lunes, 17 de junio de 2013

Niña Pequeña es una gatita.

No me obliguéis a participar en los festivales colegiales (aunque sólo una vez lo haya hecho en esta vida consciente).

Pero Niña Pequeña participa en la ilusión y horas ¿perdidas? de su profesora dentro de unos días. Y esta será su máscara, hecha por mi amiga Nair, de Nartesania.


    

viernes, 14 de junio de 2013

Besos de abuela cerca del agua.

La niña tiene unos hermosos rizos negros, de esos brillantes y gomosos, retorcidos: un pelo ensortijado que cae en bonitas guedejas húmedas sobre sus hombros. La camiseta de tirantes, roja y blanca, ligeramente húmeda por detrás, donde nadie secó las puntas y estas gotearon poco a poco. No importa, porque la humedad y el calor en el vestuario de la piscina municipal es tan alto que casi refresca ver cómo se extiende la mancha por su pequeña espalda.

Tropieza, anda aupándose en sus regordetas piernas de niña de no más de tres años. Se cae entre las sonrisas de todas las madres: ¿quién no se acuerda del bebé que acunaba hace no mucho? No lleva pantalones, sólo un pañal blanco y verde, pues a un niño pequeño todo le es permitido. Para bien. Para mal.

- Ven, Celia, ven -llama la abuela-, ven, cariños, ven.

La niña se escapa en círculos del radio de acción de la yaya. "¡Cariños, cariños, ven!", llama ella. La pequeña corre o, más bien, serpentea torpemente: "No quiero, no". La abuela, al fin, da dos pasos firmes sobre sus sandalias veraniegas, chip, chap, la agarra del brazo con la firmeza que sólo tienen las matriarcas de la familia, mientras la arrastra hacia sí.

- Cariños, ven, ven -insiste, acercando la mejilla de la pequeña a sus labios pintados, mientras le estampa un sonoro beso, chuiiiiic, chuiiiic, mmffffi... La niña se resiste con fuerza al beso de abuela, pulgar sujetando la parte media del índice, presionando a la vez la mejilla mofletuda.

- Cariños, chuiiiic, chuuuuuiiic.


  

martes, 11 de junio de 2013

Carta a Maruja (27)

Hoy he escrito a mi vecina Maruja, porque ya está bien lo que le ha pasado con el tutor de su hijo pequeño, hombre. Puedes leer la carta pinchando aquí.

 

domingo, 9 de junio de 2013

Declaro inaugurado el verano...


Dulces. Líquidas. Casi crujientes. Sangrantes de pulpa. Explosivas en gotas rojas chocando en mi paladar.

Mis primeras cerezas del verano...

  

miércoles, 5 de junio de 2013

Joaquín y 37.

Cuánto tiempo sin verte por aquí, Negre -me dice Joaquín, con su aire socarrón.

- Ya sabes: no es por cortesía, que tú te aprovechas de mi debilidad -le contesto, haciendo como que estoy tranquila. Su enfermera coloca pulcramente en una tela azul los variopintos instrumentos que dentro de unos minutos estarán revoloteando por las comisuras de mi boca: hay que retocar de nuevo un empaste.No sé si pensar que Joaquín sabe que he vuelto y estoy de nuevo en la Red, y por eso también lo dice, mientras me informa que su hijo, antiguo alumno mío, ya está en la Universidad. 

- Veamos..., a ver qué recuerde... Claro, 37.

37. Yo sólo sé que medio empaste de aquí abajo, a la izquierda, rozando la muela del juicio esta, que mira que yo no soy fruto evolutivo y tengo por aquí rondando mis cuatro últimas muelas prehistóricas, pues ese, ese, se perdió en algún momento entre un bocado y otro y hay que retocarlo o rehacerlo o vete tú a saber qué. Joaquín lo llama "37", porque tiene esa familiaridad con mis dientes, colmillos, premolares y demás, que los conoce ya de hace tantos años -sí, cuando no le conocía a Él, y sí a otro, mira- que bien me dice a veces que soy casi una de sus obras maestras. 

