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miércoles, 30 de noviembre de 2016

Hoy Niña Pequeña cumple diez años

Mamá -llama Niña Pequeña. 

 -¿Hum? -pregunto, levantando levemente la mirada de la pantalla del ordenador. 

- Mamá -dice-. Me acosté con nueve años y hoy me he despertado con diez -indica, como solamente puede estar orgullosa quien cumple años y decenas...

Y es por eso que hoy se reestrena aquella mañana brillante de sol y calor en un final de noviembre de hace diez años, dos días después de cuando se la esperaba. 


 

jueves, 3 de noviembre de 2016

¿Cuánto influye un profesor?



Hace unos días recibí un correo. Claro que esto no extrañará a nadie, imagino, ya que lo inusual sería que hubiera recibido una carta: una carta, sí, de las de antes, con sello y todo, de esas sobre las que hablé a Niña Pequeña:

- Mamá.

- ¿Hum?

- Mamá, que me ha dicho Irene que quiere que le escriba una carta -me dijo, hace unas semanas, con su mejor cara de extrañada.

- ¡Qué buena idea! Yo escribía muchas cartas hace años...

- Claro, pero, ¿cómo se escribe una carta? -respondió, gesticulando nerviosamente...

Hace unos días recibí un correo, decía. Me lo remitía un antiguo alumno y me exponía en ella el disgusto y daño que yo le había provocado días antes, cuando había venido de visita al colegio, acompañando a su novia -otra antigua alumna. Yo, que sí tengo bastante contacto aún con ella, me detuve en el recreo a hablar.

Y eso le dolió. 

No le miré, me escribió. Me había centrado en su novia, y lo comprendía, pero decía no merecerse que no le hubiera hecho caso, yo, que había sido su tutora en el corto periodo de tiempo en el que había estado en el colegio. 

Releí su correo varias veces, recordando la visita, la grata conversación con mi antigua alumna; recordaba dónde nos habíamos sentado en el patio, el árbol que nos hacía sombra, la compañía de otra alumna que estaba conmigo en ese momento... Percibía en mi distancia la figura de él, en segundo plano, mirándome de reojo. 

Y lo que me dolió a mí, sí, lo que me hizo daño al releer entre líneas que no había sido protagonista de una conversación conmigo, es que yo no le había reconocido. Yo no sabía quién era, pues los rostros de los miles de alumnos que han pasado por mis clases se mezclan a veces en un cúmulo de adolescentes a los que luego pierdo...

No recordé a Álvaro, y así se lo dije, lamentando mi falta: no reconocerle, no haberle vuelto a pasar por el corazón. Días después recibí una respuesta llena de cariño, como una mano que espera empezar de nuevo...

- Mira, Negre, te mando además una foto de aquella tutoría, para que nos pongas cara a todos de nuevo, para que sepas quiénes somos, porque, al verla, me he dado cuenta de que sé sus nombres, que fueron importantes para mí. 

Y supe quiénes eran. Les puse cara, gestos, bromas y recuerdos, sacados de un baúl de hace siete u ocho años... Las letras de Álvaro en un correo que no he borrado, porque estos días lo he vuelto a releer, a pesar de haberle contestado para empezar de nuevo, sintiéndome una vez más eslabón de una cadena y testigo privilegiado de una vida que se ha cruzado con la mía: 

- Quiero que sepas, Negre, que fuiste importante. Que aprendí cosas de la vida real escuchándote. Aunque yo no fuera tu mejor alumno. 

Acababa su correo con un gracias. Acabé mi respuesta con un gracias...


martes, 16 de agosto de 2016

Siete años de blog en la red. Gracias.



Hace unos días mi blog cumplió siete años en la red... Siete años de historias reales, cotidianas, rabiosas, refrescantes, irónicas... Gracias a los que las han leído, a los que pasaron por aquí por casualidad, a los que llegaron conscientemente. Y gracias a sus protagonistas: Él, Niña Pequeña, mis alumnos, mis compañeros de trabajo, mis vecinos, a esos que pasaron un día por la calle y al almendro que hay enfrente de mi casa -porque siempre me anuncia la llegada de la primavera...

