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sábado, 23 de abril de 2016

¿Qué pasa cuando se acaba algo?

Arde casi la impresora de mi pequeño rincón de trabajo, acumulando papeles interminables...

-¡Es el fin del mundo! -grita Niña Pequeña, mientras se queda -como si nada- sentada con sus muñecas en el cuarto.

...Me oyó decir, rabiosa, que se me había acabado de repente la tinta amarilla...

 

domingo, 11 de octubre de 2015

¿Cómo chantajea un niño?



Abre la boca poco a poco, aspirando aire silenciosamente e inflando su pequeño pecho de cuatro o cinco años como un diminuto globo de polo azul y blanco; la madre agarra al hermano gemelo con la mano derecha, mientras que con la izquierda da instrucciones a la abuela, que sujeta a duras penas al otro. Sus ojos se convierten en rendijas y parece que hasta el pelo -rubio, ligeramente rizado, largo detrás de las orejas- se eriza un poco. Muda el color de su piel en un rosáceo rubor airado.

- Mamá -dice Niña Pequeña, mientras esperamos, detrás, a que el semáforo pase de rojo a verde. 
- ¿Hum? -digo yo, sin dejar de mirar al niño. 
- Mamá, ese niño va a gritar. Y mucho -sentencia firme, conocedora. 

El niño inhala aire, ahueca el pecho y me parece que hasta se inclina ligeramente hacia atrás, dispuesto a una destrucción masiva, a dejarse oir por encima de las recomendaciones de madre y abuela; adivinando el cambio de color del semáforo, se pone de puntillas, aprieta sus puñitos y libera todo el aire de sus pulmones. Un serpenteante grito infantil afila el espacio detrás de él...


sábado, 12 de septiembre de 2015

Inicio de curso: comienza el duelo.

Hay un nuevo alumno al fondo a la derecha. Como aquel otro, es también moreno, aunque su cabello no se revuelve en guedejas ni muestra honradez en sus ojos, sino la mirada desafiante del león que otea su presa. Aquel confiaba en mi palabra para que su madre le dejara ya salir del colegio y reunir sus sueños rotos de escolar con poco futuro; este otro no me conoce, lo miro y quiero verle, me mira y me provoca: obligación de escolares con poco futuro, ver hasta dónde el profesor está dispuesto a trazar la línea de frontera...

Se recuesta en la pared de azulejos desvaídos, dejando sobre la mesa -otro más- una mochila vacía; canturrea con voz monótona, pero audible, retando a cualquiera a hinchar pecho y plantarle cara. Los otros 30 alumnos respiran el aire tenso de la espera y los dos del fondo me miran de reojo. Me conocen. Ignoro el reto que me lanza en el primer día de clase y el tarareo va cesando durante mi paseo entre los pupitres de sus compañeros. 

- Igual deberías sentarte bien -le digo, con voz amable y marcando bien las sílabas en una bravata-. Por si luego te duele la espalda. 

- No, profe -contesta, cortante, rival-: estoy comodísimo -dice, mientras se abraza a la mochila, ablandada de vacío: sin estuche, sin cuaderno, sin un libro. Adivino que sólo tiene el bocadillo del recreo y, escondido, un paquete clandestino de tabaco.

Han comenzado las clases...

 

lunes, 31 de agosto de 2015

¿Hay maleducados al volante?


Su cara rezumaba odio: lo vi desde el retrovisor del Negrevercarruaje. Se agarró al volante con la mano izquierda crispada, mientras que con la derecha me señalaba con un índice acusador y sus labios se fruncían una y otra vez en un cúmulo de palabras malsonantes apelotonadas. Lo vi todo, aunque fue por casualidad. 

Oí el motor de su coche -uno pequeño, en gris metalizado, un modelo antiguo, pero que era el coche de ella, pues, seguro él tendría otro más grande, más digno, más- acelerando aún antes de que ella pisara el pedal derecho con furia incontenida, y adiviné que no pondría ni el intermitente para indicar al resto su intención de adelantarme, sin mirar la línea contínua y el horizonte lleno de curvas peligrosas. Se había encontrado conmigo, miserable, en su insignificante vida de conductora de un utilitario y en una carretera secundaria venida a menos. 

Rugió, sí, arañando el asfalto sin dejar marcas, el humo negro y denso del tubo de escape y su rabia envolviéndola como en una niebla demoníaca... 