- Bueno, bueno, bueno... -sé que está sonriendo, aunque se tape con un protector bucal azul. Es un dentista que come chicles sin azúcar mientras trabaja y tararea las canciones de la radio que hace de hilo musical-. Al matadero, Negre, como tú dices...

Para la ocasión he traído mi funda de gafas; prefiero vivir la realidad de mi próxima media hora -diez minutos de anestesia, veinte de trajín- diluida entre sombras difusas y contornos desenfocados. Joaquín se ríe. 

- Agárrate a la funda de las gafas, Negre, que allá vamos -sonríe, ajustando los cabezales de su instrumental, y vuelan diminutos fragmentos de material: zis, zas, risssss, ññññic, aspirar, descansar, mirar, comenzar de nuevo, estirar, colocar algodón, mirar por el espejuelo, rissssss, rematar. Joaquín se afana con precisión en mi borroso horizonte: la enfermera estira, recoge, acerca, ilumina la zona, él afina, corta, recompone, presiona.

- Muerde, Negre, a ver si ya está esto -me pide, y suspiro de satisfacción relajando mis nudillos blancos por la presión en la cremallera de la funda al escuchar su veredicto, las palabras casi flotando en el aire: No comas en un rato, ya sabes.

 

lunes, 3 de junio de 2013

He estado tanto tiempo fuera...

Hace poco Pepe Boza, de Medioambiente simbólico, me pedía un post sobre mi pasada ausencia en las redes sociales y la "incomunicación"... Un mes de aislamiento forzado y elegido a la vez, con motivo del fin de mis estudios; sólo al leer el comentario de Pepe me paré en pensar si había sido incomunicación...

He faltado un mes. Y por el peso de los correos electrónicos sin contestar, ha sido como una losa caída sobre todos los servidores de las que soy asidua.

- Negre, te lo mando esta misma tarde por correo...

- Bueno, como quieras, pero ya sabes que igual no lo leo hasta dentro de unas semanas.

- ¿Cómo?

Así, imposible: no te contesto de inmediato, no estoy, cierro la conexión de datos del teléfono, olvido la contraseña de Facebook, abandono  mi identidad digital. Y así durante un mes, cuatro semanas, una treintena de días, un puñado de horas. Un mes sin circular por la red y me vienen a la mente aquellas cartas de Elena, mi amiga de León, sí, de la ciudad de Él, pero mucho antes de conocerle, de cuando llegaba una carta suya cada semana y miraba con impaciencia a la siguiente su pronta respuesta a la mía. Y a cada cual, con un sobre más original: los hacíamos nosotras, recortábamos de revistas fotos publicitarias, seleccionábamos el envoltorio en función del contenido de la carta.

- Negre, tienes carta de tu amiga, esta de León -decía el cartero cuando coincidía con él a mediodía- Curiosos sobres los vuestros, siempre sé que son de vosotras.

Ahora miro el buzón y, claro, ya no hay carta de Elena porque me manda por mensajería instantánea una foto de su hijo pequeño, actualiza su perfil de Facebook y le respondo por un tuit: 140 caracteres que vuelan  sin ser reconocidos...

No te he echado de menos en la red. O sí: aún no me ha dado tiempo. Pero el peso de la ausencia ha sido leve, realmente: ¡cuántas horas dedicadas a actualizar(me), revisar, comprobar estados, mirar novedades, leer rápidamente apenas los titulares del periódico digital! Un mes de incomunicación en la que los minutos, sí, eran realmente oro, metal precioso reconvertido en apilar apuntes, subrayar en rojo, aprender la poesía semanal que le mandan en el colegio a Niña Pequeña.

- ¿No vas a usar el ordenador esta noche, Negre? -pregunta Él.

- No, no ¡que no me da tiempo si no!

Pues eso. Que ahora tengo tiempo. ¿Lo bebo? ¿Lo embebo? ¿Lo uso? ¿Lo gasto?