. 

- Sé que eres nueva ("sé quién eres: te conozco, sé tu terreno"). Supongo que no es la primera vez que estás en un colegio ("sé que llevas al menos dos años perdida en la Cosa Educativa, pero mamá y papá burbujas te consienten todo cuando les miras así, de acuoso azul de tu ojos") e imagino que alguien te enseñaría el año pasado ("sé que no es la primera vez que pisas este curso, aunque creas que no") a operar de forma básica ("porque sí: tus compañeros son aquellos, lo sé, a los que hace tres años, cuando tenían doce, hubo que enseñarles a restar con llevadas, cosa que Niña Pequeña ya sabe hacer con sus siete años") -le respondo. 

Me mira en azul desvaído, o tal vez verde, mientras su compañero, el otro del fondo a la derecha, escucha mi pensamiento, pero responde entre líneas y en silencio. Yo no debería estar aquí, si no hundiéndome en la burocracia que la Cosa Educativa considera fundamental para mejorar el bajo nivel intelectual de los jóvenes adolescentes del país: listar número de niños y niñas por clase, anotar cuántos provienen de familias separadas, repetir ad infinitum sus asignaturas pendientes -recorro la mirada por el aula: muchas, porque la Cosa permite acceder a otro curso aunque sean diez las áreas suspendidas el curso anterior. 

Aquí y ahora, siete alumnos de esta clase de veinticuatro no sabrán restar con llevadas, más de diez no entenderán el enunciado de las tareas, la mitad hace un año que debería estar fuera de las aulas, tres o cuatro fracasarán escolarmente y repetirán curso, uno abandonará y el alumno que tengo enfrente mientras escribo estas líneas volverá a ser, de nuevo, protegido por su madre, moneda de cambio y pelea con su ex marido; cuando sea adulto no será capaz de mantenerse disciplinado y constante en su trabajo, porque siendo joven no supo aprenderlo.

No me importa. Esta tarde la burocracia intentará ahogarme, pero yo estaré ayudando a hacer los deberes a Niña Pequeña, la felicitaré porque una vez más ha leído y comprendido con éxito -y su tutor la premió el esfuerzo- y repasaremos juntas las tablas de multiplicar.

-Y aunque no lo creas, Niña Pequeña, hay papás y mamás que no ayudan a sus hijos a hacer los deberes ni a ser mayores -le diré, de nuevo. 

- Pero, mamá: si son papás y mamás deberían ayudar a sus hijos a ser mejores personas, ¿no? -me dirá, de nuevo.

 

domingo, 31 de agosto de 2014

¿Cómo se usan los intermitentes de un coche?

Instrucciones. 

Lea atentamente las siguientes instrucciones antes de proceder.

1. Observe su vehículo por fuera. Compruebe que a ambos lados, en la parte delantera y en la trasera, se encuentran los pilotos de color amarillo-auto, en número impar (uno a cada lado en la parte delantera, uno a cada lado en la parte trasera). Algunos modelos pueden integrar variaciones, como pilotos de menor tamaño situados en los bordes de los espejos retrovisores. 

2. Entre en el habitáculo; tras hacer las comprobaciones de seguridad (véase p. 2), y hacer contecto (véase p. 4)compruebe que junto al volante, en su parte izquierda, se encuentra una pequeña palanca móvil. 

3. Empuje la palanca del apartado 2 hacia abajo. Compruebe que se ilumina una pequeña flecha orientada hacia la izquierda en el salpicadero del coche; la iluminación estará acompañada por un repiqueteo, que le indicará que los pilotos de color amarillo-auto del lado izquierdo están funcionando. 

4. Salga del coche. Compruebe que los pilotos de color amarillo- auto del lado izquierdo lucen de forma intermitente.

5. Entre en el habitáculo del coche. 

6. Empuje la palanca del apartado 2 hacia arriba. Compruebe que se ilumina una pequeña flecha orientada hacia la derecha en el salpicadero del coche; la iluminación estará acompañada por un repiqueteo, que le indicará que los pilotos de color amarillo-auto del lado derecho están funcionando.  

7. Salga del coche. Compruebe que los pilotos de color amarillo- auto del lado derecho lucen de forma intermitente.

8. Entre el habitáculo del coche. Sitúe la palanca del apartado 2 en su posición original. 

9. El uso de  los pilotos intermitentes está indicado para la señalización de la dirección de su vehículo hacia la izquierda o la derecha. 


