Hacía tiempo que no escribía a Maruja, mi vecina. Si quieres leer mi nueva carta sobre nuestra conversación, pincha aquí.
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miércoles, 31 de agosto de 2016
viernes, 29 de julio de 2016
¿Qué tal son los hijos de tus vecinos?
Los hijos de mis vecinos -al menos, algunos de ellos-, están acostumbrados a ser llamados a golpe de silbido y terraza por esos padres a los que no les gusta mi trabajo... Algunos de ellos disfrutan de un periodo vacacional sin tener que preocuparse de exámenes de septiembre y me consta que no les importó en su momento acabar de romper los columpios que por aquellas épocas usaba Niña Pequeña y algunos otros que entonces eran como ella, ya que sus padres, claro, se encargarían de pagar los desperfectos comunitarios. No ocurrió, como era previsible.
Son cosas de críos, yo lo sé, cuando se esconden a jugar a oscuras en el aparcamiento de los bloques, ese al que hay que bajar por unas escaleras.
Y cosas de críos, me consta, cuando juegan en el mismo aparcamiento con globos de agua, dejando encharcadas las dos plazas de garaje inmediatamente contiguas al grifo que -cosas de críos- dejan a veces abierto...
Cosas de críos, no pasa nada, lo de intentar dar a los cristales de un coche que está aparcando en el garaje comunitario, que iba en broma y no pasa nada, que con pedir luego perdón ya se arregla.
O cosas de críos, tranquilos todos, cuando ese mismo agua de sus globos se deja caer por las empinadas escaleras, mal iluminadas, que conducen a las mismas plazas de aparcamiento de antes.
Nada que ver con las bicicletas embarradas que dejan esas huellas que la mujer de la limpieza tiene que quitar, día tras día, del portal donde las dejan. Ni con sus competiciones a voz en grito en hora de siesta aprovechando el wifi de algún rellano.
Cosas de críos, que son llamados a silbidos al rayar la medianoche, para que suban ya a cenar a casa, que dejan para septiembre lo que bien se pudo hacer en el largo invierno o consideran, como sus padres, que los profesores son una especie de lacra social fundada en las vacaciones y la pereza.
Pero -¡ay!- cuando alguno de esos coches de las plazas de aparcamiento no vea, al entrar despacio, tan despacio como la administración comunitaria solicita por escrito y encarecidamente, a estos críos que, con sus cosas de críos, se exponen día sí y día también al peligro de jugar a escondidas y sin luces, luchar entre globos o regar sin malicia -cosas de críos- las escaleras...
Entonces, me temo, ya no habrá silbido que valga y vendrán los padres, sin globos, a lamentarse entre aguas...
miércoles, 27 de julio de 2016
A mí sí me gusta mi trabajo
Hacía tiempo que no la veía, pero hoy nos encontramos en el aparcamiento; bueno, realmente no sé si me vio o me esquivó con la mirada, o hizo como si sí, pero va a ser que no, o quizá pensó que si ella no me miraba, yo me volvería invisible y así no tendría que hacerme frente y saludarme.
Porque debe de ser difícil para ella saludarme ahora, mirarme siquiera, en este tiempo estival, en el que el calor se desgrana perezosamente desde el mediodía y las horas van más lentas... Entiendo su dificultad, pues es madre de dos niños en edad escolar y durante ocho largas semanas -ocho taurinas, lentas y agónicas semanas- tiene que estar pendiente de ellos, día y noche, hora tras hora, y pensar cómo ocupar el tiempo de su retoños, impedir por todos los medios que se aburran en vacaciones, proveerles de distracciones, campamentos, deberes vacacionales y todo lo posible para que estén ocupados -porque, ya se sabe, si el cerebro no está a pleno rendimiento intelectual, busca su desconexión en forma de imaginación y esto, en la adolescencia, vete tú a saber, Negre...
Ella me dijo hace siete años -aún lo recuerdo, pues Él tuvo que salir en mi defensa, que yo estaba harta de oír y tener que escuchar- que no era justo mi horario de profesora, que los niños se aburren en vacaciones, que mira, Negre, a ver entonces quién me entretiene a los niños, que la conciliación laboral consiste en que yo dejara a mi hija con alguien para cuidar a sus pequeños en mi colegio, hasta las ocho de la tarde -otra vez: ocho, ocho semanas, ocho horas-, momento en el que ella los recogería...
Desde entonces -siete años- ella disimula, no me saluda y me hace invisible con su mirada vacía. Y es que tengo un defecto: estoy de vacaciones, no voy a mi trabajo, no me ocupo de sus hijos. La he dejado sola, tiene que ver cómo entretener a sus retoños.