- Negre, parece que esa de ahí se ha enfadado un poco contigo -dice Él, tranquilo. 

- Eso creo -digo, mirando de nuevo al semáforo, esperando que se pusiera en verde...


 

miércoles, 19 de agosto de 2015

Soy un ladrillo, lo sé.

Explica la RAE qué es un ladrillo:
Ladrillo. (Del dim. del ant. *ladre, del lat. later, -ĕris). 1. m. Masa de barro, en forma de paralelepípedo rectangular, que, después de cocida, sirve para construir muros, solar habitaciones, etc. 2. m. Elemento de construcción semejante hecho de otra materia. 3. m. Labor en forma de ladrillo que tienen algunos tejidos. 4. m. coloq. Cosa pesada o aburrida. ~ azulejo. 1. m. azulejo 2. ~ de chocolate. 1. m. Pasta de chocolate hecha en forma de ladrillo. ~ seco. 1. com. El Salv. Persona que bebe mucho sin embriagarse. ser alguien un ~. 1. loc. verb. Perú. Ser muy trabajador o muy estudioso.

Era tiempo de vacaciones. Él, Niña Pequeña y yo huimos a la playa unos días: lectura, juegos y arena de la playa. Nos acogía -como no podía ser menos- un colegio levantino, reconvertido en zona de veraneo en los meses de verano.

- ¡Mamá! -llama Niña Pequeña, aún mojada por la piscina. 

- ¿Hum? -respondo, mientras busco las llaves...

- Mamá, haz una foto a esto, que seguro que luego escribes sobre ello... -dice, señalándome un ladrillo de la pared; el corto pasillo conduce al comedor. 



Nunca supimos, con la RAE delante, si el invisible adolescente escribió sobre el paralelepípedo rectangular como aburrido o como trabajador...


domingo, 14 de junio de 2015

Carta a Maruja (36): baile en la cocina

Llevo unos días observando a mi vecina Maruja, y sé que algo le pasa, aunque hoy buscó la solución a golpe de puchero. Le he mandado una carta, y la puedes leer pinchando aquí



 

domingo, 8 de febrero de 2015

De pequeñeces.

Una honda es una tira de cuero, la del pequeño David, un tirachinas bíblico, una cuerda de la que pende la piedra que vence a Goliat y su hondo problema, eso que es profundo, bajo en el terreno de las dificultades y vencible: recóndito, intenso en la expansión que el Mal produce, cual telaraña oscura. Honda es aquella parte de tu todo hueco y que rellenas, ahondas, desde el silencio y la soledad querida: lo más profundo, lo más de mí es que es todo y cante, hondo

Desde el escaparate de la tienda de la esquina, que antes fue de paraguas, bolsos y mochilas y ahora se reconvirtió, se anuncia el producto: y venden pequeñas hondas para vencer las dificultades cotidianas, o diminutas adversidades para hacerse fuerte en veinticuatro horas; tal vez -no entré a preguntar- tienen escondido entre los cachivaches que adivino detrás del cristal aquello que terminará con mis huecos y vacíos, aunque será pequeño y pudiera ser que el dependiente no lo encuentre. Y desde el fondo, a lo lejos, un pequeño cante, una minúscula melodía a precio de ganga para acompañarse -el cliente que se aventure: yo, no- a patinar en línea...





 

viernes, 2 de enero de 2015

Lo que no me pase en el súpermercado...

Ocurrió hace unos días, de estos que el calendario de mi cocina marca en rojo y en los que se tiene que ser obligatoriamente feliz y familiar. Él me miró, azules los ojos, y sentenció:

- Si quieres eso para la cena especial de hoy tienes que acercarte al súper, que pensé que había..

 No me gusta la cocina, que tiene mucho de alquimia, me parece, pero la ocasión lo merecía. Me abrí paso en el armario hasta que localicé abrigo, gorro, bufanda, guantes, y de esta guisa me dirigí al centro comercial que mi amiga Montse todavía llama con su antiguo francés, porque hace muchos años que ya no vive aquí y no se ha enterado del cambio. No me gusta tampoco ir a comprar -yo soy más de esas online, de las que afirman que podría sobrevivir en casa un mes sin tener que salir de mis cuatro paredes- porque me siento engañada desde que pongo el pie derecho en el umbral de la tienda y salgo con el izquierdo pisando fuerte...; asumiendo que en las entrañables fiestas familiares -que no, que tampoco me gustan, porque parece que me obligan y de la norma mal interpretada no puede salir nada bueno- el engaño sería doble -pie derecho, pie izquierdo-, localicé lo que faltaba para que Él terminara de preparar la cena y, todo lo dignamente que pude, me puse en la fila de la línea de cajas. 