     

lunes, 25 de agosto de 2014

Crónicas marinas (5): de cuerpos apolíneos.

Tienen la suficiencia que sólo poseen los adolescentes en pleno momento de coger tiempo al tiempo, que no pasa por ellos porque, es más: se detiene ante sus cuerpos musculosos y cuidados de gimnasio. Sabedores de rozar belleza de éfebos, se pasean entre las toallas de la piscina: bañadores mínimos -verde uno, rojo el otro-, mientras mandan mensajes a velocidad de vértigo por su teléfono móvil de última generación; gritan de un extremo a otro y bailan espaciadamente con rápidos pasos alrededor de la joven socorrista. Encandilada ella, no resiste el hechizo y les sonríe: brillan sus dientes perfectos mientras se arregla la coleta rubia. 

Los dos -Cástor y Pólux- nos permiten subir nuestra mirada hacia ellos y regalarnos los oídos en la hasta entonces mansa y pausada tarde de piscina: han traído su música y altavoces; conectan todo con el alargador que la hipnotizada socorrista les cede -como no podía ser de otra manera- y suben al máximo el volumen. Y yo no sé si acercarme a ellos y agradecerles el repertorio musical que atruena entre las olas de cloro, recordarles que el tiempo pasará y sus cuerpos se ajarán, mortales, o, simplemente, desear a sus padres una larga, dura y dolorosa adolescencia.

 

jueves, 21 de agosto de 2014

Crónicas marinas (3): o cómo ir de incógnito.

Aunque sean vacaciones para mí -mis vacaciones, les diría a esas familias que a fecha de hoy aún insisten en mandarme correos electrónicos con preguntas sobre los exámenes de septiembre de sus retoños-, no ha cambiado un ápice mi opinión: no me gustan las personas con gorra en sitios cerrados. Sí, sí, sigo en mis trece, incluso después de los años pasados desde que lo conté aquí, al anonimato de la red. 

Por eso, me muerdo la lengua y me quedo con las ganas -que estás de vacaciones, Negre, contente, me dice Él- para no decir nada a esas dos adolescentes de escasa Secundaria que pululan en mi comedor vacacional y con las que comparto el agua clorada de la piscina y el saludo mañanero por los pasillos de este lugar. Y no abro la boca, aunque se me van los pensamientos, al verlas con sus gorras beisboleras blancas mientras comemos fideuá y ensalada, a tres o cuatro mesas de distancia. 

- No entiendo, Negre -me dice Él, mientras se afana con el postre.

- ¿Hum?- digo, mirando de reojo a Niña Pequeña, que ha tirado por enésima vez la servilleta al suelo.

- Esas chicas -señala con la punta de su redondeada barbilla-. Van a la piscina y a la playa a tostarse al sol, tan ricamente, con esta calorina, y no llevan gorra. Y ahora se la ponen para comer.

- Bienvenido al mundo adolescente -contesto, intentando concentrarme en el helado.

- Claro, que la culpa es de sus padres...

- Pues eso digo yo durante diez meses al año -concluyo, saboreando los restos de helado de mi cuchara-. Pero no digas nada, que son vacaciones y voy de incógnito...



 

miércoles, 30 de julio de 2014

Carta a Maruja (33): el bolsillo de mi abuelo.

No sé qué opinará Maruja de esos pantalones cortísimos a los que se les ve los bolsillos. Para saberlo le he escrito una carta que podéis leer aquí.

    

domingo, 20 de julio de 2014

Esos padres que llaman a silbidos a sus hijos...

Qué espléndido sonido! Diáfano, agudo, penetrante, cristalino, nítido: casi, casi puedo ver en el aire las tres notas que lo forman, en amplias redondas con puntillo, bailando hacia un destino final que marcan con una flecha invisible. Un sonido puro que se airea vivo desde la puerta del balcón de mi izquierda y atraviesa velozmente su camino hacia el objetivo marcado. Es un silbido tan ensayado que parece ya natural, como un lenguaje auditivo predesignado por el emisor y su oyente, un niño de unos once años que juega en el filo de la noche a la pelota, abajo: la consigna no verbal que indica al muchacho que su padre, con silbo diamantino, le llama para que suba ya a casa. 

Y yo, que soy su vecina, acostumbrada a que le llame así en las tardes de verano, me pregunto por qué no concertará una hora de llegada a casa con el hijo adolescente, antes de que este sienta la llamada del can...

    

jueves, 5 de junio de 2014

Carta a Maruja (31): la desmotivación.

