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jueves, 21 de julio de 2016

¿A qué sabe el amor?

Hoy me acerqué a la pastelería. Aún no han arreglado el cruce que es sólo la mitad de lo que pudo ser, y la señal que lo indica sigue siendo, como expliqué aquí una vez, la mitad de lo prohibido -que es como no saber si sí o si no-...Tenía una buena razón: llevar esta tarde al goloso hijo de una amiga una tarrina de helado...

Entrar en esta pastelería es adentrarse en un laberinto de colores y destellos comestibles; fue aquí donde descubrí qué son los macarons, ese dulce de tonos pasteles que una grande -Catalina de Médicis- llevó a Francia en el s. XVI... Me interno en su pequeña sala: cuatro mesas negras altas, con sus taburetes, madre y dos niños pequeños desayunando bollos y leche con cacao; al fondo una mujer pide un café y, de paso, dame también uno de estos para picar. Un abuelo cuenta minuciosamente el dinero necesario para su barra de pan y yo, mientras, paladeo con la vista el frescor de las galletitas francesas aquellas e imagino los sabores de mantequilla de las pequeñas pastas de té. Han arreglado -menos mal- la máquina de refrigeración de los helados y, aunque no hay de chocolate, el hijo de mi amiga quizá quiera degustar el sabor de galletas y queso...

- Hola, Negre. ¿Qué deseas? -me dice la dependienta, sacándome de mi sabroso trance. 

- Hola. Querría.... -Querría... Un corazón de mermelada aposentado como por sorpresa sobre una tarta de queso. Un amor tan dulce que crujiera en trozos de fresa. Un dulce de hilvanados sentimientos... Delante de mí, en la esquina, como si nada, alguien se llevó un fragmento y dejó un corazón roto para degustación de paladares resistentes a tormentas y afectos...




 

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Una historia de trenes.

Me recordó a mí misma años atrás, cuando comenzó mi particular lucha con Popistar para dar de baja el módem usb, tarea que parecía imposible por lo ardua y áspera, o cuando, más recientemente, me debatí al filo de la invisibilidad cibernética: 

- Hola, buenos días. 

- Hola, dígame en qué puedo ayudarle.

- Quería dar un aviso por una incidencia de mi módem... Sí... Espero... Claro, claro, a este otro número... Sí... No: he llamado varias veces. Sí... No: no hay conexión. Sí. Sí... Claro, les da señal de que va bien, pero no...

Joven, morena, moderna, de edad indefinida, en esa neblina que hay entre los veintitantos y los treintapocos, de bolso grande que parece mochila o zurrón quijotesco, móvil en ristre, leggings antiguos, pierna flaca y sin perro corredor. El vagón de tren disculpando la conversación con miradas curiosas.

- Vamos a ver -dice ella-, he llamado ya varias veces, quiero saber el estado de mi traslado.

Acompaña un silencio, un segundo, ella abre grácilmente -como sólo pueden hacerlo ellas, las de entre veintitantos y treintapocos- un barrita moderna y energética, chocolate, muesli, todo herbolario y naturaleza pegajosa. 

- Sí... Ya he llamado más veces, sí, al número indicado, sí. No... No... 37. 64. 

Medidas que barruntamos no son las de los leggings -aunque podrían serlo, a la vista de sus también moderna y esbelta cintura, veintitantos, treintaypocos

- Me va a decir usted que no he llamado yo a ese teléfono ya. Que me he mudado, oiga, que quiero saber cómo va mi traslado.

Internet. La gloria de la nube. La red galáctica. Popistar. Mi infancia cibernética son recuerdos de un módem sin Sevilla.

- ¿Sabe que le digo? Que me doy de baja. Que llevo ya dos semanas así, que ya está bien. 

Presuponemos que la cosa no ha ido bien. La joven -morena, moderna, veintitantos, treintapocos, 37, 64- hace gestiones con su teléfono tras colgar, mientras masculla injurias, quejas y lamentos que nadie escucha al final de la línea. Una hebra de solidaridad y empatía me encoge el corazón, mientras levanto la vista de mi libro.

- No conseguirás nada por teléfono: escríbelo en Twitter. Las redes sociales, su poder, hazlo público. ya verás -le digo, experimentada clienta insatisfecha. Me mira con sonrisa de medio lado, como quien reconoce en el otro a un compañero de camino y fatigas.

