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miércoles, 30 de noviembre de 2016

Hoy Niña Pequeña cumple diez años

Mamá -llama Niña Pequeña. 

 -¿Hum? -pregunto, levantando levemente la mirada de la pantalla del ordenador. 

- Mamá -dice-. Me acosté con nueve años y hoy me he despertado con diez -indica, como solamente puede estar orgullosa quien cumple años y decenas...

Y es por eso que hoy se reestrena aquella mañana brillante de sol y calor en un final de noviembre de hace diez años, dos días después de cuando se la esperaba. 


 

sábado, 23 de abril de 2016

¿Qué pasa cuando se acaba algo?

Arde casi la impresora de mi pequeño rincón de trabajo, acumulando papeles interminables...

-¡Es el fin del mundo! -grita Niña Pequeña, mientras se queda -como si nada- sentada con sus muñecas en el cuarto.

...Me oyó decir, rabiosa, que se me había acabado de repente la tinta amarilla...

 

lunes, 30 de noviembre de 2015

Hoy es el cumpleaños de Niña Pequeña (van 9)

Mamá.

- ¿Hum?

- Mamá, dame una pista sobre mis regalos -me dice con los ojos luminosos.

- No puedo, Niña Pequeña, ¡que entonces no serían sorpresa! -le digo, sonriendo.

- Ah. Claro... -me dice, pensativa. 

...

- Mamá.

-¿Hum?

- Mamá, creo que las sorpresas hoy me gustan solamente a medias -me dice, mientras le señala a su oso de peluche favorito los años que hoy cumple: 9 años de noches de otoño frío e invernal. 9 años de una vida por empezar. 


 

martes, 25 de agosto de 2015

¿Cómo elegir los juguetes de los niños?

Mamá -llama Niña Pequeña, desde la lejanía del asiento trasero del coche. 

- ¿Hum? -pregunto bajo el sonido del intermitente derecho. 

- Mamá, ¿sabes cómo elijo los juguetes que me llevo cada día a casa del abuelo? -dice ella, de carrerilla, casi sin respirar, no sea que no pueda explicarlo.

- ...

- Muy fácil: yo paso la mano por ellos, hasta que me tocan -explica, mientras se pone en el regazo la bolsa llena de muñequitos que esta mañana la acompañarán a la piscina...


 

lunes, 13 de julio de 2015

Estimado Ratón Pérez (otra vez)

A la atención del Sr. D. Ratoncito Pérez. C/ Arenal, 8, (Madrid, España)


Muy sr. mío: 

Por la presente le comunico que, tal y como se preveía para hoy, esta mañana Niña Pequeña se ha visto mermada de una nueva pieza dentaria, concretamente, de un canino inferior izquierdo, que venía ya desestabilizándose desde hacía dos semanas y que, finalmente, ha cedido a la fuerza generada por la correspondiente pieza de repuesto sita aún en el interior de la encía. Se da la circunstancia, además, de que esta tarde la dentista y ortodoncista revisará, una mes más, la evolución bucodentaria de la joven.

Ruego tenga presente este hecho, una vez más, a fin de depositar un pequeño presente en la habitación de Niña Pequeña, la cual, a tal efecto, ha dejado ya preparado un espacio para recibir el tradicional regalo, como viene siendo habitual desde hace unos años. Con vistas a agradecer su trabajo nocturno podrá encontrar un pequeño aperitivo para reponer fuerzas, que esperamos sea de su agrado. 

Agradeciendo de antemano su visita, le saluda

   

viernes, 15 de mayo de 2015

¿Hoy qué ceno?

No suelo ir allí con frecuencia porque me pilla a desmano, aunque trabajan tan bien que hace tiempo pusieron en el interior del establecimiento cuatro banquitos de madera para disfrute de la clientela y evitar el cansancio de la larga cola de hombres y mujeres en espera de su turno para pedir. Cambiaron de local hace años, pero él sigue al frente del negocio, ayudado por su mujer y, desde hace no mucho, por quien creo que debe ser un familiar, que preparar silenciosamente las bandejas de productos en la trastienda con meticulosidad y limpieza. 