Os dejo una selección de las entradas que, en estos siete años, han sido más leídas, no presentadas, necesariamente, por orden de importancia:

  1. Esta fue una tarde única e irrepetible
  2. ¿Puedes abrir tú la bolsa de plástico del súper?
  3. La niña de cari va primero. 
  4. Alba, mi antigua alumna, que nos dijo adiós en el año 2011...
  5. ¿Cómo es un profesor innovador?
  6. Los dulces de Halloween de mi vecina (gracias).
  7. Lo que hay en mi cuaderno de profesora.
  8. Forrar los libros o el inicio de curso. 
  9. Un día especial: un cumpleaños. 
  10. ¿A qué sabe un beso? 


 

jueves, 25 de febrero de 2016

¿Por qué hay que ser amable en el trabajo?



Suele gustarme dar clase... O estar con mis alumnos. O compartir tiempo con niños y jóvenes, más bien, y darme cuenta, cuando miro hacia atrás y vuelvo a encontrármelos: mayores, más altos, quizá algo más maduros y con algún golpe de la vida, años después. Y yo sigo siendo Profe, y ellos los adolescentes que dejé antes de que cumplieran la veintena...: un eslabón en una cadena, algunas frases lapidarias dichas hasta la saciedad -para que se les queden grabadas, como hicieron conmigo cuando era yo la adolescente y ella, mi profesora de Latín de los años nada dorados de Bachillerato. 

Como dice una de mis compañeras de trabajo, esto no es ir a la mina, pero desgasta: la cabeza, el cuerpo, las horas dedicadas sin esperar fruto, el tiempo de preparación de clases, los fines de semana robando tiempo a la familia para entregarlo -porque sí, porque cómo no- a los alumnos a la siguiente semana,... Hace dos cursos -porque los profesores contamos el tiempo por cursos, no por años naturales, y el verano es el tiempo de recordar, olvidar, coger fuerzas, crear, soñar- que decidí que era ya tiempo de disfrutar de mi trabajo, que ya me había aprendido que, con frecuencia, esta profesión no es aceptada socialmente -somos los vagos nacionales, los que no trabajan nunca, los que entran en clase, dicen cuatro cositas sin importancia y volvemos a nuestras casas a seguir vegetando en nuestros carísimos sillones-, que nos quieren poco y nos aceptan menos, y que, después de más de media docena de leyes educativas en casi veinte años de profesión, está claro que lo educativo es deseducativo y un arma política más para las campañas electorales. 

Una vez hecha, mental y públicamente, esta declaración de principios y honestidades, llegó el momento de divertirme en el trabajo: dejar atrás lo malo y quedarme solamente con lo bueno -lo que les digo, una y otra vez, a las personas que, de vez en cuando, tengo como tutorandos en prácticas, futuros profesores que ven una puerta abierta a la ilusión y el futuro. Y comencé a divertirme, a reír en las clases y a ver a mis alumnos como pequeños eslabones en mi propia cadena. Y me fue mejor, mira por dónde: sin ansiedades, sin angustias, sin disgustos y con objetivos más alcanzables, personables y cercanos. Disfrutar. Dejarse sorprender. Ir a lo esencial en los contenidos y a lo importante en lo personal. 

Me lo recordaba ayer una alumna de 1º de ESO, recién aterrizada en la adolescencia:

- Profe: me gustan tus clases, porque eres la única que entra en clase sonriendo.

Y con eso, dijo todo. 

 

sábado, 16 de enero de 2016

Los olores tienen que ver con los recuerdos.

Hoy me rodeó su olor a hojas de otoño y calor de madera requemada: en la esquina, justo delante del Banco aquel en el que nunca entro, porque una vez se rieron de mí al hablar de mi casa. Justo ahí, esquina con esquina, en el cruce de semáforos que más veces he atravesado en mi vida, en ese mismo sitio esta mañana apareció -para mí, de repente-, la castañera.

Tapada con una manta que no era de cuadros, como las que una castañera que se precie lleva siempre, pero enfundada en gorro y chal, ella no sabía que el aroma de su dulce es para mí el recuerdo de alguien al que hace años que no veo y cuya ausencia a veces me acompaña con un dolor quedo, de esos nostálgicos de tarde otoñal y leche caliente acurrucada... 

No lo sabe, pero quise resistirme -indómita, troyana- a la tentación de la carnosa pulpa caliente y la cáscara ennegrecida por el humo, y por eso pasé por delante varias veces, en mi camino para cumplir con varios recados mañaneros. 

Y no lo sabe, pero al final cedí, creo que al recuerdo de una tarde en Madrid:

 - Negre, nos volveremos a ver y entonces pasearemos y comeremos castañas juntos...


     

martes, 15 de diciembre de 2015

De despedidas anónimas y madrileñas

Adiós.