- ¿En serio?

- En serio. Hazme caso. Me lo arreglaron a mí en dos días. La red es muy fuerte. 

Me da las gracias, moderna, urbanita, entre veintitantos y treintapocos. Casi le hubiera pedido que me buscara en la red, para seguir la historia, para escribir sobre ella. 

 

sábado, 17 de enero de 2015

De coches y conductores.

Nanosegundo (sust. p. us.): 1. Dícese del tiempo que transcurre entre el paso del disco rojo al verde en un semáforo. 2. Momento directamente proporcional al cambio de color del rojo al verde en un semáforo y la reacción sonora del conductor del vehículo trasero (v. impaciente). 3. Espacio comprendido entre la milmillonésima parte de un segundo y el milímetro de distancia entre los parachoques trasero de un vehículo a motor y el delantero inmediatamente posterior, tras la reacción sonora del conductor de este (v. maleducado) ante el cambio de color de rojo a verde en un semáforo.


 

domingo, 7 de diciembre de 2014

De gatos y gatitas.

Una tarde cualquiera, de esas lluviosas y frío repentino; Niña Pequeña, Él y yo hacemos tiempo antes de entrar en el cine -sesión infantil prenavideña, noche de invierno antes de la cena- y se me van los ojos, quizá por cosa de la profesión, a un grupo de adolescentes cercano: muchas chicas, un par de chicos, una parejita. 

Armados de teléfonos móviles de última generación -a todas luces, mucho mejores que el mío y presumo que regalo de papáymamá, como premio a sus ¿buenas notas?- quizá se hablen entre sí a golpe de teclado de la misma manera que muchos años antes, en las mismas fechas de Navidad apresurada de centro comercial, mis amigos y yo nos quedábamos en las escaleras de un cine que ya cerró, comiendo dulces y hablando entre nosotros: eso sí, con palabras que se las llevaba el viento, porque los teléfonos sólo servían para llamar y quedar en la puerta de la taquilla. 

Niña Pequeña se ha quedado mirando fijamente al grupo y quizá se adivine en el horizonte de seis o siete años futuros en la cara de alguna de las jóvenes o en la melena que se atusa como un gato perezoso una de ellas: con manos hábiles busca los enredos que no existen, pero que ellos -gatos-, miran, ladea y se contonea dulzona alisando su melena castaña y perfectamente lisa, agrupa en una coleta alta, cuidadosa y bien pensada, con el arte de quien se sabe observado por ojos felinos que no se agazapan. 

- Mamá. 

-¿Hum?

- Mamá: esa chica tiene el pelo muy largo -concluye, admirada.

- Sí -sentencio; en sus ojos de ocho años recién estrenados veo las luces de la adolescencia...


 

martes, 4 de noviembre de 2014

domingo, 21 de septiembre de 2014

¿Cómo es el último día del verano?

No suelo madrugar cuando no es estrictamente necesario.

- Negre, ¿por qué pones el despertador, si hoy no tienes que ir a trabajar? -me pregunta Él, asomando una mano entre las sábanas...

- Por eso: para saber que hoy puedo dormir un poco más -respondo, dándome la vuelta y apagando el reloj.



Hoy, sin embargo, sí me levanté pronto; me esperaban  en la bandeja -física- de cosas pendientes -sí, ya- unas cuántas pruebas iniciales por corregir: esos exámenes que sus sesudas señorías de la Cosa Educativa piden que se hagan a principio de curso, por aquello de pulsar las competencias que los alumnos tienen desarrolladas -o no-, a fin de adaptar los contenidos al nivel de cada uno de los infantes y adolescentes. Una de esas cosas, claro, que se deciden a puerta de despacho, entre charla  y charla de whatssup y que no conducen a ningún lado, porque que me digan a mí cómo adapto yo nada a cualquiera de mis sesenta y dos alumnos de 1º de ESO; vamos: cómo adapto yo nada desde el momento en el que entro en la clase y siempre pasa algo, en una jungla de estímulos constantes y adolescentes de hormonas a flor de piel en número indefinido. Que no es que no quiera, señoría, que es que treinta y un alumnos por clase -con posibilidad de llegar a treinta y tres o más- no es un aula, sino una jaula, donde sólo a golpe de tiza seco se puede respirar, porque ya los muchachos no son como los cuarenta que compartíamos espacio en mi extinto octavo de EGB.

