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sábado, 14 de noviembre de 2015

Tengo un alumno que es un guepardo.


Se sienta al fondo, pero no es como los que se sientan allí, a la derecha. Él tiene la mirada afilada de ironía contenida, y no son los suyos los ojos de aquella otra compañera, rabiosa y hambrienta de miradas: él observa como el guepardo que calcula la fuerza de la gacela más débil, porque sabe que puede y que si quiere, podría cazarla sólo por el gusto de demostrar a toda la sabana de su clase que es la fiera dominante.

Lo adivino ya mayor, pasada esta enfermedad pasajera y necesaria que es la adolescencia y la fiebre de las hormonas, seguro y dueño de sí, caminando con paso decidido por un pasillo de cristaleras, el del undécimo piso del edificio de oficinas, la línea recta de su traje de chaqueta, impecable. Guepardo, al fin al cabo, y seguro que por entonces ya zorro viejo. Supongo que en ese tiempo tendrá la mirada aguda y condescendiente, cediendo el terreno calculado para simular ser quien no es, todo genio, como lo era en el pasillo del tercer piso: nada inocente.

Yo tengo suerte, porque no soy su presa; y como no lo sería, y él lo sabe y yo sé que lo sabe y él sabe que yo lo sé, sólo me mira penetrante y vivo, y se ríe porque los dos sabemos de su habilidad, pero callamos para poder yo observar cómo vigila...

-¿Preparado? -le pregunto, una mañana más, como siempre, mientras él controla su sitio desde el quicio de la puerta.

- Claro, Negre -me responde, con media sonrisa.

   

lunes, 13 de julio de 2015

Estimado Ratón Pérez (otra vez)

A la atención del Sr. D. Ratoncito Pérez. C/ Arenal, 8, (Madrid, España)


Muy sr. mío: 

Por la presente le comunico que, tal y como se preveía para hoy, esta mañana Niña Pequeña se ha visto mermada de una nueva pieza dentaria, concretamente, de un canino inferior izquierdo, que venía ya desestabilizándose desde hacía dos semanas y que, finalmente, ha cedido a la fuerza generada por la correspondiente pieza de repuesto sita aún en el interior de la encía. Se da la circunstancia, además, de que esta tarde la dentista y ortodoncista revisará, una mes más, la evolución bucodentaria de la joven.

Ruego tenga presente este hecho, una vez más, a fin de depositar un pequeño presente en la habitación de Niña Pequeña, la cual, a tal efecto, ha dejado ya preparado un espacio para recibir el tradicional regalo, como viene siendo habitual desde hace unos años. Con vistas a agradecer su trabajo nocturno podrá encontrar un pequeño aperitivo para reponer fuerzas, que esperamos sea de su agrado. 

Agradeciendo de antemano su visita, le saluda

   

viernes, 19 de junio de 2015

Hoy, de jabones.

No les hace falta -le dice ella a la otra. Es delgada, morena de tan joven, casi huele aún a Secundaria recién acabada. La otra, de edad indefinida. Reconozco a las dos, quizá por ser de mi misma ciudad, quizá por sus años inconclusos o pudiera ser que sus hijos, pequeños de Primaria, sean alumnos en mi colegio. 

- No les hace falta ningún regalo a los profesores -insiste la joven. La otra le ha contado cómo la clase se ha ido organizando para tener un detalle con la profesora de los pequeños- porque es su trabajo. A mí no me regalan nada por trabajar. 

La otra se remueve en su asiento, quizá asombrada por la sincera de su amiga. A mí todo me huele a buenismo, pero la conversación es pública e interrumpen mi lectura, mientras espero a que Niña Pequeña salga de su clase de natación. Comentan las dos de jabones, fulares y pequeños bolsitos playeros, ella sin mucho entusiasmo -quizá su hijo suspende, habla en clase, le pusieron una llamada de atención por escrito-, la otra arrimada al detalle.