La fila de la línea de cajas es un espacio donde todo es posible y se barrunta con frecuencia el peligro, la incertidumbre, donde se mide a cajas destempladas la paciencia del de delante y del que está detrás y se demuestra, a golpe de producto, cuál de las amables señoritas ha estudiado más allá de 3º de ESO y cuál es una profesional del trato al público. Allá a lo lejos, más o menos por la caja seis o la ocho, una señora dialoga -en estas familiares fechas hay que dialogar- con la amable señorita que la atiende:

- Mira, guapa, que es que no me has descontado los tres euros con cincuenta de la caja de langostinos, que están de oferta -dice ella, ondeando el tiquet de compra.

- Señora, si mira con atención, están anotados y debajo, justo debajo, descontados, ¿ve? -dice la joven, señalando con el dedo en el papel el producto en litigio.

- Mira, gua-pa, que no, que no tienen que aparecer, que están en oferta y por eso los he cogido yo -el tono del diálogo ha subido unos decibelios, los suficientes como para entretener al resto de los clientes- que si no, no los hubiera cogido.

- Señora, le repito que están descontados, ¿ve? Aquí, aquí -señala ella de nuevo, en el límite de su paciencia, observando de reojo la cola que se ha montado en su caja, a la espera del desenlace de los langostinos- ¿No ve el menos que hay delante de los tres euros con cincuenta?

La señora se ajusta la gafas metálicas sobre el puente de la nariz, mientras examina con cuidado, buscando pillar in fraganti a la amable señorita. Ahí, barrunto yo que en medio del largo tiquet de compra, reluce un signo menos delante de tres euros con cincuenta, langostinos en oferta. Tiemblo en mi interior al pensar a qué colegio pueden ir los retoños de la señora y pido al Niño que nace que no sea en donde yo trabajo...

- Claro, claro, guapa, ya lo veo, perdona, perdona, es que todo en este tiquet es tan pequeño... -dice la señora, recogiendo sus bártulos y los langostinos.

Coloco mis engañosos -o engañados- productos en la cinta, caja nueve: clinclin, pan, clinclin, panecillos, clinclin, queso fresco; mientras pago, hago memoria de aquella madre de alumna que, a inicios del curso, me decía muy enfadada, el dedo índice acusador, que no entendía porqué se enseñaban cosas inútiles en la escuela, como Lengua, Latín, Cultura Clásica o Matemáticas. 

Si lo llego a saber con antelación, le digo que para no hacer el ridículo en la fila de cajas del mercado, por no reconocer un signo menos...


 

martes, 4 de noviembre de 2014

martes, 30 de septiembre de 2014

Tengo una alumna al fondo, a la derecha.

No la conozco: ni siquiera la he visto antes en el pasillo, allá por el tercer piso. Pero hoy he tenido que entrar en el aula que alguien le había asignado; está sentada al fondo, a la derecha, donde se sientan esos jóvenes a los que mi amigo Óscar mira con ojos de misericordia y por los que no da su brazo a torcer, empeñado en rescatar lo irrescatable.

- Profe -llama.

- ¿Hum? -respondo; distingo un tono de sorna en su mirada de ojos claros. No debería de estar yo aquí a esta hora, pero un compañero se puso enfermo y tuve que ponerme al frente de los jóvenes, contenerles -más bien- hasta que sonara el timbre y anunciara el cambio de hora. 

La miro y quiero verla, aunque me resbalo al observarla por su tez clara y comprobar la sonrisa de la que ha repetido, sin duda, agotando ya todas las posibilidades: es la media sonrisa que se gastan los adolescentes cuando se suben a lo alto del mundo, indolentes y seguros de que todo es suyo y no han conocido -aún- caídas. 

-Profe: esto no lo voy a hacer. Soy nueva. -afirma.

La miro de nuevo; llevo puesta la careta de profesora y muchos de años experiencia me dicen al oído -como aquel esclavo que susurra al general romano victorioso- que está marcando su zona y tira un anzuelo para ver hasta dónde puede disponer de territorio. Doy la vuelta a mi careta y le ofrezco el mejor perfil. 

