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jueves, 3 de noviembre de 2016

¿Cuánto influye un profesor?



Hace unos días recibí un correo. Claro que esto no extrañará a nadie, imagino, ya que lo inusual sería que hubiera recibido una carta: una carta, sí, de las de antes, con sello y todo, de esas sobre las que hablé a Niña Pequeña:

- Mamá.

- ¿Hum?

- Mamá, que me ha dicho Irene que quiere que le escriba una carta -me dijo, hace unas semanas, con su mejor cara de extrañada.

- ¡Qué buena idea! Yo escribía muchas cartas hace años...

- Claro, pero, ¿cómo se escribe una carta? -respondió, gesticulando nerviosamente...

Hace unos días recibí un correo, decía. Me lo remitía un antiguo alumno y me exponía en ella el disgusto y daño que yo le había provocado días antes, cuando había venido de visita al colegio, acompañando a su novia -otra antigua alumna. Yo, que sí tengo bastante contacto aún con ella, me detuve en el recreo a hablar.

Y eso le dolió. 

No le miré, me escribió. Me había centrado en su novia, y lo comprendía, pero decía no merecerse que no le hubiera hecho caso, yo, que había sido su tutora en el corto periodo de tiempo en el que había estado en el colegio. 

Releí su correo varias veces, recordando la visita, la grata conversación con mi antigua alumna; recordaba dónde nos habíamos sentado en el patio, el árbol que nos hacía sombra, la compañía de otra alumna que estaba conmigo en ese momento... Percibía en mi distancia la figura de él, en segundo plano, mirándome de reojo. 

Y lo que me dolió a mí, sí, lo que me hizo daño al releer entre líneas que no había sido protagonista de una conversación conmigo, es que yo no le había reconocido. Yo no sabía quién era, pues los rostros de los miles de alumnos que han pasado por mis clases se mezclan a veces en un cúmulo de adolescentes a los que luego pierdo...

No recordé a Álvaro, y así se lo dije, lamentando mi falta: no reconocerle, no haberle vuelto a pasar por el corazón. Días después recibí una respuesta llena de cariño, como una mano que espera empezar de nuevo...

- Mira, Negre, te mando además una foto de aquella tutoría, para que nos pongas cara a todos de nuevo, para que sepas quiénes somos, porque, al verla, me he dado cuenta de que sé sus nombres, que fueron importantes para mí. 

Y supe quiénes eran. Les puse cara, gestos, bromas y recuerdos, sacados de un baúl de hace siete u ocho años... Las letras de Álvaro en un correo que no he borrado, porque estos días lo he vuelto a releer, a pesar de haberle contestado para empezar de nuevo, sintiéndome una vez más eslabón de una cadena y testigo privilegiado de una vida que se ha cruzado con la mía: 

- Quiero que sepas, Negre, que fuiste importante. Que aprendí cosas de la vida real escuchándote. Aunque yo no fuera tu mejor alumno. 

Acababa su correo con un gracias. Acabé mi respuesta con un gracias...


domingo, 14 de agosto de 2016

¿Tienes una tortuga?

Es de esmeraldas y naranjas otoñales. A veces Él se queda mirándola con sus ojos azules y parece que los dos batallan en colores: ella, deslizándose en su jaula de agua, Él contemplando cómo contiene la respiración. 

- Cuánto aguanta debajo del agua, Negre.
- La adaptación a la Naturaleza -le digo, mientras ordeno por enésima vez los papeles del colegio...
- ¡Mira, mamá, que se quiere comer la hierba artificial! -protesta Niña Pequeña.

Ella se mantiene impasible, serpenteando arriba y abajo de su acuario, indiferente a cómo el sol que ha entrado por la ventana juega con los colores de su caparazón. Baila a izquierda y derecha y se deja mecer por las corrientes de su filtro. 

- ¡Tengo una sorpresa que le va a encantar a Niña Pequeña! -anunció Él hace meses, aún antes de cerrar la puerta de casa. 