Y en septiembre, cuando volvamos a estar en el aparcamiento -cada mañana, cerca de las ocho... ocho semanas, ocho horas...- su hijo pequeño me verá al bajar las escaleras:
- ¡Hola, Negre! -dirá, como viene haciendo desde hace años.
- Hola, pequeño -responderé, ante la mirada silenciosa e invisible de su madre, porque, en el fondo, a ella no le gusta mi trabajo.
'País...

Porque debe de ser difícil para ella saludarme ahora, mirarme siquiera, en este tiempo estival, en el que el calor se desgrana perezosamente desde el mediodía y las horas van más lentas... Entiendo su dificultad, pues es madre de dos niños en edad escolar y durante ocho largas semanas -ocho taurinas, lentas y agónicas semanas- tiene que estar pendiente de ellos, día y noche, hora tras hora, y pensar cómo ocupar el tiempo de su retoños, impedir por todos los medios que se aburran en vacaciones, proveerles de distracciones, campamentos, deberes vacacionales y todo lo posible para que estén ocupados -porque, ya se sabe, si el cerebro no está a pleno rendimiento intelectual, busca su desconexión en forma de imaginación y esto, en la adolescencia, vete tú a saber, Negre...
Ella me dijo hace siete años -aún lo recuerdo, pues Él tuvo que salir en mi defensa, que yo estaba harta de oír y tener que escuchar- que no era justo mi horario de profesora, que los niños se aburren en vacaciones, que mira, Negre, a ver entonces quién me entretiene a los niños, que la conciliación laboral consiste en que yo dejara a mi hija con alguien para cuidar a sus pequeños en mi colegio, hasta las ocho de la tarde -otra vez: ocho, ocho semanas, ocho horas-, momento en el que ella los recogería...
Desde entonces -siete años- ella disimula, no me saluda y me hace invisible con su mirada vacía. Y es que tengo un defecto: estoy de vacaciones, no voy a mi trabajo, no me ocupo de sus hijos. La he dejado sola, tiene que ver cómo entretener a sus retoños.
Y en septiembre, cuando volvamos a estar en el aparcamiento -cada mañana, cerca de las ocho... ocho semanas, ocho horas...- su hijo pequeño me verá al bajar las escaleras:
- ¡Hola, Negre! -dirá, como viene haciendo desde hace años.
- Hola, pequeño -responderé, ante la mirada silenciosa e invisible de su madre, porque, en el fondo, a ella no le gusta mi trabajo.
'País...
viernes, 21 de agosto de 2015
Seis años en la red y entradas más leídas.
Este mes se han cumplido seis años de este blog en la Red. Gracias a todos: amigos virtuales, físicos, lectores esporádicos, ocasionales, sociales, puntuales, asiduos,... Y a los que lo han inspirado y aún lo hacen: mis vecinos -sobre todo a Maruja-, alumnos, padres de alumnos, familia, amigos y vida pequeña en general,...
Para celebrarlo, aquí os dejo los enlaces a las entradas que, durante estos seis años, han sido más leídas de este blog:
- ¿Qué ocurre en esas tardes únicas?
- ¿Tú puedes abrir la bolsa de plástico de súper?
- ¿Quién es la niña de cari?
- ¿Para qué sirve un portatizas?
- ¿La sangre es ácida?
- ¿Enseñanza pública o concertada?
- ¿Cómo es un profesor innovador?
- ¿Cómo son los dulces de Halloween?
- ¿Qué hay en mi cuaderno?
- ¿Cómo dar de baja un módem USB?
- ¿Qué ocurre con la zona azul?
- ¿Qué pasa cuando se le cae a un niño su primer diente?
- ¿Para qué sirven los intermitentes?
- ¿Hay grados de enfado?
- ¿Qué pasa cuando ir de compras es una batalla campal?
Cosas parecidas en
amigos,
colegio,
cosas buenas,
cosas de casa,
curiosidades,
días de...,
familia,
hija,
humor,
i love,
mis recuerdos,
mis vecinos,
noticias que me impactan,
reflexiones,
sorpresas
lunes, 6 de julio de 2015
Los deberes de verano no sirven para nada.
Falta poco para que oiga la máxima del verano:
- Pues sí, Negre, a ver si empieza el colegio, que los niños se aburren en vacaciones.
Espeluznante.