- Sé que eres nueva ("sé quién eres: te conozco, sé tu terreno"). Supongo que no es la primera vez que estás en un colegio ("sé que llevas al menos dos años perdida en la Cosa Educativa, pero mamá y papá burbujas te consienten todo cuando les miras así, de acuoso azul de tu ojos") e imagino que alguien te enseñaría el año pasado ("sé que no es la primera vez que pisas este curso, aunque creas que no") a operar de forma básica ("porque sí: tus compañeros son aquellos, lo sé, a los que hace tres años, cuando tenían doce, hubo que enseñarles a restar con llevadas, cosa que Niña Pequeña ya sabe hacer con sus siete años") -le respondo. 

Me mira en azul desvaído, o tal vez verde, mientras su compañero, el otro del fondo a la derecha, escucha mi pensamiento, pero responde entre líneas y en silencio. Yo no debería estar aquí, si no hundiéndome en la burocracia que la Cosa Educativa considera fundamental para mejorar el bajo nivel intelectual de los jóvenes adolescentes del país: listar número de niños y niñas por clase, anotar cuántos provienen de familias separadas, repetir ad infinitum sus asignaturas pendientes -recorro la mirada por el aula: muchas, porque la Cosa permite acceder a otro curso aunque sean diez las áreas suspendidas el curso anterior. 

Aquí y ahora, siete alumnos de esta clase de veinticuatro no sabrán restar con llevadas, más de diez no entenderán el enunciado de las tareas, la mitad hace un año que debería estar fuera de las aulas, tres o cuatro fracasarán escolarmente y repetirán curso, uno abandonará y el alumno que tengo enfrente mientras escribo estas líneas volverá a ser, de nuevo, protegido por su madre, moneda de cambio y pelea con su ex marido; cuando sea adulto no será capaz de mantenerse disciplinado y constante en su trabajo, porque siendo joven no supo aprenderlo.

No me importa. Esta tarde la burocracia intentará ahogarme, pero yo estaré ayudando a hacer los deberes a Niña Pequeña, la felicitaré porque una vez más ha leído y comprendido con éxito -y su tutor la premió el esfuerzo- y repasaremos juntas las tablas de multiplicar.

-Y aunque no lo creas, Niña Pequeña, hay papás y mamás que no ayudan a sus hijos a hacer los deberes ni a ser mayores -le diré, de nuevo. 

- Pero, mamá: si son papás y mamás deberían ayudar a sus hijos a ser mejores personas, ¿no? -me dirá, de nuevo.

 

lunes, 25 de agosto de 2014

Crónicas marinas (5): de cuerpos apolíneos.

Tienen la suficiencia que sólo poseen los adolescentes en pleno momento de coger tiempo al tiempo, que no pasa por ellos porque, es más: se detiene ante sus cuerpos musculosos y cuidados de gimnasio. Sabedores de rozar belleza de éfebos, se pasean entre las toallas de la piscina: bañadores mínimos -verde uno, rojo el otro-, mientras mandan mensajes a velocidad de vértigo por su teléfono móvil de última generación; gritan de un extremo a otro y bailan espaciadamente con rápidos pasos alrededor de la joven socorrista. Encandilada ella, no resiste el hechizo y les sonríe: brillan sus dientes perfectos mientras se arregla la coleta rubia. 

Los dos -Cástor y Pólux- nos permiten subir nuestra mirada hacia ellos y regalarnos los oídos en la hasta entonces mansa y pausada tarde de piscina: han traído su música y altavoces; conectan todo con el alargador que la hipnotizada socorrista les cede -como no podía ser de otra manera- y suben al máximo el volumen. Y yo no sé si acercarme a ellos y agradecerles el repertorio musical que atruena entre las olas de cloro, recordarles que el tiempo pasará y sus cuerpos se ajarán, mortales, o, simplemente, desear a sus padres una larga, dura y dolorosa adolescencia.

 

miércoles, 2 de julio de 2014

¿Por qué es importante mi bata?

Ha comenzado el tiempo vacacional. El mío, vaya. Y no porque lo diga la órbita de la Tierra en inclinación adecuada con el Sol ni porque el termómetro juegue a subir y bajar. No. Nada de eso. El tiempo vacacional -el mío, vaya- comienza en el instante preciso en el que mi bata blanca del colegio se descuelga del perchero del despacho y llega en una bolsa verde hasta el tambor de mi lavadora. 