Pero el sábado aproveché que era tiempo de recados y de hacer todo aquello que durante la semana se queda atrasado, derivado por la urgencia del trabajo y la ayuda escolar a Niña Pequeña. Llegué pronto, aún las clientas de la mañana no se agolpaban en el pequeño espacio que dejan los mostradores, los cuatro bancos -cuatro- estaban vacíos, examiné el género. Me maravillé, una vez más, de la rapidez del cuchillo de él para cortar -chac...chac...chac- el pedido, la precisión de ella al colocar el resto en las hojas de papel parafinado de rayas blancas y naranjas, ningún movimiento excesivo e inútil, precisión matemática: bandeja, pesa, papel, doblez, bandeja, pesa, papel, doblez, ella y él bailando de forma concisa en el limitado espacio de sus cámaras frigoríficas y mostradores fríos. 

- Mamá-
- ¿Hum?
- Mamá, ¿hoy qué ceno?
- Rollitos de jamón y queso, Niña Pequeña, que sé que te gustan.

Ella se relame mientras sonríe de soslayo -ya sabe, desde hace tiempo, mujer.

- Mamá, ¿a que fuiste a la pollería que te gusta?
- Claro...

    

domingo, 19 de abril de 2015

¿Cómo suenan los números?

Mamá -llama Niña Pequeña desde su asiento especial, trasero, en el coche. 

- ¿Hum? -digo.

- Mamá, a veces me gusta el seis. ¿Cuál es tu número favorito? -afirma y pregunta; la miro por el espejo retrovisor: está observando el camino a través de su ventanilla.

- No lo sé, Niña Pequeña: nunca me he parado a pensarlo. ¿Por qué te gusta el seis? -le digo, consciente de que hacerle una pregunta tendrá como resultado un torrente de respuestas...

- Porque, mira cómo suena -dice, irguiéndose levemente-: el seis suena suave. ¿Ves?


 

lunes, 12 de enero de 2015

¿Qué quieres ser?

Hoy Niña Pequeña me hablaba muy seria desde el asiento trasero del coche, encajada en su aún silla infantil, acorde con su peso y estatura. 

- Mamá.

-¿Hum? -contesto, mientras giramos a la izquierda, exactamente hacia el punto en el que más tráfico hay en este momento.

- Mamá, yo no quiero ser un lápiz -dice, con la seriedad de sus ocho años.

- ¿Y eso? -le pregunto, mirándola a través del espejo retrovisor, aprovechando el atasco.

- Porque me apretarían. ¡Ni tampoco querría ser una letra! -dice, rápidamente, al estar en posesión de la palabra, porque sabe que, cuando hablan los mayores, ella no debe hacerlo.

- ¿Por qué no? -pregunto, pensando aún en su ausencia de futuro como lápiz.

- ¡Porque me borrarían!



 

domingo, 30 de noviembre de 2014

Feliz cumpleaños, Niña Pequeña (y van ocho)

Mamá  -llama Niña Pequeña.

- ¿Hum? -digo, mientras busco las llaves de casa en las profundidades del bolso.

- Mamá, ¿a qué hora nací yo? 

- De madrugada, Niña Pequeña -respondo, metiendo la llave encontrada, hallada y rescatada.

- Pues eso está muy bien, mamá -dice, mientras entra correteando por el pasillo.

- ¿Hum?

- Porque así, cuando me levanto, ya tengo ocho años -dice, alejándose hacia su cuarto.

Hoy Niña Pequeña ha cumplido ocho años en esa madrugada que linda entre ayer y ahora mismo.


   

lunes, 6 de octubre de 2014

La decepción al llegar a 150 años.

Niña Pequeña había pasado ya a la sala del dentista y, con las prisas, me había dejado mi libro en casa; no tenía mucho más que hacer que esperar pacientemente -con los restos de paciencia del día que los alumnos me habían dejado ya a las seis de la tarde-; quizá por eso oí la conversación que ella, con ese acento argentino dulce y cadencial que nos gusta a los españoles, tenía con la enfermera.