Las vi por última vez hace una semana; coincidí con ellas, paso a paso, durante todo un largo año: inmutables en las tardes de recogida de los lunes y miércoles, línea 6 del Metro de Madrid. Y me recordaban a la Tíamagda, por lo arregladas e impecables: el cabello peinado como si no fueran las nueve de la noche y sí las de la mañana, las blusas de vestir sin arrugas y el color del atuendo acomodado.

Los últimos meses esperaba ya encontrarme con ellas... Nunca me saludaron, aunque yo acoplé siempre mi paso al suyo al llegar al largo pasillo del cambio de línea: sabía que en la curva se pararían un momento, lo justo para que yo pudiera alcanzarlas y calcular así el tiempo que quedaba para llegar al siguiente tren. Porque nunca, ninguna semana de estos meses, dudé de su puntualidad serena y medida, la de la calma de quien ha convertido en rutina el fin de la jornada: las mismas personas, la misma hora y los mismos comentarios sobre -¡qué sé yo!- compañeros de trabajo y chismes varios.

No pude despedirme de ellas, aunque yo sabía que ese momento llegaría y ya no vería sus cabellos rubios de mayor ni me sorprendería por el tono rojo atrevido de una de ellas. 

- Negre, deberías decirles adiós el último día que tengas que hacer ese viaje -me dijo mi amiga una mañana, entre carpetas y tizas de la sala de profesores.

- ¿Cómo iba a hacer yo eso? -pregunté, sorprendida: no me gusta hablar en público, no me gusta lo que no puedo controlar. No me gustan las sorpresas. 

- Porque escribirás sobre ellas para retener el momento y no lo sabrán... -me respondió, serena como siempre.

La última tarde se cumplió hace hoy casi una semana. Era miércoles y lo que me llevaba, semana tras semana, a un barrio alejado de Madrid, llegaba a su fin; confiaba verlas, acomodar el paso silencioso de mis zapatillas de cuero al taconear firme de ellas y despedirme de cada una -pareja de compañeras, amigas al fin y al cabo, por lo que lunes a lunes pude observar- mentalmente. Pero no las vi y caminé sola por el pasillo, tomé la curva rodeada por desconocidos y las busqué en el asiento de piedra de la derecha, en el que las tres nos sentábamos a dejar pasar los cinco minutos de espera: ellas, hablando del día, yo, leyendo acompañada por ellas...


    

lunes, 30 de noviembre de 2015

Hoy es el cumpleaños de Niña Pequeña (van 9)

Mamá.

- ¿Hum?

- Mamá, dame una pista sobre mis regalos -me dice con los ojos luminosos.

- No puedo, Niña Pequeña, ¡que entonces no serían sorpresa! -le digo, sonriendo.

- Ah. Claro... -me dice, pensativa. 

...

- Mamá.

-¿Hum?

- Mamá, creo que las sorpresas hoy me gustan solamente a medias -me dice, mientras le señala a su oso de peluche favorito los años que hoy cumple: 9 años de noches de otoño frío e invernal. 9 años de una vida por empezar. 


 

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Una historia de trenes.

Me recordó a mí misma años atrás, cuando comenzó mi particular lucha con Popistar para dar de baja el módem usb, tarea que parecía imposible por lo ardua y áspera, o cuando, más recientemente, me debatí al filo de la invisibilidad cibernética: 

- Hola, buenos días. 

- Hola, dígame en qué puedo ayudarle.

- Quería dar un aviso por una incidencia de mi módem... Sí... Espero... Claro, claro, a este otro número... Sí... No: he llamado varias veces. Sí... No: no hay conexión. Sí. Sí... Claro, les da señal de que va bien, pero no...

Joven, morena, moderna, de edad indefinida, en esa neblina que hay entre los veintitantos y los treintapocos, de bolso grande que parece mochila o zurrón quijotesco, móvil en ristre, leggings antiguos, pierna flaca y sin perro corredor. El vagón de tren disculpando la conversación con miradas curiosas.

- Vamos a ver -dice ella-, he llamado ya varias veces, quiero saber el estado de mi traslado.

Acompaña un silencio, un segundo, ella abre grácilmente -como sólo pueden hacerlo ellas, las de entre veintitantos y treintapocos- un barrita moderna y energética, chocolate, muesli, todo herbolario y naturaleza pegajosa. 

- Sí... Ya he llamado más veces, sí, al número indicado, sí. No... No... 37. 64. 