Por eso el tiempo vacacional -sí, el mío- se divide en tres momentos claves: Navidad, Semana Santa y Verano. Así, con mayúsculas. Porque es más grande y a mi bata le dará tiempo a quedar blanqueada, planchada, perfecta para empezar su vuelta al cole -y yo con ella- dentro de dos meses. Por si acaso, esta vez me guardé de revisar sus tres bolsillos, para no lavar con suavizante los pequeños trozos de tiza que luego mi amigo Nacho me pide para sus clases, ni para dejar que sonara -claclac, claclac- el pin de mi nombre dando vueltas en lo profundo de mi lavadora nueva. 

Y cuando mi bata esté ya seca, lista para ser planchada -que ya lo hago yo, Negre, que tú esto de camisas y tu bata no lo haces bien, me dirá Él-, volverá a la bolsa verde, aquí en el pasillo de la entrada, dispuesta en línea de salida y deseosa -la primera- para comenzar en septiembre a las aulas.

         

lunes, 4 de noviembre de 2013

De cuando yo tengo la culpa.

Me mira el alumno del fondo a la derecha desde su nuevo sitio en otro rincón de la clase. Intenta parapetarse detrás de su mochila deportiva, moderna en azul y blanco, pero poco apta para llevar los tejemanejes del día a día. Le devuelvo la mirada de refilón, mientras se acomoda el pelo ligeramente largo, al gusto de su madre, y apoya desganado el mentón en la mano derecha. Su mesa, verde, brilla impoluta en ausencia de cuadernos, estuche, libro. 

- ¿No crees que deberías aprovechar el tiempo de clase y trabajar? -le pregunto, inocentemente.

- ¿Estás queriendo decir que no estoy haciendo nada? -responde desafiante, la mano derecha en el aire, el mentón alzado con el orgullo del adolescente que se come el mundo.

- A mí me parece que no estás haciendo mucho... -respondo, curiosa por ver cómo va a acabar el diálogo.

- Pues ahora sí que no voy a hacer nada -contesta, apartando la mochila con el pie y recostando su cabeza en el suave hueco del codo. 

El desafío queda en el aire, como un órdago echado al viento de la mesa del mus. Mía es la culpa de su desgana, por mi culpa, por mi gran culpa; yo, la causante de su desidia juvenil, no me cabe duda. Me mira desde su nuevo sitio, sus ojos sólo dos rendijas de aire absurdamente amenazante, le supongo que contento por haber encontrado la excusa que no sabía verbalizar: tan pobre su vocabulario que sólo sabe dejar caer perezosamente su flequillo...

    

jueves, 17 de octubre de 2013

Razones para estar cansado.

Hoy estoy cansada. O no, perdón. Hoy no respondo de mí ni de mis músculos, ni de mis parpadeos ni de la punta de mis dedos. Hoy aflojo y me dejo llevar por la pereza de un día agotador que ha vencido a mi agenda de cosas pendientes y cosas-que-haré-cuando-me-dejen-las-de-ahora. Hoy, esta noche, estos dedos no son míos y los pies se dejan llevar entre los calcetines, y la manta no queda doblada encima del sofá y la televisión habla sola sin interés, y el teléfono quedó silenciado y las tareas escondidas en la agenda virtual y la luz tenue encendida y la cena sin hacer para dejar paso sólo a un vaso de leche con galletas, que no es cena, pero como si lo fuera, porque las sartenes dejaron de tener interés y ni por un instante haré el esfuerzo de extender el mantel sin arrugas. 

Hoy, hasta mis alumnos de 2º dijeron profe, que hoy pareces cansada... Hoy me dejaré llevar por mi cama y sus dos mantas, que ya empiezo a tener frío en estas noches de otoño que engañan en la mañana, y permitiré a mi último libro ser leído antes de dormir...



 

lunes, 24 de junio de 2013

¡Atención! Cosa de hombres.


Brazo-en-la-ventanilla: loc. prepos. m. ?: 1. Dícese de la forma de conducir más viril. 2. t. Construcción empleada con frecuencia para designar el gesto de ánimo (cf. venga-vamos) que acompaña al uso manual de los intermitentes y dirigido al conductor inmediatamente posterior, a fin de que adelante rápidamente al propio. 3. coloq. Gesto de posesión de vehículo a motor (cf. más-chulo-que-un-ocho).