Hoy recordé a ella y a la otra, pues fue día de entrega de notas finales en el colegio, correos de familias, algún buen deseo de verano, gracias furtivos -que no se note mucho- de unos pocos alumnos y de sus padres y madres. Me regalaron un jabón. Un pequeño fragmento de jabón cuadrado, blanco y cremoso, que huele a fruta y a aceite natural y promete suavidades y brillos; casi puedo hundir mis dedos en su cuerpecito de pez y dejarlos desaparecer poco a poco en fruto y mantequilla. Si fuera cera, podría pintarme.

Moldearlo.

No me hace falta el trozo de jabón, de tienda natural ecológica. Pero habla de detalle familiar, recuerdo, gracias, estamos contigo, paciencia, hacer lo que se pueda, querer lo que se debe en forma de crema afrutada y abrazo aromático. 




    

sábado, 21 de febrero de 2015

Segunda. Izquierda. Rotonda.

Tome la segunda a la izquierda. Rotonda -me dice con su voz femenina de sabelotodo. 

La miro de reojo, aquí a mi derecha, en el puesto de copiloto del Negrevercarruaje, donde se acomoda con su apariencia opaca y negra. Imperturbable, me dice de nuevo: 

-Tome la segunda a la izquierda. Rotonda. 

Tres carriles se convierten de repente en cuatro que se bifurcan doblemente -¿quién inventó carreteras que se multiplican sin control y giran sobre sí mismas?- y el horizonte se transforma en señales blancas, azules, rectángulos amarillos y cuadros verdes, números, iniciales, de pronto, cuatro flechas. 

- Tome la segunda a la izquierda. Rotonda -aunque sé que quiere decir ro-ton-da-Ne-gre-ya.

Dudo. Dudo como casi nunca lo he hecho en mi vida, yo, que pienso meticulosamente todas las decisiones que se chocan conmigo y actúo al final con un fragmento suelto de corazón. No hay rotonda, pequeña, y sí dos a la izquierda, y a la derecha, y la salida a una radial que antes no estaba -o sí, porque no me fijo-, cuatro carriles, seis, varias líneas discontinuas y a mí no me gusta conducir. 

- Tome la se-gun-da en la ro-ton-da -me parpadea en una flecha amarilla. 

Sigo recto, porque no sé y deseo ahora mismo que la carretera se pare, el tomtóm recalcule y busque una salida a mi encrucijada de carriles negros y señales de colores. No: no tengo una buena relación con este aparato, que pienso algunas veces que es de pega y me pone a prueba porque no acabo de tomar en tercera las rotondas, como me avisó mi profesor de autoescuela y al que prometí solemnemente que obedecería...


 

viernes, 2 de enero de 2015

Lo que no me pase en el súpermercado...

Ocurrió hace unos días, de estos que el calendario de mi cocina marca en rojo y en los que se tiene que ser obligatoriamente feliz y familiar. Él me miró, azules los ojos, y sentenció:

- Si quieres eso para la cena especial de hoy tienes que acercarte al súper, que pensé que había..

 No me gusta la cocina, que tiene mucho de alquimia, me parece, pero la ocasión lo merecía. Me abrí paso en el armario hasta que localicé abrigo, gorro, bufanda, guantes, y de esta guisa me dirigí al centro comercial que mi amiga Montse todavía llama con su antiguo francés, porque hace muchos años que ya no vive aquí y no se ha enterado del cambio. No me gusta tampoco ir a comprar -yo soy más de esas online, de las que afirman que podría sobrevivir en casa un mes sin tener que salir de mis cuatro paredes- porque me siento engañada desde que pongo el pie derecho en el umbral de la tienda y salgo con el izquierdo pisando fuerte...; asumiendo que en las entrañables fiestas familiares -que no, que tampoco me gustan, porque parece que me obligan y de la norma mal interpretada no puede salir nada bueno- el engaño sería doble -pie derecho, pie izquierdo-, localicé lo que faltaba para que Él terminara de preparar la cena y, todo lo dignamente que pude, me puse en la fila de la línea de cajas. 