Jaimito ha recibido el boletín de notas de la tercera evaluación. Y está desmotivado. Me lo cuenta Maruja en su última carta, que puedes leer pinchando aquí.

martes, 18 de febrero de 2014

La lesión de Niña Pequeña.

Niña Pequeña se ha lesionado.



Realmente, ha sido lesionada por otro; ¿y por qué no usaremos tanto la pasiva en castellano? Porque así ha sido: pasivamente, por casualidad, cuando no debía de estar ahí y su dedo tenía que haber ocupado su posición habitual, recogido en la mano, y quizá debió haber previsto el ataque del pie de su compañero de clase -mucho más fuerte, mucho más impulsivo, mucho menos atento-, fuera de la trayectoria del balón y sí más cerca de lo debido de una de sus falanges. 

Esta noche su venda luce blanca, pero esta mañana era un cuadro de corazones rosas y azules y líneas verdes. Le duele. Le acompañará una semana, como poco. 

- Mamá -dice, mirando de refilón su dedo lesionado, quizá levemente fisurado.

- ¿Hum? -digo yo, recordando la cara y el nombre del niño que confundió balón con dedo...

- Mamá, esta venda tan blanca es aburrida...

    

viernes, 3 de enero de 2014

38

La agenda se ha quedado a medias; las tareas, por terminar y lo pendiente, abandonado. Tendrán que esperar las clases sin preparar y los trabajos a medias de corregir se quedan encima de la mesa, junto a la lámpara. Una lectura desatendida por la página 201 y dieciséis correos sin respuesta. 

No quisiera, pero he sucumbido, caído, rendido, capitulado ante la evidencia del termómetro, que marcaba 38 grados. 

 

sábado, 14 de septiembre de 2013

De cuando comprar es una batalla.


Coloqué ordenadamente mi compra en la cinta de la línea de cajas: las dos cajas de cereales, una botella de leche, de tapón azul, una lechuga tipo iceberg -la que tanto odiaba mi madre... y quizá por eso es la que como siempre-, las rodajas de pescado congelado y detrás, cerrando la fila, media docena de huevos morenos medianos. Delante de mí, un matrimonio joven se afana por guardar todo en bolsas verdes y blancas, sujetando a dos niñas rubias que procuran no caerse del asiento del carro de la compra. 

Miro a un lado, a otro: por aquí suelo encontrarme con antiguos alumnos o madres de otros, dispuestas a concertar entre pasillo y pasillo una tutoría informativa, que es algo a lo que se presta en estos casos la elección entre una mayonesa o un bote de tomate frito. Niña Pequeña se entretiene con la cadena de las cajas. Y es entonces, en el preciso instante en que ella intenta enganchar los dos extremos del hierro en un único pivote, cuando siento una respiración pesada sobre mi cuello; agarro firme mi bolsa verde y amarilla y miro de reojo hacia la derecha, y es ahí cuando la veo: dos piernas calzadas con sandalias de cuero marrón, falda plisada de flores, bolso al hombro y cesta azul. Y rematándolo todo, la platina cabeza de una señora mayor, con sus rizos de peluquería de viernes por la tarde, los ojos mirando al frente, como si nada pasara, mientras procura adelantar posiciones en la fila por la derecha. 

Adivino rápidamente su intención, de forma que recoloco mi bolsa vacía delante de mí y viro levemente a la derecha, interponiendo entre ella y yo mi mochila. Ella recula de forma casi imperceptible, pero noto su disgusto cuando la esquina de su bolso roza con mi espalda y recompone su figura a unos milímetros de mí. 

El matrimonio avanza en la colocación de su compra; ella se encarga de pagar con tarjeta de supermercado, mientras él empuja carro, bolsas y niñas hacia la salida. Nos separan ya dos o tres baldosas, pero me mantengo en mi posición, apretando contra el suelo una bandera imaginaria de lucha y conquista, mientras que la señora de detrás resopla al ver el hueco entre mi lechuga iceberg y las cajas de cereales. No avanzo ni un milímetro y marco la frontera entre mi botella de leche y ella con el cartón de próximo cliente, ataque al que responde deslizando brevemente su cesta azul, como quien no quiere la cosa, hasta mi talón derecho.

- Disculpa, se ha ido solo -me dice.

Me encojo de hombros, saludo al amable muchacho que me atiende -clin, clin, clin-, guardo lentamente leche, cerales, lechuga. La señora de detrás ya está colocada de nuevo, pronta a pagar. De su cesta azul emerge, solo, una bolsa de crema de champiñones precocinada...

domingo, 8 de septiembre de 2013

El dolor es un cuchillo.