   

miércoles, 30 de enero de 2013

Anatomía de la Historia y yo (4)

La revista digital Anatomía de la Historia publica hoy un nuevo artículo mío, esta vez dentro de la serie dedicada a gazapos reales de mis alumnos de Secundaria. En esta ocasión, mis adolescentes hablan de la Edad Media. Pincha aquí para poder leerlo.

Agradezco de nuevo a su editor, José Luis Ibáñez, su amabilidad.

 

lunes, 24 de diciembre de 2012

Anatomía de la Historia y yo (2)

Comparto con vosotros mi segunda publicación en la revista digital Anatomía de la Historia. Seguro que no podréis impedir sonreír -al menos- cuando leáis cómo explican mis alumnos la historia del mundo grecolatino. Pinchad aquí para poder leerlo.

Y recordad que hoy es un milagro: Dios en un pesebre... Feliz Noche.




 

miércoles, 31 de octubre de 2012

Anatomía de la Historia y yo.

Comparto hoy con vosotros mi descubrimiento de la revista digital Anatomía de la Historia, editada por José Luis Ibáñez, destinada desde mayo de 2011 a la publicación de artículos, canciones, libros y diversas opiniones sobre el mundo de la Historia. 

Agradezco desde aquí a José Luis la oportunidad que me ha dado de poder empezar mi colaboración con esta revista, con la publicación del primer artículo de una serie dedicada a la Historia... vista por mis alumnos. Podéis leer este artículo pinchando aquí.


 

viernes, 15 de junio de 2012

La raza de los flequilleros.

Se encuentran entre nosotros en edad adolescente. Ellos y ellas se identifican con éxito en las clases de los colegios, en los pasillos de los institutos y cerca de las rotondas; se reconocen, se huelen y diría yo que hasta  se identifican alguna hormona aún no descubierta por los científicos, que les hace rondarse y saludarse desde las ventanas de las clases. Es la raza de los flequilleros.

Los flequilleros y flequilleras son jóvenes e indómitos; el tiempo no pasa por ellos, apenas planea entre sus espaldas delgadas vestidas a la última. El tiempo no pasa, y además no pasa nada: exámenes, trabajos y decisiones resbalan por sus flancos adolescentes, deshaciéndose poco a poco a la altura de las caderas, para quedarse como un mero recuerdo cuando llegan a sus bailarinas -ellas-, a sus zapatillas de deporte -ellos; con un ligero movimiento de caderas -ellas- o una patada estudiada -pero qué bien me queda, ellos-, apartan de sí los posibles últimos restos de cualquier amago de responsabilidad.

Pero es el flequillo lo que los identifica. No, más allá: es su peinado, ese que nosotros diríamos córtate las puntas, niña, ¿cuándo vas a ir a cortarte el pelo, niño?, pero que ellos llaman desfilado, es la moda, profe. Él o ella se girará levemente en su puesto de clase en primera fila: primero brevemente la cadera ladeada, sujetando el respaldo de la silla con el codo, después el torso apretado en una camiseta imposible de tallar, en un instante un rápido movimiento, brusco, pero estudiado, del cuello, hacia la derecha. El giro de la cabeza, ligeramente ladeada para ayudar en la torsión, moverá el flequillo, dejará entrever allá una oreja, quizá el pendiente o el piercing robado a la mamá. Su mente, la de él, la de ella, seguramente imaginará una onda en movimiento atravesando suavemente el pelo, desfilado, es la moda, por más que el pelo, el flequillo, la onda, jamás existirán a los ojos del no introducido en el código de esta tribu.

- ¿Me llamabas, profe? -pregunta, la cadera, el codo, el torso, el cuello, la cabeza, el flequillo en breve movimiento hacia la derecha.

- Siéntate bien, que no estás en el sillón de tu casa.

 

lunes, 12 de marzo de 2012

Carta a Maruja en Negrevernétika.

Una nueva carta a mi vecina Maruja, en Negrevernétika. Podéis leerla pinchando aquí. Es que está ella preocupada, preocupada, por sus hijos, vaya, y me llama con frecuencia; claro que la pobre no puede localizarme (y eso que le he advertido que yo doy clase toda la mañana, pero las urgencias, son las urgencias...).

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