La fila de la línea de cajas es un espacio donde todo es posible y se barrunta con frecuencia el peligro, la incertidumbre, donde se mide a cajas destempladas la paciencia del de delante y del que está detrás y se demuestra, a golpe de producto, cuál de las amables señoritas ha estudiado más allá de 3º de ESO y cuál es una profesional del trato al público. Allá a lo lejos, más o menos por la caja seis o la ocho, una señora dialoga -en estas familiares fechas hay que dialogar- con la amable señorita que la atiende:

- Mira, guapa, que es que no me has descontado los tres euros con cincuenta de la caja de langostinos, que están de oferta -dice ella, ondeando el tiquet de compra.

- Señora, si mira con atención, están anotados y debajo, justo debajo, descontados, ¿ve? -dice la joven, señalando con el dedo en el papel el producto en litigio.

- Mira, gua-pa, que no, que no tienen que aparecer, que están en oferta y por eso los he cogido yo -el tono del diálogo ha subido unos decibelios, los suficientes como para entretener al resto de los clientes- que si no, no los hubiera cogido.

- Señora, le repito que están descontados, ¿ve? Aquí, aquí -señala ella de nuevo, en el límite de su paciencia, observando de reojo la cola que se ha montado en su caja, a la espera del desenlace de los langostinos- ¿No ve el menos que hay delante de los tres euros con cincuenta?

La señora se ajusta la gafas metálicas sobre el puente de la nariz, mientras examina con cuidado, buscando pillar in fraganti a la amable señorita. Ahí, barrunto yo que en medio del largo tiquet de compra, reluce un signo menos delante de tres euros con cincuenta, langostinos en oferta. Tiemblo en mi interior al pensar a qué colegio pueden ir los retoños de la señora y pido al Niño que nace que no sea en donde yo trabajo...

- Claro, claro, guapa, ya lo veo, perdona, perdona, es que todo en este tiquet es tan pequeño... -dice la señora, recogiendo sus bártulos y los langostinos.

Coloco mis engañosos -o engañados- productos en la cinta, caja nueve: clinclin, pan, clinclin, panecillos, clinclin, queso fresco; mientras pago, hago memoria de aquella madre de alumna que, a inicios del curso, me decía muy enfadada, el dedo índice acusador, que no entendía porqué se enseñaban cosas inútiles en la escuela, como Lengua, Latín, Cultura Clásica o Matemáticas. 

Si lo llego a saber con antelación, le digo que para no hacer el ridículo en la fila de cajas del mercado, por no reconocer un signo menos...


 

sábado, 23 de agosto de 2014

Crónicas marinas (4): mastica agua.

La sandía es una fruta que se bebe mientras se mastica y se deshace en gotas de agua de jugosa pulpa. Y creo que es por esto que se convirtió en mi fruta favorita, aunque a Él le gusta más el melón, que es más serio y se deja notar y no consiente que la mordida le transforme en delicioso líquido, resistiendo, verde, blanco.


 
 

martes, 19 de agosto de 2014

Crónicas marinas (2): te regalo las olas.

Hoy luchábamos contra el viento entre la espumeante arena fina y la sombrilla de la vecina playera de delante: en segunda línea de playa, entre una familia francesa y una pareja italiana nos hacíamos fuertes: Niña Pequeña, Él y yo, las sombrillas y los complementos de una mañana de olas. El aire se nos enredaba y hacía ondear bandera amarilla y toallas, para hacer más creíble que los niños jugaban a ser piratas cerca del rompeolas.

¿Para qué sirven las esterillas en estos casos? Obvio: para llevarse más arena -sí: de esa que no me gusta- a casa, escondida en el doble fondo de la bolsa de los complementos aquellos y bajo la funda rosa de la silla de auto de Niña Pequeña. Porque sigue sin gustarme la arena, por mucho que nuestra vecina playera se afane en quitarla con un tubo y haga, poco a poco, un agujero para clavar -que no poner- su sombrilla verde de rayas blancas; la aparta, la apila, la deja más o menos cerca, pero ella -la arena- volverá a su sitio natural, y entonces, claro, la Naturaleza habrá ganado una vez más la batalla. 