Un dolor lacerante y agudo como la última tecla de un piano. Un agujero que se ahonda por momentos, imparable. Un estallido crispante aferrándose con sus uñas a la garganta y el aire que no pasa. Dedos de personas a las que nunca se debió conocer...



 

viernes, 19 de julio de 2013

Horario de abuela, lentitud de niño.

No corras -ordena la abuela desde su atalaya, en el frontal del parque infantil. 

El niño, cargado con sus cinco o seis años de energía, se para, la mira de frente; diría yo que la está analizando, tal vez sopesando las capacidades motoras de su yaya, directamente inversas a la velocidad que podría conseguir en una larga escapada. Parpadea y le veo girar levemente sobre su rodilla derecha. Escapa. 

-¡No corras, eh! -grita aquella, mientras se levanta. El delantal de flores de su falda se mece al viento suave, mientras planta la suela de su zapatilla azul, de mujer mayor, en la arena del parque. Ella, abuela, matrona y por lo tanto, dueña y señora del nieto, a expensas de la madre -que para eso ella crió con soltura, ella solita, sí, que el marido de esto no entiende, a todos sus hijos. 

El nieto vuela ya por la arena, atravesando el tobogán por debajo, sorteando ágilmente a Niña Pequeña, que sonríe mientras observa cómo yaya anda resuelta para coger al nieto. Desfachatez infantil: correr en el parque. El niño se para junto a los columpios, tanteando a la abuela, mihura, vitorina, en esa carrera de capea.

- Que te he dicho que no corras, ¡eh! -continúa la mujer, que no mira, decidida, por dónde va: la misión es capturar al pequeño, devolverle al redil, hacerle obedecer como a un manso. No es la hora de correr en el reloj de la yaya, sino de estar sentado en el borde del parque, junto a ella, luciendo nieto de educación infantil no obligatoria, mirar sólo los columpios, suspirar por el tobogán, esperar a que la abuela decida que ya es la hora de la merienda o de actuar como todos los niños en el parque.

-Mamá -dice Niña Pequeña, desde el banco saltarín.

-¿Hum?

-¿Para qué trae esa abuela al nieto al parque, si no le deja hacer nada? -pregunta ella, con aire extraño.

- Pues eso digo yo, Niña Pequeña: que algunas abuelas se creen que los niños tienen el horario de adultos...

 

viernes, 14 de junio de 2013

Besos de abuela cerca del agua.

La niña tiene unos hermosos rizos negros, de esos brillantes y gomosos, retorcidos: un pelo ensortijado que cae en bonitas guedejas húmedas sobre sus hombros. La camiseta de tirantes, roja y blanca, ligeramente húmeda por detrás, donde nadie secó las puntas y estas gotearon poco a poco. No importa, porque la humedad y el calor en el vestuario de la piscina municipal es tan alto que casi refresca ver cómo se extiende la mancha por su pequeña espalda.

Tropieza, anda aupándose en sus regordetas piernas de niña de no más de tres años. Se cae entre las sonrisas de todas las madres: ¿quién no se acuerda del bebé que acunaba hace no mucho? No lleva pantalones, sólo un pañal blanco y verde, pues a un niño pequeño todo le es permitido. Para bien. Para mal.

- Ven, Celia, ven -llama la abuela-, ven, cariños, ven.

La niña se escapa en círculos del radio de acción de la yaya. "¡Cariños, cariños, ven!", llama ella. La pequeña corre o, más bien, serpentea torpemente: "No quiero, no". La abuela, al fin, da dos pasos firmes sobre sus sandalias veraniegas, chip, chap, la agarra del brazo con la firmeza que sólo tienen las matriarcas de la familia, mientras la arrastra hacia sí.

- Cariños, ven, ven -insiste, acercando la mejilla de la pequeña a sus labios pintados, mientras le estampa un sonoro beso, chuiiiiic, chuiiiic, mmffffi... La niña se resiste con fuerza al beso de abuela, pulgar sujetando la parte media del índice, presionando a la vez la mejilla mofletuda.

- Cariños, chuiiiic, chuuuuuiiic.


  

martes, 11 de junio de 2013

Carta a Maruja (27)

Hoy he escrito a mi vecina Maruja, porque ya está bien lo que le ha pasado con el tutor de su hijo pequeño, hombre. Puedes leer la carta pinchando aquí.