miércoles, 14 de diciembre de 2011

No voy a luchar contra la persiana.

Se ha roto la persiana del cuarto de Niña Pequeña: exactamente, dos láminas superiores, que permiten pasan mínimamente la luz, pero impiden la apertura total de la ventana. Se ha caído, sí, casi todo el conjunto de la persiana, tras el estor y entre la doble ventana que nos aísla del frío, mientras que el resto se ha liado sobre sí mismo y escondido en el tambor, a salvo de miradas indiscretas. La habitación de Niña Pequeña es ahora un pequeño rincón donde las sombras se intentan adueñar poco a poco del baúl de juguetes y la pizarra magnética, mientras que la luz atraviesa esperanzada entre el hueco de las dos láminas.

- Mamá -llama, mientras se tapa con el edredón rosa, preparada para dormir ya.
- ¿Hum? -contesto, al mismo tiempo que recojo la ropa para la lavadora.
- Mamá, enciéndeme las luces de Hellokitty, que no veo -pide, señalando la fila de minúsculas caritas luminosas que le regaló su padrino por su cumpleaños.

Hoy ganará aliados de colores la luz que se cuela entre las láminas rotas. Abajo brilla la farola del patio comunitario.

lunes, 12 de diciembre de 2011

El juego del tesoro.

Una de las cosas que más me molesta es que me cambien de sitio las cosas en el supermercado. Es como ir a la casa de toda la vida, la de tus padres o la de tus abuelos, y descubrir que la foto aquella ya no está en la tercera estantería de la derecha, que alguien decidió pintar el cuarto azul en blanco sin consultarte a ti antes -que para eso era el tuyo hasta que te fuiste- o poner una cadena de televisión en la que ya no está tu serie favorita.

Por eso esta tarde mi desconcierto al ver las bolsas de patatas enfrente de las latas de atún se volvía en enfado progresivo a medida que avanzaba entre los pasillos. ¿Qué lógica es que la permite colocar el pan de molde en diagonal directa con los refrescos azucarados o deja que una mano invisible esconda el papel de aluminio junto a estanterías repletas de comida para perros? ¿Dónde se ha visto que el agua mineral se muestre ahora impoluta enfrente de los yogures, cuando de toda la vida estaba junto a latas de refrescos y botellas de vino?

Ah, nononono, es que así yo no puedo. Si en el supermercado de emergencia de la cuesta de mi casa ahora juegan conmigo al despiste, no sé dónde vamos a parar. No puedo estar diez minutos buscando la sal que las madres que preparan esta semana el Bar Solidario en mi colegio me pedían como agua de mayo para adecentar las pancetas de los bocadillos. Ni mucho menos tener al final que recurrir a una amable señorita para que me indique con paso ágil, pero cansino, dónde se han guardado estas semanas las dichosas servilletas de papel. Acabáramos.

Y encima, no llevaba bolsita de esta de repuesto en la mochila...

viernes, 9 de diciembre de 2011

Qué bien, a la peluquería.

Querida peluquera:

Le agradezco su interés por querer socializarme hoy con el resto de señoras, señoritas y púberes que estaban esta tarde en su establecimiento. Es posible que mi cara de hastío mal disimulado no haya sido lo suficientemente agradecido ante el esfuerzo que ha realizado; pero ya le he comentado en otras ocasiones que yo, sin gafas, no paso ni una hoja de la revista rosa que me ofrece, y que no puedo seguir las amenas conversaciones de sus clientas -no porque no tenga oídos, sino porque ignoro la vida más personal de papel cuché de sus protagonistas.

Sí, sé que lo ha intentado casi todo para convencerme de la bondad de un leve tinte y de lo mucho que mejoraría mi imagen si me dejara crecer de nuevo el pelo hasta la altura de los hombros. Y que tal vez, seguramente, sin duda -vaya- un nuevo corte de pelo desfilado en lateral sería impactante. Si lo sé, claro. Pero, mire, es que yo estoy muy cómoda con mi corte casi masculino, tal vez por costumbre, ¿sabe?, porque la última vez que tuve el pelo largo fue allá hace más de quince años, y yo soy mujer de ideas fijas, una vez que las tengo claras y bien definidas.

Pero no dude que lo podrá intentar con Niña Pequeña, tranquila, porque a ella le encanta eso de sentarse y verse en el espejo, hacerse muecas y responderse con la mirada lánguida que sólo pueden tener las princesas. Ella ha aguantado bien los tirones de pelo y no ha dejado de tocarse su nuevo corte casi a la altura de los hombros, atendiendo a su gran preocupación, como ha dejado claro:

- Mamá, aunque me corten el pelo, ¿mañana podré llevar coletas?

martes, 6 de diciembre de 2011

Presidente de la patronal, ni se le ocurra.