- ¡Mamá! -grita a lo lejos Niña Pequeña-

-¿Hum? -digo, soltando el auricular derecho, la canción a medias. 

- Mamá, que me voy a saltar las olas. 

- Ah.




 

martes, 12 de agosto de 2014

Este blog cumple hoy cinco años.

Hoy es un día de cumpleaños: el de este blog y el de su hermano mellizo, En clase. Hoy hace cinco años que comenzaban ambos a rodar por la blogesfera. Cinco años después, los dos han servido para establecer relaciones sociales online, conocer otros blogueros (muchos de ellos, profesores), abrir una vía de comunicación más entre mis amigos, lectores, familias de alumnos, alumnos,... Mis blogs y yo hemos acudido a cursos de formación, hemos enseñado a otros, nos hemos presentado ante profesores y andamos por las redes sociales. 


A todos los que habéis leído alguna de las entradas de ambos blogs, aplaudido, criticado, comentado, reído, llorado, sugerido, votado, copiado (ejem) o estudiado con ellas, a todos, muchas gracias. 

Y tras cinco años, muchas son las entradas que han sido especialmente leídas o queridas por mis lectores; os dejo aquí diez de las entradas más leídas de cada uno de los blogs mellizos, para que las recuerdes... o las conozcas. 

Oculimundi: 
  1. Te deseo, tiempo.
  2. De pastiches y guirlaches
  3. Hoy es un día tan especial...
  4. Aviso de la escuela de padres.
  5. Dar de baja mi modem USB
  6. ¿Y qué hay en mi cuaderno?
  7. 3, 2, 1: Nochebuena.
  8. Dulces de Halloween.
  9. Feliz cumpleaños, Niña Pequeña.
  10. Esta estación ni fría ni caliente
En clase:
  1. ¿Qué es la Rosa de los vientos?
  2. Las herramientas del hombre prehistórico.
  3. ¿Qué es la escritura cuneiforme?
  4. La constelación de Orión. 
  5. Simón Bolívar, el libertador. 
  6. La Venus de Willendorf. 
  7. Cómo hacer una exposición oral. 
  8. El Tratado de Tordesillas. 
  9. Leyendas de la Virgen de Montserrat. 
  10. Las tres Gracias (Rubens)
   

viernes, 18 de julio de 2014

Piscina. Verano.

Tarde de verano, tras la llamada a la puerta de las vacaciones y toca ir a la piscina, a la municipal, claro. Y no me gusta porque allí están el alumno del fondo, a la derecha, la madre que aún se empeña en hacer tutorías a pie de cloro y ola desinfectada y un sol justiciero que bombardea todas y cada una de las sombras en las que me cobijo. 


Se le arrugan las yemas de los dedos a Niña Pequeña y promete, sí, absorber todo el agua para refrescarse antes de los tres pitidos y el cierre oficial por hoy de la piscina. Por si acaso, quizá porque le gusta estar sola a ratos, se acerca a la niña, a esa otra que ha venido con su madre y su hermano pequeño; tiene un nombre exótico que acompaña a su porte de hija del Nilo y unos rizos que amenazan con enredarse con el fondo de la piscina. Se buscan las dos con la mirada, pero la apartan a la vez cuando están cerca, no sea que se note que quieren jugar juntas, pero no revueltas; Niña Pequeña se sumerge encantadora y su biquini blanco resalta en el fondo azul y la otra espera, paciente, para imitar sus movimientos dentro de su bañador negro.

Vigilo esta sombra que se va moviendo, y con ella yo, toalla, revista, libro, gafas de sol; saludo a Niña Pequeña desde la seca orilla y la animo a jugar, porque adivino que el cansancio le hará mella al final de la tarde y todo irá rodado para enroscarse en las sábanas naranjas de su cama al venir la noche. 

   

miércoles, 2 de julio de 2014

¿Por qué es importante mi bata?