Después de reafirmar mi convencimiento de que las pruebas iniciales no sirven para nada -sobre todo, porque a estos alumnos ya les conozco del curso pasado y sé por dónde respira cada uno, y a los que no conozco, los veo y ya por la experiencia lo adivino- me he lanzado a la calle. Hoy había quedado en una luminosa mañana con un buen amigo, y el domingo me ha sorprendido con aire suspendido de eso, de final de semana: un señor paseando el perro, todos los semáforos en rojo, una joven en bicicleta, dos señoras comprando. La atmósfera sostenida a las diez de la mañana de un domingo cualquiera, con el aire perezoso del último día del verano y las primeras hojas marrones ya despuntando. Por no haber, no había ni cola en el dispensador de billetes del tren y la zona azul hoy no estaba vigilada. 

El tren es lo que ha hecho despertar a la mañana; quizá fue el pitido insistente de la puerta del vagón, que no cerraba bien, aunque se quitó de repente y todos dejamos de mirarnos de reojo, o quizá las ventanas rayadas, que impidieron todo el tiempo eso de mirar al vacío y pensar en nada, que no está mal, para variar: no sé, porque me sumergí en las páginas electrónicas de mi ebook sin tener que avisar a nadie de que hay que hacer deberes, recoger la habitación, descongelar algo para cenar o pedir que se baje el volumen de la televisión. 

Mañana será el primer día del otoño, la luz se volverá más cálida y la atmósfera, posiblemente, se llenará de hojas y polvo suspendido. Quizá en algún momento de la semana me decida, finalmente, a guardar la ropa de Niña Pequeña y dejar de luchar contra lo inevitable: ha crecido y no le valen ya las cosas...

    

lunes, 21 de abril de 2014

Atronó Semana Santa.

Explota rítmico el retumbar ruido de tambores. Laten piedras, sillares, catedrales: doble fila hinchada de espectadores que contiene la respiración y cuenta, en silencio, a los anónimos cofrades. 

Y sin silencio, anunciando el paso de tronos, macarenas, dolorosas, pasiones todas de creyentes y no creyentes, antes inexplicable, hoy, misterio. 
Teruel, 18 de abril de 2014

 

miércoles, 26 de junio de 2013

Cosas que no puedo hacer con mi e-reader.

Foto real. Algún punto entre Madrid y la Sierra.
Su acompañante -moreno, media melena, barba cuidada- le señaló el asiento antes de abrir una bolsa de plástico de la que fue sacando varios libros de edición de bolsillo; se veían gastados, pero no manoseados: una edición ya antigua de la editorial Austral, gris, portada en blanco con el título en grandes letras negras: Kant, Nietzsche. Se los fue pasando uno a uno a ella, mientras comentaba la suerte que habían tenido por haber encontrado esos ejemplares, programando ya la relectura de uno de ellos. 

Ella cogió uno de los libros que el chico le tendía. Lo abrió apresuradamente por la primera página, pasó algunas otras. Y de forma natural, se lo acercó, lo olió, lo sopesó, volvió a pasar dos o tres hojas, volvió a acercarlo a su nariz, aspiró mientras sonreía y miraba a un punto que no distinguí, mientras se dejaba llevar por el traqueteo del tren, línea Madrid a la Sierra oeste. "¡Qué bien huele!", exclamó alegremente a su acompañante. 

 

lunes, 24 de junio de 2013

¡Atención! Cosa de hombres.


Brazo-en-la-ventanilla: loc. prepos. m. ?: 1. Dícese de la forma de conducir más viril. 2. t. Construcción empleada con frecuencia para designar el gesto de ánimo (cf. venga-vamos) que acompaña al uso manual de los intermitentes y dirigido al conductor inmediatamente posterior, a fin de que adelante rápidamente al propio. 3. coloq. Gesto de posesión de vehículo a motor (cf. más-chulo-que-un-ocho).

   

domingo, 13 de enero de 2013

Un té con tiempo, por favor.