La suavidad de cada palabra me llegó como en una danza vocálica y me recreé en su tono dulce y pausado. Ella había viajado hacía poco, en el lapso de tiempo que va entre una revisión dental y otra, a Granada. Y el son meloso de sus palabras se mezcló con mis propios recuerdos de una tetería al pie de la Alhambra, el delicioso olor de las especias y el color de las luces del palacio califal; ella no tenía una buena sensación: había descubierto que el Generalife, rebosante hoy de frescor y flores, había sido, en realidad, una huerta, que las puertas de madera de antes habían dejado paso a otras más modernas, cediendo calor a soldados en forma de vigas y fogatas, los suelos, reconstruidos, los dorados, revisados por el paso del tiempo, y pensaba yo que hasta el misterio de leyendas de harenes y rubíes, hoy cuentos infantiles. 

Se mostraba decepcionada; yo veía en mi lejanía la tetería de techos de madera y cojines arabescos, a Él caminando cerca de las murallas, recién casados, olores y sabores que en mi imaginación convertía en luces y brillos, y lo que ella lamentaba destrucción y ocultamiento por el tiempo, yo lo llamaba el paso lento, inexorable, inmenso, cadencioso como su acento, de la Historia. Y es la Historia la que ha jugado con el aire y el espacio, moldeándolo en forma de arcos, ha sorteado setos, flores, huertos y sombras para saltar juguetona en el agua de las fuentes, la que ha hecho crecer, envejecer y transformarse la maderas de aquellas puertas...

- Menuda decepción -le dice a la enfermera, mientras juega distraídamente con su monedero.- Resulta que los suelos sólo tienen 150 años...

- Ya veo -le contesta aquella-. Qué mala suerte.

Qué mala suerte... Sólo 150 años nos contemplan...

    

martes, 30 de septiembre de 2014

Tengo una alumna al fondo, a la derecha.

No la conozco: ni siquiera la he visto antes en el pasillo, allá por el tercer piso. Pero hoy he tenido que entrar en el aula que alguien le había asignado; está sentada al fondo, a la derecha, donde se sientan esos jóvenes a los que mi amigo Óscar mira con ojos de misericordia y por los que no da su brazo a torcer, empeñado en rescatar lo irrescatable.

- Profe -llama.

- ¿Hum? -respondo; distingo un tono de sorna en su mirada de ojos claros. No debería de estar yo aquí a esta hora, pero un compañero se puso enfermo y tuve que ponerme al frente de los jóvenes, contenerles -más bien- hasta que sonara el timbre y anunciara el cambio de hora. 

La miro y quiero verla, aunque me resbalo al observarla por su tez clara y comprobar la sonrisa de la que ha repetido, sin duda, agotando ya todas las posibilidades: es la media sonrisa que se gastan los adolescentes cuando se suben a lo alto del mundo, indolentes y seguros de que todo es suyo y no han conocido -aún- caídas. 

-Profe: esto no lo voy a hacer. Soy nueva. -afirma.

La miro de nuevo; llevo puesta la careta de profesora y muchos de años experiencia me dicen al oído -como aquel esclavo que susurra al general romano victorioso- que está marcando su zona y tira un anzuelo para ver hasta dónde puede disponer de territorio. Doy la vuelta a mi careta y le ofrezco el mejor perfil. 

- Sé que eres nueva ("sé quién eres: te conozco, sé tu terreno"). Supongo que no es la primera vez que estás en un colegio ("sé que llevas al menos dos años perdida en la Cosa Educativa, pero mamá y papá burbujas te consienten todo cuando les miras así, de acuoso azul de tu ojos") e imagino que alguien te enseñaría el año pasado ("sé que no es la primera vez que pisas este curso, aunque creas que no") a operar de forma básica ("porque sí: tus compañeros son aquellos, lo sé, a los que hace tres años, cuando tenían doce, hubo que enseñarles a restar con llevadas, cosa que Niña Pequeña ya sabe hacer con sus siete años") -le respondo. 

Me mira en azul desvaído, o tal vez verde, mientras su compañero, el otro del fondo a la derecha, escucha mi pensamiento, pero responde entre líneas y en silencio. Yo no debería estar aquí, si no hundiéndome en la burocracia que la Cosa Educativa considera fundamental para mejorar el bajo nivel intelectual de los jóvenes adolescentes del país: listar número de niños y niñas por clase, anotar cuántos provienen de familias separadas, repetir ad infinitum sus asignaturas pendientes -recorro la mirada por el aula: muchas, porque la Cosa permite acceder a otro curso aunque sean diez las áreas suspendidas el curso anterior. 