Ha comenzado el tiempo vacacional. El mío, vaya. Y no porque lo diga la órbita de la Tierra en inclinación adecuada con el Sol ni porque el termómetro juegue a subir y bajar. No. Nada de eso. El tiempo vacacional -el mío, vaya- comienza en el instante preciso en el que mi bata blanca del colegio se descuelga del perchero del despacho y llega en una bolsa verde hasta el tambor de mi lavadora. 

Por eso el tiempo vacacional -sí, el mío- se divide en tres momentos claves: Navidad, Semana Santa y Verano. Así, con mayúsculas. Porque es más grande y a mi bata le dará tiempo a quedar blanqueada, planchada, perfecta para empezar su vuelta al cole -y yo con ella- dentro de dos meses. Por si acaso, esta vez me guardé de revisar sus tres bolsillos, para no lavar con suavizante los pequeños trozos de tiza que luego mi amigo Nacho me pide para sus clases, ni para dejar que sonara -claclac, claclac- el pin de mi nombre dando vueltas en lo profundo de mi lavadora nueva. 

Y cuando mi bata esté ya seca, lista para ser planchada -que ya lo hago yo, Negre, que tú esto de camisas y tu bata no lo haces bien, me dirá Él-, volverá a la bolsa verde, aquí en el pasillo de la entrada, dispuesta en línea de salida y deseosa -la primera- para comenzar en septiembre a las aulas.

         

miércoles, 4 de junio de 2014

Adolescentes luminosos, chispas de alegría.

Corren por el pasillo hacia mí, recién cerrada la puerta al terminar la clase: cambio de hora, cambio de carpeta, cambio de libros. Vienen sonrientes y con los ojos chispeantes. 

- ¡Profe! -dicen, entusiasmados como hacía tiempo que no les veía. Aventuro noticias, una buena cosa que les ha pasado, una nota de la asignatura más difícil que han logrado aprobar. Son dos alumnos de una de mis antiguas tutorías, quince años, adolescentes en ebullición.

- ¿Qué os ha pasado? -pregunto. Estos dos, ella y él, me resultan simpáticos y no logro disimular.

- ¡Que el año que viene nos vas a dar clase en 4º, que nos lo acaban de decir! -mi compañera sonríe ante la refrescante naturalidad de los dos. Me mira ella, abrazada a la carpeta de libros y apuntes, contando por dentro, como yo, los días que quedan para dar por finalizado el curso. 

- A saber, chicos, que somos muchos profesores... -apunto.

- No, profe, que vas a ser tú la que nos vas a dar clase, seguro, y venimos a decirte que nos gusta eso.

Les sonrío y les hago un par de bromas; no saben aún cómo deslizarse en su futuro. No son conscientes del mundo que les queda por descubrir y las energías que consumirán por el camino. Tendrán piedras y senderillos luminosos mientras tanto, pero hoy, en el cambio de hora, quisieron saltar chispas de colores y correr para decirme que les gustaba saber que yo les daría clase el curso próximo.

Y eso, que vengan, es noticia. 


 

martes, 1 de abril de 2014

Yo no quiero vivir a medias.

A escasos metros de mi casa se vive a medias. El cruce es sólo la mitad de lo que debería ser y la pastelería, la mitad de pequeña de lo que era la antigua -aquella de toda la vida, regida por dos hermanas mayores lejanamente emparentadas conmigo-, mi colegio un proyecto a medias porque aún no tiene alumnos de Bachillerato, la tienda de los chinos de enfrente la mitad de lo debido, porque cierra de repente sin aviso previo. 

El Negrevercarruaje frena a medias porque el semáforo previo no suele ponerse en rojo, a menos que un peatón decida cruzar a la mitad de la acera de enfrente, que sólo tiene asfaltada una parte y el resto es gravilla y arena. Ahora, además, hay un medio parque con bandera nacional incluida, que no es para niños y por eso  no llega a ser parque del todo. Por la calle lateral se iría, si se pudiera, a la mitad de la biblioteca pública, que la otra mitad está a medio kilómetro, bajando por el puente que no pasa por encima de ningún río, sino por una parte de la autopista de la mitad de la península. 

