sábado, 23 de abril de 2016

¿Qué pasa cuando se acaba algo?

Arde casi la impresora de mi pequeño rincón de trabajo, acumulando papeles interminables...

-¡Es el fin del mundo! -grita Niña Pequeña, mientras se queda -como si nada- sentada con sus muñecas en el cuarto.

...Me oyó decir, rabiosa, que se me había acabado de repente la tinta amarilla...

 

jueves, 25 de febrero de 2016

¿Por qué hay que ser amable en el trabajo?



Suele gustarme dar clase... O estar con mis alumnos. O compartir tiempo con niños y jóvenes, más bien, y darme cuenta, cuando miro hacia atrás y vuelvo a encontrármelos: mayores, más altos, quizá algo más maduros y con algún golpe de la vida, años después. Y yo sigo siendo Profe, y ellos los adolescentes que dejé antes de que cumplieran la veintena...: un eslabón en una cadena, algunas frases lapidarias dichas hasta la saciedad -para que se les queden grabadas, como hicieron conmigo cuando era yo la adolescente y ella, mi profesora de Latín de los años nada dorados de Bachillerato. 

Como dice una de mis compañeras de trabajo, esto no es ir a la mina, pero desgasta: la cabeza, el cuerpo, las horas dedicadas sin esperar fruto, el tiempo de preparación de clases, los fines de semana robando tiempo a la familia para entregarlo -porque sí, porque cómo no- a los alumnos a la siguiente semana,... Hace dos cursos -porque los profesores contamos el tiempo por cursos, no por años naturales, y el verano es el tiempo de recordar, olvidar, coger fuerzas, crear, soñar- que decidí que era ya tiempo de disfrutar de mi trabajo, que ya me había aprendido que, con frecuencia, esta profesión no es aceptada socialmente -somos los vagos nacionales, los que no trabajan nunca, los que entran en clase, dicen cuatro cositas sin importancia y volvemos a nuestras casas a seguir vegetando en nuestros carísimos sillones-, que nos quieren poco y nos aceptan menos, y que, después de más de media docena de leyes educativas en casi veinte años de profesión, está claro que lo educativo es deseducativo y un arma política más para las campañas electorales. 

Una vez hecha, mental y públicamente, esta declaración de principios y honestidades, llegó el momento de divertirme en el trabajo: dejar atrás lo malo y quedarme solamente con lo bueno -lo que les digo, una y otra vez, a las personas que, de vez en cuando, tengo como tutorandos en prácticas, futuros profesores que ven una puerta abierta a la ilusión y el futuro. Y comencé a divertirme, a reír en las clases y a ver a mis alumnos como pequeños eslabones en mi propia cadena. Y me fue mejor, mira por dónde: sin ansiedades, sin angustias, sin disgustos y con objetivos más alcanzables, personables y cercanos. Disfrutar. Dejarse sorprender. Ir a lo esencial en los contenidos y a lo importante en lo personal. 

Me lo recordaba ayer una alumna de 1º de ESO, recién aterrizada en la adolescencia:

- Profe: me gustan tus clases, porque eres la única que entra en clase sonriendo.

Y con eso, dijo todo. 

 

sábado, 16 de enero de 2016

Los olores tienen que ver con los recuerdos.

Hoy me rodeó su olor a hojas de otoño y calor de madera requemada: en la esquina, justo delante del Banco aquel en el que nunca entro, porque una vez se rieron de mí al hablar de mi casa. Justo ahí, esquina con esquina, en el cruce de semáforos que más veces he atravesado en mi vida, en ese mismo sitio esta mañana apareció -para mí, de repente-, la castañera.

Tapada con una manta que no era de cuadros, como las que una castañera que se precie lleva siempre, pero enfundada en gorro y chal, ella no sabía que el aroma de su dulce es para mí el recuerdo de alguien al que hace años que no veo y cuya ausencia a veces me acompaña con un dolor quedo, de esos nostálgicos de tarde otoñal y leche caliente acurrucada... 

No lo sabe, pero quise resistirme -indómita, troyana- a la tentación de la carnosa pulpa caliente y la cáscara ennegrecida por el humo, y por eso pasé por delante varias veces, en mi camino para cumplir con varios recados mañaneros. 

Y no lo sabe, pero al final cedí, creo que al recuerdo de una tarde en Madrid:

 - Negre, nos volveremos a ver y entonces pasearemos y comeremos castañas juntos...


     

jueves, 31 de diciembre de 2015

Adiós, 2015.


31 de diciembre de 2015.
A la att. sr. d. 2015.


Foto de Hautatzen.


Estimado señor:

A la espera de ir agotando las últimas horas de su estancia entre nosotros, aprovecho la presente para agradecerle enormemente su presencia desinteresada y favorable a lo largo de estos doce meses, algunos de los cuales han sido especialmente positivos y dignos de remarcar sus bordes con rotulador; aquellos días del calendario más dignos de pasar bajo el poder de una goma de borrar no se los recordaré, por ser ya cosa del olvido.

Le deseo un buen viaje al otro lado del reloj. 

Atentamente, 

 

martes, 15 de diciembre de 2015

De despedidas anónimas y madrileñas

Adiós.



Las vi por última vez hace una semana; coincidí con ellas, paso a paso, durante todo un largo año: inmutables en las tardes de recogida de los lunes y miércoles, línea 6 del Metro de Madrid. Y me recordaban a la Tíamagda, por lo arregladas e impecables: el cabello peinado como si no fueran las nueve de la noche y sí las de la mañana, las blusas de vestir sin arrugas y el color del atuendo acomodado.

Los últimos meses esperaba ya encontrarme con ellas... Nunca me saludaron, aunque yo acoplé siempre mi paso al suyo al llegar al largo pasillo del cambio de línea: sabía que en la curva se pararían un momento, lo justo para que yo pudiera alcanzarlas y calcular así el tiempo que quedaba para llegar al siguiente tren. Porque nunca, ninguna semana de estos meses, dudé de su puntualidad serena y medida, la de la calma de quien ha convertido en rutina el fin de la jornada: las mismas personas, la misma hora y los mismos comentarios sobre -¡qué sé yo!- compañeros de trabajo y chismes varios.

No pude despedirme de ellas, aunque yo sabía que ese momento llegaría y ya no vería sus cabellos rubios de mayor ni me sorprendería por el tono rojo atrevido de una de ellas. 

- Negre, deberías decirles adiós el último día que tengas que hacer ese viaje -me dijo mi amiga una mañana, entre carpetas y tizas de la sala de profesores.

- ¿Cómo iba a hacer yo eso? -pregunté, sorprendida: no me gusta hablar en público, no me gusta lo que no puedo controlar. No me gustan las sorpresas. 

- Porque escribirás sobre ellas para retener el momento y no lo sabrán... -me respondió, serena como siempre.

La última tarde se cumplió hace hoy casi una semana. Era miércoles y lo que me llevaba, semana tras semana, a un barrio alejado de Madrid, llegaba a su fin; confiaba verlas, acomodar el paso silencioso de mis zapatillas de cuero al taconear firme de ellas y despedirme de cada una -pareja de compañeras, amigas al fin y al cabo, por lo que lunes a lunes pude observar- mentalmente. Pero no las vi y caminé sola por el pasillo, tomé la curva rodeada por desconocidos y las busqué en el asiento de piedra de la derecha, en el que las tres nos sentábamos a dejar pasar los cinco minutos de espera: ellas, hablando del día, yo, leyendo acompañada por ellas...