Buscaba un sitio donde poder limpiar a fondo el Negrevercarruaje

- Allí, cerca de tu casa, al fondo del todo, hay un taller donde lo hacen muy bien, aunque tardan un poco -dijo ella, desde el asiento delantero del copiloto.

- Sí que tardan, sí -apostilló él, sentado a mi lado.

- ¿Cuánto es "tardan"? -preguntó ella, un asiento por delante.

- Un cafelito -dijo él.

Un cafelito. Un café como medida de tiempo. ¿Pero qué clase de café? ¿Será el mismo tiempo un café con leche? ¿Y un expresso? Un solo debe ser poco, muy poco, apenas un suspiro, quizá el equivalente a echar gasolina. Un capuccino, con su canela o chocolate por encima, tal vez sea lo mismo que hacer el equilibrado de ruedas. Yo tomo -pocas veces- un descafeinado; un café así, sin chicha ni limoná, será reponer un limpiaparabrisas, colocar el retrovisor, revisar los faros.

Y yo tomó té. Infusiones. Hierbas que colorean agua caliente para este tiempo frío.

- ¿Cuánto tiempo es un té? -preguntaría.

- Depende de la conversación -respondería alguien.

 

jueves, 13 de diciembre de 2012

Otra vez me han robado.

Como pille al alumno gracioso que me robó ayer... Se lo cuento a mi vecina, lee aquí.

 

martes, 11 de diciembre de 2012

¡Señora, use los intermitentes!

Intermitente (s. v. adorno): 1. Dícese del elemento no figurativo situado en los laterales de los vehículos a motor en número múltiplo de 2, usado con función decorativa o para resaltar ambos lados del aparato, a fin de no rozar con las columnas del garaje. 2. Elemento decorativo de carácter luminoso utilizado ocasionalmente por los usuarios de los vehículos a motor, con el objeto de despistar al vehículo contrario mientras se hace una maniobra indebida (v. pirula).

 

domingo, 11 de noviembre de 2012

sábado, 10 de noviembre de 2012

Y el semáforo se puso verde...

No era bello, en aquella idea de esplendor y aura, ni siquiera llamaba la atención al resto de los transeúntes que esperaban con nosotros que el semáforo pasara al verde. Pero sí era hermoso, o, tal vez, más bien, de matemáticas proporciones: cabello negro, ligeramente ondulado, apenas movido por la brisa de la tarde de otoño, mandíbula marcada sin exceso, cejas bien definidas, ojos oscuros que la miraban, mientras mantenía su mano posada sin malicia en la cintura de su acompañante femenina y adivinaba yo una muñeca firme, levemente nudosa, la muñeca de una mano de dedos largos de violinista. Por fuerza de la diferencia de estatura entre ambos, él la miraba de reojo, asientiendo levemente a los comentarios que ella le hacía de manera desenfadada. Delgado, de apariencia flexible, seguramente no estudiante, un chaquetón oscuro de tres cuartos, con las solapas del cuello elevadas, abrazaba su figura...

 

sábado, 27 de octubre de 2012

Gracias a mis zapatillas de flores...

Me apoyo en la esquina del portal mientras espero a que sea la hora de subir y recoger a Niña Pequeña de su clase de Inglés de los sábados. Enfrente de mí, una adolescente del Colegio de abajo me mira de reojo; estoy segura de que quiere preguntarme algo, pero, oye, mira, que no me voy a dar por enterada: hoy es sábado, hoy puedo hacer como que su joven persona es translúcida... Noto que coge aire. Se va a lanzar a decirme algo, eso que le quema. 

- Disculpa... Disculpe... Tú... Usted da clase en el Colegio de arriba, ¿verdad? -pregunta. Sonrío ante su indecisión en el trato.

- Sí, hace ya tiempo -respondo, mirándola con curiosidad, esperando la réplica.

- Ah, es que yo conozco allí a algunos profesores, ¿sabes? -vuelvo a sonreir, pues al final se ha decantado por lo que parece más natural: tutearme. Mi edad o, quizá, mi aspecto -sudadera polar ocre, vaqueros azules y zapatillas de flores- le ha servido para optar sin miedo al rechazo.

Es la hora y ella llama al telefonillo. Subo con paciencia los seis tramos de escalones, pues, aunque las zapatillas de flores y los vaqueros hagan parecer lo contrario, a estas alturas estoy ya agotada de ascender hasta la clase. Recojo a Niña Pequeña. Vamos en coche a hacer el recado que Él me pidió hace dos semanas y que he ido posponiendo por descuido.