Medidas que barruntamos no son las de los leggings -aunque podrían serlo, a la vista de sus también moderna y esbelta cintura, veintitantos, treintaypocos

- Me va a decir usted que no he llamado yo a ese teléfono ya. Que me he mudado, oiga, que quiero saber cómo va mi traslado.

Internet. La gloria de la nube. La red galáctica. Popistar. Mi infancia cibernética son recuerdos de un módem sin Sevilla.

- ¿Sabe que le digo? Que me doy de baja. Que llevo ya dos semanas así, que ya está bien. 

Presuponemos que la cosa no ha ido bien. La joven -morena, moderna, veintitantos, treintapocos, 37, 64- hace gestiones con su teléfono tras colgar, mientras masculla injurias, quejas y lamentos que nadie escucha al final de la línea. Una hebra de solidaridad y empatía me encoge el corazón, mientras levanto la vista de mi libro.

- No conseguirás nada por teléfono: escríbelo en Twitter. Las redes sociales, su poder, hazlo público. ya verás -le digo, experimentada clienta insatisfecha. Me mira con sonrisa de medio lado, como quien reconoce en el otro a un compañero de camino y fatigas.

- ¿En serio?

- En serio. Hazme caso. Me lo arreglaron a mí en dos días. La red es muy fuerte. 

Me da las gracias, moderna, urbanita, entre veintitantos y treintapocos. Casi le hubiera pedido que me buscara en la red, para seguir la historia, para escribir sobre ella. 

 

sábado, 2 de agosto de 2014

La piscina tiene tesoros.

Cuando era pequeña -es decir: cuando yo era una Niña Pequeña- iba con frecuencia a la piscina de TíaMaríadolores; era grande, rectangular, rodeada de hierba y con pocas sombras cerca, cosa que no importaba mucho porque yo sólo me dedicaba a estar en las soleadas olas de agua clorada, mientras mi tía se horrorizaba por mis yemas de dedos arrugadas y el tiempo pasado en el agua.

Imagino que ella se sentía responsable de su única sobrina, mientras mis padres, imagino, harían una tarde de vida ausente de hijos y preocupaciones varias. Por eso mi tía acababa asomándose al borde marrón y redondeado de la piscina, dejando claro a su sobrina -yo- que ya era la hora de salir, cambiarse y merendar, amén de que cuando los dedos se arrugan por efecto de la humedad es el momento ineludible de abandonar el agua. Innegociable hasta el día de hoy: las yemas de los dedos son como el reloj water resistant de la infancia.

Y yo salía del agua, claro, pero escondiendo los tesoros encontrados en lo más profundo del subsuelo acuático: unos cuadrados azulejos en color azul, que no tenían más utilidad, evidentemente, que esperar a ser arrancados por los niños, como espléndidos zafiros de las paredes o del suelo de la piscina.

Hoy encontré nuevos tesoros en un parque. No había piscina, no había subsuelo, no había niños y no estaba mi tía, pero estoy segura de que Niña Pequeña -esta vez no yo, sino ella- sabrá apreciar el tono rosado de las nuevas joyas, que no serán zafiros, sino cuarzos rosas...


 

sábado, 15 de marzo de 2014

Un gesto revolucionario en la cocina es... (2)

Hoy, como todos los sábados en los que Niña Pequeña y yo nos quedamos solas y comemos juntas, he cocinado espaguettis con nata. No me gusta cocinar, no disfruto nada con los tejemanejes domésticos y no me aclaro con esta química casera de mezclar ingredientes, así que las pocas comidas que preparo yo son de emergencia, de batalla de guerra del Vietnam, en ausencia de Él.

Y no es la primera vez, sin embargo, que hago gestos revolucionarios en la pequeña cocina de mi más pequeña casa: pequeños detalles que se revelan grandiosos y me hacen remontar un peldaño más en mi conquistada independencia. 

No es difícil hacer esos espaguettis, que son siempre para mí recuerdo de mi amigo Óscar, que sé que me lee a veces desde Honduras, y que me trasladan en el pasado a la tarde-noche de cada jueves de hace dieciséis años, cuando, por costumbre en la casa, cocinábamos para los demás, los dos solos, sin hablar mucho, pero acompañándonos siempre. Queso, jamón, nata, pasta, pimienta, unas vueltas y Niña Pequeña va poniendo la mesa. 