Como en una ceremonia, solemne, nos la presentó, sonriendo como sabe hacer, mientras le brillaban los ojos: como el que se reserva lo mejor para el final y paladeando nuestra sorpresa anticipadamente.

- ¡Una tortuga! -gritó Niña Pequeña.

Llegó hace varios meses para quedarse, porque no tuve corazón, y ahora baila para mí cuando sabe que es su hora de comer...




 

jueves, 25 de febrero de 2016

¿Por qué hay que ser amable en el trabajo?



Suele gustarme dar clase... O estar con mis alumnos. O compartir tiempo con niños y jóvenes, más bien, y darme cuenta, cuando miro hacia atrás y vuelvo a encontrármelos: mayores, más altos, quizá algo más maduros y con algún golpe de la vida, años después. Y yo sigo siendo Profe, y ellos los adolescentes que dejé antes de que cumplieran la veintena...: un eslabón en una cadena, algunas frases lapidarias dichas hasta la saciedad -para que se les queden grabadas, como hicieron conmigo cuando era yo la adolescente y ella, mi profesora de Latín de los años nada dorados de Bachillerato. 

Como dice una de mis compañeras de trabajo, esto no es ir a la mina, pero desgasta: la cabeza, el cuerpo, las horas dedicadas sin esperar fruto, el tiempo de preparación de clases, los fines de semana robando tiempo a la familia para entregarlo -porque sí, porque cómo no- a los alumnos a la siguiente semana,... Hace dos cursos -porque los profesores contamos el tiempo por cursos, no por años naturales, y el verano es el tiempo de recordar, olvidar, coger fuerzas, crear, soñar- que decidí que era ya tiempo de disfrutar de mi trabajo, que ya me había aprendido que, con frecuencia, esta profesión no es aceptada socialmente -somos los vagos nacionales, los que no trabajan nunca, los que entran en clase, dicen cuatro cositas sin importancia y volvemos a nuestras casas a seguir vegetando en nuestros carísimos sillones-, que nos quieren poco y nos aceptan menos, y que, después de más de media docena de leyes educativas en casi veinte años de profesión, está claro que lo educativo es deseducativo y un arma política más para las campañas electorales. 

Una vez hecha, mental y públicamente, esta declaración de principios y honestidades, llegó el momento de divertirme en el trabajo: dejar atrás lo malo y quedarme solamente con lo bueno -lo que les digo, una y otra vez, a las personas que, de vez en cuando, tengo como tutorandos en prácticas, futuros profesores que ven una puerta abierta a la ilusión y el futuro. Y comencé a divertirme, a reír en las clases y a ver a mis alumnos como pequeños eslabones en mi propia cadena. Y me fue mejor, mira por dónde: sin ansiedades, sin angustias, sin disgustos y con objetivos más alcanzables, personables y cercanos. Disfrutar. Dejarse sorprender. Ir a lo esencial en los contenidos y a lo importante en lo personal. 

Me lo recordaba ayer una alumna de 1º de ESO, recién aterrizada en la adolescencia:

- Profe: me gustan tus clases, porque eres la única que entra en clase sonriendo.

Y con eso, dijo todo. 

 

sábado, 16 de enero de 2016

Los olores tienen que ver con los recuerdos.

Hoy me rodeó su olor a hojas de otoño y calor de madera requemada: en la esquina, justo delante del Banco aquel en el que nunca entro, porque una vez se rieron de mí al hablar de mi casa. Justo ahí, esquina con esquina, en el cruce de semáforos que más veces he atravesado en mi vida, en ese mismo sitio esta mañana apareció -para mí, de repente-, la castañera.

Tapada con una manta que no era de cuadros, como las que una castañera que se precie lleva siempre, pero enfundada en gorro y chal, ella no sabía que el aroma de su dulce es para mí el recuerdo de alguien al que hace años que no veo y cuya ausencia a veces me acompaña con un dolor quedo, de esos nostálgicos de tarde otoñal y leche caliente acurrucada... 

No lo sabe, pero quise resistirme -indómita, troyana- a la tentación de la carnosa pulpa caliente y la cáscara ennegrecida por el humo, y por eso pasé por delante varias veces, en mi camino para cumplir con varios recados mañaneros. 