- Buenos días -digo.

- Buenos días -me responde el relojero.

- Quería una pila nueva para este reloj -digo, mirando por el rabillo del ojo los pequeños pendientes infantiles del mostrador. Niña Pequeña cumplirá seis años dentro de un mes.

- Déjemelo un rato, señora, y se lo tendré preparado, si no le importa -responde él.

Le miro estupefacta, pero disimulo rápidamente, ajustándome la sudadera polar. Mi edad ha triunfado y no se ha dado cuenta de mis zapatillas de flores. No me tutea.

- Claro, no hay problema, muchas gracias. Volveré en un rato, aprovecho para hacer unas compras -contesto, despidiéndome. 

Cuando vuelvo al coche me miro en el espejo retrovisor interior. No es posible que esté ya en ese tramo de edad indefinida...

 

domingo, 14 de octubre de 2012

jueves, 26 de julio de 2012

En un cuerpo a cuerpo, ¿quién vence?

Sé a ciencia cierta que siente lo mismo que yo por ella. Lo he notado en su postura, en el ligero arqueo de su pequeño cuello mientras caminaba decidida hacia el otro lado de la plaza, clavándome el filo de sus pupilas claras, marcando el paso entre la arena fina con las sandalias de tiras descubiertas. Tiene el aire de su madre y ha heredado de ella no sólo su perfil redondeado, sino también una incipiente tendencia a usar una talla más de la que debería para su edad; sin duda, también el aire decidido que impone la corpulencia, como ella.

- Ven, vamos -ha dicho a Niña Pequeña, cogiéndole firmemente por el codo, dirigiendo ya el giro de su cuerpo hacia el arenero del parque. Ella se deja hacer poco convencida, pero sin mayor alternativa cerca. 

La miro, buscando su mirada azulada, sabiendo de antemano que los labios infantiles se transformarán en un instante en una línea fina y decidida, midiendo las distancias y calculando cuál será nuestro próximo movimiento. La presa, Niña Pequeña: o el arenero o el banco con su madre, pobre opción pudiendo jugar con cacharritos, ese amago infantil de cocina con piedras y barro. Me quedo inmóvil, pero decidida, en mi asiento, agarrando mi último regalo -un libro digital- como si en ello me fuera toda autoridad; sostengo su mirada de cinco años bajo la atenta -y retorcida- vigilancia de su madre...



 

jueves, 12 de julio de 2012

La zona azul y yo.

Mañana de recados. Cívicamente, aparco en zona azul y corro a sacar el tíquet al chismito de la esquina. Distancia: 50 metros. Dificultad: media (hay un cruce con paso de peatones en la esquina, por supuesto, con poca visibilidad). La prueba: 
Diviso en la lejanía de los cincuenta metros que nos separa a la amable señorita encargada de controlar los papelitos de la zona azul. Contemplo con horror que me mira, al mismo tiempo que empieza a tomar los datos de la matrícula de mi coche. Se mantiene la distancia de los cincuenta metros, pero sube la dificultad, con viento en contra. Negre (yo) coge a Niña Pequeña, cruza el paso de peatones y entona un rítmico sonido onomatopéyico.

- ¡Eh! ¿Pero no ve que estoy ahí enfrente sacando el tíquet?

- Claro, pero no lo tiene en el interior del vehículo.

- Claro, porque el papelito dichoso no sale solo. 

Me mira de medio lado con sonrisa aviesa. 

- Y, por cierto, el coche del final de la calle tiene un tíquet de estacionamiento de hace seis días -le informo-. ¿A ese no le multa? Igual es que es el suyo.

Me mira de nuevo, esta vez de soslayo, y sale andando en dirección contraria.

No miento. Cojo a Niña Pequeña de la mano. Distancia: 100 metros. Dificultad: muy baja (todo acera). Foto al coche con tíquet atrasado:



Compare, estimado lector, la diferencia entre ambos tíquets. Yo, por si acaso, he guardado el mío. No hay nada como la zona azul para motivar al populacho a hacer deporte e ir andando a todos lados...

Qué políticos españoles. Qué país...