Y es por eso, claro, que la señales de tráfico en esa esquina también están a medias. Para entendernos poco a poco, sólo con un hemisferio, frenando el coche con la mitad del cuerpo y pensando -a medias- cómo nos iría si prohibiéramos del todo...

 

sábado, 15 de marzo de 2014

Un gesto revolucionario en la cocina es... (2)

Hoy, como todos los sábados en los que Niña Pequeña y yo nos quedamos solas y comemos juntas, he cocinado espaguettis con nata. No me gusta cocinar, no disfruto nada con los tejemanejes domésticos y no me aclaro con esta química casera de mezclar ingredientes, así que las pocas comidas que preparo yo son de emergencia, de batalla de guerra del Vietnam, en ausencia de Él.

Y no es la primera vez, sin embargo, que hago gestos revolucionarios en la pequeña cocina de mi más pequeña casa: pequeños detalles que se revelan grandiosos y me hacen remontar un peldaño más en mi conquistada independencia. 

No es difícil hacer esos espaguettis, que son siempre para mí recuerdo de mi amigo Óscar, que sé que me lee a veces desde Honduras, y que me trasladan en el pasado a la tarde-noche de cada jueves de hace dieciséis años, cuando, por costumbre en la casa, cocinábamos para los demás, los dos solos, sin hablar mucho, pero acompañándonos siempre. Queso, jamón, nata, pasta, pimienta, unas vueltas y Niña Pequeña va poniendo la mesa. 

Y es ahí, en el precios instante en el que la pasta toca, redonda, ocre, aún dura, el agua burbujeante, cuando me acuerdo de mi madre: ella, que siempre decidía cortar en dos o tres partes cada uno de los espaguettis hasta convertirlos en poco más que fideos; así, porque ella era de esta manera, dictatorial en la cocina, intolerante en las costumbres. 

- ¿Por qué cortas la pasta, mamá? -le preguntaba yo, escondido medio cuerpo tras la puerta de la cocina. 

- Porque me da la gana -respondía ella, que siempre fue mala madre y nunca supo de ternura. 

En ese preciso segundo he echado revolucionariamente cuatro nidos de pasta, bien larga y ancha, dejándolos reposar brevemente, sin trocearlos, en un gesto que recordarán los invisibles ojos que me observan cada día, conquistando un diminuto fragmento más de mí misma, alejando de mi casa el fantasma non grato de la que era mi madre. Porque me gustan así, mira por donde, porque Niña Pequeña se entretiene con ellos en el tenedor. Porque son mis espaquettis, mi nata, mi jamón, mi aceite y pimienta, mi Óscar.


jueves, 30 de enero de 2014

Estimado Ratón Pérez: hoy, de nuevo.

A/a Sr. D. Ratoncito Pérez. C/ Arenal, 8. Madrid (España)

 Muy sr. mío:

Por la presente le comunico la pérdida dental (la séptima) que ha sufrido esta mañana Niña Pequeña, que cuenta ya con siete años y cursa 2º de Educación Primaria. Podrá usted comprobar que ha sucedido de forma accidental, pues se encontraba comiendo en casa de su amiga de clase y, entre macarrón y macarrón, el diente, un incisivo lateral superior, ha sido deglutido en salsa de tomate. Para su tranquilidad, le indico que la madre de la susodicha amiga lo ha tomado a broma y sin drama.

A fin de que usted pueda comprobar que, efectivamente, no encontrará la pieza dentaria esta noche en la mesita de noche, Niña Pequeña le ha preparado una pequeña misiva, acorde con su tamaño y deseando que no le pese en el viaje; junto a ella podrá encontrar un aperitivo consistente en unos pedacitos de queso curado de oveja y algo de leche o agua, a elegir. 

Esperamos todos con curiosidad e impaciencia el presente que tenga a bien dejar esta noche. 

Le saluda,
 
 

sábado, 25 de enero de 2014

La novedad de algo antiguo es...