Y no lo sabe, pero al final cedí, creo que al recuerdo de una tarde en Madrid:

 - Negre, nos volveremos a ver y entonces pasearemos y comeremos castañas juntos...


     

lunes, 30 de noviembre de 2015

Hoy es el cumpleaños de Niña Pequeña (van 9)

Mamá.

- ¿Hum?

- Mamá, dame una pista sobre mis regalos -me dice con los ojos luminosos.

- No puedo, Niña Pequeña, ¡que entonces no serían sorpresa! -le digo, sonriendo.

- Ah. Claro... -me dice, pensativa. 

...

- Mamá.

-¿Hum?

- Mamá, creo que las sorpresas hoy me gustan solamente a medias -me dice, mientras le señala a su oso de peluche favorito los años que hoy cumple: 9 años de noches de otoño frío e invernal. 9 años de una vida por empezar. 


 

lunes, 9 de noviembre de 2015

El sabor de las mitades de manzana.


Marcos extiende la mano hacia la bolsa que su abuelo le presenta, blanca, pequeña y que antes debió de ser de aquellas de farmacia; la introduce y saca, radiante, una manzana amarilla y de aspecto jugoso. El abuelo, que, evidentemente, está preparado y se encarga una tarde sí y otra no -o sí- de sus nietos, la corta con un cuchillo limpiamente por la mitad, entregando una parte al niño y otra a la niña.

La pequeña es toda rizos y falsa plisada de colegio privado; un gran lazo adorna la coleta que le hizo su madre por la tarde y balancea cadenciosamente sus zapatos escolares desde el asiento del vagón del Metro. El abuelo le tiende la mitad de la manzana, hermana de la parte que el niño masca y saborea a dos carrillos. 

- Ten cuidado, Marcos. -le dice, mientras muerde - No te comas las semillas. 

El hermano la mira, mordisqueando el borde del corazón de la manzana. 

- Si te comes las semillas, te explico: te crecerá una planta aquí dentro...

 

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Una historia de trenes.

Me recordó a mí misma años atrás, cuando comenzó mi particular lucha con Popistar para dar de baja el módem usb, tarea que parecía imposible por lo ardua y áspera, o cuando, más recientemente, me debatí al filo de la invisibilidad cibernética: 

- Hola, buenos días. 

- Hola, dígame en qué puedo ayudarle.

- Quería dar un aviso por una incidencia de mi módem... Sí... Espero... Claro, claro, a este otro número... Sí... No: he llamado varias veces. Sí... No: no hay conexión. Sí. Sí... Claro, les da señal de que va bien, pero no...

Joven, morena, moderna, de edad indefinida, en esa neblina que hay entre los veintitantos y los treintapocos, de bolso grande que parece mochila o zurrón quijotesco, móvil en ristre, leggings antiguos, pierna flaca y sin perro corredor. El vagón de tren disculpando la conversación con miradas curiosas.

- Vamos a ver -dice ella-, he llamado ya varias veces, quiero saber el estado de mi traslado.

Acompaña un silencio, un segundo, ella abre grácilmente -como sólo pueden hacerlo ellas, las de entre veintitantos y treintapocos- un barrita moderna y energética, chocolate, muesli, todo herbolario y naturaleza pegajosa. 

- Sí... Ya he llamado más veces, sí, al número indicado, sí. No... No... 37. 64. 

Medidas que barruntamos no son las de los leggings -aunque podrían serlo, a la vista de sus también moderna y esbelta cintura, veintitantos, treintaypocos

- Me va a decir usted que no he llamado yo a ese teléfono ya. Que me he mudado, oiga, que quiero saber cómo va mi traslado.

Internet. La gloria de la nube. La red galáctica. Popistar. Mi infancia cibernética son recuerdos de un módem sin Sevilla.

- ¿Sabe que le digo? Que me doy de baja. Que llevo ya dos semanas así, que ya está bien. 