Aquí y ahora, siete alumnos de esta clase de veinticuatro no sabrán restar con llevadas, más de diez no entenderán el enunciado de las tareas, la mitad hace un año que debería estar fuera de las aulas, tres o cuatro fracasarán escolarmente y repetirán curso, uno abandonará y el alumno que tengo enfrente mientras escribo estas líneas volverá a ser, de nuevo, protegido por su madre, moneda de cambio y pelea con su ex marido; cuando sea adulto no será capaz de mantenerse disciplinado y constante en su trabajo, porque siendo joven no supo aprenderlo.

No me importa. Esta tarde la burocracia intentará ahogarme, pero yo estaré ayudando a hacer los deberes a Niña Pequeña, la felicitaré porque una vez más ha leído y comprendido con éxito -y su tutor la premió el esfuerzo- y repasaremos juntas las tablas de multiplicar.

-Y aunque no lo creas, Niña Pequeña, hay papás y mamás que no ayudan a sus hijos a hacer los deberes ni a ser mayores -le diré, de nuevo. 

- Pero, mamá: si son papás y mamás deberían ayudar a sus hijos a ser mejores personas, ¿no? -me dirá, de nuevo.

 

jueves, 28 de agosto de 2014

Crónicas marinas (6): Niña Pequeña y Sorolla.

Joaquín Sorolla tenía la luz en la punta de sus pinceles y la dejaba caer sobre sus lienzos; amaba la playa, al sol retenido entre las olas y los perfiles definidos de los niños que jugaban a pie de arena junto a él, mientras tomaba apuntes de lo que su aguda mirada fotografiaba junto al caballete.



 A Niña Pequeña le gusta el mar y dejarse mojar en la arena húmeda de la playa; por eso se tumba para dejar que el agua deje reflejos de metal en su piel, luchando con su espalda contra el empuje de las olas -aunque las mira de reojo, no sea que no sean suficientemente altas y tenga que ir a buscar otro juguete.Y hoy ella me recordaba al maestro de la luz...



 

martes, 19 de agosto de 2014

Crónicas marinas (2): te regalo las olas.

Hoy luchábamos contra el viento entre la espumeante arena fina y la sombrilla de la vecina playera de delante: en segunda línea de playa, entre una familia francesa y una pareja italiana nos hacíamos fuertes: Niña Pequeña, Él y yo, las sombrillas y los complementos de una mañana de olas. El aire se nos enredaba y hacía ondear bandera amarilla y toallas, para hacer más creíble que los niños jugaban a ser piratas cerca del rompeolas.

¿Para qué sirven las esterillas en estos casos? Obvio: para llevarse más arena -sí: de esa que no me gusta- a casa, escondida en el doble fondo de la bolsa de los complementos aquellos y bajo la funda rosa de la silla de auto de Niña Pequeña. Porque sigue sin gustarme la arena, por mucho que nuestra vecina playera se afane en quitarla con un tubo y haga, poco a poco, un agujero para clavar -que no poner- su sombrilla verde de rayas blancas; la aparta, la apila, la deja más o menos cerca, pero ella -la arena- volverá a su sitio natural, y entonces, claro, la Naturaleza habrá ganado una vez más la batalla. 

- ¡Mamá! -grita a lo lejos Niña Pequeña-

-¿Hum? -digo, soltando el auricular derecho, la canción a medias. 

- Mamá, que me voy a saltar las olas. 

- Ah.




 

sábado, 2 de agosto de 2014

La piscina tiene tesoros.

Cuando era pequeña -es decir: cuando yo era una Niña Pequeña- iba con frecuencia a la piscina de TíaMaríadolores; era grande, rectangular, rodeada de hierba y con pocas sombras cerca, cosa que no importaba mucho porque yo sólo me dedicaba a estar en las soleadas olas de agua clorada, mientras mi tía se horrorizaba por mis yemas de dedos arrugadas y el tiempo pasado en el agua.