Estimado presidente de la patronal:

Escucho en la medida que el ruido de mi impresora quema y escupe los papeles que usted no está muy de acuerdo con esto de los días de fiesta de esta semana. He creído oir también que, no sólo propone que las fiestas se cambien a lunes, por no sé qué motivos económicos que justificarían la ventura de movilizar los días de la semana, sino que en esta medida iría incluído el día de Reyes.

Mire usted, estimado presidente de la patronal. Yo no entiendo mucho de economía. Bueno, sí, de la microeconomía de mi casa, que hace que compre marcas blancas y espere a poder oir el tintineo modesto de unos céntimos en mi cartera de final de mes. Ignoro, entonces, si movilizar las fiestas mejoraría el rendimiento económico del país, si sería esta la medida apremiante para solucionar la crisis del largo momento que vivimos. Aunque, ya que estamos, esto de cambiar días de la semana me recuerda a aquello bíblico de querer ser como dioses; no podemos dejar el empeño de manipular a los de nuestro alrededor, que aspiramos a cambiar también de sitio los días de la semana.

Pero que mi hija, sí, que Niña Pequeña no pueda disfrutar de su día de Reyes, de su abrir los regalos el día 6 de enero, de romper de manera impulsiva los papeles brillantes que se resisten, de no saber bien por qué paquete empezar, de no poder comprobar después que la magia ha hecho que los camellos se hayan bebido el agua, Sus Majestades la leche y sólo quede un resto de galleta mordisqueada en el plato bajo el árbol y junto al Belén. Por ahí sí que no paso, estimado presidente de la patronal. Y ya le aviso que, si su medida se llevara a cabo, Niña Pequeña el 6 de enero, fuera martes, jueves o santo viernes, no iría ese día al colegio. Y mire que yo soy profesora, ¿eh? Porque el día de Reyes es sagrado, ¿sabe?

Tal vez usted no tenga ya hijos pequeños, es muy posible que no tenga el miedo metido de no poder escuchar los céntimos de los que le hablaba antes -porque no me cabe duda de que el ruido del papel en su billetera seguro que suena distinto. Pero en aras de mejorar la economía nacional, aumentar la productividad de una semana cuyas festividades caen en martes y jueves una vez cada siete u ocho años o por mejorar el sonido de su billetera, por eso, estimado presidente de la patronal, por ahí no paso. Entiéndase con los Bancos, con sus sesudas señorías, con sus ocupadísimos colegas de duro trabajo. Pero el día de Reyes de mi hija, ese, ni se le ocurra tocarlo.

Un saludo.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Catorce horas durmiendo.

Noté la primera dentellada el viernes, entre la primera y la segunda clase. Estaba sola, yo entre la mesa y la silla, la carpeta de las notas abierta descuidadamente a un lado y los trabajos pendientes por corregir desparramados desordenadamente encima del escritorio. Supe que debía ser más rápido que él y me arrastré hacia la tableta de pastillas para el estómago: una ahora, rápido, y otra dentro de sesenta minutos, justo antes de comenzar la siguiente clase.

Los afilados dientes se conviertieron pronto en una pinza que me fulminó la boca del estómago hasta bien pasada la cuarta hora de clase; los alumnos de mi tutoría fueron conscientes de que no podía más.

- Tienes mala cara, profe -me dijo una.
- Lo sé -le contesté, apretándome sin disimulo donde el frío de las punzadas era mayor-, pero resistiré.

Una madre quiso saber de su hija después; me revolví en mi asiento mientras enumeraba los porqués de comportamientos y notas. Las punzadas eran cada vez más agudas, concretas, lacerantes. No podía abusar de nuevo de mis pastillas, condenada por hoy a engancharme al aluminio que otras veces me ha permitido aguantar.

- Tienes mala cara -me dice una compañera-. ¿No te vas a casa?
- No -contesto, intentando suavizar mis pasos para que la mordedura sea menor-, me queda una hora.

Él decide, al saberlo, que deja en el salón la maleta de su inminente viaje. Vamos al médico como quien vuelve de la batalla, a rastras, la mano como el caballero en el pecho, seguramente igual de pálida.

- Negre, tienes inflamada la boca del estómago -me dice el médico de urgencias-. Nada que no se pueda reparar con dieta, tus pastillas y, sobre todo, mucho descanso. Es cansancio, sin duda.

Le oigo a duras penas mientras pienso en mi mochila morada, rebosante de trabajos de alumnos por corregir y tres semanas por delante de último ajetreo de final de trimestre. Él no se va, me obliga meterme en la cama. Niña Pequeña se acerca a ver qué pasa, pues también quiere ser enfermera.

- Papá me va a hacer la cena, mamá -me informa.

Catorce horas después me levanto de la cama. La última vez que dormí más de cinco horas fue cuando volví de un largo viaje desde Honduras.

sábado, 3 de diciembre de 2011

Y después Él me regaló flores.


Porque todos se acuerdan del cumpleaños de Niña Pequeña, pero nadie felicita a la madre -me dice Él al otro lado del teléfono, mientras miro de nuevo la cesta de flores que me ha enviado al colegio en plena hora punta de clases y alumnos...