Presuponemos que la cosa no ha ido bien. La joven -morena, moderna, veintitantos, treintapocos, 37, 64- hace gestiones con su teléfono tras colgar, mientras masculla injurias, quejas y lamentos que nadie escucha al final de la línea. Una hebra de solidaridad y empatía me encoge el corazón, mientras levanto la vista de mi libro.

- No conseguirás nada por teléfono: escríbelo en Twitter. Las redes sociales, su poder, hazlo público. ya verás -le digo, experimentada clienta insatisfecha. Me mira con sonrisa de medio lado, como quien reconoce en el otro a un compañero de camino y fatigas.

- ¿En serio?

- En serio. Hazme caso. Me lo arreglaron a mí en dos días. La red es muy fuerte. 

Me da las gracias, moderna, urbanita, entre veintitantos y treintapocos. Casi le hubiera pedido que me buscara en la red, para seguir la historia, para escribir sobre ella. 

 

sábado, 5 de septiembre de 2015

Hoy, día sin coche.



Hoy fui andando por la calle. Sí. Como suena: tap, tap. Tap, tap. Y la acera era más gris que otras veces, las hojas de los árboles, más amarillas, luciendo ya otoño, el cielo más azul, la gente, más densa. Notaba el vaivén de la mochila en la espalda y oía las espirales de agua de mi botella y hasta el aire hizo un remolino de papeles y bolsas... Caminaba -tap, tap, tap, tap- y el sol brillaba, la calle bullía, un niño arrastró a su madre y hasta me pareció que respiraba...

   

lunes, 31 de agosto de 2015

¿Hay maleducados al volante?


Su cara rezumaba odio: lo vi desde el retrovisor del Negrevercarruaje. Se agarró al volante con la mano izquierda crispada, mientras que con la derecha me señalaba con un índice acusador y sus labios se fruncían una y otra vez en un cúmulo de palabras malsonantes apelotonadas. Lo vi todo, aunque fue por casualidad. 

Oí el motor de su coche -uno pequeño, en gris metalizado, un modelo antiguo, pero que era el coche de ella, pues, seguro él tendría otro más grande, más digno, más- acelerando aún antes de que ella pisara el pedal derecho con furia incontenida, y adiviné que no pondría ni el intermitente para indicar al resto su intención de adelantarme, sin mirar la línea contínua y el horizonte lleno de curvas peligrosas. Se había encontrado conmigo, miserable, en su insignificante vida de conductora de un utilitario y en una carretera secundaria venida a menos. 

Rugió, sí, arañando el asfalto sin dejar marcas, el humo negro y denso del tubo de escape y su rabia envolviéndola como en una niebla demoníaca... 

- Negre, parece que esa de ahí se ha enfadado un poco contigo -dice Él, tranquilo. 

- Eso creo -digo, mirando de nuevo al semáforo, esperando que se pusiera en verde...


 

lunes, 13 de julio de 2015

Estimado Ratón Pérez (otra vez)

A la atención del Sr. D. Ratoncito Pérez. C/ Arenal, 8, (Madrid, España)


Muy sr. mío: 

Por la presente le comunico que, tal y como se preveía para hoy, esta mañana Niña Pequeña se ha visto mermada de una nueva pieza dentaria, concretamente, de un canino inferior izquierdo, que venía ya desestabilizándose desde hacía dos semanas y que, finalmente, ha cedido a la fuerza generada por la correspondiente pieza de repuesto sita aún en el interior de la encía. Se da la circunstancia, además, de que esta tarde la dentista y ortodoncista revisará, una mes más, la evolución bucodentaria de la joven.

Ruego tenga presente este hecho, una vez más, a fin de depositar un pequeño presente en la habitación de Niña Pequeña, la cual, a tal efecto, ha dejado ya preparado un espacio para recibir el tradicional regalo, como viene siendo habitual desde hace unos años. Con vistas a agradecer su trabajo nocturno podrá encontrar un pequeño aperitivo para reponer fuerzas, que esperamos sea de su agrado. 

Agradeciendo de antemano su visita, le saluda

   

jueves, 9 de julio de 2015

¿Hay erizos en tu colegio?