No será ahora cuando alguien me lo diga, pues todavía madres y padres de retoños y adolescentes viven en la resaca de boletines de notas en los que lo que se pregunta no es cuántas asignaturas has aprobado, sino cuántas has suspendido -por aquello de que lo normal es no superar nada, tal cual están las cosas, que así los jóvenes adultos, acostumbrados desde niños a la máxima de mínimo esfuerzo, pensarán menos. Ellos, los adultos, aún casi no se han dado cuenta de que el colegio acabó y de que los diez meses en los que los profesores se encargan de sus hijos ya han pasado, esos docentes están ahora cargando pilas -o estudiando, o preparando material o convirtiendo lo bueno del curso en mejor, o en olvidar las pesadillas invernales- y sí: les toca a ellos.
Que un vecino, o una amiga, o 140 caracteres me insinúen que un niño se aburre en vacaciones y que lo que tiene que hacer son cuadernillos de deberes de verano, hojas de repaso de cuentas y caligrafías, comentarios de lecturas no elegidas por el pequeño -o el adolescente-,... Señoras, señores: los deberes no valen para nada. O sí. Para acallar conciencias, para inmovilizar aulas o para tener a los niños medio tranquilos un rato en casa.
- Negre, ¿qué tengo que hacer en verano? -me decía una alumna unos días antes de terminar el curso. Rubia, ojos azules, trabajo impecable todo el curso, capaz de relacionar unas ideas con otras y enlazar aprendizajes previos con nuevos, educada hasta el extremo y candorosa en el trato. Doce años bien llevados, infantiles, dóciles, curiosos.
- Leer, pequeña, leer -le contesté, mientras sostenía su mirada asombrada de dos meses sin trabajo extra que no necesitaba y asomaba una sonrisa en su cara preadolescente.
Esta, mi alumna, no se aburrirá en el periodo estival. Y me la imagino haciendo los deberes necesarios: horas de lectura en el sofá del piso de la playa, carreras y juegos de pelota y pala a orillas del mar, paseos con helado viendo como atardece, charlas de sobremesa con sus padres o siestas de recuperar energías en la terraza soleada. Y en invierno -ese largo invierno que comienza a principios de septiembre y acaba a finales de junio, laboral, escolar, inmovilista las más de las veces- ya vendrán las tareas, los libros de texto, cuadernos de grapas y evaluaciones.
Porque de eso, de la utilidad de las evaluaciones -las sumativas, las que todo el mundo entiende, las que deberían ser las menos-, de esas ya hablaré en otro momento...
viernes, 3 de julio de 2015
Un trono es una silla.
Mi vecino se ha comprado una silla de madera, plegable y pequeña, que utiliza como un manejable trono y desde la que otea el horizonte de la urbanización, en el pequeño reino de su casa y el diminuto balcón. La silla es el sitial de su poder rumboso y mirada vigilante, que le permite saludar a mi otro vecino, el de enfrente, que se marchaba con maletas huyendo de este calor estival y meseteño para enfrentarse con otro igual de veraniego, pero a la orilla de la playa.
- ¡Un mes se pasa pronto! -le dice con voz gutural al joven hijo del vecino, rompiéndole la alegría de las recién estrenadas vacaciones.
La silla, sede canicular, preside la pequeña terraza y desde ahí, imagino, pasará un canal tras otro del televisor en la noche, cuando los niños dejan a los mayores y la reloj va más fresco.
- Trae una cerveza, cariño -le dice a ella, que no tiene silla...
domingo, 14 de junio de 2015
Carta a Maruja (36): baile en la cocina
Llevo unos días observando a mi vecina Maruja, y sé que algo le pasa, aunque hoy buscó la solución a golpe de puchero. Le he mandado una carta, y la puedes leer pinchando aquí.
lunes, 30 de marzo de 2015
Carta a Maruja (35): lucha no cotidiana.
Una nueva carta a mi vecina Maruja, que se vio envuelta en una lucha que no es la suya. Puedes leer la carta que le he escrito pinchando aquí.
miércoles, 30 de julio de 2014
Carta a Maruja (33): el bolsillo de mi abuelo.
lunes, 28 de julio de 2014
Carta a Maruja (32): piscina municipal
domingo, 20 de julio de 2014
Esos padres que llaman a silbidos a sus hijos...
Qué espléndido sonido! Diáfano, agudo, penetrante, cristalino, nítido: casi, casi puedo ver en el aire las tres notas que lo forman, en amplias redondas con puntillo, bailando hacia un destino final que marcan con una flecha invisible. Un sonido puro que se airea vivo desde la puerta del balcón de mi izquierda y atraviesa velozmente su camino hacia el objetivo marcado. Es un silbido tan ensayado que parece ya natural, como un lenguaje auditivo predesignado por el emisor y su oyente, un niño de unos once años que juega en el filo de la noche a la pelota, abajo: la consigna no verbal que indica al muchacho que su padre, con silbo diamantino, le llama para que suba ya a casa.