Imagino que ella se sentía responsable de su única sobrina, mientras mis padres, imagino, harían una tarde de vida ausente de hijos y preocupaciones varias. Por eso mi tía acababa asomándose al borde marrón y redondeado de la piscina, dejando claro a su sobrina -yo- que ya era la hora de salir, cambiarse y merendar, amén de que cuando los dedos se arrugan por efecto de la humedad es el momento ineludible de abandonar el agua. Innegociable hasta el día de hoy: las yemas de los dedos son como el reloj water resistant de la infancia.

Y yo salía del agua, claro, pero escondiendo los tesoros encontrados en lo más profundo del subsuelo acuático: unos cuadrados azulejos en color azul, que no tenían más utilidad, evidentemente, que esperar a ser arrancados por los niños, como espléndidos zafiros de las paredes o del suelo de la piscina.

Hoy encontré nuevos tesoros en un parque. No había piscina, no había subsuelo, no había niños y no estaba mi tía, pero estoy segura de que Niña Pequeña -esta vez no yo, sino ella- sabrá apreciar el tono rosado de las nuevas joyas, que no serán zafiros, sino cuarzos rosas...


 

viernes, 18 de julio de 2014

Piscina. Verano.

Tarde de verano, tras la llamada a la puerta de las vacaciones y toca ir a la piscina, a la municipal, claro. Y no me gusta porque allí están el alumno del fondo, a la derecha, la madre que aún se empeña en hacer tutorías a pie de cloro y ola desinfectada y un sol justiciero que bombardea todas y cada una de las sombras en las que me cobijo. 


Se le arrugan las yemas de los dedos a Niña Pequeña y promete, sí, absorber todo el agua para refrescarse antes de los tres pitidos y el cierre oficial por hoy de la piscina. Por si acaso, quizá porque le gusta estar sola a ratos, se acerca a la niña, a esa otra que ha venido con su madre y su hermano pequeño; tiene un nombre exótico que acompaña a su porte de hija del Nilo y unos rizos que amenazan con enredarse con el fondo de la piscina. Se buscan las dos con la mirada, pero la apartan a la vez cuando están cerca, no sea que se note que quieren jugar juntas, pero no revueltas; Niña Pequeña se sumerge encantadora y su biquini blanco resalta en el fondo azul y la otra espera, paciente, para imitar sus movimientos dentro de su bañador negro.

Vigilo esta sombra que se va moviendo, y con ella yo, toalla, revista, libro, gafas de sol; saludo a Niña Pequeña desde la seca orilla y la animo a jugar, porque adivino que el cansancio le hará mella al final de la tarde y todo irá rodado para enroscarse en las sábanas naranjas de su cama al venir la noche. 

   

viernes, 11 de julio de 2014

Niña Pequeña es un oso.

Mamá -llama Niña Pequeña.

- ¿Hum? -respondo, levantando la vista del artículo de Historia que estoy leyendo.

- Mamá, toma: tienes que pintarme la cara con estas pinturas. -dice seriamente, tendiéndome una caja a estrenar de lápices para pintar caras. 

- Vale -me gusta dibujar-. ¿Y eso? -pregunto, mientras dejo la revista de Historia y me acomodo en la silla. Cojo la caja de pinturas y la voy abriendo, porque conozco lo testaruda que puede llegar a ser Niña Pequeña...

- ¡Mamá! -protesta-: porque voy a ver ahora los dibujos de los osos amorosos y tengo que estar como ellos, con corazones en la cara. 

- Ah.

 

miércoles, 2 de abril de 2014

Hoy, Niña Pequeña en el dentista.

Hoy acompañé a Niña Pequeña al dentista, porque sus recién estrenados dientes definitivos son demasiado grandes para su pequeña carita de princesa fina, y no todos cabrán -me dijo la doctora, tras limpiar su bola de cristal- como deberían: uno al lado de otros, perfectos, brillantes como corresponde. 

Y allí estaban en la sala de espera, mientras hacíamos tiempo: encima de las dos mesas de la habitación, repleta de madres y niños que serán en su momento príncipes de ensueño con piezas dentales luminosas, ellas: las revistas. Revistas antiquísimas de bordes externos doblados, como corresponde, fruto de la lectura con minutaje, esa que se hace con un ojo en las páginas y otro en la puerta, a punto de saltar ante la llamada.