Se agolpaban dos pequeños y su madre, vigilante, alrededor del animal, como protegiéndolo o no sabiendo muy bien qué hacer, porque era terreno del colegio, la rampa de entrada con los coches, la entrada principal, allí donde tantas veces decimos:

- De la valla verde hacia dentro es cosa nuestra...

Pero lo decimos con la boca pequeña, aunque llenándonos el paladar de autoridad fingida, a fin de que padres y madres de retoños nos dejen hacer el poco trabajo que ya se nos permite: hacer como que enseñamos a adolescentes aniñados que prefieren ser mimados y consentidos...

No es la primera vez que animales entran en el colegio; dos veces, hace ya tiempo, una valiente salamandra se acurrucó en un rincón de la escalera, territorio hostil donde los haya, aguantando el corrillo de jóvenes que no han visto de cerca un ternero, mucho menos un anfibio o un pequeño mamífero. Pero este se acurrucaba sobre sí mismo, enroscándose protector en púas suaves al tacto discreto de los niños y el hocico camuflado entre sus patas. 

- Habrá que llamar al Seprona, porque a ver qué hacemos con este animal, que encima, seguramente estará herido... -dice alguien, tecleando ya en el teléfono. Uno del grupo ya le ha puesto nombre: ya es nuestro. Avisan que vendrán a recogerlo, que llamarán para informar de su evolución. 

Llamo a Niña Pequeña, buscando la foto del erizo en mi teléfono. 

- Ven, mira quién estaba hoy en la puerta del colegio -le digo, enseñándole el retrato del pequeño animal.

- Mamá -dice.

- ¿Hum?

- Mamá, es que es normal que esto pase en mi colegio, porque hay un bosque -dice, correteando de vuelta a su cuarto, sus juguetes, a dar clase a sus muñecas. 

Es cierto.

Hace unos días defendí en el patio mi merienda del ataque de dos ardillas...


 

martes, 2 de junio de 2015

¿Qué haces con el tiquet del parking?

Frenar el Negrevercarruaje suavemente, equilibrar pie derecho, caja de cambios, la ventanilla que baja automáticamente, el botón que es apretado, el tiquet del garaje y salpicadero. La tentación vencida de sujetar la tarjeta con la boca, como en un suave beso apresurado, como si no fuera posible alargar la mano para dejarla: la prisa por seguir, levantar el pie del freno, acelerar ligeramente, subir -o no- la ventanilla, buscar dónde aparcar en este parking cercano a la estación.

     

domingo, 19 de abril de 2015

¿Cómo suenan los números?

Mamá -llama Niña Pequeña desde su asiento especial, trasero, en el coche. 

- ¿Hum? -digo.

- Mamá, a veces me gusta el seis. ¿Cuál es tu número favorito? -afirma y pregunta; la miro por el espejo retrovisor: está observando el camino a través de su ventanilla.

- No lo sé, Niña Pequeña: nunca me he parado a pensarlo. ¿Por qué te gusta el seis? -le digo, consciente de que hacerle una pregunta tendrá como resultado un torrente de respuestas...

- Porque, mira cómo suena -dice, irguiéndose levemente-: el seis suena suave. ¿Ves?


 

miércoles, 18 de marzo de 2015

Un viaje de perfume rancio.

Creo que conseguí a tiempo apartar el olor acre de mi mochila, aunque parte de él se quedó impregnado en sus tirantes; lo sentí como vaharada: aguda, amarilla y pestilente, como de quien huye del agua y el jabón, pero claudica al sentarse en el tren, tres asientos más atrás, y su presencia es miasma o pantano -aún no sé muy bien. Lacerante olor, lanza en astillero y adarga antigua, acerado, punzante y sutil hasta lo más hondo de la pituitaria, ofensa olfativa e insulto ciudadano de días sin higiene... Ni el libro que descansaba me libró de ahondar en lo que no era perfume y sí escarnio o afrenta decimonónica...
 
 

sábado, 14 de marzo de 2015

Nieva en primavera.