Y es ahí, en el precios instante en el que la pasta toca, redonda, ocre, aún dura, el agua burbujeante, cuando me acuerdo de mi madre: ella, que siempre decidía cortar en dos o tres partes cada uno de los espaguettis hasta convertirlos en poco más que fideos; así, porque ella era de esta manera, dictatorial en la cocina, intolerante en las costumbres. 

- ¿Por qué cortas la pasta, mamá? -le preguntaba yo, escondido medio cuerpo tras la puerta de la cocina. 

- Porque me da la gana -respondía ella, que siempre fue mala madre y nunca supo de ternura. 

En ese preciso segundo he echado revolucionariamente cuatro nidos de pasta, bien larga y ancha, dejándolos reposar brevemente, sin trocearlos, en un gesto que recordarán los invisibles ojos que me observan cada día, conquistando un diminuto fragmento más de mí misma, alejando de mi casa el fantasma non grato de la que era mi madre. Porque me gustan así, mira por donde, porque Niña Pequeña se entretiene con ellos en el tenedor. Porque son mis espaquettis, mi nata, mi jamón, mi aceite y pimienta, mi Óscar.


viernes, 10 de enero de 2014

Usar tuppers es un problema en la cocina.



Primo Número Cinco dice que no puede haber nada peor para un matrimonio que un tupper; una colección de útiles, herméticos, decorativos, coloristas y, francamente, necesarios tuppers

Creo que Prima Cónyuge Número Cinco no opina igual, porque ella es una mujer práctica y asentada, que quiere profundamente a Primo Número Cinco, pero que sabe de las delicias culinarias que un buen tupper puede esconder durante días en su interior, de la comodidad de que sea lavado en el lavaplatos y de que permita, además, escribir despacio y con buena letra el contenido y la fecha de envasado para reposar después, pacientemente, en alguna esquina del congelador. De hecho, recuerdo los tupper aplanados y rectangulares, de tapa azul, en los que Primos -ambos Número Cinco-, desplegaban en la mesa redonda de una de sus casas, allá cuando yo no conocía a Él e iba a visitarlos unos días. 

Asombrada ante la categórica afirmación de Primo Número Cinco, mi cara debió de ser un poema o relato fantástico que le dejó durante unos segundos -pocos- sin habla. Los suficientes para aseverar, con sonrisa seria y chispeantes ojos: 

- Prima De Madrid, lo malo de los tuppers no son su existencia, sino el armario de la cocina donde se guardan. Y eso, sin duda, mina a un matrimonio. 

Me quedé arrinconada ante la sencillez de sus palabras.

Un rayo había cruzado mi pensamiento: la imagen precisa del armario de doble puerta blanca donde descansan sin control y en total anarquía, los tupper de mi cocina...

 

domingo, 5 de enero de 2014

Carta a SS.MM. los Reyes Magos.


A la att. SS.MM. Reyes Magos 
Palacio (Oriente) 

 Estimados Reyes Magos:

A la llegada de la presente, espero que hayan tenido un buen viaje hacia Occidente, y que sus camellos y carrozas no se hayan visto muy afectados por las intensas lluvias que llevamos sufriendo por aquí desde hace cinco días. 

Me es grato comunicarles que ya está casi todo preparado en casa, quedando sólo pendiente la elección de los vasos o tazas para su pequeño aperitivo nocturno; los dulces y galletas estarán, como siempre, en el salón, para que gusten un pequeño detalle y puedan tomarse unos minutos de descanso. Él y yo nos encargaremos, una noche más, de que Niña Pequeña se acueste temprano y se duerma lo más tranquilamente posiblemente -ya sabrán ustedes que últimamente sufre muchas pesadillas-; ella aún no sabe que Sus Majestades existen realmente, y piensa aún que son producto de la magia y la ilusión. Nuestras peticiones están ya redactadas en una carta especial, y Niña Pequeña ayer le entregó la suya a uno de sus Carteros Reales, de manera que habrán podido apreciar que ha mejorado algo la letra de alumna de Primaria que tiene y que ha coloreado el dibujo que les ha dedicado con especial cuidado. 

Les agradezco un año más que se vayan a molestar en pasar por casa. Por favor, les ruego que no se olviden de todos aquellos que el año pasado tuvieron alguna mala noticia, y que esta noche, la más ilusionante del 2014, todos los niños puedan recibir, al menos, un pequeño detalle. 

Saluden al Niño de mi parte. 

Un abrazo,

      

sábado, 30 de noviembre de 2013

Feliz cumpleaños, Niña Pequeña.