Y yo, que soy su vecina, acostumbrada a que le llame así en las tardes de verano, me pregunto por qué no concertará una hora de llegada a casa con el hijo adolescente, antes de que este sienta la llamada del can...
jueves, 11 de julio de 2013
Un acto de fe: ir a la piscina.
Esta tarde voy a la piscina. No a una cualquiera, no: a la municipal, aquí al lado, vamos, según bajas, y no con cualquiera, sino con dos vecinas y sus hijos. Y Niña Pequeña. Y yo, naturalmente.
Ir a la piscina con niños es un acto de malabarismo-o el cómo transportar todos los accesorios imprescindibles, absolutamente necesarios para bañarse: manguitos, gafas, toallas varias, chanclas, zapatos de calle, cubo, patito de goma, pelota de Disney- y de fe -la confianza ciega en que nada se perderá, la certeza de no comprender cómo con sólo una pasada de crema factor 50 Niña Pequeña no se quema y yo acabo tiznada en rojo-, y creo que hay pocas cosas que me incomoden más como prepararme para mojarme en un vaso acuático salvo, claro, ir a la playa, con su incomodidad gratuita de arena fina y canallesca, infiltrada hasta los últimos resquicios de la toalla que nunca uso.
Mi amigo Josémanuel dice que esto de la piscina y de la playa es una involución, que tantos millones de años para salir del agua y acabar ahora volviendo a ella. Pero aquí estoy: el termómetro hierve, el toldo no puede retener ya por más tiempo el rectángulo de sol que se desplaza inexorable por el balcón, las nubes se han quedado suspendidas.
He encontrado mi toalla azul, la que nunca uso. Hoy, me la llevo.
miércoles, 10 de julio de 2013
Carta a Maruja (28): o el no ser.
Asumo que jamás seré como mi vecina Maruja. Lo intento, lo prometo, por estas, pero ella hace cosas tan increíbles que he tenido que escribirle una nueva carta (y ya van 28): pincha aquí para leerla.
domingo, 11 de noviembre de 2012
Carta a Maruja (25): me han robado.
Me han robado. Sí. Y se lo cuento a mi vecina en una carta, desde Negrevernétika. Léela pinchando aquí.
lunes, 23 de julio de 2012
Carta a Maruja (23) en Negrevernétika.
Aquí mi vecina Maruja, que tiene un problema, una cosa seria que sé que a la mujer le preocupa y ha compartido en una infatigable noche ayer. Pincha aquí si quieres saber qué le pasa...
martes, 17 de julio de 2012
Carta a Maruja (22) en Negrevernétika.
Aprovechando el tiempo libre, ya de vacaciones, he decidido seguir los consejos de mi vecina Maruja sobre el orden en el hogar. Lee aquí lo que he hecho.
domingo, 17 de junio de 2012
Maruja en Negrevernétika (21): niños y parque.
Esto ocurría esta mañana, el hombre contra la máquina, la madre frente al niño y en lo de subir a casa a comer se mascaba la tragedia... Pincha aquí para saber cómo lo resolvió mi vecina Maruja.
domingo, 10 de junio de 2012
Cuestión de geopolítica.
Devuélveme mi espacio. No puedes quedarte con él así, sin más, como si no pasara nada; tiempo has tenido estos últimos siete años para, al menos, ir apropiándote de él poco a poco, como si no se notase. Me fuerzas ahora a adaptarme más o menos, rechinando a veces las esquinas, en las que me dejo la piel y mi pintura.
Querido vecino: no se empeñe en mover la columna que separa nuestras dos plazas de aparcamiento. He captado su estrategia. Sé lo que pretende. Y puede que la próxima vez no sea mi guardabarros el que resulte arañado... No le digo más.
jueves, 15 de marzo de 2012
Carta a Maruja (19) en Negrevernétika.
Nueva carta a mi vecina Maruja en Negrevernétika, pinchando aquí. La pobre, que la están llenando de disgustos en el colegio por su niño... Si es que casi, casi, me da pena y todo...
lunes, 12 de marzo de 2012
Carta a Maruja en Negrevernétika.
Una nueva carta a mi vecina Maruja, en Negrevernétika. Podéis leerla pinchando aquí. Es que está ella preocupada, preocupada, por sus hijos, vaya, y me llama con frecuencia; claro que la pobre no puede localizarme (y eso que le he advertido que yo doy clase toda la mañana, pero las urgencias, son las urgencias...).





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