Ayer nevaba, aunque no en cualquier sitio: en la acera de la izquierda, justo en el chalet que tunean y tunean, al que alguien añade cada mes unos ladrillos en la tapia o unas baldosas en cualquier punto de su amplio jardín. Nevaba en blanco y rosado junto a los botones verdes improvisados de la primavera: nevaba en dulce y se caían tristes los copos y se quedaban las ramas ásperas. Nevaba como en alas trasparentes y delicadas de insecto y dejaba tirantes los árboles... Se anunciaba primavera y los almendros se despistaron, sin darse cuenta...




 

martes, 10 de marzo de 2015

Clientes y educación.

Cuando entró el control de Calidad en los centros educativos las familias dejaron de llamarse para nosotros, profesores, "el padre y la madre de..." para convertirse en clientes, y sus hijos, otros clientes. Hoy he hablado con varios de ellos y me dejaba llevar desde el inicio de la mañana hasta la lenta tarde.

- Hola, Negre. Vengo en realidad a hacer terapia, porque esto es muy difícil -me dice una.

- ¿Qué es difícil? -le digo, aunque me lo imagino: es complicado ser madre de un adolescente o convivir con el cliente pequeño que dejó de serlo...

- Mi hijo, mi hijo, Negre, que ya no sé qué hacer, que mi niño... -empieza.

- No es ya tu niño, cliente, que ahora es adolescente y no quiere normas, pero sí orden, y prefiere que no le digas lo que tiene que hacer, pero sí que le indiques cuándo hacerlo -la interrumpo, riendo por dentro, sonriendo por fuera. 

- Ay... Y cómo pasa el tiempo...

- Y qué rápido -la animo, en la terapia, mientras cierro el cuaderno de notas, porque hoy no es tema.

- Mucho, Negre, mucho... -se lamenta.


Los clientes pequeños también hablan, y me dejan sus tejados, sus cimientos, sus ruinas y a veces hasta su alma, si me descuido, y se me escurre entre el estuche y la agenda de aula.

- Gracias -me dice, una antigua alumna. 

- ¿Por qué? -pregunto, poco acostumbrada...

- Por hacerme sentir que vuelvo a casa -contesta, con sus ojos preciosos de largas pestañas y el corazón en la mano. Vino al colegio a hablar con otros alumnos y encontrarse con su pasado.



 

martes, 17 de febrero de 2015

¿Y si evaluamos de otra manera?

Hoy voy a anunciar un pensamiento.

Una reflexión docente. Una de mis últimas conclusiones.

Lo mío de hoy es un secreto a voces, una idea que nos ronda a muchos profesores, un algo que tiene de noséqué como contracultural. Un sinsentido, para muchos. Una duda, para otros. Una puerta entreabierta. Una posibilidad. Un noatreverse por si acaso. Una razón para ser un bichoraro. Una conversación oculta en la sala de profesores. Una sonrisa de soslayo. Una afirmación queda en la sesión de evaluación de dentro de dos semanas. Una oportunidad. Una posibilidad. Un grito de guerra. Un reto para la Inspección (des)educativa. Un moda en breve.

Atención.

¿Sí?

Los exámenes no sirven. Sí: los-e-xá-me-nes-no-sir-ven. 

Obsoletos. Olvidados. Fuera de rango. Superados. 

Hay, seguro, otras formas de evaluar, más acordes, que se atengan a habilidades, a capacidades, a las posibilidades de procesar información, a ser realistas en este momento de colonización de lo empresarial en la cosa educativa. Más por eso de trabajar en grupo, ser colaborativo, cooperativo lo llaman. 

Y entonces, ante el próximo -enésimo- cambio educativo que viene, si a los docentes nos piden ser innovadores, mirar habilidades, capacidades, destrezas, ser en grupo... ¿A qué vienen pruebas externas de contenidos memorizables masticados en cómodas preguntas y subapartados?

Y es que alguien debería darse cuenta -lo de caer del guindo de antes- de que los profesores y los alumnos somos los que estamos en las aulas. 

No los políticos. 

Qué país. 

Y ya me callo.