Mamá -llama Niña Pequeña.

- ¿Hum? -respondo, desde el otro lado del pasillo.

- Mamá: siete años son todos los dedos de una mano y dos de la otra -afirma, más que pregunta.

- Exacto -resuelvo yo, mientras extiendo la colcha de la cama. Recuerdo hoy, perfectamente, que hace siete años exactos Niña Pequeña nacía en una madrugada fresca.


     

jueves, 8 de agosto de 2013

La mejor prueba de afecto.

Muerte agarró casi por sorpresa. Sería necedad o mentira o todo a la vez o locura o insensata esperanza, si dijera que no esperaba la noticia, y ahora la ausencia duele un poco cuando veo su foto en mi estantería, rodeados todos por esa atmósfera de los que viven lejos y se reencuentran -cuchicheos, abrazos, buenas palabras, planes de bienvenida- un tiempo breve para ponerse al día y esperar a la siguiente vez de otra visita. Podría decir que fue una lucha que viví desde la distancia que separa un teléfono de otro, 663 kilómetros, sin querer ver que él ya había escrito su dedicatoria final. 

TíoAdolfo está ahora en el mejor de los lugares posibles.

    

domingo, 28 de julio de 2013

Carta a Maruja (29): ensaladilla

La ensaladilla es uno de mis platos favoritos; pocas cosas pueden superar el placer que me produce paladear la mayonesa uniendo cada uno de sus pequeños ingredientes. Y he tenido que contárselo a Maruja, porque, mientras preparaba mi comida de hoy, me he dado cuenta de que este, sí, es un plato que puede hacer tambalear el pequeño orden familiar. Lee aquí

 

domingo, 27 de enero de 2013

Un gesto revolucionario en la cocina es...

En la balda superior de mi frigorífico hay ahora tres tuppers de embutido.

- ¿Desde cuándo compras embutido, Negre? -pregunta Él, extrañado y encantado, mientras se prepara un sándwich de mortadela de aceitunas. 

- Es para las meriendas de Niña Pequeña -contesto, consciente de que la mortadela esa, de aceitunas, no es mortadela ni aceitunas y mi amiga Clara no la compraría nunca, tan amante del tofu y la cultura vegetariana...

Pero los tuppers de embutidos -verde y blanco, naranja y blanco, azul y blanco-, los tres -tres tuppers, tres- son más que merienda empotrada de cinco de la tarde. Son una reivindicación silenciosa que nunca admitiré en público, porque no hay público, lo sé, que pueda empatizar y ponerse en mi lugar. 

- Mamá -llamaba yo por la tarde, entre deberes de Matemáticas y de Lengua.

-... -y es que mi madre nunca hablaba.

- Mamá, ¿por qué tú nunca compras embutido para la merienda?

- Porque en esta casa os lo coméis todo y estoy harta de que se acabe -respondía ella, sin levantar la vista del periódico o de la pantalla. 

Semejante razón de peso era irrebatible con la labia de mi adolescencia: el porque-sí materno imbatible, acompañado de un porque-lo-digo-yo que me juré jamás repetir, usando a mi madre como el ejemplo que nunca seguiría. 

- Niña Pequeña, hoy tienes de merienda, después del zumo de naranja, bocadillo de chorizo -le digo, mientras ve su serie de dibujos favorita. 

- Gracias, mamá -contesta ella, entre sorbo y sorbo.

 Palabras que jamás oiría aquella, mi madre. Lástima.

 

sábado, 5 de enero de 2013

Todo listo: Día y Noche de Reyes.

Todo preparado. Bueno, casi todo, que nos falta lo de poner el zapato y el pequeño tentempié para Sus Majestades. Pero el resto, sí, el resto ya está: el roscón -relleno de nata y trufa, que no sabía yo qué les gustaba más a Él y a Niña Pequeña y he tomado una decisión salomónica en medio de la cola de la panadería-, la hora de la cabalgata anotada en el calendario de la cocina, las luces del árbol revisadas para la noche y las ramitas del Belén retocadas (que a estas alturas ya empiezan a fallar los detalles naturales por falta de espacio, agua, luz o qué sé yo). Incluso hay una nueva versión de las cartas de petición para esta noche, hechas por Niña Pequeña, con portada incluída y dibujos temáticos. Y el aviso este de última hora, porque el reloj va bien lento hoy: 

- Mamá, hoy no te quedes hasta tarde leyendo, que vienen los Reyes Magos, y si te ven despierta...