La miré de reojo desde mi tercera posición en la fila; antes entrar ya la había visto desde la gran cristalera y hubiera jurado que sus orejillas de elfa se habían creado a juego con unos ligeramente achinados ojos. El pelo corto, como descuidado, pero concienzudamente teñido en marrones y caobas le daba un conjunto como etéreo, casi liviano; y podría haber andado de puntillas, sin que nadie en el local se hubiera percatado, si la chaqueta de lana gris no le hubiera aportado algo de pesadez a su cuerpo, como para no dejarlo escapar. 

La fila única se dividió rápidamente en dos y alegremente comprobé que podría observarla un poco más, pues ambas habíamos sido derivadas a dos mostradores contínuos. Fui rápida con quien me atendió: dos papeles, una contraseña, el número de referencia de los paquetes que venía a recoger a Correos y el número de identidad. Firma. Fecha. 

- ¿Dónde dice que tengo que poner mi dirección? -oigo que pregunta la elfa, a escasos dos metros de mi lado. La señora que le atiende le indica amablemente el lado ancho de su sobre -¿Y eso del remite, qué es? -insiste, mirando sorprendida a la mujer.

La vuelvo a mirar, casi olvidándome de ser discreta. La elfa, la chica de cabellos ocres, ojos almendrados y chaqueta de lana se encuentra ante un problema desconocido para ella. Una ecuación de vida cotidiana a la que se enfrenta por primera vez. Ella, en su juventud de perdida adolescencia, pero oliendo todavía a reforma educativa, no sabe mandar una carta. Dirección, remitente, apartado postal, sello: mandar una carta -parece que al otro lado del continente, por lo que oigo- no es digital ni aparece en la pantalla plana del smartphone.

Recojo los dos paquetes que me tienden desde el otro lado del mostrador: dos libros que compré online hace dos semanas, a golpe de teclado. Es mi pedido bimensual del círculo de lectura al que pertenezco. Ella  se queda en el mostrador de al lado: sigue viviendo novedades...

    

viernes, 10 de enero de 2014

Usar tuppers es un problema en la cocina.



Primo Número Cinco dice que no puede haber nada peor para un matrimonio que un tupper; una colección de útiles, herméticos, decorativos, coloristas y, francamente, necesarios tuppers

Creo que Prima Cónyuge Número Cinco no opina igual, porque ella es una mujer práctica y asentada, que quiere profundamente a Primo Número Cinco, pero que sabe de las delicias culinarias que un buen tupper puede esconder durante días en su interior, de la comodidad de que sea lavado en el lavaplatos y de que permita, además, escribir despacio y con buena letra el contenido y la fecha de envasado para reposar después, pacientemente, en alguna esquina del congelador. De hecho, recuerdo los tupper aplanados y rectangulares, de tapa azul, en los que Primos -ambos Número Cinco-, desplegaban en la mesa redonda de una de sus casas, allá cuando yo no conocía a Él e iba a visitarlos unos días. 

Asombrada ante la categórica afirmación de Primo Número Cinco, mi cara debió de ser un poema o relato fantástico que le dejó durante unos segundos -pocos- sin habla. Los suficientes para aseverar, con sonrisa seria y chispeantes ojos: 

- Prima De Madrid, lo malo de los tuppers no son su existencia, sino el armario de la cocina donde se guardan. Y eso, sin duda, mina a un matrimonio. 

Me quedé arrinconada ante la sencillez de sus palabras.

Un rayo había cruzado mi pensamiento: la imagen precisa del armario de doble puerta blanca donde descansan sin control y en total anarquía, los tupper de mi cocina...

 

martes, 7 de enero de 2014

Mi casita virtual ha recibido un dardo.


Cosa de blogueros.

Desde Algargos se premia con el Premio Dardos a mi blog En clase. Y desde allí, nomino yo a varias de mis bitácoras favoritas.

Os animo a leer la entrada dedicada a esto, pinchando aquí.

    

domingo, 17 de noviembre de 2013

Bienvenido, frío.

Lucha el otoño contra el invierno este fin de semana en algún punto de Madrid.

Primera nevada.