- Pase el siguiente, por favor. 

Leer una revista rosa del corazón es una experiencia de regocijo y escaso desconcierto, porque el lector se deleita leyendo que una actriz famosa estaba embarazada, pero se tiene la certeza de que no tuvo uno, sino dos bebés hace tan poco tiempo que aún está la foto entre los periódicos. No hay sorpresa ni emoción en el hojeo: todo se sabe, y eso nos gusta, porque adivinamos el futuro y sabemos más que el que escribió el tan sublime reportaje. Y nos gusta, sí, nos presta -dice Él- adelantarnos en el tiempo y creer que eso ya te lo decía yo.

- Niña Pequeña, puedes pasar -rumor de enfermería en blanco y lila.

- Mamá.

- ¿Hum?

- Estoy segura de que no me va a doler.

 

sábado, 15 de marzo de 2014

Un gesto revolucionario en la cocina es... (2)

Hoy, como todos los sábados en los que Niña Pequeña y yo nos quedamos solas y comemos juntas, he cocinado espaguettis con nata. No me gusta cocinar, no disfruto nada con los tejemanejes domésticos y no me aclaro con esta química casera de mezclar ingredientes, así que las pocas comidas que preparo yo son de emergencia, de batalla de guerra del Vietnam, en ausencia de Él.

Y no es la primera vez, sin embargo, que hago gestos revolucionarios en la pequeña cocina de mi más pequeña casa: pequeños detalles que se revelan grandiosos y me hacen remontar un peldaño más en mi conquistada independencia. 

No es difícil hacer esos espaguettis, que son siempre para mí recuerdo de mi amigo Óscar, que sé que me lee a veces desde Honduras, y que me trasladan en el pasado a la tarde-noche de cada jueves de hace dieciséis años, cuando, por costumbre en la casa, cocinábamos para los demás, los dos solos, sin hablar mucho, pero acompañándonos siempre. Queso, jamón, nata, pasta, pimienta, unas vueltas y Niña Pequeña va poniendo la mesa. 

Y es ahí, en el precios instante en el que la pasta toca, redonda, ocre, aún dura, el agua burbujeante, cuando me acuerdo de mi madre: ella, que siempre decidía cortar en dos o tres partes cada uno de los espaguettis hasta convertirlos en poco más que fideos; así, porque ella era de esta manera, dictatorial en la cocina, intolerante en las costumbres. 

- ¿Por qué cortas la pasta, mamá? -le preguntaba yo, escondido medio cuerpo tras la puerta de la cocina. 

- Porque me da la gana -respondía ella, que siempre fue mala madre y nunca supo de ternura. 

En ese preciso segundo he echado revolucionariamente cuatro nidos de pasta, bien larga y ancha, dejándolos reposar brevemente, sin trocearlos, en un gesto que recordarán los invisibles ojos que me observan cada día, conquistando un diminuto fragmento más de mí misma, alejando de mi casa el fantasma non grato de la que era mi madre. Porque me gustan así, mira por donde, porque Niña Pequeña se entretiene con ellos en el tenedor. Porque son mis espaquettis, mi nata, mi jamón, mi aceite y pimienta, mi Óscar.


martes, 18 de febrero de 2014

La lesión de Niña Pequeña.

Niña Pequeña se ha lesionado.



Realmente, ha sido lesionada por otro; ¿y por qué no usaremos tanto la pasiva en castellano? Porque así ha sido: pasivamente, por casualidad, cuando no debía de estar ahí y su dedo tenía que haber ocupado su posición habitual, recogido en la mano, y quizá debió haber previsto el ataque del pie de su compañero de clase -mucho más fuerte, mucho más impulsivo, mucho menos atento-, fuera de la trayectoria del balón y sí más cerca de lo debido de una de sus falanges. 

Esta noche su venda luce blanca, pero esta mañana era un cuadro de corazones rosas y azules y líneas verdes. Le duele. Le acompañará una semana, como poco. 

- Mamá -dice, mirando de refilón su dedo lesionado, quizá levemente fisurado.

- ¿Hum? -digo yo, recordando la cara y el nombre del niño que confundió balón con dedo...

- Mamá, esta venda tan blanca es aburrida...